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Sentidos : El despertar - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - Capítulo 49: Gargantilla Olvidada: Dominación; Lo absoluto
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Capítulo 49: Gargantilla Olvidada: Dominación; Lo absoluto

El silencio llenó todo el entorno. Las respiraciones contenidas se volvieron pesadas, densas, mientras Adad yacía inmóvil sobre el suelo, haciendo evidente la incapacidad humana de hacer frente a una bestia de alto grado.

El Grifo se agitó, mostrando una sorpresa genuina, breve, casi imperceptible. Su aura cambió de forma, expandiéndose, sacrificando poder destructivo en favor del área de impacto. No era una reacción desesperada, sino una decisión consciente: la bestia no estaba perdiendo, estaba reajustando su dominio, tolerando daños secundarios mientras priorizaba un único objetivo —matar—.

Adad lo detectó incluso en su estado, comprendiendo demasiado tarde que subestimar a una criatura de ese nivel siempre exige un precio.

Theo no podía creerlo. Había entrenado con Adad, conocía su fuerza, su control, su temple. Un rival soberbio, un líder nato, reducido ahora a un cuerpo quebrado que los dejaba a merced del Rey del cielo.

Las gargantas tragaron con dificultad el amargor del momento. Lince no tuvo tiempo para procesar emociones; nunca lo tenía. De manera casi inconsciente, cargó al capitán y lo alejó sin considerar sus propias heridas.

La sangre brotaba a borbotones. El rostro de Adad palidecía con rapidez. El daño visible había destrozado su espalda, pero nadie podía dimensionar el impacto interno provocado por la energía del aura que lo atravesó.

Safir se apresuró a brindarle primeros auxilios.

—Idiota… ¿qué me habías dicho…?

Las palabras se quebraron en lágrimas mientras Adad expulsaba aire y sangre en una tos violenta.

—Ya pagué el precio…

Su voz apenas escapó de su boca. Respiraba con dificultad, sentado en el suelo y apoyado en su hermana, como tantas veces antes, solo que ahora su vida pendía de un hilo.

El Grifo no dio tregua. Se preparaba para cargar contra el grupo completo. No mostraba apuro ni furia descontrolada; avanzaba con la certeza de quien sabe que el desenlace es inevitable.

Theo proyectó su figura al frente, firme, con las manos en postura defensiva. No esperaba vencer, solo encontrar una abertura. Solo ganar tiempo.

Lince, en cambio, aprovechó el instante. Se precipitó. Sus manos danzaron y una decena de finos cuchillos se enterraron alrededor del enemigo, delimitando el espacio.

Con un segundo movimiento, más delicado, una red de hilos metálicos se materializó en un susurro. El Grifo concentraba aire en sus garras cuando una delgada cúpula de acero se encendió.

—Arte secreta: Llamarada—

La jaula de fuego se formó. Al principio fue estable, casi dócil, pero pronto se volvió errática, alimentada por las corrientes de viento que la propia bestia generaba. El control excelso del Grifo se volvió contra él en un agarre suicida. Bramó, no por dolor, sino por orgullo herido.

Theo permaneció paralizado. Una duda espesa recorrió su cuerpo.

Si Adad no había sido capaz de doblegar a la bestia, ¿qué podía hacer él, un novato?

El chillido agudo precedió a un violento sacudón. El agarre comenzaba a ceder. No había tiempo.

Lince mantenía los brazos extendidos. Su energía se drenaba como agua sobre arena seca. Para su sorpresa, Theo se precipitó hacia adelante, en un acto casi heroico… aunque torpe.

El arpón cortó el aire. Sus manos estaban firmes, su corazón galopaba. El sudor empapaba su frente mientras ejecutaba una estocada premeditada.

Fue inútil.

El arma ni siquiera logró atravesar el escudo elemental del Grifo. Desvió su trayectoria y cayó a un costado. Una mueca amarga se dibujó en el rostro de Theo.

La oportunidad se desperdició, no por ineptitud, sino por la ley del más apto. Su fuerza no era rival para el soberano del cielo.

Sin tiempo para procesar el error, lanzó una serie de tajos rápidos, buscando un punto débil antes de que las llamas perdieran efecto.

Y entonces lo sintió.

Los golpes resbalaron contra el aire, clavándose en el suelo o desviándose violentamente… salvo uno. Uno que conectó con una facilidad inquietante en una de las alas.

Theo lo notó por el tacto transmitido a través del arpón. La vibración fue distinta. No como golpear piedra, sino como rasgar corteza húmeda; una sensación conocida, antigua.

Durante un segundo, el Grifo mitigó su control sobre el aire para sofocar las llamas. Lo logró. Pero una molestia, mínima pero real, nació en su ala.

No era una herida grave. No lo debilitaba. Pero sí lo irritaba.

Theo se reposicionó junto a Lince. El aura asesina del Grifo se volcó hacia él. El foco había cambiado. Ya no era la figura de negro: ahora la presa era la pequeña criatura que sostenía un metal alargado.

