Sentidos : El despertar - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Gargantilla Olvidada Decisiones lesivas
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46: Gargantilla Olvidada: Decisiones lesivas 46: Gargantilla Olvidada: Decisiones lesivas Gargantilla Olvidada: Decisión lesiva El cielo retomó su color azulado mientras el sol se inclinaba lentamente hacia el ocaso, creando un ambiente extraño: una oposición silenciosa, la calma que sigue a la tormenta.
Pero no había nada que celebrar.
Safir yacía inconsciente.
Lince estaba exhausta; su labor constante como soporte del grupo había dejado mella en su vitalidad.
Por su parte, Adad observaba la escena con una mezcla de sorpresa y preocupación que le tensaba el rostro.
—Con que eso fue lo que completó al luchar contra el General Cangrejogro… —murmuró.
Sus manos levantaron a su hermana con cuidado, con una ternura que contrastaba con su figura imponente.
Era un gesto profundamente humano: antes que capitán, era hermano.
—Reúnan los cuerpos.
Limpien las heridas y mantengan el veneno a raya.
No se muevan y no dejen que el pulso se acelere; eso solo empeorará todo.
Los menos lesionados se movilizaron de inmediato, ayudando a los compañeros más afectados.
Theo colaboró levantando a varios por debajo del hombro, guiándolos con cuidado hacia el centro de lo que había sido su formación.
Mientras lo hacía, no pudo evitar pensar en el sacrificio de Safir.
Nunca había presenciado algo semejante.
Incluso Lince y Adad, cuyo dominio había parecido irreal, quedaron eclipsados ante lo que su mente interpretó como la cúspide de la magia.
Safir respiraba con dificultad; su pecho apenas se elevaba.
A su alrededor, los camaradas eran vendados, improvisando torniquetes para estrangular extremidades y frenar el avance del veneno.
Lince dejó al último herido para luego dirigirse directamente hacia Adad.
Theo también se aproximó; tenía demasiadas dudas, necesitaba comprender lo que acababa de ocurrir.
—Adad, eso fue desmedido.
Lo sabes.
Pudo haber muerto —dijo Lince, con dureza contenida—.
¿Qué hacemos sin nuestra única curandera?
Sabes que no podemos permitirnos ese tipo de lujos.
La mirada del capitán pasó de su hermana a Lince.
Su expresión se había serenado; la respuesta que siguió fue fruto de un análisis frío, no de impulsos.
—Sí, fue arriesgado.
Pero de no ser así, quizá estaríamos apilando cadáveres en lugar de marinos.
Sus ojos ardían de convicción.
Sin esperar réplica, continuó: —Debió sentir que estaba lista.
Algo me dice que dominó el inicio de una técnica ofensiva.
Theo alcanzó a escuchar esa última frase cuando se acercó un poco más.
Adad cruzó una mirada con Lince, solicitando ayuda sin palabras.
Ella entendió la señal y le permitió zafarse del enfrentamiento, disponiéndose a ordenar a los hombres, colaborar con entablillados improvisados usando huesos y aprovechar todos los recursos disponibles del campo de batalla.
Lince se volvió hacia Theo y soltó un suspiro prolongado.
Maldito viejo, pensó.
Explicar algo tan complejo siempre terminaba recayendo sobre ella.
—Pon atención —dijo.
Sus primeras palabras pusieron a Theo en máxima alerta.
Estaba agotado, mareado, pero cerró los ojos con esfuerzo.
—Me mareo por la vista borrosa… pero estoy prestando toda mi atención.
Lince asintió y comenzó sin darle mayor importancia.
—Antes de la formación de todo lo que conocemos, existió un “Ser” complejo —dijo la palabra Ser con cuidado, aunque nadie sabía realmente qué era; ni los historiadores ni los fanáticos del misticismo más acérrimos—.
Por motivos que desconocemos, ese Ser se dividió en pequeñas partes: millares y millares de piezas, dando origen a este mundo y a cada cosa que lo compone.
Theo absorbía cada palabra, grabándolas con precisión en su mente.
—Todo lo que nos rodea es, en parte, un “fragmento”.
Esa es la palabra que usamos para describirlo, aunque se queda corta para todo lo que abarca.
La curiosidad del muchacho no pudo contenerse.
—¿Entonces… somos fragmentos?
—Sí —respondió Lince—, pero cada uno difiere enormemente del otro.
No eres igual a una roca, por ejemplo, pero esa roca mantiene un vínculo contigo.
Después de todo, alguna vez fueron uno solo.
La mente de Theo procesaba la información con dificultad.
No sabía si aquello era literal, como los libros que el viejo Rod le había mostrado, o algo más abstracto.
Un leve pesar, gatillado por recuerdos sensibles, lo dejó en blanco por un instante.
—Cuando tu cuerpo y tu alma resuenan con un fragmento, puedes desatar poderes increíbles —continuó Lince.
