Sentidos : El despertar - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Gargantilla olvidada El verdadero desafío
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41: Gargantilla olvidada: El verdadero desafío 41: Gargantilla olvidada: El verdadero desafío Luego de la copiosa comida, los cuerpos pesados se depositaron bajo las tiendas.
Era temprano, apenas iniciada la noche, con la luna recién visible en la lejanía.
Todos descansaban o al menos intentaban conciliar el sueño, una necesidad básica reemplazada por otra.
Pero el dolor seguía fresco, aún latente.
Entre pesadillas y movimientos involuntarios, el joven Theo leía el ambiente que lo rodeaba, guiado únicamente por su olfato.
Dicen que al suprimir un sentido, otro se agudiza.
Eso mismo vivenciaba Theo en ese instante.
Su nariz le revelaba, con mayor precisión que nunca, el origen de cada aroma.
Ya lo dominaba, sí, pero ahora el desafío era conectarlos a un punto en el espacio, a una referencia en su campo de percepción.
Era fusionar aromas, identificar su contenedor: un barril, una persona, un árbol, una roca.
Darle forma y ubicación a lo invisible era una tarea extremadamente compleja, y más aún con su aún inmaduro entendimiento de los receptores de calor recién adquiridos.
En su mente se dibujaba un cuadro abstracto, donde decenas de colores se superponían, creando una obra de libre interpretación que, poco a poco, comenzaba a comprender.
Sus párpados estaban cerrados hacía ya mucho.
Su mente, fatigada por ese nuevo ejercicio, comenzaba a apagarse gradualmente.
Una voz rompió el silencio: —Levántate.
No creas que por estar ciego te voy a dar descanso alguno.
Los pasos se detuvieron junto a la cabeza de Theo, quien sonreía con extraña alegría, de insólito buen ánimo pese a los recientes acontecimientos.
—Creo que ahora estamos en igualdad de condiciones —replicó el muchacho, burlándose de su propia desgracia, mientras Adad soltaba una carcajada en respuesta.
—Vamos, toma tu arpón y sígueme.
… El lugar de entrenamiento lucía igual.
La luna bañaba con algo menos de intensidad el escaso pasto, las rocas y la arena que ahora los rodeaban.
El viento fresco concentraba la atención de ambos.
Estaban separados apenas por unos pasos, uno frente al otro.
—Creo que entiendo tu habilidad…
o eso pienso.
Justo antes de que muestres algo nuevo —dijo Adad, con palabras entre elogio y curiosidad.
Quería extraer el potencial del muchacho, sin forzarlo.
—Entiendo que no veas.
Por eso hoy no te voy a atacar, solo quiero que me detectes…
y me ataques.
Apenas terminó de hablar, el arpón de Theo se alzó en una estocada recta, guiado por la voz y el aroma de Adad.
El aire cortado en un instante delataba fuerza y una técnica un poco más pulida, aunque no logró conectar con el cuerpo del capitán.
—Si hablo, te facilito el trabajo.
Ahora solo me limitaré a golpearte con el pomo de mi sable…
cada vez que falles.
Theo abanicó de izquierda a derecha, con ambas manos.
Cargó la fuerza en su torso y brazos, dándole potencia y estabilidad al golpe amplio.
El semicírculo que trazó lucía hermoso bajo la luz natural.
En contraposición al intenso dolor que sintió en la espalda, cuando el extremo opuesto del sable impactó con contundencia.
Escupió un gruñido, más por molestia que por dolor.
En su mente, Adad alteraba el flujo del aire, haciendo más tenue o más intenso el aroma natural, pero había un desfase entre lo que percibía y donde estaba su oponente un segundo después.
Y en ese segundo… todo era posible: un golpe, un bloqueo, una finta, un esquive.
El tiempo era crucial, definía la vida o la muerte en batalla.
Theo intentó fusionar sus talentos, conectar olor y temperatura.
Aunque la temperatura era percibida por una anomalía en su nariz —producto de la mutación causada por la decocción—, darle forma en el espacio físico resultaba asfixiante.
El segundo y tercer golpe de pomo cayeron sobre su cabeza y abdomen.