—Lince… creo que podemos hacer algo…

Su respiración pesada apenas le permitía hablar.

—Su ala derecha. Esa. Debo atacarla.

La fatiga era evidente. Cada movimiento costaba el doble. No quedaban reservas.

—Entiendo.

Su voz seguía siendo calmada, pero su pecho subía y bajaba con dificultad.

Theo percibió el cambio. La sincronía con su compañera se afianzaba, forjada bajo presión.

—Volveré a lanzar las llamas. Atento.

Lince encorvó la postura, sus dedos gatillando el aire.

El muchacho reguló su respiración. Necesitaba bombear energía, concentrarse, repetir el movimiento.

El Grifo los observaba. Medía. Calculaba. No mostraba apuro. Decidía si aplastar con fuerza bruta o envolverlos con su aura y arrancarlos del suelo.

Los segundos se estiraron hasta quebrarse con el rugido enfurecido de la bestia.

Su cuerpo masivo clavó las garras en el suelo para luego impulsarse hacia Theo, pura fuerza física descargada contra la tierra, que retumbó bajo el impacto. La silueta, ya imponente, parecía ahora un faro de opulencia salvaje.

Lince rompió su inercia. Sus dagas estaban listas para cortar sin temor a encontrar resistencia como antes; no sentía la capa de aire que cubría a la bestia.

Se adelantó.

—¡Artilleros, a mi señal!—

Su voz sacó de la parálisis a los camaradas, que esperaban no tener que participar en aquella afrenta desigual.

Movimientos descoordinados y manos temblorosas se hicieron visibles mientras los cañones apuntaban torpemente hacia la bestia.

—¡Solo un disparo, preparados!—

La voz de Lince apenas sobrepasó el estruendo del avance del Grifo. Frente a frente, los hilos de acero se formaron en un esfuerzo aparentemente inútil por detenerlo.

Las dagas se cruzaron. El espacio pareció desdoblarse cuando los hilos envolvieron el cuerpo del Grifo, justo cuando este lanzaba una embestida implacable hacia Theo.

El muchacho no tuvo tiempo de reaccionar. Lince ya estaba actuando.

Los hilos no podían detener a la bestia, pero sí brindarle anclaje.

—¡AHORA!—

Theo apenas alcanzó a interponer el arpón entre él y la criatura cuando las dagas de Lince brillaron en un choque brutal. Ambos salieron despedidos en direcciones opuestas.

La bala de cañón surcó el cielo y conectó de lleno con la cabeza del Grifo. La bestia perdió la postura por instantes; sus fornidas piernas temblaron, mientras la cola se agitaba, embriagada por la confusión.

Theo y Lince aterrizaron con violencia y fueron arrastrados varios metros sobre el suelo devastado. Polvo, fragmentos de roca y restos orgánicos se elevaron en una nube caótica.

Los sonidos llegaron tarde. El disparo de cañón resonó varias veces en la cabeza de Theo, mientras su cuerpo, cubierto de suciedad y dolor, intentaba comprender lo ocurrido.

La colisión lo dejó profundamente aturdido. El mundo giraba. Recordaba haber tenido el arpón en las manos. Negó lentamente con la cabeza, forzando a su visión doble a estabilizarse.

Lince estaba en peor estado. Había recibido la mayor parte del impacto. Sus dagas ya no estaban con ella: ahora se encontraban clavadas en el pecho del Grifo, de manera superficial, apenas logrando desangrar a la criatura.

Sus brazos estaban helados, propensos a deformarse. El crujido que había escuchado no era producto de su imaginación. Había creído que, tras tantos daños, sus huesos se adaptarían. Qué decepción.

Se recompuso entre muecas de dolor y furia. Miró a Theo, que apenas parecía entender dónde estaba.

—¡LEVÁNTATE!—

El grito rebotó en el cráneo del muchacho, amplificando su mareo.

El Grifo sacudía la cabeza. Estaba a punto de repetir su ataque, esta vez decidido a matar.

Sin incorporarse del todo, Lince cruzó los brazos sobre su pecho y apretó los puños. El sonido de tensión metálica envolvió a la bestia. Cada músculo se tensó, los tendones al límite, su cuerpo llevado al máximo extremo humano posible.

Los sonidos comenzaron a recuperar claridad. La visión de Theo, aún doble, enfocó el cielo. Sus piernas, que empezaba a sentir de nuevo, le suplicaban levantarse.

Se giró bruscamente y vio el arpón a unos metros. Se lanzó a por él.

El ruido de cables tensos llenó sus oídos cuando Lince gritó:

—¡FUEGO!—

Pero el Grifo no se dejó alcanzar con facilidad. Los movimientos torpes de los artilleros le concedieron fracciones valiosas de tiempo. Otra bala de cañón se aproximaba.

La bestia envolvió su cuerpo en densas corrientes de aire, soltando sus ataduras y esquivando con relativa facilidad la bola de metal.

Un gruñido extraño escapó de la garganta de Lince. Usó la última gota de energía que le quedaba.

Por última vez, abrió la boca.

«Arte secreta: Llamarada»

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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