SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 50
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Capítulo 50: 50) El reino del bosque
Los elfos condujeron a la compañía hasta el Reino del Bosque, hogar de los elfos silvanos. La entrada estaba fuertemente vigilada; guardias apostados en cada acceso y otros grupos élficos ya habían sido convocados con antelación, aguardando en silencio. El camino hacia el interior era una fusión natural entre caverna y bosque: enormes raíces formaban arcos y pasadizos, entrelazándose en múltiples senderos que conducían a distintas edificaciones.
En algunos tramos, los caminos se abrían hacia salas luminosas, rebosantes de plantas, fuentes y ornamentos vivos; en otros, se adentraban en estructuras imponentes, talladas directamente en la roca o suspendidas en los bordes de los acantilados superiores. Todo parecía crecer como parte del mismo bosque, sin rupturas, sin artificios visibles.
El proceso fue ordenado y eficiente, muy similar a lo vivido en Rivendel… aunque con una tensión palpable, mucho más densa. Resultaba curioso que la compañía llegara herida y perseguida a cada reino élfico que encontraba en su camino.
Al ingresar al reino, el grupo fue separado.
Los enanos fueron conducidos de inmediato a áreas médicas aisladas, bajo estricta vigilancia, al igual que Miquella, quien fue trasladado a un lugar distinto y cuidadosamente resguardado.
Los Eldens, por su parte, fueron llevados a una sala peculiar: una única puerta, una ventana alta y guardias tanto dentro como fuera. No era una celda… pero tampoco podía llamarse libertad. Había sillones, algo de decoración y comida dispuesta; una cortesía vigilada. Invitados, sí, pero invitados bajo constante observación.
Desde el inicio estaba claro que no serían tratados con la brusquedad reservada a los enanos, pero un asunto de especial interés había captado la atención del rey, y ese detalle selló su destino provisional. Aun así, los elfos silvanos distaban mucho de la hospitalidad abierta de Rivendel.
Tras un tiempo de espera, Legolas apareció para escoltar a Malenia. Cuatro guardias la rodearon mientras la conducían ante Thranduil, rey de los elfos silvanos.
El rey aguardaba sentado en su trono. Ya estaba informado de lo que su hijo había hallado en el bosque y esperaba a la representante de aquel extraño grupo para obtener respuestas.
Observó con atención a la imponente mujer que ascendió hasta la plataforma del trono. Jamás había visto una humana como ella: alguien cuya sola presencia despertara tanta sensación de precaución. Podía percibir la Maldición Roja en su cuerpo… y en una intensidad superior a cualquier otra que hubiese presenciado. Y, sin embargo, Malenia no estaba corrompida, ni demente, ni marchita. Aquello la hacía aún más inquietante.
“Soy Thranduil, rey de los elfos del Bosque” se presentó con voz firme. “Este es mi territorio, humana.”
“Soy Malenia, espada de Miquella. Líder provisional de los Eldens” respondió ella con calma. Eran los únicos títulos que pensaba dar y los que importaban actualmente.
El silencio se extendió entre ambos.
El rey la analizó con detenimiento, intentando descifrar qué clase de ser tenía ante sí. Malenia, por su parte, escuchaba los susurros de Trina, atenta, sin apartar la mirada.
“Seré claro” continuó Thranduil, entrelazando las manos. “No nos agradan los invasores. Este reino ya sufre males propios. No sé quiénes son los Eldens, pero el hecho de que viajen junto a los enanos no juega a su favor.” Hizo una breve pausa. “Aun así, eso no los convierte automáticamente en enemigos.”
Malenia no respondió. Permaneció en silencio, permitiendo que el rey hablara sin interrupciones.
Legolas, a un lado, también guardó silencio, dejando que su padre manejara la situación. Aunque su curiosidad por aquellos “Eldens” crecía, decidió no intervenir… por ahora.
Thranduil continuó observándola en silencio. Ante la absoluta falta de cooperación por parte de Malenia, comprendió que no obtendría nada si no dirigía la conversación él mismo hacia donde deseaba.
“No planeo hacerles las cosas difíciles” dijo finalmente. “Puedo permitir que se marchen… pero los enanos deberán quedarse.”
Malenia alzó la mirada apenas un instante antes de responder, después de un largo silencio.
“Mi deber es cumplir una misión para los enanos. Si ellos se quedan, a menos que se decida lo contrario, yo me quedaré con ellos.”
Thranduil frunció el ceño.
