Sentidos : El despertar - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Sueños y promesas Zarpando a lo desconocido
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29: Sueños y promesas: Zarpando a lo desconocido 29: Sueños y promesas: Zarpando a lo desconocido Habían pasado ya tres meses desde el inicio del entrenamiento físico de Theo.
Su cuerpo, aunque aún lejos de ser un arma letal, comenzaba a mostrar pequeños músculos y venas donde antes no había nada.
Su postura se había vuelto firme, y su rostro, curtido bajo la exigencia militar, reflejaba determinación.
—Eso es todo por hoy —anunció el segundo al mando, acercándose al agitado Theo—.
El capitán Molk quiere verte —añadió, señalando hacia la torre noreste.
Theo, ya familiarizado con las instalaciones, acudió al llamado.
Se lavó el rostro con rapidez y se presentó lo más ordenado posible ante su modelo a seguir dentro del ejército.
En el despacho, Theo encontró a Molk contemplando el horizonte, absorto, con una expresión preocupada que se desvaneció al notar su presencia.
—Capitán, no esperaba verlo sino hasta mañana —comentó Theo, mientras su olfato captaba otro aroma conocido—.
Mucho menos en compañía de ella.
—Veo que estoy perdiendo facultades —dijo una voz desde las sombras.
—Si me permites, creo que el muchacho ha mejorado notablemente desde que lo conocí.
Y ahora podrá demostrarlo —intervino Molk, observando con orgullo a su pupilo estrella.
Durante esos meses, Theo había demostrado una tenacidad admirable.
A pesar de su contextura delgada y de carecer de fuerza —incluso por debajo del promedio del ejército—, Molk había visto en él un espíritu ardiente y un deseo inquebrantable de superarse.
Aun con las secuelas de una vida de trabajo y desnutrición, la academia militar le brindó alimento, descanso y entrenamiento: los cimientos para una transformación física.
Pero fue la mente de Theo, su férrea convicción, lo que realmente lo mantuvo enfocado día tras día.
—Bien.
Sin rodeos, muchacho.
Escucha lo que Lince tiene preparado para ti —dijo Molk, cediendo la palabra tras confirmar su confianza en Theo.
—Debemos reunir información mientras fortalecemos nuestra capacidad bélica —expuso Lince, con su habitual tono claro y pragmático.
—Emprenderán un viaje hacia el oriente, a la cadena de islas inhabitadas.
Buscarán pistas y recursos que puedan beneficiar a la ciudad —añadió Molk, con las manos tras la espalda, nuevamente contemplando el horizonte.
—Demuestren lo aprendido estos meses.
Hágannos sentir orgullosos.
Pero, más importante aún, cúmplele a ti mismo —dijo, fijando su mirada en los ojos de Theo.
Un lazo forjado en la disciplina había crecido hasta convertirse en un vínculo fraternal.
—Espero ver a un hombre distinto la próxima vez que nos encontremos —concluyó el capitán, con la frente en alto.
—¡Sí, capitán!
—respondió Theo automáticamente, tensando su cuerpo con respeto.
—Zarparemos mañana.
Prepara tus pertenencias.
Una vez en alta mar tendremos víveres para seis meses… aunque el viaje podría extenderse indefinidamente —informó Lince con una naturalidad escalofriante, como si mantenerse a flote en aguas inestables fuera un simple paseo por Ledia.
Theo tragó saliva con dificultad y asintió, entendiendo lo que eso implicaba.
Como toda campaña militar, la muerte estaría presente, acechando.
Solo quedaba esperar estar preparado para lo peor.
—Al alba, en el muelle norte.
Al primer rayo de luz, izamos velas —fue la última instrucción de Lince.
Los puños de Theo se cerraron, dominados por una mezcla de emoción, nervios y la ansiedad de comprobar hasta dónde había llegado en tan poco tiempo.
… … … —Aquí tienes —dijo el boticario, extendiendo una mano enguantada con fino cuero negro.
