Sentidos : El despertar - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Gargantilla Olvidada Presagio de muerte
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45: Gargantilla Olvidada: Presagio de muerte 45: Gargantilla Olvidada: Presagio de muerte Los cañonazos eran cada vez menos frecuentes.
Adad dio la orden de limitar los disparos a unos pocos tiros, lo más precisos posibles.
Finalmente, el ruido cesó.
No así en la mente de Theo, que permanecía en un estado confuso.
Era distinto a otras ocasiones: tenía capacidades que antes solo habría soñado, la oportunidad que tantas veces buscó estaba frente a él, palpable como su arma de acero… pero no bastaba.
Siempre tuvo su vista, como todos, pero ahora estaba fallando.
No es lo mismo no haber tenido nunca el privilegio de ver que perderlo de pronto; ahora le fallaba uno de sus sentidos más importantes, jugándole una mala pasada en el peor momento.
El olfato era casi inútil frente al ambiente tóxico que lo rodeaba.
No era la impotencia que había sentido otras veces.
Era miedo.
Miedo a morir allí, en medio de un terreno ajeno; a no poder lograr lo que se había propuesto; a fallarse a sí mismo y traicionar la promesa profundamente arraigada en su pecho.
Su respiración se agitó.
Las manos le rechinaron sobre el agarre del arpón mientras alzaba el rostro hacia el cielo, observando cómo las bestias aéreas se precipitaban sobre el grupo.
Lo que se avecinaba no daba espacio para otro error.
—¡Juntos!
Prepárense para la embestida.
Cuiden los cañones, formen un perímetro, disparen a quemarropa —rugió Adad.
Las venas de su rostro y cuello estaban ingurgitadas; la emoción mezclada con preocupación gestaba lo que sería un choque brutal entre cielo y tierra.
Formaron un círculo casi perfecto: los marinos por fuera, a los costados del fuego de los cañones; en el centro, las cajas con munición, pólvora y una valentía desesperada.
Mientras hubiera espacio para maniobrar, era efectivo, un bastión casi impenetrable.
Pero dependían, cada uno, del compañero a su lado.
Lince tomó al obnubilado Theo, aún sumido en sus pensamientos, y lo arrojó al centro de la formación.
—Tu única misión es proteger a los artilleros, junto con Safir.
Adad y yo alternaremos, tratando de mitigar sus embestidas.
Cayeron en picada.
Graznidos del inframundo confundieron al grupo; oleadas de ráfagas de aire, alas y garras comenzaron a azotar la formación.
Los disparos se alternaban, detonando a escasos metros de las bestias.
Nubes de humo dieron paso a ataques ocultos que los Daptrius aprovecharon a su favor.
Los sables cortaron el cielo, apenas arrancando algunas plumas, mientras alaridos de dolor y manchas de sangre cubrían el suelo.
Algunos marineros lograron bloquear los ataques; muchos menos pudieron esquivar las implacables garras.
Brazos y cuellos cercenados.
Desesperación entremezclada con ira.
Los cuerpos se iban apilando en el centro de la formación mientras Safir luchaba por no quebrarse.
—¿Qué estás esperando, hermano?
—susurraba, mientras sus palmas cubrían una herida abierta en la garganta de un marinero.
Su aura acuosa intentaba, de forma infructuosa, contener la hemorragia.
La sangre brotaba por la boca del hombre; su cuerpo convulsionó, tosiendo rojo antes de quedar inerte.
Un compañero menos.
No había tiempo para lamentos.
Safir se movió de inmediato para frenar la hemorragia de otro miembro amputado.
La odisea recién comenzaba, y era implacable.
El suelo se tiñó paulatinamente.
El carmesí destacaba entre rocas y huesos; la tierra seca absorbía agradecida el néctar de la batalla, mientras los gritos despavoridos hacían flaquear la formación.
Adad estaba sobrepasado.
Defender y atacar, mientras se preocupaba por sus hombres, lo llevaba al límite.
Su sable curvo adoptó su aura de vendaval, concentrando el hedor del combate, mientras su figura se desdoblaba hasta rozar el nivel del suelo, inclinada al extremo.
Era un todo o nada.
La espada hizo una transición limpia desde detrás de su cuerpo, alzándose hasta lo más alto.
Su cuerpo volvió a despegarse del suelo; esta vez no debía contenerse.
El viento lo siguió, creando un espectáculo único.
Pocas veces se veía un tornado colisionar hacia el cielo, y mucho menos despedazar a una bestia que dominaba ese ambiente.
Su energía disminuía segundo a segundo mientras su sable trazaba la tajada mortal.
