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Sentidos : El despertar - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - Capítulo 51: Gargantilla Olvidada: El viento amaina
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Capítulo 51: Gargantilla Olvidada: El viento amaina

Los pasos fueron armonizando con los sonidos vivos que ahora se escuchaban de cerca. El paisaje seco, hostil y desolado que habían enfrentado durante días comenzaba a quedar atrás; en su lugar, la selva se abría paso con una presencia densa, casi reconfortante.

El canto de los pájaros adquiría un sentido renovado, no como amenaza ni distracción, sino como señal de continuidad. El calor, antes abrasador, era ahora mitigado por la sombra generosa de altos árboles que los acompañaban durante aquellas horas extenuantes de caminata, haciendo más llevadero cada avance.

Llegada la tarde, estaban al borde del desfallecimiento. Las piernas pesaban, los hombros ardían y las heridas comenzaban a recordarse con punzadas sordas, persistentes. Aun así, su capitán se preparó para hablar. El dolor en su espalda había cedido lo suficiente como para permitirle erguirse un poco más y, con ello, recuperar algo de ánimo.

—Bien, pasaremos la noche aquí.

Su postura seguía ligeramente encorvada, como si desafiar del todo al dolor fuera una mala idea. Tomó aire antes de continuar.

—Como saben, nuestro trofeo, el que llevaremos a casa, es el Grifo.

Sus ojos se desviaron hacia la enorme bestia inerte. En su mirada se mezclaban el desprecio y un optimismo forzado, esa satisfacción extraña que solo aparece después de sobrevivir a algo que no debía haberse ganado.

—Las bestias de esta factura suelen dar excelentes ganancias —prosiguió—, pero ¿qué sería la vida sin darnos un pequeño gusto?

Un brillo malicioso cruzó su expresión. No hacía falta decir más; muchos ya imaginaban lo que venía.

—No solo comeremos de esta bestia. Nos regocijaremos en su memoria. No todos los días se le gana a la muerte… y se derrota a un Grifo.

El énfasis final hizo efecto. Las espaldas cansadas se enderezaron apenas; surgieron sonrisas breves, algunos vítores apagados pero sinceros. La moral, golpeada durante días, respiraba por fin.

Con una organización casi mecánica, fruto de la experiencia, el campamento comenzó a levantarse. Unos tendieron las telas formando carpas; otros ordenaron las cajas de suministros, vaciando algunas para la ocasión. Los barriles destinados a la algarabía fueron dispuestos sin prisa, dando paso a un ajetreo bullicioso, lento, pero extrañamente cómodo.

Los marinos más expertos, armados con sus mejores cuchillos, comenzaron la disección de la presa. Nada se desperdiciaba. La sangre era recolectada en frascos que, al llenarse, daban paso a barriles más grandes. El líquido espeso y oscuro se acumulaba con un peso casi ceremonial.

La cabeza fue separada y dejada aparte. Tras decenas de golpes certeros al pescuezo, los huesos fueron apilados sin demasiado cuidado en cajas resistentes. Los fragmentos mayores, limpiados en lo posible, se envolvieron en telas gruesas.

Las piernas ofrecían grandes trozos de carne magra, arrancados con esfuerzo y precisión, separados de las garras. Estas últimas eran particularmente valiosas: útiles en alquimia y también apreciadas para la elaboración de estiletes y herramientas rituales.

Un intenso olor a sangre inundó el campamento. Theo no pudo evitar memorizarlo. Era profundo, pesado, cargado de historia; un aroma que hablaba de cuerpos acumulados, de presas devoradas por el Grifo durante años.

Cuando llegaron a los interiores, solo uno de los tripulantes se encargó de la tarea. Se movía con una familiaridad inquietante entre los órganos. En cajas marcadas iba separando cada pieza: enormes pulmones, el estómago, vísceras aún tibias. Todo era tratado con respeto técnico, pese a las dimensiones descomunales.

La cabeza requería otro cuidado. Con suma delicadeza separó los ojos de sus cuencas. Luego, tras medir la nuca, descargó golpes precisos hasta abrir el cráneo y extraer el cerebro. El resultado era casi pedagógico, un espectáculo anatómico de primer nivel.

