Sentidos : El despertar - Capítulo 52
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Capítulo 52: Gargantilla Olvidada: Cargando velas
La mañana se sintió distinta. Había menos fatiga en el aire; los pasos comenzaron a multiplicarse desde temprano. Lince vio a Theo tan plácido que ni siquiera intentó despertarlo.
Adad escuchaba con atención las indicaciones de cuidado que Safir le entregaba, mientras ella gesticulaba con los brazos, marcando cada instrucción con precisión.
Theo abrió los ojos, captando su entorno con una nitidez renovada. Pestañeó un par de veces, intentando aferrarse al recuerdo de su sueño amable, pero sin éxito. Solo le quedó un regusto tibio de satisfacción, una sensación breve y reconfortante.
Todo estaba listo. Solo restaba el último tramo de tierra; luego, el inmenso mar.
Sin contratiempos, las pequeñas embarcaciones alcanzaron al imponente Devorador del Ocaso. Los bateles se reunieron a sus costados mientras las cuerdas ascendían, cargando tripulantes y mercancías firmemente aseguradas.
La urgencia por zarpar se notaba en cada movimiento. Manos veloces manipulaban cabos, desatando y atando sin pausa, mientras el telón caía y daba inicio al viaje.
Cuando los gritos se extinguieron, el capitán se dirigió al timón, el lugar que le pertenecía. Lo acompañaba su hermana, quien evaluaba desde cerca el estado de sus heridas, con la mirada severa de quien no dejaba pasar ningún detalle.
Lince subió al mástil junto a un Theo rezagado. Él hacía lo mejor posible con sus extremidades limitadas; cada brazo apoyado en la escalerilla le exigía un esfuerzo mayor. Sus músculos tiritaron en advertencia, protestando con cada movimiento.
Tras unos minutos, ambos quedaron en posición de vigilancia, aunque solo Theo parecía disfrutar la vista.
El mascarón de proa volvió a cortar las aguas, cada vez con más fuerza. Adad parecía insuflar a voluntad las velas, guiando pequeñas corrientes de aire que se acumulaban en las telas y jalaban la embarcación rumbo a Ledia.
Poco a poco, Zalalnut —la primera de las ocho islas— se fundió con el mar. La neblina matutina dejó de ser perceptible, al menos para la mayoría. Mientras el agua mecía la nave con tesón, la tripulación se llenaba de nuevos deseos y ambiciones; despertaban emociones asociadas a un futuro que, por un momento, parecía brillante.
Algunos marineros ya planeaban en qué gastar su sueldo. Unos soñaban con descanso y comodidades: tres comidas al día y relajo. Otros, con burdeles y licor a destajo en cada taberna.
Los menos solo esperaban volver a ver a sus familias, entregar un recuerdo o el regalo prometido y, en el mejor de los casos, completar sus ahorros para mudarse a un lugar mejor.
En medio de todos ellos estaba Theo, mirando el mar. No cruzaba palabra con Lince, no por falta de comunicación, sino por la marea de anhelos que lo ocupaban por dentro.
Le urgía entrenar con Molk, adquirir una técnica con su arpón y, en el mejor de los casos, llegar a ser como la dama de negro que había visto frente a él: usar habilidades que desbordaban lo humano.
Una punzada le arrebató el ensueño. Miró sus brazos resentidos, sus manos magulladas, y suspiró. Quizás podría conseguir todo aquello, pero sin salud, no.
Primero debía recuperarse de su primera campaña naval. Al final, sacó cuentas alegres: conservaba la vida, había aprendido sobre los principios fundamentales del mundo y, pese a todo, tuvo una experiencia de combate gratificante, donde pudo explotar sus virtudes, pagando ahora consecuencias que le parecían justas.
Las gaviotas se volvieron infrecuentes. El canto de las aves se extinguió, dejando solo el sonido de las olas, el tensar de las cuerdas bajo la fuerza del viento y algunas conversaciones dispersas entre los marineros más entusiastas.
