Sentidos : El despertar - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Gargantilla Olvidada Dominación; Valentía
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48: Gargantilla Olvidada: Dominación; Valentía 48: Gargantilla Olvidada: Dominación; Valentía Una sola palabra describía el pensar colectivo: desesperación.
Sin duda alguna.
Sus hombres estaban al borde del colapso; no contaban con más brebajes curativos, Safir apenas se había recuperado y, para limitar aún más sus opciones, su poder de fuego se reducía a apenas cuatro balas de cañón.
El aterrizaje se concretó con un poderoso batir de alas.
Huesos y polvo por montones se regaron a su paso y, al alzar la cabeza, el Grifo hizo sonar una vez más su llamada.
Parecía una advertencia, aunque nadie tenía claridad.
Lince pareció encontrar la respuesta.
Pese al panorama, su juicio se mantenía imperturbable.
—Debe ser su nido —dijo con calma, cuidando el tono y la fuerza de su voz para no alterar aún más a la bestia—.
Los grifos salen de día, cazan, merodean y vuelven.
Los huesos, los restos de ropa y los Daptrius eran la señal.
Sonaba lógico, pero nadie lo había sopesado hasta ahora.
Probablemente los restos de una presa atrajeron a los Daptrius, carroñeros por excelencia, arrebatando la comida del Grifo.
Un segundo grito cortó esos breves segundos.
Ya no era advertencia: era amenaza.
Con ello, el aire que respiraban fue arrebatado con súbita urgencia, envolviendo el cuerpo de la bestia.
El aura rodeó su boca curvada hacia abajo.
Sus ojos parecían emitir chispas y su plumaje vibraba a un ritmo frenético.
Las garras se clavaron en el suelo y su cuerpo, de pelaje fino, con venas y músculos marcados, exhibía una autoridad absoluta.
—Retiren a los heridos a una zona segura.
Que los artilleros carguen las últimas municiones.
Theo, cubre a los hombres.
Lince, después de mí —ordenó Adad.
La instrucción fue rápida, pero demoró en quebrar la atención y el miedo enquistados en sus corazones.
Solo el tornado que comenzó a formarse en el sable de Adad rompió la pausa.
No había brecha para contenerse.
Ambos lucharían en su elemento, confiando en su poder y control.
Adad se adelantó, no por iniciativa propia.
Sabía que no podía darle espacio a la bestia y aumentar las bajas del grupo.
Arriesgarse era su única opción, y un líder no puede titubear.
El Grifo detectó la amenaza, aceptando la invitación al duelo.
Después de todo, no iba a dejar que los ladrones de su botín se marcharan tras desvalijar su nido.
Usando sus patas traseras como apoyo, el Grifo elevó su cuerpo.
Sus alas extendidas intimidaban aún más, dándole una apariencia abrumadora.
Las garras delanteras brillaron mientras el aire se comprimía a su alrededor.
Un último grito anunció el inicio del duelo.
Adad apenas alcanzó a dimensionar el poder insuperable cara a cara.
Una gota de duda cayó en su mente, idéntica a la de sus inicios, cuando no era más que un novato.
No hubo tiempo para sobrepensar.
No había espacio para sentimientos: debía actuar sin demora.
Las garras descendieron con violencia.
Un golpe vertical, simple, pero infalible.
Adad cargó su cuerpo, se inclinó hacia la derecha y, desde abajo, propinó un corte ascendente a la par de su contraparte, cargado de un tornado arrollador.
Rocas, huesos, restos de carroña, Daptrius y polvo sangriento se arremolinaron para luego ser despedidos por los aires.
Todos quienes presenciaron el choque de poder se cubrieron el rostro, protegiendo la vista.
Algunos huyeron despavoridos, tropezando entre sí; otros se arrastraron por el suelo.
Los valientes artilleros cargaron apenas unas balas, todo lo que quedaba, avanzando con pasos nerviosos.
Theo se interpuso entre el grupo y Adad, mientras Lince, a un costado, aguardaba a que el polvo se disipara para actuar.
Y pasó.
El sable de Adad chocó con las garras afiladas.
El ruido metálico cruzó la cima.
El Grifo no se inmutó; solo medía el nivel de su rival.
En cambio, Adad entregó toda su fuerza de manera inútil.
Su hoja se clavó en el suelo, sin efecto alguno, mientras las alas se contrajeron frente a él, disipando el polvo y lanzándolo por los aires sin resistencia.
El aire se agitaba.
Era anticlimático.
El grupo, mermado y reducido a unos pocos, esperaba temeroso una orden clara.
La luz estaba a punto de ocultarse por completo y, si la contienda ya era desigual, en minutos sería una masacre.
