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Sentidos : El despertar - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Sueños y promesas Primer contacto
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3: Sueños y promesas: Primer contacto 3: Sueños y promesas: Primer contacto Absorto en sus pensamientos, Theo apenas notó cómo el sol comenzaba a filtrarse con más fuerza entre los árboles.

Pensaba en el camino de regreso cuando un sonido agudo, gutural y desconocido desgarró el silencio del bosque.

Le recordó el bramido lejano de una locomotora, aunque no había rieles cerca ni motivo para un ruido semejante en ese paraje.

El estruendo provenía de algún punto tras los arbustos, no muy lejos del tocón donde reposaba.

Theo se levantó con cautela, empujando la carreta que se hundía levemente en la tierra blanda.

Se alejó unos metros, lo suficiente para sentirse a salvo, pero sin abandonar la escena.

La curiosidad era más fuerte que el miedo.

Con pasos lentos y medidos, cuidando de no crujir las ramas, avanzó hacia la espesura.

El follaje se cerraba a su alrededor, como si el bosque intentara proteger un secreto.

Finalmente, al apartar unas ramas con el dorso de la mano, lo vio.

Sostenido sobre cuatro robustas extremidades, con una piel gruesa marcada por antiguas batallas, entretejida con pelos cortos, ásperos y desordenados, su cuerpo estaba surcado por arrugas que acentuaban su imponente figura.

Su cola, delgada y terminada en un pequeño abanico de pelaje, pasaba desapercibida frente al verdadero centro de atención: su cabeza.

Un hocico alargado albergaba dos colmillos descomunales, cubiertos de restos de musgo.

Aquellos detalles, junto a sus pequeños ojos y su nariz afilada, dejaban claro que se trataba de un jabalí terroso adulto.

Theo no sabía mucho sobre la naturaleza, pero no hacía falta para reconocer el peligro que representaba aquella bestia, ni la mínima posibilidad de sobrevivir a un enfrentamiento directo.

Deseaba seguir observándola, cautivado por su presencia salvaje, pero sabía que su vida valía más que su curiosidad.

Así que decidió retroceder lentamente, con cautela.

A medida que se alejaba, los sonidos del jabalí y su imponente silueta se desvanecieron, dando paso al silencio denso del bosque.

Al llegar a su carreta, y tras oír los últimos bramidos apagarse en la distancia, se dispuso finalmente a regresar a casa.

Durante el camino, aún agitado por el encuentro, una idea cruzó su mente: si fuera más fuerte, podría enfrentarse al jabalí.

Al derrotarlo, no solo vendería su piel, colmillos y carne para mantener a su madre, sino que también sería reconocido como guerrero.

Tal vez incluso como mercenario.

Y entonces, podría unirse a las flotas que tanto anhelaba.

Mientras fantaseaba con aquella posibilidad y ya al llegar, decidió dejar la carreta en casa de su vecino.

Comprobó que las ruedas estuvieran en buen estado —para evitar problemas con el viejo Rod—, guardó el hacha junto a la hoguera apagada y se quitó el abrigo, pues entre el esfuerzo físico y el calor del sol, ya no lo necesitaba.

Tomó su equipo habitual: unas sogas, su odre para flotar y una capa negra, útil para envolver sus pertenencias y dejarlas a salvo en la orilla.

Luego de comer un trozo de pan que quedaba del desayuno, beber un jarro de agua y asegurarse de que todo estuviera en orden, echó un vistazo rápido al mapa, salió de casa y corrió en dirección al punto de referencia: el faro.

Saboreando la sal del ambiente y sintiendo el aire fresco con un leve toque de arena, supo que estaba en el sitio indicado.

El faro se alzaba sólido y firme, con una base de ladrillo rematada por una estructura de madera.

Su aspecto evidenciaba tanto la escasez de recursos locales como el poco interés por la zona sur de la ciudad.

Sin embargo, para él, ahora era una guía invaluable.

Bordeó la costa rocosa, plagada de formaciones filosas y musgo, donde el mar golpeaba con suavidad, aunque no por ello menos traicionero.

Dejó su ropa envuelta en la capa negra, junto al mapa, que revisó por última vez mientras las olas rompían cerca de sus pies.

Tomó su soga y su rudimentario flotador, preparándose, aunque con la duda latente de si todo aquello sería solo un engaño.

Debía nadar mar adentro unos cincuenta metros y luego bucear.

Pero Theo no tenía miedo.

Había pasado gran parte de su vida junto al mar, y ese reto no le parecía imposible para alguien como él.

Con un fuerte impulso, y el sol en el cenit presagiando un momento decisivo, se separó de las rocas y se entregó al agua salada.

Se zambulló con destreza, dando brazadas firmes, economizando energía y demostrando una técnica sorprendente para alguien sin instrucción.

En pocos minutos llegó a lo que parecía el punto donde comenzaba el descenso hacia su posible botín, si la suerte lo acompañaba.

Asegurándose de que el odre estuviera bien atado a la cuerda, visualizó su objetivo, sintiendo una oleada de adrenalina recorrerle el cuerpo.

Concentró su mente, respiró hondo y, con el graznido lejano de decenas de aves como telón de fondo, se fundió con el mar.

Con el sol a su favor y la vista entrenada para estas situaciones, Theo nadaba en busca del naufragio.

La Ponzoñosa era famosa por su casco adornado con detalles soberbios y una sirena que se alzaba sobre las olas, desgarrando el mar con su andar.

No esperaba encontrar nada así, pero le sería útil reconocer al menos la bandera característica o alguna parte de la embarcación.

A diez metros de profundidad, avanzaba con seguridad, conteniendo el aire en sus pulmones y dosificándolo con cuidado, como si fuera un respiro medido para la exploración.

Observó a su alrededor, pero solo vio manchas borrosas que podían ser restos de barcos o rocas cubiertas de coral.

No temía a las bestias marinas, pues en ese momento su actividad era mínima.

Continuó descendiendo confiado.

A veinte metros, pudo distinguir claramente un barco rodeado de pequeños peces, partido en tres secciones irregulares, probablemente por cañonazos o ataques de criaturas marinas.

Tal vez ambas cosas.

Al llegar al límite de la cuerda, buceó hacia lo que parecía ser la bodega —o, mejor dicho, los restos de ella—, donde solo encontró redes rotas, botellas enmohecidas y vegetación invadiendo todo el interior.

La luz apenas lograba filtrarse a esa profundidad, pero era suficiente para ver que aquel no era el lugar que buscaba.

El aire escaseaba, aumentando la presión en sus pulmones y la incomodidad con cada segundo que pasaba.

No era fácil nadar a esa profundidad y mantener bajo control el dióxido de carbono acumulado.

Guiado por la cuerda atada a su cintura, Theo comenzó a ascender hacia la superficie.

En pocos segundos ya estaba incorporado, con los oídos afinados, percibiendo nuevamente su entorno de forma vívida: el suave oleaje, el canto de las aves y los campanazos lejanos que anunciaban la llegada de un barco en la distancia.

Consciente de su objetivo, recordó que aquel no era el lugar correcto: la bodega no guardaba lo que buscaba.

Quizá el camarote del capitán sería la clave para cumplir sus deseos.

Enfocado y decidido, respiró profundo y se sumergió de nuevo en el mundo marino.

Con movimientos firmes y medidos, llegó a la parte trasera de lo que alguna vez fue un terror en los mares.

Con cuidado retiró los restos de una puerta deteriorada y, sin mucho honor, entró en el habitáculo que alguna vez perteneció al capitán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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