“¿Una misión?” repitió, con un dejo de incredulidad. “¿Acaso los enanos pretenden que los ayuden a recuperar la Montaña? ¿Les dijeron siquiera que deberán enfrentarse al dragón más poderoso que actualmente vive en la Tierra Media?” Su voz se cargó de desprecio conforme hablaba. “Es sorprendente que esos necios pidieran ayuda, pero en si los enanos no son de fiar. ¿Cuánto les prometieron?” continuó. “No confiaría en que cumplan su parte del trato. Son codiciosos, avariciosos… no mejores que el propio dragón al que buscan derrotar. Al menos Smaug no oculta lo que es.”
—El pago no es algo que yo discuta —respondió Malenia sin alterarse—. Solo obedezco a mi rey. Y su orden fue clara: el dragón debe morir.
Thranduil resopló, dando por terminado el tema de los enanos. No tenía intención de prolongar esa discusión; para eso esperaría a que Thorin se recuperara lo suficiente de la Maldición Roja y hablara por sí mismo.
Con los Eldens —o más bien, con esa mujer en particular— había otro asunto que le resultaba mucho más relevante.
“Puedo percibir que la Maldición Roja también ha caído sobre ti” dijo, fijando la mirada en las prótesis de Malenia y en los breves fragmentos de piel descubierta donde la decadencia era visible. “Pero, a diferencia de otros, parece estar bajo control.Se inclinó levemente hacia adelante. “Según mis hombres, pese a tu… condición, eres una guerrera extraordinaria.”
Como antes, Malenia no mostró reacción alguna. Las palabras del rey pasaron sobre ella como viento sobre piedra: sonidos vacíos, carentes de peso. No había elogio ni juicio que lograra despertar en ella la más mínima emoción.
Thranduil, al ver que la otra parte seguía sin dar el más mínimo paso hacia una conversación convencional, decidió ir directo al punto.
“Por lo que tengo entendido, posees una forma de contrarrestar la Maldición Roja.”
Su mirada se deslizó por la armadura de Malenia, deteniéndose en los detalles con un interés evidente. No era codicia lo que reflejaban sus ojos, sino necesidad. Su pueblo precisaba algo así, y estaba dispuesto a negociar con los Eldens si demostraban ser distintos —y más fiables— que los enanos a los que acompañaban.
“No la cura” respondió Malenia por fin. “Solo la suprime. Impide su expansión… al menos en la mayoría de los casos.” Hizo una breve pausa.”Y no solo la Maldición Roja. También otras influencias de dioses…”
Sus palabras se interrumpieron cuando la guía silenciosa de Trina la condujo por un sendero más preciso.
“…Seres superiores externos. Males ajenos a este mundo, por así decirlo. Entre ellos, el origen de la Putrefacción Roja.”
Un brillo de intriga cruzó los ojos de Thranduil. Aquello confirmaba tanto los rumores sobre una contramedida como algo aún más inquietante: la existencia de un origen consciente para aquella plaga.
“¿Y conoces ese origen?” preguntó. “¿Sabes de dónde proviene esta Putrefacción Roja?”
Nunca se había sabido donde había aparecido por primera vez ni por qué. Su reino había sido golpeado por ella, y cualquier respuesta para su erradicación era valiosa.
“La Putrefacción Roja proviene del dios de la putrefacción” respondió Malenia, repitiendo las palabras que Trina le indicaba. “Un ser ajeno a este mundo, que lo ha invadido… como hizo con mi tierra natal. No es algo que podamos vencer. Solo repeler.”
Thranduil permaneció en silencio, procesando la respuesta. El concepto de un “dios de la putrefacción” le resultaba más cercano a una leyenda extranjera que a una verdad absoluta, pero no mostró desprecio alguno. Simplemente relegó ese asunto para el futuro.
Hizo una seña con la mano.
Poco después, varios elfos ingresaron a la sala cargando pequeños cofres repletos de tesoros: joyas y oro finamente trabajados, armas élficas, artesanías y otros objetos de gran valor de su reino. Nada comparable con lo que albergaba la Montaña Solitaria, pero suficiente como gesto.
“Espero que esto sea el inicio de una cooperación a largo plazo entre nuestros pueblos” añadió Thranduil.
Aunque los humanos no solían ser tan abiertamente codiciosos como los enanos, no estaban exentos de ambición ni deseos egoístas. El rey élfico no esperaba recibir drectamente la receta para combatir la Maldición Roja, pero sí sentar las bases de un acuerdo duradero y un medio para conseguir el tal producto.
