Sentidos : El despertar - Capítulo 50
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Capítulo 50: Gargantilla Olvidada: Dominación; Deshonrosa
Como brasas sopladas con cuidado, poco a poco el fuego comenzó a esparcirse. La vista de Lince se tornó blanca mientras su cuerpo dejaba de responder. Contrario a sus cálculos, no había logrado economizar su energía.
Desmayándose en el acto.
El fuego, sin embargo, retomó una fuerza abrumadora. Al igual que antes, se alimentó del vendaval y creció tanto en tamaño como en poder abrasador.
Esos breves instantes fueron la clave. Mientras la cúpula de hilos metálicos y fuego que rodeaba a la bestia se formaba, crecía y luego comenzaba a desvanecerse, tal como su creadora, Theo pisó con fuerza el suelo.
Su mente estaba opaca. El ruido, el olor a pólvora, los brazos entumecidos; todo conspiraba contra su capacidad de mantener la empuñadura del arpón.
Apenas un segundo después de recuperar su arma, su cuerpo —alimentado solo por voluntad— corrió hacia la bestia sin vacilar.
Las alas extendidas liberaron una violenta onda de choque. El aura del Grifo parecía apagarse, y fue en ese instante cuando Theo lanzó una serie de estocadas.
Un grito visceral brotó de su garganta, mezclado con emociones que se arremolinaban sin orden. Saliva expulsada, la frente ardiendo, venas tensándose de ira mientras la hoja del arpón cortaba el aire.
Lanzó decenas de golpes, pero su juicio nublado permitió que solo unos pocos conectaran.
El ala del animal se estremeció. Un impacto a mitad de la estructura lesionó su articulación, obligándolo a recogerla por instinto.
Una voz joven, pero potente, llenó el vacío dejado por el desmayo de Lince.
—¡DISPAREN TODO!—
Los marineros, nerviosos e incrédulos, no lo pensaron dos veces. El cañón rugió y las primeras balas cruzaron la distancia en un parpadeo.
Una falló de manera dolorosa, estrellándose contra el suelo detrás de la bestia y levantando tierra y fragmentos de roca.
La siguiente se incrustó en la pierna contraria a la que Theo atacaba, hundiéndose con un crujido seco que sacudió todo el cuerpo del Grifo.
El daño ya no era superficial. Su garra delantera cedía, incapaz de sostener su peso.
Una vez más, su garganta emplumada se tensó y lanzó un grito agudo, mientras su pico en forma de gancho descendía sobre Theo.
Sin garras, tambaleante y sin capacidad de volar, el Grifo, cegado por la venganza, clavó su cabeza donde el muchacho debía estar.
Theo lanzó su última estocada.
Cientos de agujas invisibles atravesaron sus brazos. El aire desgarró sus fibras musculares hasta colmar todo movimiento. Rígidos, cayeron, al igual que sus rodillas, que golpearon secas contra el suelo.
Su mirada se clavó en la tierra mientras aguardaba el golpe final.
Entonces, una tercera bala de cañón impactó de lleno en la frente del Grifo.
El cuello de la bestia se dobló violentamente. Intentó reincorporarse, torpe, desorientado, aturdido por la brutalidad del impacto.
Pero no hubo tiempo.
La última bala, disparada sin cálculo ni espera, golpeó su pecho con una violencia siniestra, hundiendo por completo las dagas que Lince había clavado previamente. Atravesó músculo, hueso y carne hasta perderse en su tórax.
Las respiraciones se contuvieron.
Los movimientos agonizantes de la bestia mantuvieron el miedo latente: espasmos musculares, alas agitándose por reflejo, intentos instintivos de escapar mientras la vida se desangraba a borbotones.
En un último acto de supervivencia, el Grifo agitó el ambiente con sus fuerzas restantes. Poco a poco, el miedo de los artilleros se transformó en un entusiasmo peligroso, nacido de la adrenalina y la oportunidad frente a sus ojos.
Uno de ellos tomó el mango de su sable y, tras titubear un segundo, se lanzó con un grito solitario.
Le siguieron dos, luego tres, y así el grupo recuperó el coraje, mientras sus hojas intentaban arañar la superficie del animal acorralado.
Movimientos irregulares lanzaron por el aire a varios hombres, jugándose el todo o nada en su intento fatídico.
