Sentidos : El despertar - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Gargantilla Olvidada Antesala siniestra
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44: Gargantilla Olvidada: Antesala siniestra 44: Gargantilla Olvidada: Antesala siniestra El día partió agitado.
Las voces arrancaron al muchacho de un sueño dulce, uno que había sostenido hasta el final con una leve sonrisa al despertar.
Sus ojos, aún pegados con fuerza, fueron violentamente interrumpidos por el estruendo de ruedas rodando y cajas siendo arrastradas, el sonido áspero de la piedra raspando por todo su alrededor.
—En marcha.
Quiero los cañones listos —ordenó Adad con énfasis.
Sabía que esta sería la última contienda.
Después volverían a casa… o eso esperaba.
Los hombres también lo sabían.
Por eso entregaban todo lo que tenían.
Lo que se avecinaba no sería sencillo, pero era su deber.
Mientras el armamento se alineaba con rapidez, presto para iniciar la movilización, Adad se dirigió hacia Theo.
Sus pasos eran lentos.
Sopesaba la estrategia.
La cima representaba un entorno desfavorable: se requería un esfuerzo mayor, tanto para maniobrar como para posicionar la artillería sin quedar expuestos.
—¿Lograste descansar?
—preguntó.
La voz de mando hizo cosquillear la nuca de Theo, quien se culpó de inmediato por no sentirse completamente listo.
Adad lo notó.
Por eso, con una sonrisa breve pero sincera, añadió: —Descuida.
Te dejamos dormir más por tus lesiones… y bueno, por el entrenamiento exhaustivo.
Una nota de culpa se filtró en sus palabras mientras el muchacho abría los ojos, aún borrosos.
La luz natural le resultó cegadora.
Aun así, se sentía mejor.
Mucho mejor.
Su vista no había vuelto del todo a la normalidad, pero la diferencia con el día anterior era abismal.
—Puedo ver, capitán —respondió con energía, incorporándose—.
Me siento aliviado.
Es todo gracias a Safir.
Se levantó por completo, acomodó sus ropas y tomó el arpón.
—Sí.
Safir me comentó tu caso —asintió Adad—.
Es curioso, pero estos tratamientos siempre son un trabajo conjunto.
Dependen tanto del paciente como de quien los aplica.
El aroma a jazmín se intensificó de pronto, como si hubiese respondido al llamado.
Safir estaba allí.
Su rostro reflejaba el orgullo de un trabajo bien hecho, rozando peligrosamente la soberbia.
—El tratamiento iba a funcionar, sin duda —dijo, cruzándose de brazos—.
Soy la mejor en lo que hago.
Ya puedes verlo.
Su vestido elegante, los aros perfectamente combinados y la pulcritud de su presencia dejaban en claro cuánto le importaba su apariencia.
Después de todo, se avecinaba un evento cúlmine.
—Gracias —dijo Theo—.
No sé qué habría sido de mí sin tu ayuda.
Necesito estar al máximo para cumplir con mi cometido.
Mientras pestañeaba, su cuerpo se tensó, no por dolor, sino por una alegría contenida.
Una oleada de sensaciones renovadas lo recorrió por completo, bajo la mirada satisfecha de los hermanos.
Las primeras horas transcurrieron raudas.
El grupo tenía todo a disposición.
Realizaron mantenimiento a sus armas: hojas antes desgastadas e irregulares recuperaron su filo letal; las botas fueron ajustadas con firmeza; estiletes, cinturones y fundas quedaron seguros en su sitio.
Fue entonces cuando Lince regresó de su inspección previa.
—Adad, necesitamos conquistar la cima antes del anochecer.
Lo sabes.
Su voz era más cortante que de costumbre.
La tensión era palpable.
Aquello pondría a prueba a todos.
Una lucha por desgaste estaba completamente descartada.
Los ojos azules de Adad destellaron con confianza.
Su sonrisa inmutable devolvía calma al instante.
—Descuida.
Me encargaré de terminar esto rápido.
Quiero volver a casa… quién lo diría.
Tras el cruce de miradas, Adad dio la orden.
La tripulación se formó.
Un grupo de marinos avanzó al frente, guiado por Lince.
Más atrás marchaba la artillería, resguardada por Adad y Safir.
Entre ambos bloques avanzaba Theo, ansioso; el desenlace se aproximaba, y la cima los esperaba.
Las rocas se volvían cada vez más irregulares y toscas, ralentizando el paso.
El grupo delantero abría camino para la artillería.
Los odres con agua se vaciaban lentamente bajo el sol que caía sin piedad sobre sus cabezas.
Restos de huesos y ropajes rasgados se hacían más frecuentes entre el terreno.
—¿Qué es eso?
—preguntó un marino, entrecerrando los ojos.
Una figura giraba en círculos sobre ellos.
Un escalofrío le recorrió la columna.