Tal vez, con el tiempo, los propios elfos descubrirían cómo replicar aquel método. Hasta entonces, prefería obtenerlo por la vía más pacífica posible.
“Tanto para cualquier trato con nuestra gente como para hablar del Oro Puro, no soy yo a quien buscáis” dijo Malenia, “sino a mi hermano. “Su voz se volvió más grave, cargada de una devoción que podía sentirse en toda la sala. “Él es el soberano de los Eldens. Nuestro líder. Fue quien desarrolló el método para combatir la Putrefacción Roja… para salvarme.”
“¿Tu hermano?”murmuró Thranduil, más para sí mismo que para ella. Su interés se agudizó de inmediato. “¿Y dónde se encuentra? Podría ser invitado a mi reino, me gustaría hablar con él.
“Vuestros sanadores se lo llevaron” respondió Malenia sin dudar.
El rey alzó una ceja. Entonces Legolas avanzó un paso hacia su padre.
“Es el niño que encontramos…” le indicó en voz baja.
“¿El que parece un elfo?” preguntó Thranduil, con un dejo de sorpresa. Pronto recuperó su compostura, acomodandose en su trono. “Ese era otro asunto que deseaba tratar. ¿Por qué viajaba un niño con vosotros? Uno que puede confundirse tan fácilmente con uno de los nuestros.” Dijo pensativo.
“¿No lo es?” preguntó Legolas, sorprendido.A simple vista, los niños humanos y élficos no diferían demasiado; era el aura lo que solía delatarlos, y lo que había sentido en aquel niño no se parecía a nada humano.
“No” respondió el rey. “Aunque es comprensible el error. Su aura es… pura. Casi sagrada, como la de algunos de nuestros hermanos más nobles y antiguos. Pero no es exactamente la de un elfo.”
Thranduil había ido a verlo personalmente, y fue entonces cuando lo comprendió. Aquel niño no era un elfo, pero no por ello era menos extraordinario. En él percibió algo tan sobrecogedor como inquietante, una presencia semejante a la que sentía frente a Malenia… solo que en ella, la Putrefacción Roja opacaba cualquier otra sensación de santidad o divinidad.
Su curiosidad creció. Tal vez no era humano en absoluto; quizá un maia, o algo aún más singular. El mundo seguía albergando misterios incluso para seres tan antiguos como los elfos. Y ahora, sabiendo que aquel niño era el hermano de la mujer ante él, y el creador del método que contenía la Putrefacción Roja, su interés se volvió aún mayor.
“Tu hermano está siendo atendido” dijo finalmente el rey. “Recibe los mayores cuidados. Mis sanadores aseguran que solo duerme; debería despertar pronto.” Luego, sin poder evitarlo, expresó su duda:”Me intriga que alguien tan joven sea el líder de tu pueblo. Aunque, si es capaz de semejante obra a tan corta edad… supongo que debe ser excepcionalmente sabio.”
“Es mi hermano gemelo” pronunció Malenia.
Por un instante, el estoicismo élfico se resquebrajó. Quienes habían visto al niño miraron a Malenia con incredulidad, y hasta Thranduil mostró una fugaz expresión de desconcierto impropia de un rey.
“Eso… es interesante” dijo con una sonrisa de diversion. “Las apariencias engañan.”
Guardó silencio unos segundos, ordenando pensamientos y estrategias en el breve espacio de un par de respiraciones, de modo que todo pareciera seguir bajo su control.
“Espero conocer pronto a esa persona tan peculiar. Mientras tanto, deseo que los Eldens disfruten de su estancia en mi reino. Mi hijo os acompañará para lo que necesitéis. Nos reuniremos nuevamente cuando vuestro soberano despierte.”
Con eso, dio por concluida la audiencia.
Malenia no pronunció palabra alguna, como había hecho durante casi toda su estancia allí. Se limitó a inclinar la cabeza en señal de respeto y se dio la vuelta, escoltada por los guardias élficos.
Legolas permaneció unos instantes más, recibiendo las indicaciones finales de su padre.
Aunque se hablaba de hospitalidad, los Eldens seguirían siendo, en parte, prisioneros vigilados. Enviar a Legolas tenía precisamente ese propósito. Todos lo sabían, pero expresarlo de aquel modo era lo habitual entre reyes y gobernantes.
Malenia, hija de la reina Marika, lo comprendía perfectamente.
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