El olfato de Theo se quedó clavado en los ojos. Eran más grandes incluso que un cráneo humano. Desprendían un olor húmedo, opaco, con un tenue rastro salino. Le recordó vagamente a sus paseos por el mercado, a pescado fresco recién descargado. Pero había algo más, algo que no lograba identificar y que lo atraía de forma inquietante.

Era clave entre mercenarios, milicianos y cazadores saber extraer el máximo beneficio de cualquier animal o bestia, tanto para sobrevivir como para asegurar ganancias. Theo lo recordaba bien. Por eso observaba cada paso, agotado pero atento, sin apenas pestañear.

Tras cerca de una hora, gran parte de la faena estaba completada. Mientras los carniceros afinaban su labor, el resto preparaba el fuego. No había lujos: solo generosos cortes de carne, sal y llamas vivas.

Se llenaron alrededor de cuatro sacos de plumas de distintos tamaños, separando con cuidado las intactas de las dañadas, justo a tiempo para la cena.

Los jugos comenzaron a chisporrotear sobre el fuego. El olor a grasa asada se esparció rápidamente, despertando un apetito ya voraz. Grandes piezas giraban lentamente, alcanzando un punto caramelizado preciso, conservando los jugos internos como debía hacerlo una buena carne.

Pronto, los cortes fueron repartidos entre los hambrientos comensales. Como en días más tranquilos, llenaron sus estómagos sin prisa. Bebieron las últimas reservas de licor guardadas para la ocasión, colmados hasta la plétora una vez más.

La carga de nutrientes sentó bien en todos. No era de extrañar: la calidad de la carne y sus propiedades parecían acelerar los procesos regenerativos. Incluso, de forma sutil, parecía mejorar la afinidad de Adad con el aire.

Este último devoraba en venganza, sin ningún tapujo, un corte tras otro, como si quisiera reafirmar, al menos ante sí mismo, quién mandaba realmente.

Lince, en contraste, comía despacio. Sus brazos estaban severamente dañados, pero se negaba a recibir ayuda. Safir, por su parte, mantenía la etiqueta incluso en ese contexto; bebía pequeños sorbos de vino de la última botella, con una elegancia casi provocadora.

Entre mordiscos animados y conversaciones más ligeras estaba Theo. Saboreaba cada bocado, sintiendo el calor recorrer su paladar. La grasa, escasa pero justa, realzaba el sabor junto con la sal. Pese a la simpleza, era una comida profundamente saciante, exactamente lo que necesitaban tras el esfuerzo.

Con el pasar del tiempo, las risas se apagaron. Algunos se internaron brevemente en el bosque y regresaron para acomodarse mejor. Los insectos intensificaron su presencia. El cielo anaranjado dio paso a un azul profundo.

Lince tomó la primera guardia sin objeciones. Luego seguiría Theo y, finalmente, Adad y Safir. Era la última noche en la isla, pero nadie se permitió bajar la guardia.

Sobre un trozo de tela alargado, relleno de heno seco, Theo descansaba. A ratos, punzadas intensas recorrían sus brazos, aunque cada vez con menor frecuencia. El cansancio comenzaba a imponerse al dolor.

En su mente repasaba la batalla. No encontraba otra opción distinta a lo que había hecho. Aun así, sentía que su aporte había sido insuficiente. Lo aceptaba con amargura, aunque entendía que aún no era un guerrero. No el que quería ser.

Mientras sopesaba aciertos y errores, su respiración se volvió más lenta. Una pierna se contrajo de improviso, casi despertándolo, y su boca se abrió para dejar entrar el aire fresco de la noche.

Pasaron minutos incalculables. Poco a poco, una nube de recuerdos comenzó a formarse en su mente. No estalló aún, pero pesaba. Amenazaba con descargar algo más que sueños cuando finalmente apareció.

Los ojos eran enormes, más que los del Grifo. Un brillo dorado, la pupila rasgada. El corazón de Theo se hundió en su pecho mientras aquella mirada lo desnudaba por completo; sentía cómo cada centímetro de su cuerpo era observado, o más bien, evaluado.

