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Sentidos : El despertar - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Gargantilla Olvidada Dominación; Descenso glorioso
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47: Gargantilla Olvidada: Dominación; Descenso glorioso 47: Gargantilla Olvidada: Dominación; Descenso glorioso Adad lloraba en silencio mientras Lince se acercaba para posar una mano firme sobre su hombro.

Poco a poco las emociones fueron menguando.

El recuerdo era lo más valioso que conservaba y siempre viviría con él; las palabras compartidas en ese instante dejaban al descubierto lo vulnerable del ser humano, lo frágil que se vuelve todo cuando se pierde a un ser amado.

—Por eso Safir es así, Theo.

Más allá de no querer verte morir, odia la idea de que alguien lleno de sueños vea truncado su futuro por un descuido—.

El capitán miró en dirección a su hermana mientras el muchacho se estremecía por dentro.

Cuanto más comprendía, más pesaban sobre él las amenazas que pendían sobre su mera existencia.

El color azulado del entorno comenzaba a desvanecerse.

La temperatura descendía, al igual que la intensidad del dolor que aún rezumaba del campo de batalla.

Se abría así un margen para la reflexión, una tregua incómoda.

Pero a Theo todavía le quedaba un camino largo por recorrer; apenas empezaba a entrever algunos de los misterios del mundo.

—Es momento de organizarnos.

Estamos listos para descender.

Debemos recobrar fuerzas y partir de regreso a casa—.

Una sonrisa aliviada se dibujó en el rostro del capitán, transmitiendo confianza a sus hombres, quienes recuperaban poco a poco la esperanza de un retorno seguro.

Safir respiraba de forma superficial.

Sus párpados tiritaban, pero sus ojos, de un azul marino profundo, recuperaban lentamente el brillo perdido.

Con un suspiro entrecortado se incorporó de manera súbita, obligando a Adad a cortar de raíz su emotividad para acudir en su auxilio.

Apoyó ambas manos en su espalda humedecida y la sostuvo con cuidado.

—Te excediste con esa gala de poder, hermana— dijo con suavidad.

Ella notó el enrojecimiento en los ojos de Adad y añadió, con una débil sonrisa: —¿Crees que iba a desaprovechar este regio vestido?

¿Qué le pasó a tus ojos?— preguntó mientras le acariciaba las mejillas.

—Estar en contacto tan cercano con el veneno mientras socorría a mis hombres me pasó la cuenta— respondió él, envolviendo sus manos con las suyas—.

No debes llevarte al límite de esa manera.

Sabes que podíamos aguantar.

Safir apartó la mirada con aparente indiferencia.

—¿A qué costo?

Sabes que mi vida no vale más que la de uno de tus subordinados—.

Su voz filtraba una molestia contenida.

Adad, resignado y sin intención de abrir una herida que no pretendía cerrar, se limitó a asentir.

—Tienes razón.

Solo digo que sigas confiando en nosotros, como nosotros lo hacemos contigo.

Mientras contemplaban esa escena fraterna, Lince y Theo retomaron su conversación.

Safir, por su parte, intentaba recuperarse lo antes posible para continuar sanando a los afectados.

—Debe anteponerse a la adversidad: ella, tú, nosotros— explicó Lince mientras revisaba su vestimenta, asegurándose de que todo su equipo estuviera en orden.

Theo no se sorprendió ante sus gestos, que dejaban atrás la carga emotiva del momento.

Para Lince, sin duda, la prioridad era mantenerse siempre lista para continuar su labor como exploradora y pionera.

Intentó abrir aún más los ojos.

Su vista regresaba lentamente a la normalidad; pestañeó varias veces y arrugó el rostro con esfuerzo.

—¿Crees, Lince, que algún día pueda llegar a ser como ustedes?

Digo… son asombrosos en su estilo, y yo solo fui una carga, como hoy—.

Lince enfundó su daga tras comprobar el filo y lo miró del mismo modo que cuando se conocieron: una mirada helada, inerte, carente de consuelo.

—Cambia—.

La palabra se clavó en su pecho, sin darle respiro.

—Si algo no te gusta y puedes cambiarlo, hazlo.

Deja los discursos vacíos y el llanto innecesario.

Imagínalo, projéctalo y lógralo.

Ese es tu deber.

No necesitaba más.

Ese breve discurso le recordó a Molk, cuando de algún modo lo empujó a ser mejor de lo que era.

Lince se marchó, dejándolo como en sus inicios.