Lince continuaba vigilando cuando la voz de Theo la sacó de su concentración.
—Disculpa, Lince —comenzó el muchacho, aún pensando en su recuperación y en el final de la lucha contra el general Cangrejogro—. Sháva… ¿cómo es que logró comunicarse con nosotros?
Era una duda real. Theo sentía que necesitaba resolverla para poder entender lo que vendría después.
Lince respondió sin mirarlo.
—El viejo tiene ciertas “cualidades”, pero también algunas condiciones —midió cuánto decir antes de continuar—. Debes haber hablado con él en alguna instancia y no albergar sentimientos negativos que guíen tus acciones.
Lo dijo de manera vaga, como si el tema no le importara.
Theo, en cambio, escuchó con atención e intentó, sin éxito, ordenar sus recuerdos. Algo tenía claro: en aquel momento estaba cegado por la sed de venganza, alimentada por el dolor de la muerte de su madre.
Sus ojos se humedecieron, pero no se permitió detenerse ahí.
—¿Y cómo logró curarnos con esa luz roja?
No recordaba bien el elemento de la cueva, pero sí la luz que emitió al fragmentarse, la sensación posterior y la forma en que las heridas se apaciguaron.
—Energía —respondió Lince, dejando más preguntas que respuestas—. La energía se puede transmitir, almacenar, compartir y arrebatar. Al igual que nosotros, todo tiene un origen, pero no un final.
La frente de Theo se arrugó en una confusión evidente. Lince suspiró, prometiéndose que sería lo último que diría al respecto.
—Sháva tiene una misión para nosotros. Él no debe completarla; es más, no puede. Por eso se comunica y deja rastros de su ayuda.
Giró el rostro hacia Theo con aparente desinterés.
—Conoce este mundo mejor que nadie y tiene un plan para ti.
Theo no dimensionó las implicancias de aquella conversación. Solo entendía que Sháva poseía un poder superior al de Adad y Lince, más útil incluso que el de Safir o Molk, pero que no podía usarlo libremente.
Comprendió, de primera mano, que toda muestra de poder tenía un precio. Incluso lo que parecía sencillo —crear fuego o hablar dentro de su mente— terminaba mostrando consecuencias, tarde o temprano.
Mientras divagaba, Lince le dejó espacio para digerir aquella información.
El muchacho presentía que estaba encadenado, la falta de conocimiento sobre el exterior le abrumaba, por más aún, el hecho de no conocer su potencial ni poder materializarlo en una técnica que ayude a él y sus compañeros.
Las verdades de este mundo eran muchas. Solo era cuestión de tiempo para entenderlas.
Aunque mantenía la vista al frente, Theo no observaba nada. Dejaba correr su imaginación, permitiendo que los pensamientos fluyeran sin orden.
Sin darse cuenta, y ante el descenso de Lince, alzó la mirada hacia el puerto de Ledia, tan animado como siempre.
Las embarcaciones se ordenaban mientras cargaban y descargaban mercancía de todo tipo. Algunos se atiborraban de provisiones; otros coqueteaban con damiselas. En ambos casos, las ofertas volaban de un lado a otro buscando cerrar tratos.
Las aves sobrevolaban el lugar, llenándolo de ruido que se mezclaba bien con las voces y gritos de los marineros. Grandes cajas descendían, los barriles rodaban, y la cotidianidad se desplegaba sin pausa.
El Devorador del Ocaso finalmente atracó. Las velas fueron recogidas y la tripulación exhaló aliviada. Ahora quedaba lo más sencillo: descargar los bienes y obtener la mayor ganancia posible.
Adad vio al muchacho ordenar sus cosas. La mochila de tiburón le dejó una buena impresión.
—Acompáñame, Theo —dijo, rodeándole el cuello con el brazo poco después de dar las últimas instrucciones. Sus hombres ya estaban libres hasta el próximo zarpe.