El acero terminó por clavarse: ojos rasgados, la herida del pecho abierta, el ala rota machacada sin clemencia.
Los últimos movimientos involuntarios del animal cesaron.
Todos quedaron tendidos en el suelo.
No había victoria. Apenas sobrevivían.
En una zona segura, algo alejada, los hombres heridos —entre ellos Adad y su hermana, que curaba lentamente— escucharon el estruendo culminante y, menos de un minuto después, un silencio ensordecedor.
Un zumbido agudo persistía en Theo, boca abajo, saboreando la tierra. Los artilleros respiraban con dificultad, sus oídos aún castigados por los cañonazos.
El dolor se asentaba en los pechos con cada inhalación. El aire, ahora helado, se intensificó cuando la luz abandonó el cielo, dando paso a un mar de estrellas.
Los cuerpos, llevados al límite, yacían incapaces de moverse, clamando por un descanso verdadero.
A lo lejos, pisadas irregulares, susurros y rostros incrédulos comenzaron a emerger.
Safir avanzaba cargando a Adad sobre su hombro. Paso a paso llegaron a la escena final.
No hubo vítores al ver a la bestia inmóvil. Mucho menos alegría.
Era un día que deseaban no haber vivido.
Los hombres se agruparon nuevamente, esta vez apoyados contra el cadáver del Grifo. El grupo, sin fuerzas, se reunió solo para pasar la noche.
Poco a poco, los sonidos del entorno regresaron. Insectos, pequeños animales, ritmos familiares llenaron el silencio.
Los cuerpos apenas conservaban el calor, cubiertos de suciedad y sostenidos por la esperanza de que el mañana fuera mejor.
Safir observó a sus camaradas y prestó primeros auxilios.
La espalda de Adad estaba cubierta de gruesas costras; cuatro surcos profundos decoraban ahora su piel.
A Lince le unió los huesos astillados, que sanarían lentamente por sí solos; en unas semanas estaría como nueva.
Theo, en cambio, presentaba daños severos: músculos atrofiados, articulaciones desgastadas, incapaz de sostener un arma por un tiempo. Con lo último de su energía, Safir surcó sus músculos, conteniendo apenas el daño.
El cansancio la venció. Apoyó la cabeza en las piernas de su hermano, que descansaba boca abajo.
Las estrellas se desplazaban lentamente. La luna, testigo constante de sus noches, bañaba con luz tenue los cuerpos exhaustos.
El viento fresco se llevó el calor de la batalla, renovó las respiraciones e hizo reparador el sueño, pese al dolor.
La noche pasó, pero no sus estragos.
Las molestias persistían mientras, recién cerca del mediodía, algunos hombres comenzaban a levantarse.
Safir dio instrucciones breves, medidas por el agotamiento general.
Theo apenas pudo abrir los ojos. Cada célula de su cuerpo suplicaba descanso. Percibió que lo peor había quedado atrás, aunque sabía que el camino de regreso sería largo.
Su olfato no detectaba amenazas. No era extraño: derrotar al mayor depredador de la isla les concede una calma frágil, que esperaban se mantuviera hasta llegar a Ledia.
Los hombres comenzaron a movilizarse. Organizadamente, pero sin energía.
Algunos ayudaron a otros a ponerse de pie; los más enteros utilizaron cuerdas, palancas y mucho tiempo para cargar la bestia sobre los cañones, símbolo amargo de su victoria.
Con la vitalidad combinada de todos, lograron amarrar el botín con firmeza.
Lince cojeaba levemente, relegada a la retaguardia. Ya no podía liderar el frente y dudaba incluso de poder reaccionar ante otra amenaza.
Adad seguía siendo cargado por Safir. Su consciencia estaba más clara; su ánimo, intacto. Pero su orgullo estaba quebrado.
—Nos vamos a casa— dijo el capitán, con una sonrisa incompleta que aún lograba transmitir algo de calidez.
Sabía que tenía mucho por mejorar. Aquella había sido una lección dolorosa para él y para todos.
—No hables. Limítate a caminar— respondió su hermana, borrándole la sonrisa.
El gesto arrancó leves risas en el grupo. Carcajadas apagadas, liberando tensión acumulada, mientras Safir daba la última orden antes de devolverle el mando.
—En marcha.
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