—Maldición —escapó de la boca de Adad mientras apretaba con más fuerza el sable.
Lince lo observaba con desilusión.
Esperaba actuar tras una apertura, pero ante el escenario actual solo le quedaba crearla por sí misma.
—Ni lo intentes —dijo Adad, adelantándose a su pensamiento—.
El aura que lo rodea genera heridas mortales si no puedes contrarrestarla.
Para eso necesitas dominio del aire.
La daga de Lince volvió a su funda, pero solo por un instante.
Sin dar espacio, Adad cargó nuevamente.
Aun así, Lince no se quedó mirando: lanzó las dos cuchillas restantes, apuntando directamente a los ojos, el punto vulnerable del enemigo.
Para su sorpresa, las hojas no alcanzaron siquiera a llegar.
A un metro del objetivo sufrieron turbulencias y fueron arrojadas a los lados, al igual que los hilos metálicos que las seguían.
La incertidumbre se sembró en ella.
Debía haber una forma lógica de avanzar; algo se le escapaba.
Adad no podía solo, y si no había una abertura, tendría que crearla.
Adad quedó frente a la bestia.
Su aura primitiva apenas lograba igualar la de su contrincante, generando cortes menores en su ropa y piel.
Nada grave, por ahora.
El aire volvió a concentrarse en las garras delanteras, atrayendo todo a su paso.
Esta vez, Adad abrió los brazos en un corte amplio, de lado a lado, apuntando al torso de la bestia, un blanco accesible dada la magnitud del Grifo.
El Grifo respondió usando solo una garra, como si midiera cuánta fuerza era necesaria.
Casi sin esfuerzo, clavó la izquierda en el suelo mientras la derecha colisionaba con el filo, puro, apenas impregnado de aire.
Adad se retorció de dolor.
Su brazo fue doblado de manera antinatural, casi arrancado desde el hombro.
Una muralla se alzó frente a él.
Un muro inamovible que podía tocar.
Por un destello de tiempo sintió, de forma paradójica, una asfixiante falta de aire.
Su rival era formidable y dominaba con mayor precisión cada aspecto del que Adad se sentía orgulloso.
Su brazo izquierdo se apoyó contra el hombro contrario mientras se agachaba para retroceder.
El Grifo no lo permitiría.
La garra enterrada se arrancó del suelo, dejando un agujero profundo, mientras la bestia se elevaba peligrosamente en una fracción de segundo.
Lince vio un hueco en la defensa del imponente híbrido entre águila y león.
El filo de sus dagas desenfundadas resonó con claridad cuando una mancha negra se proyectó como un rayo hacia el pecho del objetivo.
Algo estaba mal.
El aire se reunió en la garra que se alzaba, pero de forma distinta.
No era tan potente como el primer golpe; era, quizá, de una dimensión mayor.
Adad, sumido en dolor, con los ojos contraídos y los dientes rechinando, leyó con dificultad el curso del aire.
Lince llegó en un instante, ubicándose estratégicamente entre el Grifo y Adad.
Demasiado tarde.
Sus dagas, alineadas una con la otra, se lanzaron en una puñalada limpia.
A la par, la garra del Grifo descendió.
Theo observaba el combate a unos metros, mientras reorganizaba a los hombres restantes, dejando solo a aquellos capaces de apoyar.
Eran apenas un puñado.
Una vez más, sintió el aire cargado de aromas dispares y, entre ellos, uno instintivo, inconfundible: miedo.
Adad soltó su brazo herido.
En una fracción de segundo, estrujó toda la energía restante, ayudado por el viento que ahora se acumulaba en sus pies, aun cuando el cuerpo ya no le respondía como debía, y se precipitó contra la figura negra, contrario a todo lo que se esperaba.
Su cuerpo sacudió a Lince.
Sus brazos fueron violentamente rasgados por el aura invisible; girones de tela se esparcieron mientras Adad se interponía entre ella y la amenaza, esquivaba la garra y la arrojaba a un lado.
Esa fracción de tiempo, con la espalda expuesta al enemigo, ocultó para el resto de los espectadores el brutal corte, fruto del aura de la bestia, que le atravesó la espalda de forma diagonal y completa.
El Grifo respondió con un estremecimiento visceral.
Sus ojos brillaron con un fulgor instintivo, no de juicio, sino de caza.
Las alas se agitaron, excitadas por la sangre y el movimiento.
Había presas aún en pie.
El cuerpo de Adad convulsionó de dolor.
Los músculos posteriores quedaron totalmente despedazados; las piernas dejaron de responder.
Cayó seco al suelo.No volvió a levantarse.
Ahora la responsabilidad recaía en Lince y en Theo, que ya corría hacia el frente de la bestia.
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