—¿Dónde vamos? No tengo tiempo que perder —respondió Theo, con una voz que reflejaba la lista de tareas que había armado durante el viaje.
—Al mercado. Esto te será útil si quieres negociar y obtener buenos precios… incluso información.
Safir observaba la escena desde unos metros, agradecida del buen ánimo de su hermano, en parte provocado por el mocoso en cuestión.
Lince, por su parte, se esfumó sin dejar recado. Nada nuevo en ella, aunque esta vez parecía que algo la mantenía intranquila.
Los sonidos de precios y mercancías no tardaron en envolverlos. Piezas de carne pasaban de mano en mano; pieles y órganos se mecían mientras fervientes discusiones sobre la calidad de los materiales desembocaban en bolsas repletas de krakens de distintas denominaciones.
Theo ya había estado allí antes, aunque aquella vez no pudo participar como ahora.
Los golpes producto del caminar por pasillos repletos de gente incomodaban un poco, miradas furtivas y rostros agresivos se intercalaban, junto con palabras obscenas y gruñidos.
Adad se acercó a un caballero distinguido: estatura media, cuerpo regordete, barba cuidada y bigote respingado. Vestía un traje elegante de tres piezas y lucía un reloj de oro.
Theo lo observó y, con una punzada en el pecho, buscó su brújula entre los bolsillos de la mochila. El alivio lo recorrió al encontrarla. Se aseguró de aprender a usarla y sacarle verdadero provecho.
El mercader lanzó una mirada de reojo al jovenzuelo. El metal dorado captó su atención, interrumpida por la voz del capitán.
—Señor Gimil, tiempo sin verle.
La leve reverencia resultó extraña en alguien que conocía la manera casual y poco educada de Adad, suficiente para olvidar su distinguido origen.
—Señor Kushim —respondió con un leve ademán antes de estrechar su mano, retirándose el guante por formalidad.
Tras el firme apretón, Adad abrió la palma y la giró hacia el muchacho.
—Él es Theo, tripulante de mi flota y buen camarada.
Theo estrechó la mano del señor Gimil con firmeza.
—Ya veo. Debe ser alguien de su estima y rango para acompañarlo en esta instancia —respondió el mercader con cortesía.
—Así es —aclarándose la garganta, Adad continuó—. Como sabe, en nuestras expediciones solemos hallar tesoros cuantiosos y materiales de primer nivel, pero hoy traemos algo que lo dejará gratamente satisfecho.
Con una señal, sus hombres acercaron una carreta de grandes proporciones, hecha enteramente de metal. Las gruesas vigas hicieron sudar a quienes la empujaban hasta dejarla frente a la mirada inquisidora del mercader.
—Lleva menos de tres días desde su muerte. No usamos líquidos para evitar su descomposición; aún se mantiene “fresco”.
Adad retiró las telas y reveló el trofeo.
Decenas de huesos apilados, sacos de plumas, órganos en cajas marcadas y la inconfundible cabeza de un grifo. No uno cualquiera: uno mayor, evidente en su tamaño y en la brutalidad de su morfología.
El señor Gimil no mostró sorpresa. Ajustó sus lentes de gruesos cristales y evaluó cada centímetro del cargamento.
—Mmm… ya veo.
Cambió de guante y palpó los órganos con cuidado.
—Los interiores están muy bien conservados, salvo el corazón. El resto está indemne.
Limpió sus guantes con una tela delicada, ajustó los lentes y tomó una pluma. Anotó con habilidad una lista de productos y precios, y no tardó en presentar su oferta.
—Es cuanto puedo ofrecer —dijo con voz sincera, cruzando las manos bajo su barriga.
Las miradas de todos se centraron en el papel, aliviando sus cuerpos, más temprano que tarde el fruto de sus esfuerzos y poner su vida en riesgo daba resultados.
Los ojos de Theo casi se salieron de sus órbitas al ver la cantidad de krakens de oro escrita en el papel
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