Su cuerpo no respondía. La lengua bífida rozaba sus mejillas de forma intermitente, haciendo más pesada su respiración.

Preso en su propio cuerpo, Theo se encontraba extrañamente alterado, pero anormalmente tranquilo. Recordaba esa experiencia; deseaba interactuar, pero pronto descubrió que solo era un espectador.

Contrastando la completa oscuridad, escasamente iluminada por las cuencas, un sonido agudo comenzó a intensificarse sobre su cabeza.

El lugar, que solo aceptaba sombras, empezó a recibir corrientes de viento y una luz que atravesaba el cielo, formando un claro violento que despejó la penumbra, justo cuando el opulento Rey se precipitaba con las garras extendidas sobre la Serpiente descomunal.

Sonidos potentes retumbaron en el pecho de Theo. El siseo aumentaba mientras la criatura reptil expelía gases y lanzaba tarascos cargados de amenaza. El Grifo respondió con su grito agudo, pleno de autoridad, extendiendo las alas en una exhibición absoluta de presencia.

La batalla era difícil de contemplar. Garras se clavaban con precisión sobre las escamas; colmillos afilados y vapores tóxicos emergían del velo nocturno, mientras fauces blancas amenazaban perforar el pecho del Rey de los cielos.

La bruma corrosiva era rechazada sin esfuerzo por los remolinos que lo rodeaban, esquivando con majestuosidad los embates del reptil.

Poco a poco, las fuentes de sangre se multiplicaron. Movimientos antes enérgicos y coordinados se tornaron erráticos, rozando la desesperación.

Las alas se agitaron con violencia y, en última instancia, las garras penetraron el cráneo de la Serpiente, derramando saliva y ácido sobre el suelo ensangrentado.

El Grifo, aún con las garras hundidas, miró al joven. El brillo dorado comenzó a apagarse. Theo pudo moverse de nuevo, aunque no estaba seguro. Una nueva marejada de emociones lo sacudió hasta la médula.

La cabeza emplumada se acercó peligrosamente. Theo no pudo reaccionar. Aun así, se detuvo a escasos dedos de su rostro.

Sus ojos, grandes y nobles, se posaron en los suyos, remeciendo el interior del muchacho.

Una corriente pareció expulsar un malestar profundo, rechazando un aire ahora nauseabundo desde el interior de Theo, provocándole una tos abrupta.

Sintió, finalmente, cómo todo vínculo con el reptil era borrado, dando paso a una conexión renovada con el Rey de los cielos. Volviéndose hacia él, la bestia pestañeó una vez. Theo hizo lo mismo. Sus miradas se coordinaron.

Cerró los ojos y, al abrirlos, pudo ver las pupilas de su contendiente mucho más cerca.

La luz se imponía ahora en el ambiente, haciendo que las pupilas de ambos se tornaran diminutas: un nuevo amarillo, con un centro redondo, similar al de Theo.

Pequeñas grietas recorrían el iris, surcos visibles como ríos secos, bordeados de negro.

Theo estaba fascinado. Pasó del temor y la ira a un entusiasmo genuino, admirando la posibilidad de contemplar aquello que no pudo en su momento.

Ambos cerraron los ojos y, de pronto, ya no estaba allí, sino envuelto en torbellinos de aire, mientras las corrientes ondeaban sus ropas.

No lo podía creer. El suelo le resultaba ajeno. Observaba la isla que tanto le costó recorrer desde lo alto, ahora pequeña, casi inofensiva.

Sus ojos se ajustaron y un chispazo amarillo brilló en ellos. Lo que antes parecía distante se presentaba ahora casi al alcance de sus narices.

Los detalles, los colores intensos, los movimientos finos de la maleza danzando con el aire cálido, aves e insectos: nada escapaba a su visión.

Volvió a pestañear y sintió cómo sus ojos parecían desprenderse desde el interior mismo de los del Grifo, casi despegándose entre sí.

Con un delicado gesto de cabeza, la majestuosa bestia inclinó el cuello, retirando las garras de su presa, para dar paso a su ascenso final.

Las nubes se abrieron aún más. La luz lo cubrió todo y, con ella, al ahora restaurado Theo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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