Sentidos : El despertar - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- Sentidos : El despertar
- Capítulo 5 - 5 Sueños y promesas Llamado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Sueños y promesas: Llamado 5: Sueños y promesas: Llamado Con movimientos lentos, revisó su cuerpo y sus pertenencias.
Nada había cambiado, salvo una cosa: podía percibir un aroma.
Tres aromas.
Reconocía la corriente de viento que traía consigo la salinidad del mar, las rocas cercanas, la arena, el pasto no muy lejos, y lo que lo sorprendió, el olor a ladrillo y madera húmeda del faro, a varias decenas de metros.
Un dolor punzante atravesó su frente, probablemente debido al esfuerzo de su olfato.
Intentó calmarse, centrarse y restringir su percepción a los pocos metros que lo rodeaban.
Los estímulos que lo inundaban comenzaron a calmarse, y, al igual que el mar, todo se volvió tranquilo después de unos minutos de respiración profunda.
Theo se preguntaba: ‘¿Qué se supone que bebí de ese vial?’ El aroma cautivador lo sacó de su cautela, la misma que lo había mantenido a salvo durante tantos años.
Sin embargo, en un impulso, todo eso se desvaneció.
El premio, ahora contenido en una capa, pesaba sobre él.
El cofre, lanzado nuevamente al mar, y su nariz, más aguda que nunca, lo instaban a volver rápidamente a su hogar.
Con mucho cuidado y tratando de no hacer más ruido del habitual con su preciada carga, Theo partió raudo hacia casa.
Las olas ya quedaban a distancia, y frente a él aparecían lentamente las primeras casas de su conocida zona sur.
Sin embargo, algo lo perturbaba; bajo sus pies, notaba cómo la humedad salina disminuía en su ahora agudo olfato.
Pese a haber intentado limitarlo sin mucho éxito, aún lograba percibir pequeñas sutilezas invisibles a su antiguo yo: los arbustos que emanaban un toque seco en sus ramas, el apagado olor de las rocas, el camino de arena mezclado con tierra, que lograba discernir sin siquiera mirar sus pies, y cómo la brisa arrastraba desde el mar una amalgama de sensaciones que antes nunca había captado con tanta intensidad.
Abrumado por todo ello, y mientras caminaba a pasos seguros, ya llegando a casa, pudo notar que su madre lo esperaba con comida.
Esta vez, pescado asado y patatas al horno con especias, lograba olfatear el romero y ají seco junto con la sal de mar ya característica.
Al entrar en casa, una sensación de alivio y descanso lo invadió.
Tras dejar su capa en un rincón, junto con el odre y otras pertenencias, se quitó el abrigo y saludó a la jefa del hogar.
—Hola, madre.
Perdona la hora…
me entretuve más de lo esperado volviendo del faro —comentó Theo con un aire de culpa.
Mientras ponía los platos servidos sobre la mesa, su madre, con una mirada alegre, le respondió: —Pensé que estarías jugando con alguno de tus amigos.
Les encanta pescar en zonas peligrosas o explorar naufragios.
Un día de estos se van a topar con una sirena abyssia, y no van a poder contarlo dos veces.
Ya más relajado, Theo reconocía ese olor maternal tan característico, esa mezcla de aromas que evocaban seguridad, hogar, y una calidez que no cambiaría por nada.
En medio de sus pensamientos, respondió con una sonrisa: —No pasa nada.
Si así hubiera sido, habría traído una anguila escarlata para la once…
o la cabeza de esa bestia que mencionas, para enmarcarla.
Ja, ja, ja —soltó una risa genuina; después de todo, le habría encantado lograr una hazaña así.
—No hables tonterías y ponte a comer, que el pescado está recién hecho.
Es un pez meruc que iban a desechar en el trabajo; ya estaba a punto de echarse a perder —espetó ella mientras le señalaba la silla con el dedo.
Theo se sentó, apreciando las sensaciones que lo rodeaban.
La leña de roble ópalo, cortada por sus propias manos, ardía lentamente en la chimenea.
Sobre ella, el horno de adobe liberaba una mezcla de olores a tierra, restos vegetales y comida casera.
Sentía el aroma templado de los muebles de madera, el perfume tenue de la ropa limpia, el mantel recién lavado y los utensilios brillantes.
Todo le resultaba familiar, pero al mismo tiempo ajeno, como si viera su mundo con nuevos ojos.
Reconocía en esos detalles una nueva forma de apreciar su entorno.
Con los ojos cargados de esperanza, atacó su plato, comiendo con avidez la carne blanca y tierna del pescado, acompañada de tubérculos y especias.
Intentaba saborear cada bocado antes de dar el siguiente.
Con ayuda de un vaso de té caliente, finalmente soltó un suspiro de satisfacción al saciar ese hambre que, hasta entonces, había permanecido silente.
Mientras Theo terminaba su comida, notó cómo su madre, no muy atrás en completar su porción, lo observaba con satisfacción al ver que no dejaba nada en el plato.
—¿Cómo estuvo el trabajo?
—preguntó él con voz apagada hacia el final—.
No sueles trabajar los domingos, y últimamente descansas cada vez menos.
Su madre, tras limpiarse la boca con energía y retirar los restos de su jugoso menú, respondió con firmeza: —Sabía que si iba hoy, me pagarían mejor y podría traer este pescado.
Sabes que doña Florencia quiere que el puesto funcione todos los días, y a mí no me molesta ir a ordenar y vender.
Hablaba con seguridad, sabiendo que era una decisión lógica.
Quería ahorrar lo suficiente para comprarle a su hijo un mejor equipo, que le permitiera alcanzar un oficio digno.
Fuera pescador de alta mar, cazador de bestias marinas, explorador o lo que eligiera ser, necesitaba buen calzado, un abrigo nuevo y, al menos, unas tres camisas de calidad para ir alternando.
Podía faltar abrigo para ella por las noches, pero su hijo no carecería de nada.
Ese había sido su pensamiento desde que lo llevaba en el vientre, y diecisiete años después, no había cambiado de parecer.
Theo asintió, conmovido, valorando en silencio el esfuerzo de su madre.
Luego le dijo: —Mañana espero comprar el arpón que me prometió mi amigo Mirau.
Dijo que estaba olvidado y algo gastado en la bodega de su trabajo.
Con un poco de suerte, nadie lo echará de menos.
Me comentó que necesita mantenimiento, pero podría ser un arma temible.
Su madre lo miró condescendientemente, aunque en el fondo no ocultaba cierta duda.
—Espero que no sea como el cuchillo de la última vez… el que se rompió mientras destripabas el almuerzo —replicó, antes de dar el último sorbo a su té.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com