—¿Qué es esto, señor Leo?
—preguntó Theo, escéptico, al recibir una cápsula carmesí con un extraño brillo amarillo en su centro.
—Los procesos alquímicos que llevé a cabo ampliaron satisfactoriamente mis estudios sobre concentración de sustancias y decantación de elíxires —respondió el ahora pedante boticario.
Y no era para menos: había logrado aislar todo el potencial de una bestia y comprimirlo en una cápsula del tamaño de un pulgar.
—¿Y qué se supone que debo hacer con esto?
—cuestionó Theo, preocupado por la forma de absorber aquel obsequio, fruto del botín entregado por Molk.
—Hay un par de alternativas.
Propongo que la ingieras por la boca.
De lo contrario… Un escalofrío recorrió la médula de Theo, quien rápidamente se metió la enorme cápsula en la boca y, sin pensarlo mucho, tomó un jarrón de agua herbal.
—No debes masticarla.
Tiene que disolverse lentamente en tu estómago —advirtió Leo, arrugando el rostro al presenciar la grotesca escena.
Como si luchara por su vida, Theo forzó el trago.
La cápsula se abría paso por su garganta, visible desde afuera.
Una jarra no bastó.
Una segunda fue necesaria.
Y una tercera, por fin, logró asentar la preparación alquímica en su vientre.
—Ufff… —exhaló Theo, su rostro rojo recuperando el color habitual—.
¿Eso es todo, señor Leo?
No siento nada raro… —Tranquilo.
Dale unos minutos.
Ve a casa y descansa —instruyó el boticario, mientras lo empujaba discretamente hacia la puerta—.
A menos que quieras morir aquí y arruinar mi tienda, claro…
Theo confió.
Después de todo, Leo era el mejor alquimista de Ledia.
Y la cápsula ya estaba dentro de él.
No había vuelta atrás.
Al llegar a las barracas, se recostó.
El entrenamiento no se detendría, aunque su cuerpo se retorciera de dolor al día siguiente.
O al menos eso pensaba… Durante la noche, el cerebro de Theo comenzó a experimentar una serie de adaptaciones: formación de nuevas áreas, mutaciones aceleradas, reconfiguración neuronal.
Todo consecuencia del concentrado de cerebro de la serpiente colosal.
Su sueño, antes tranquilo, se volvió inquieto.
La luna llena brillaba con fuerza, bañando toda Ledia con su luz inclemente, revelando hasta la criatura más recóndita.
Theo yacía en el suelo, cubierto de polvo, sudor y su propia sangre.
Frente a él, una figura descomunal eclipsaba lo que hasta hacía poco había sido una omnipresente esfera blanca en el cielo.
Dos esferas doradas brillaron.
Sus pupilas verticales eran inconfundibles.
El corazón de Theo se aceleró como si fuera a estallar.
Su cuerpo no respondía.
La parálisis era total.
Todo se sentía real.
Cada músculo estaba contracturado.
Sus ojos, fijos en los de la bestia.
El sudor le recorría la frente, mientras la cabeza del reptil se acercaba lentamente.
La lengua bífida lo saludó, explorando el aire a su alrededor.
Su respiración era cortada, capturada por unos músculos en tensión absoluta.
La impotencia invadía su mente.
Su alma se doblegaba ante un destino ineludible.
A pocos centímetros de su rostro, las escamas de la criatura eran finas, suaves, delgadas.
Una obra maestra de la naturaleza, esculpida por milenios de evolución.
La lengua se extendió a los lados del muchacho, saboreando su pánico.
La mandíbula permanecía cerrada.
El reptil se inclinó hasta rozar su frente con la de Theo.
Un rayo atravesó su cuerpo.
Todo se volvió blanco… y luego, la nada.
Theo despertó.
No agitado.
No confundido.
Lo entendía.
Era así como debía empezar a comprender el regalo que le había dejado la bestia legendaria.
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