Todos alzaron la vista, fijándola en el mismo punto que ya analizaban Adad, Safir y Theo.
La nariz del muchacho se dilató al inhalar con fuerza.
Una estela nauseabunda colapsó su olfato.
Un recuerdo vago intentó abrirse paso en su mente.
El estímulo desencadenó una sucesión de impulsos.
Una alegoría de aromas giró como un carrusel en su conciencia.
El olor putrefacto entorpecía la misión.
Finalmente habló: —Creo que alguna vez vi algo similar… Giró el rostro hacia Adad, quien ordenó avanzar sin temor.
—Daptrius.
Presagio de muerte, también les llaman —dijo sin perder tiempo—.
Esos buitres nos están esperando.
Se adelantó para hablar con Lince.
Las gargantas se aclaraban.
Los pasos se alternaban con miradas al cielo.
La escena era siniestra.
Poco a poco, las figuras girando en lo alto se multiplicaban.
El batir de alas, los graznidos deformes… ecos que pesaban en el alma.
Los Daptrius eran bestias temibles: aves de aspecto nauseabundo, decrépitas, cubiertas de larvas y con el hedor de los cadáveres que consumían.
Carroñeros.
Sin embargo, en grupo, eran capaces de ejecutar ataques coordinados.
Su principal característica eran las garras afiladas y el hecho de que un simple roce bastaba: el veneno, producto de su metabolismo cadavérico, hacía estragos en minutos.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Se sumaban en las alturas.
Los chillidos aumentaban, formando una cacofonía aterradora.
Theo estaba impactado.
Ver uno ya resultaba tenso.
Ahora había media docena sobre ellos.
Lince le lanzó una mirada mientras Adad le explicaba los últimos detalles de un plan.
Theo se quedó helado cuando Lince se acercó y le tomó el hombro con firmeza.
—Necesito que te concentres.
Sus ojos se clavaron en los suyos, como si leyera sus pensamientos.
—Adad tiene un plan.
Espera la señal.
Su mente volvió en sí.
El aire fresco disipó la duda y lo ayudó a enfocarse.
Empuñó el arpón.
Bastaba con usar su olfato frente a un enemigo de esencia tan intensa.
Sumido en su conciencia, deseaba ser un aporte real al grupo.
Se preparaba para— —¡FUEGO!
El grito cortó su pensamiento.
No lo había notado: estaba completamente ensimismado.
Las balas de cañón rasgaron el aire mientras las bestias voladoras maniobraban para esquivar.
El sonido ensordecedor alertó a Theo, quien avanzó hacia la delantera junto a Lince.
Uno tras otro, los cañones vomitaron fuego y humo.
El olor a pólvora saturó el ambiente.
Las mechas quemadas fueron una señal que Theo no percibió, delatando una desconcentración inoportuna.
Los disparos coordinados hicieron imposible esquivar todos los impactos.
Pese a medir lo que un hombre adulto, su agilidad en el aire era un espectáculo inquietante.
—No te dejes engañar por sus cuencas vacías —comentó Adad mientras el despliegue pirotécnico alcanzaba su clímax—.
Gozan de buena vista.
Sus colas les permiten maniobrar.
Es difícil acertar… pero no imposible.
Los giros y contorsiones se intensificaron.
El grupo de bestias comenzó a dispersarse.
Una bala de acero impactó de lleno en las costillas de un Daptrius.
El chillido fue ensordecedor.
Plumas putrefactas, fragmentos óseos y órganos en descomposición se esparcieron mientras la criatura caía, agitándose de forma errática.
—Ahor…— Antes de que Adad completara la orden, Theo ya corría hacia el punto donde calculó que caería la bestia.
Lince avanzaba a su lado, dándole un impulso extra de confianza.
Los huesos débiles crujieron bajo sus botas.
El aire era denso, cargado de pestilencia.
Vibraba por el aleteo constante.
El tiempo pareció congelarse cuando el arpón de Theo se precipitó… y se hundió directamente en la tierra seca y las piedrecillas.
Falló.
Su vista aún no se recuperaba y su percepción de profundidad estaba errada.
La bestia agonizante removió sus afiladas garras contra el brazo de Theo, amenazando con desmembrarlo.
Cada uno de sus dedos era una cuchilla especializada en separar carne y tejido.
Lince se precipitó.
Bloqueó hábilmente con su daga izquierda mientras clavaba la derecha, fulminante, en el cuello de la criatura, casi separando su cabeza del cuerpo.
Las respiraciones dificultosas del Daptrius cesaron poco a poco.
La desesperación se instaló en Theo.
Tenía su nariz, su vista parcial y su arma, y aun así no era capaz de asestar un golpe.
El aire saturado de hedor hacía compleja la tarea de confiar en su olfato, y sin sus ojos en plena condición la balanza era desigual.
Ahora lo entendía con absoluta claridad.
Quedan cinco.
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