Sentidos : El despertar - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Garganta olvidada Saco roto
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34: Garganta olvidada: Saco roto 34: Garganta olvidada: Saco roto La carne comenzaba a humear; los vapores se elevaban en un hilo denso y tentador para el agudo sentido de Theo: jugos, grasa y sal.A todos se les hacía agua la boca.
Era innegable el delicioso aroma y el provocativo aspecto de la carne de cangrejogro.
El festín parecía borrar la batalla librada por Lince y rematada por Adad.—Llenen sus estómagos y descansen.
Mañana la tarea será ardua —dijo Adad, agitando una jarra elegante de vino.
Los marineros reían y devoraban grandes trozos de carne jugosa.
Masticaban con fuerza, mientras los jugos les chorreaban por las barbillas.El ambiente contrastaba drásticamente con el de aquella mañana.
Donde antes hubo miedo, ahora reinaba la camaradería; bebían vino barato y agua fresca recogida de la lluvia.Apreciaban enormemente un festín de esta calidad.
Estaban más acostumbrados a comer raciones casi podridas durante las expediciones.La tarde se tornó noche, y la noche, en día.
Los cuerpos rechonchos yacían por el suelo.
Ronquidos y otros ruidos interrumpían el silencio, mientras los rayos del sol atravesaban la selva.Lince seguía en guardia.
Aún molesta por su desempeño del día anterior, decidió compensarlo manteniéndose despierta más tiempo.Theo dormía, abrazado a su arpón.
Adad y Safir descansaban bajo la tienda principal, cubiertos por pieles, cada uno en su rincón.El rocío volvía a evaporarse con la llegada del alba.
Aves e insectos comenzaban su sinfonía: el día nacía en todo su esplendor.
Theo despertó de su sueño reparador.
Su estómago todavía celebraba la cena de anoche: sin lujos, pero cargada de nutrientes.No percibía cambios en el ambiente.
La mezcla de olores humanos, sudor y desechos ya no le provocaba asco; se había vuelto parte del paisaje.—¡Despierten!
Hoy nos espera un largo día.
Desarmen las tiendas, empaquen todo.
Aún estamos lejos de nuestro objetivo —ordenó Adad, ya de pie, vestido con sus ropas elegantes, con la mano apoyada en su sable.Momentos antes babeaba sobre su camisa de lino arrugada.
Su velocidad para incorporarse era típica de un hombre adiestrado.
Safir se lavaba las manos y el rostro con delicadeza.
Su cabello, peinado en un moño alto y suave, resaltaba sus facciones, en contraste con su actitud distante hacia Theo.Lince observó a todos: estaban bien.Theo se frotaba los ojos mientras se acercaba al arroyo para beber.
La noche anterior, antes de dormir, se preguntaba cómo detectar a los cangrejogros.
Tras el descanso, como por arte de magia, lo supo.La quitina y el musgo eran absorbidos completamente por el barro y la arena.
Su hocico apestoso no era distintivo.
Pero Theo fue más allá.
Recordó sus inicios.
Se enfocó en las feromonas, el miedo… y algo más.
Algo distinto.
¿Estaban en celo?
Solo era una teoría.La mezcla de sal, agua estancada, musgo y mineral podía encontrarse por separado en muchas cuevas.
Pero juntas… el olor era único.Como una sopa: no basta con mezclar los ingredientes al final.
Deben cocinarse juntos para que el sabor se amalgame.La estela concentrada ofrecía una pista.
El aroma era sutil, pero su olfato curtido podía percibirlo.
La mañana avanzaba.
Las tiendas eran enrolladas, los barriles sellados y apilados, igual que al llegar.Lince y Theo se adelantaron, una vez más en formación.
El joven se movía con menos rigidez; cauteloso, sí, pero su lenguaje corporal delataba que la disciplina militar empezaba a calar en él.Metro a metro, un aroma dulce comenzó a invadir sus sentidos, saturando sus narices.
Era seductor, cítrico, fresco… apetecible.Theo tenía hambre.
Planeaban avanzar hasta un punto cercano al centro de la isla antes de detenerse a comer.—Siento árboles frutales… parecen comestibles —dijo Theo, más con tono de antojo que de advertencia.—Ya veo —respondió Lince, sin inmutarse.
—Aprovechar las bondades de la isla me parece sensato.
La comida que llevamos no durará mucho, sería ideal abastecernos aquí —añadió Theo.
Siguió el rastro del dulzor, guiando al grupo hacia un conjunto de árboles.
Frutas exuberantes colgaban, bañadas por el rocío matutino que brillaba con la luz del sol.
Un manjar.
Fruta de esa calidad era cara y se echaba a perder rápido.Los marineros no esperaron orden alguna.
Se abalanzaron sobre los árboles, cortando sin control, deseosos de saciarse.El fruto tenía una cáscara verdosa, cubierta de espinas no dañinas.
Al cortarla, revelaba una pulpa blanca, suave, cremosa y con un dulzor ácido.
Las semillas negras eran escupidas con rapidez, mientras los hombres se agasajaban en aquel festín tropical.—La isla nos provee bien.
Y eso que aún no llegamos al centro —comentó Adad, cortando el fruto con calma, desechando la cáscara y las semillas.—Debemos avanzar.
Esperamos estar investigando el centro para esta tarde —respondió Lince, ignorando la fruta.— Además, los marinos están demasiado relajados.
No montan guardia y ni siquiera esperaron tu orden.
—Puede que tengas razón, pero como ayer, mis hombres saben trabajar… también merecen recompensa —replicó Adad, depositando su fe en cada uno de ellos.—¡Suficiente!
Ya habrá tiempo para deleites.
Hoy debemos montar campamento en el centro de la isla —el grito detuvo los bocados en seco.
Los marineros terminaron lo que tenían en la boca con timidez y comenzaron a cargar pertenencias.
Theo solo probó la fruta.
Le recordaba a otras que había visto en los mercados: notas cítricas, toques de piña.
Un festín para su olfato, un respiro entre tanto hedor acumulado en sus compañeros.
El sol seguía su arco.
Las sombras, antes bajo los cuerpos, se alargaban lentamente.
Los sonidos se atenuaban.
La noche se acercaba.—Ya hemos avanzado suficiente, ¿no crees, hermano?
—Safir rompió el silencio, mientras al fondo los marineros charlaban de la cena.
El ambiente era muy distinto al de la travesía.Adad miró alrededor, reflexionando las palabras de su hermana.
El terreno era amplio, despejado, cerca de una montaña.
Habían bordeado buena parte de la isla.
Estaban en el umbral de la verdadera expedición.
Según el saber popular, cada isla resguardaba una especie de botín.
Una recompensa para quien superara al guardián.Zalalnut no era la excepción.
No tenían mucha información.
El tiempo cambiaba, las bestias surgían y caían en un espiral de muerte sin fin.—¡Instalen las tiendas!
—gritó el segundo al mando, por orden de Adad—.
Revisen la zona.
Busquen fuentes de agua dulce y rastros de enemigos —dijo, mirando a Theo con curiosidad.
El muchacho enviado por Molk tenía talento para el reconocimiento, pero no para el combate.
Apenas igualaba a cualquiera de sus marinos… y eso ya era decir.Cuando Lince se preparaba para saltar sobre la copa de un árbol, Adad la detuvo.—¿Qué pretende el viejo al enviarnos a este niño?
Pensé que tenía cualidades de combate, pero apenas sirve de vigía —dijo con una seriedad inusual.Lince, como siempre, no mostró reacción.—No entiendo del todo el talento del muchacho… pero confío mi vida al juicio de Sháva.
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