El Daptrius quedó indefenso ante semejante poderío.
Un chillido apagado resonó antes de que huesos, cráneo y plumaje se dispersaran por los aires.
El olor no podía empeorar, así que no se preocupó por ello.
Sin embargo, el agotamiento se hizo notar.
El aterrizaje fue torpe, demasiado incluso para él.
Jadeando, retomó su postura.
El exceso de recursos empleados tenía un único objetivo: aumentar la moral.
—¿Vieron?
¡Estas malditas aves pueden caer!
Mantengan la formación, esperen el momento exacto, cubran a sus compañeros.
Su voz resonó por toda la cima, logrando su cometido.
Las mentes desorganizadas y el miedo comenzaron a menguar.
La formación, aunque con bajas considerables, se mantenía.
Theo, por su parte, lanzaba estocadas seguras, ahuyentando a las bestias.
No lograba conectar golpes certeros.
Su visión lo traicionaba.
¿De qué servía haber pasado por su entrenamiento y experiencias previas si, en el momento decisivo, flaqueaba de forma tan vergonzosa?
Se castigaba, poco a poco.
—¡AAAAAAAH!— El grito de uno de los artilleros le demostró que no podía equivocarse más.
Una bestia rapaz clavó sus garras en su estómago y alzó vuelo, llevándose más que solo su cuerpo.
Gotas de sangre se derramaron, aunque a esas alturas no parecían cambiar el panorama en absoluto.
Una sombra negra danzaba en el perímetro; de no ser por ella, las bajas habrían sido catastróficas.
Lince giraba y lanzaba cuchillos, desviaba zarpazos e incluso esquivaba golpes que otro humano no habría siquiera percibido.
Pese a su talento natural, no lograba mantener a raya al enemigo.
Su vigor se disipaba: con cada movimiento de pies, cada extensión de brazo, su respiración perdía ritmo.
Algunos cortes menores producidos al comienzo del combate se esparcían como gusanos bajo la piel de las víctimas.
Rasguños que antes parecían insignificantes ahora eran causa de una putrefacción incipiente; el tejido se licuaba lentamente, produciendo un dolor indescriptible.
No eran pocos los que se lamentaban, sosteniendo lo que alguna vez fueron brazos, manos o piernas, ahora transformados en algo más parecido a carne fétida y corrosiva.
En medio de la contienda, el elegante vestido de Safir estaba entrelazado con salpicaduras de rojo vino.
El olor a hierro era latente incluso para el peor olfato presente.
Resignada a cambiar el curso de la batalla, alzó los brazos, temblando de ira y desgaste físico.
Sabía que crear o manipular agua era desgastante hasta el punto de estar prohibido en ese estado.
Sin embargo, abundaba un elemento que siempre se había negado a manipular.
El suelo tembló.
No: los huesos, los guijarros y la tierra misma vibraron bajo el poder místico de Safir.
Su cabello ondulaba; sus ojos brillaban ahora con un tono opaco.
Una lluvia invertida comenzó a gestarse, opuesta a la naturaleza misma.
Las gotas de sangre derramadas en el campo de batalla se estremecieron, separándose lentamente del suelo.
Las pupilas de Safir parecían absorber toda la luz a su alrededor, mientras el iris se teñía de un rojo intenso.
—«Vínculo mortal: Saetas escarlatas»— Su voz firme produjo de inmediato un cambio abrupto en la forma del fluido manipulado.
Armas de perfil penetrante se crearon en un parpadeo y se elevaron vertiginosamente.
La sangre era tanta que, por un instante, el cielo pareció cubrirse de rojo.
Una técnica impresionante, capaz de abarcar toda la zona de combate.
Como estrellas fugaces, las saetas atravesaron a las bestias.
La cantidad era tal que resultaba imposible evadirlas.
El cielo era su hábitat, pero la sangre lo reclamó en un parpadeo.
Lo que siguió fue un deleite visual macabro: Daptrius perforados por pequeños orificios; primero unos pocos, luego decenas, incluso centenas de delgadas perforaciones.
Movimientos descoordinados, muy lejos del despliegue previo.
Plumas y huesos cayendo hechos añicos; cadáveres pestilentes desplomándose acompañados de chillidos agudos y una lluvia de sangre.
Safir se estremeció.
Nunca había usado tal poder; de hecho, lo había adquirido hacía poco.
Pero no tenía alternativa.
—Creo que… salió bastante bien…— Fueron sus últimas palabras antes de que sus ojos volvieran a la normalidad y su rostro palideció.
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