No era lo mismo querer avanzar que comenzar a hacerlo; cada paso le demostraba que la meta seguía distante y que, con claridad, estaba estancado.

Es difícil medir el progreso.

Muchas veces mirar atrás ayuda, pero cuando uno se acostumbra a una nueva faceta, se acomoda y pierde el foco.

O eso meditaba Theo.

Se sentó junto al resto, en silencio, controlando el ímpetu interno.

Lo moldeaba, le daba forma, promoviendo el hábito de sentir su propio cuerpo.

Sus pies, dentro de botas ahora arañadas, con el cuero humedecido por notas de hierro y putrefacción, se movían con libertad.

Un ligero abanico de dedos, los tobillos —habitualmente ignorados— elevaban sus piernas, que se sentían pesadas tras las marchas y la batalla reciente.

Muslos fatigados.

Abdomen y espalda firmes, empapados en sudor y sangre, envueltos en esa mezcla de calor que se transformaba en vapor asfixiante.

Sus brazos tiritaban, casi imperceptibles para el resto.

Observó su arpón: su herramienta como guerrero, símbolo tangible de cuánto había cambiado.

Cerró los ojos y meditó.

Imaginó su cuerpo, cada parte.

La sangre fluyendo, la respiración otorgando energía.

Su ser en el plano físico y aquella parte invisible que no lograba expresar, pero que prefería creer que existía.

El aire ingresaba, se detenía y era expulsado.

Con cada inhalación, su mente borraba los estímulos repetitivos y se concentraba únicamente en el viento.

Exhaló.

Permaneció así durante varios minutos, ajeno al mundo, necesitaba regresar a sí mismo para reorientar su brújula de voluntad.

A su alrededor, el ambiente comenzó a apaciguarse.

Safir utilizaba la poca energía que le quedaba para eliminar el veneno, apoyándose en gran medida en los viales entregados por el boticario Leo.

Aquello le ahorró un esfuerzo enorme.

Pociones de regeneración y antídotos se vaciaban peligrosamente mientras los rostros del grupo recuperaban el color.

Theo se concedió un último respiro y dio por finalizada su concentración.

Sintió que algo se transformaba dentro de su cuerpo, aunque no lograba identificarlo con claridad.

Tal vez su deseo de cambio… o algo más tangible.

Eso esperaba.

El cielo ya desplegaba un degradé hermoso a la vista: desde el azul profundo hasta notas de púrpura, anaranjado y un dorado suave en el horizonte.

La naturaleza era fascinante, más aún ahora que comprendía que él también formaba parte de ella.

El grupo comenzó a organizarse.

Algunos cojeaban, apoyándose en compañeros, mientras se formaba una alineación precaria, listos para descender.

El aire se sentía extrañamente fresco, removido por corrientes que limpiaban, en parte, los restos de la contienda.

Adad, Lince y Safir daban instrucciones a sus hombres.

Theo se colocó al frente para guiar al grupo y retomar sus labores, aunque algo en su interior lo inquietaba.

Aún quedaba luz de día, aunque no por mucho tiempo.

Debían descender rápido.

El grupo no estaba en condiciones óptimas, pero no era eso lo que lo preocupaba.

El aire se arremolinó en la cima, disipando el miasma.

El viento silbaba de una forma distinta.

La nariz de Theo se contrajo al detectar un olor nuevo y, a la vez, familiar: una mezcolanza de memorias amplificadas por su olfato desarrollado.

No pudo contenerse.

La estela lo obligó a mirar al cielo, buscando la fuente del aroma, esta vez con mucho menos esfuerzo gracias a las condiciones del entorno.

En lo alto, un pequeño punto comenzaba a crecer.

A su alrededor, una masa de aire se comprimía, fenómeno que Theo no lograba percibir.

Lo que todos sí notaron fue el estruendo que golpeó sus torsos cuando, cerca del ocaso, su mayor temor se precipitó.

La velocidad aumentaba de forma gradual mientras descendía en un ángulo casi recto.

Su cuerpo compacto desplegó alas enormes, de un blanco impoluto.

Garras inmensas se curvaron, y músculos poderosos se marcaban bajo una piel fina y resistente.

Su cabeza se volvió claramente visible.

Una boca córnea y ganchuda, ojos que parecían atravesar el alma y no dejaban escapar ni un solo movimiento.

Un grito territorial, agudo y violento, sacudió al grupo, filtrándose bajo la piel y despertando un miedo instintivo.

Ante ellos se alzaba una de las mayores amenazas posibles:un suntuoso grifo, Rey del cielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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