Señor Presidente: Usted es el padre de mis trillizos - Capítulo 371
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Capítulo 371: 371- Ataque cardíaco Capítulo 371: 371- Ataque cardíaco Gabriel sujetó su mano rápidamente —¿Qué quieres decir con que él es tu hijo? —Se levantó de su asiento y la atrajo hacia sí—. ¿Acaso piensas que me vas a dejar plantado hoy? ¿Eh? —La interrogó con una mirada intensa fija en su rostro.
Esa misma mirada siempre le hacía sonrojar cuando la recibía de él.
—P… pero Gabriel… Rafael…
—¡No quiero ningún Rafael entre nosotros! —bramó sin importarle que estuvieran en un lugar público. Nina se sobresaltó, pero no dijo nada.
Ella sentía que estaba desesperado. Desesperado por algo. ¿Era por ella? ¿Había comprendido que la amaba?
¿Había comprendido cuál era el lugar de ella en su vida?
Los ojos de Gabriel se movieron a su alrededor y luego soltó su mano mientras maldecía entre dientes. Dejó algunos billetes sobre la mesa y luego la agarró de la muñeca para sacarla de allí.
—¿A dónde vamos? —le preguntó ella, pero él había enmudecido de repente y sólo la arrastraba.
Nina se quedó inmóvil por un minuto, el miedo se apoderaba de ella. Gabriel sabía que ella estaba detrás del asesinato de Naila. ¿Era esta su manera de tomar venganza?
Intentó deshacerse de la imagen de Sheila levantando a Rafael de la cama, que acababa de ver en su teléfono. Trató de liberar su mano del agarre de Gabriel —Gabriel. ¡Suéltame! —Señaló un taxi y le pidió subir.
—¡Nina, sube! —bramó cuando la vio dubitativa—. No tengo tiempo para esto.
—¡No! —Nina también gritó y lo empujó—. ¡Dime tú! ¿A dónde vamos?
—¡A casarnos, maldita sea! —gritó—. ¡Estoy harto y cansado de estar lejos de ti! Ella vio sus labios temblar y se quedó allí, en shock.
Gabriel la llevaba a…
—Pero ¿Rafael? —Le preguntó a él y él casi la sacudió un poco—. ¡Nina! ¡Mírame! ¡Regresa a mí! Olvídate de ese niño. No es tuyo.
—¡No! —un aspecto salvaje apareció en su rostro—. Él es mío. Él es mi hijo, y tienes que aceptarlo igual que estoy dispuesta a aceptar a tus hijos.
Gabriel quería matar a esa mujer terca que estaba frente a sus ojos. Estaba ganando más tiempo, sin saber que Nina tenía una cámara en su habitación de otro modo le hubiera advertido a Sheila.
—Si me amas entonces también acepta a Rafael —se mantuvo allí con los labios apretados, y Gabriel pudo ver las lágrimas acumulándose en sus ojos.
La mujer se había vuelto completamente loca, y él sentía lástima por Sheila.
—¿Y si nos casamos? —le preguntó a ella—. Después de casarnos, podemos ir a buscar a Rafael. ¿Correcto? ¡Deja que se vaya con su mamá!
Solo quería comprar más tiempo para Sheila y estaba listo para casarse con Nina si eso era lo que hacía falta para salvar a su niño.
—Eso será demasiado tarde, Gabriel —ella dijo con una voz llorosa—. Sheila es muy astuta y no podremos encontrarla —sollozó—. Perderé a Rafael para siempre.
Gabriel cerró la distancia entre ambos —No lo harás —la sostuvo por los hombros—. Te lo prometo, cariño. Te lo traeré. Pondré a tus pies todo lo que tu corazón desee.
Nina lo miró con esos ojos de cachorro —¿Todo?
—¡Todo! —intentó sonreír.
—Entonces… entonces déjame traer mi vestido de novia de casa y puedo unirme a ti en la oficina del registro.
Gabriel, que deseaba dar un suspiro de alivio, estaba de nuevo alerta —¡Ya basta de tonterías con el vestido de novia, mujer! Ven conmigo y firma los papeles. Necesito organizar una niñera para mis hijos para poder acompañarte en nuestra luna de miel.
Nina soltó una carcajada y se limpió la cara. Gabriel actuaba como un cachorro enfermo de amor. Justo como ella se lo había imaginado cuando soñaba con su boda.
—¿Necesitamos una tarjeta de identificación para la boda? —preguntó ella, limpiándose la cara y él asintió lentamente.
—Sí. Claro —tocó su mejilla húmeda suavemente—. Ya no quería tenerla en su vida pero en este momento el hijo de Sheila era más importante, y esta era la única oportunidad de compensarle.
—Entonces llévame a casa para que pueda recogerla —dijo ella con una risa entre lágrimas mientras subía los hombros.
***
—Él es mi hijo, y puedo llevármelo cuando quiera. ¡Donde quiera! —Sheila gruñó y Alex se removió un poco en sus brazos.
—Pero no puedes llevártelo, señora —le dijo firmemente el guardia de seguridad—. Necesita quedarse aquí. La señora Sinclair nos ordenó que la vigiláramos.
—Entonces revisa mi bolso. No tengo nada que robar de esta casa. Pero no pueden impedirme a mí o a mi hijo salir. ¿O acaso esta casa se ha convertido en una cárcel?
El guardia abrió su boca para discutir de nuevo cuando la fría voz de Miles retumbó —¡Déjala ir!
El guardia se quitó rápidamente la gorra para mostrar respeto al hombre Sinclair mayor.
—¡Señor! —Saludó y golpeó su pie contra el suelo.
Miles asintió y luego levantó su mano para señalarle que abriera la puerta —Déjala ir. No está robando nada. Ya revisé sus bolsas —luego se giró hacia Sheila—. Vete. La basura debe quedarse fuera de nuestra casa.
Sheila estaba conmocionada antes de darse cuenta de que el anciano en realidad la estaba ayudando. Asintió con los ojos llenos de lágrimas, formando un silencioso ‘gracias’.
En lugar de reconocerlo, Miles señaló con su bastón hacia la puerta principal —Sal y nunca más me muestres tu cara.
Después de eso, empezó a toser. Con la mejilla de Alex pegada a su pecho, echó una última mirada por encima del hombro y luego cruzó las puertas que acababan de ser abiertas por los guardias.
El plan había sido un éxito. Gracias a Gabriel y Miles. Algún día querría recompensarlos con la misma amabilidad y amor que le mostraron.
***
Nina se bajó del taxi y pidió al guardián que abriera la puerta —La señora Sheila intentó escapar con mi hijo. Espero que no haya tenido éxito. ¿Dónde está ella? —preguntó urgentemente al hombre que la miraba confundido.
—¡Vamos! No te hagas el tonto —rodó los ojos y miró por encima del hombro donde Gabriel, que estaba sentado en el taxi, había empezado a hablar por teléfono.
—Señora… El señor Sinclair… nos pidió que la dejáramos ir… ya que ella no robaba nada de la casa.
Nina sintió como si pudiera sufrir un ataque al corazón en cualquier momento.
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