Theo recordó capacidades inhumanas: en Lince, en Molk, en Adad… y en Safir.
—Nuestros cuerpos poseen afinidades —siguió ella—.
A elementos, a técnicas, rituales o dones.
Algunos tienen un rol activo, como el que acabas de ver; otros están fundidos en el alma y no pueden alterarse.
Las dudas se acumulaban.
El rostro de Theo se tensó en un intento estéril por ordenar sus pensamientos.
Un suspiro breve de Lince fue ahogado por los quejidos de los hombres a sus espaldas y los sonidos de esfuerzo acompañados de gritos de dolor contenidos.
—Supongo que un ejemplo será más sencillo.
Lince alzó las manos.
Una sensación de frío rodeó a Theo mientras ella murmuraba en voz baja: —Arte secreta: Hilo acerado.
Un delgado brillo se formó entre sus manos, moldeándose a voluntad.
—Esto que ves es producto de entrenamiento exhaustivo y afinidad natural.
Desde pequeña recibí adiestramiento hasta encontrar mi elemento correspondiente.
Theo observaba atónito.
Brujería ante sus ojos.
Había visto algo similar antes, pero siempre creyó que se trataba de algún cable oculto en la capa de Lince o en los múltiples bolsillos de su extraño atuendo.
Jamás imaginó que fuese creado de la nada.
—Nada se origina de la nada, Theo —continuó ella—.
Así como nosotros, todo es fruto del uso de energía: chi, ki, chakra, mana, éter o esencia vital.
A lo largo de los siglos se le ha dado muchos nombres, pero no es más que un vestigio, una pizca de los dones que alguna vez formaron una sola entidad.
Antes de que Theo pudiera siquiera abrir la boca, Lince estiró el brazo y añadió otra técnica.
—Arte secreta: Llamarada.
Una corriente de fuego intenso siguió el movimiento del hilo, envolviéndolo y creando un espectáculo tan bello como aterrador.
—Como puedes ver, tengo facilidad para manejar el fuego.
De seguro recuerdas cuán intenso puede llegar a ser.
Theo recordó cómo la Serpiente Colosal fue abrasada por aquella llama.
Jamás olvidaría ese momento.
—Con suficiente dominio, puedes combinar técnicas —concluyó Lince—, tal como Safir y Adad en esa caverna infernal.
Un destello de claridad iluminó a Theo.
—¿Quieres decir que Safir y Adad tienen compatibilidad entre sus técnicas?
—Así es —respondió Lince, aliviada al ver que su explicación daba frutos.
En el fondo, temía que Theo no fuese más que un muchacho despistado.
—Existen lazos que atan a unos con otros: la familiaridad, las emociones, y por sobre todo, la voluntad.
Una voluntad férrea puede concretar lo imposible… incluso romper las leyes elementales, en ocasiones.
Lince miró al horizonte.
Había presenciado cosas que fracturaron toda lógica conocida.
—Viejo idiota —resopló.
Su rostro se ensombreció y su mirada se posó en Theo con un peso que le apretó el corazón.
—En la vida, Theo, siempre debemos elegir qué camino tomar.
Con las técnicas ocurre lo mismo.
Hizo una pausa.
El silencio era extraño, denso.
—Los dones se manifiestan como habilidades.
Algunas son visibles, otras habitan en lo profundo.
Pero grábate algo: todas, absolutamente todas, tienen un precio.
La frase se clavó como una estocada en el pecho de Theo.
Abrió los ojos, sin poder distinguir con claridad a Lince.
—Tus ojos son prueba de ello.
Y Safir… ahora vulnerable… también.
Todo tiene consecuencias.
Adad se acercó tras haber estabilizado a los heridos.
Se detuvo frente a ellos, dudando un instante.
—Alguna vez —dijo finalmente—, Safir fue una persona completamente distinta.
Theo centró toda su atención en el capitán, que rara vez se mostraba tan expuesto.
—Era alegre, siempre de buen humor, cuidaba de los demás antes que de sí misma.
En una travesía conoció a Qushta, un joven de corazón noble y fuerte sentido del deber.
Los ojos de Adad brillaron mientras una lágrima asomaba.
—Qushta era todo lo que un marinero podía soñar ser: leal, fiel a los suyos, bondadoso… y profundamente tierno con mi hermana.
Se amaron.
Sin duda alguna.
El recuerdo lo golpeó con fuerza.
—En una campaña nos confiamos.
Las bestias nos rodearon.
No éramos tan fuertes ni experimentados como ahora.
Apretó los puños.
—Vi la materialización más pura del amor.
Qushta se puso delante sin dudar.
No sé qué le susurró a Safir, pero jamás olvidaré sus palabras: “Cuídala, hasta que pueda abrazarla nuevamente”.
Las lágrimas corrieron libres.
—Su cuerpo se evaporó.
Una luz lo cubrió todo.
Sentí el sol frente a mi rostro… y luego… nada.
El completo vacío.
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