Ahora sí dolía, sacándolo del delicado foco que lograba al complementar sus dones.
—Vaya, parece que realmente no tienes idea de dónde estoy —comentó Adad.
Se agachó.
Quería colarse en la postura defensiva de Theo y golpear de lleno su costado izquierdo, ligeramente más expuesto.
Su cuerpo, amortiguado por el aire, no emitió ruido alguno.
El brazo de Adad se estiró peligrosamente, dejando entrever su musculatura marcada.
Para su sorpresa, fue interceptado por el astil del arpón.
El sonido metálico del choque resonó limpio.
Theo se volteó, contrayendo los músculos del abdomen mientras empujaba a Adad con todas sus fuerzas.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del capitán.
La satisfacción era evidente, pero necesitaba saber si había sido una casualidad o una mejora en su dominio.
Mientras retrocedía, una serie de estocadas se dirigían directamente hacia su cuerpo.
No apuntaban a puntos vitales, pero eran certeras…
considerando que Theo no podía ver.
—Estás empezando a leer el flujo del enfrentamiento.
Déjame ayudarte un poco.
Adad extendió un brazo al frente, mientras con el otro sujetaba la parte sin filo de su refinado sable curvo.
El aire se estremeció, atrayéndose como por succión hacia el filo del arma, envolviendo todo su contorno.
Sin duda, un arma de doble filo.
Theo dependía del aire como transporte de aromas para localizar a su presa.
Que estos se agruparan en un punto específico lo convertía, básicamente, en un faro dentro de su absoluta oscuridad.
Pero la posición de un sable no aseguraba que el cuerpo estuviera justo allí.
Los movimientos del portador eran impredecibles.
Adad lo demostró al patear brutalmente el costado de Theo, obligándolo a caer varios metros más allá.
El sable había estado arriba; Theo pensó que el corte sería descendente.
Creyó oír una costilla crujir.
Se levantó con cuidado, escaneando su cuerpo, aún dispuesto a continuar.
Sin pausa.
Un golpe seco de puño le conectó en el rostro, mandándolo a volar.
Un hilo de sangre y saliva unía su boca con el irregular suelo.
El dolor palpitaba con fuerza.
Theo no era orgulloso, pero sentía que no estaba dando todo de sí.
Y eso lo enfurecía.
Se limpió la boca con la manga polvorienta de su camisa.
El sabor a tierra le sacaba de quicio.
Sus venas se marcaron.
Sus músculos se tensaron como resortes.
Su rostro, aunque con los ojos cerrados, reflejaba pura irritación.
Furia.
Furia genuina, producto de su propia exigencia.
El problema no era Adad.
Era su don, ese talento conferido que no brotaba con la belleza esperada por falta de disciplina y entrenamiento.
Inhaló y exhaló con fuerza, como un animal salvaje irritado, a punto de lanzarse a su presa.
Su mente proyectaba formas, estelas de vapor provenientes de todo lo que lo rodeaba.
Todo teñido de rojo, con escalas degradadas.
Un grito visceral brotó de su garganta, su boca abierta escupiendo saliva y sangre.
Adad se sorprendió por la reacción.
Ya no se preparaba para atacar.
Esperaba.
Atento.
Como antaño, Theo jaló su brazo hacia atrás.
Sus delgados brazos mostraban ahora músculos y venas tensas.
La punta del arpón casi se alineaba con su rostro.
Era un movimiento conocido… pero diferente.
Canalizó su emoción.
Su frustración.
El lanzamiento cortó el aire.
Adad apenas tuvo tiempo de cubrir la trayectoria.
El estruendo del impacto reveló la fuerza del embate.
El arpón emergió por su costado.
Pero Theo no estaba allí.
Su cuerpo se encontraba justo debajo del bloqueo de Adad, su cabello agitado por el aire absorbido por la hoja curva.
Su puño se elevó repentinamente, encontrando un blanco perfecto: el abdomen, justo en el centro, sin huesos que lo protegieran.
Solo los músculos, que no pudieron frenar el golpe.
El cuerpo de Adad se agitó.
Y Theo gritó, cegado por su ira.
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