Sentidos : El despertar - Capítulo 53
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Capítulo 53: Gargantilla Olvidada: Regateo justo
No se hizo esperar la sonrisa de Adad mientras observaba cada columna, cada materia y cada precio. Sus ojos se desplazaban con rapidez entre las palabras, recorriendo números y anotaciones con una precisión casi mecánica, hasta que, tras unos segundos de silenciosa evaluación, suspiró y dio su veredicto.
—Señor Gimil, nos conocemos desde hace años, y ambos sabemos que trescientas piezas de oro no se acercan ni de lejos al precio real del botín.
Su voz, clara y justa, removió algo en el interior de Theo. No tenía noción real del valor de los materiales; apenas contaba con referencias dispersas, tablas incompletas o cifras escuchadas al pasar en conversaciones ligeras de puerto, mientras cumplía tareas de limpieza o encargos menores.
Aun así, trescientos krakens le parecían una suma exorbitante. Con esa cantidad podría vivir rodeado de lujos en un sector residencial alto durante varios años, sin trabajar un solo día para nadie.
La mirada del señor Gimil titubeó antes de responder.
—Usted sabe, señor Kushim, que es un precio apropiado —dijo finalmente—, considerando que no contamos con la carne de la bestia. Apenas tenemos el cuero, las plumas y los huesos, que no siempre son fáciles de revender.
Adad sostuvo una sonrisa tensa. La demostración de habilidad mercantil apenas comenzaba.
—Es cierto. La carne estaba en mal estado, producto de las heridas sufridas durante la batalla. Sin embargo, le traemos la cabeza y sus órganos prácticamente intactos. Ambos sabemos que solo eso ya vale más de trescientos krakens. Y, por si fuera poco, los huesos y las plumas tienen una alta demanda entre alquimistas, escribas y nobles, debido a la exclusividad de los productos que pueden fabricarse con ellos.
Sus ojos recorrieron los materiales dispuestos, uno por uno, antes de posarse nuevamente en el rostro del señor Gimil, quien parecía quedarse sin argumentos. Aun así, se dispuso a replicar.
—No niego la calidad de tus mercancías —admitió—, pero debes entender que soy un intermediario. También debo obtener una ganancia de esta transacción.
—Quinientos.
El cuerpo de Theo tembló al escuchar la cifra. Era exactamente el número que había esperado oír, aunque no se había atrevido a formularlo ni siquiera en su mente.
—No aceptaré menos de quinientos krakens de oro —continuó Adad—. La vida de mis hombres no vale menos que eso. Si no me ofrece esa suma, acudiré a otro conocido. Vine primero a usted por la amistad y el renombre que nos preceden a ambos.
Sus palabras no solo apelaban a una brújula moral; cargaban con el peso del prestigio en juego. El mejor capitán de Ledia y uno de sus mercaderes más reconocidos no podían permitirse fracasar en un acuerdo tan visible.
—Señor, su propuesta roza lo inverosímil —respondió Gimil, visiblemente incómodo—. Sabe bien que no puedo disponer de quinientos krakens de mi bolsillo en este momento, al menos no hasta procesar los materiales y negociar con mis artesanos.
Su brazo se torció lentamente en un gesto inconsciente, y Adad utilizó ese detalle como lastre para sentenciar la negociación.
—Ofrezco mi honor como garantía —dijo con firmeza— y le concedo tres días hábiles para la tasación por parte de sus artesanos. No tengo dudas sobre el valor del botín que cazamos.
De forma casi imperceptible, la tensión en la mandíbula del señor Gimil se acentuó. Las palabras de Adad eran propias de un noble de su talla: un guerrero en el campo de batalla y un diplomático frente a la mesa de negociación.
Aunque el intercambio fue breve, Theo aprendió más de lo que esperaba. Comprendió que el valor de los materiales no residía solo en su rareza, sino en su potencial para convertirse en objetos sofisticados y, sobre todo, en la demanda que estos generaban. Cuán buscado era algo resultaba tan importante como lo que realmente era.
Los mercaderes circundantes observaron la escena con expresiones conformes. No había mucho más que añadir a lo expuesto por Adad.
Ambas manos se encontraron en un apretón agridulce.
—Tres días, señor Gimil. Espero su respuesta.
—Sin falta, señor Kushim.
Acto seguido, el carro comenzó a descargarse. Las plumas y los huesos fueron entregados, junto con las garras, los órganos, los restos de piel y la cabeza. Tras el trabajo coordinado de numerosos trabajadores, todo concluyó de manera favorable.
Theo observó el intercambio con atención. Aquella transferencia de ingredientes y materias era apenas el primer eslabón de una larga cadena que culminaría en productos extraordinarios. La admiración era doble: por el espectáculo de labia y estrategia que había presenciado, y por comprender, al fin, el valor agregado que nacía desde la base misma del botín.
—¿Ves, Theo? —dijo Adad—. Muchas veces el precio puede subir o bajar. La primera cifra que ofrecen es solo el punto de partida para una buena conversación. Luego, tras un tira y afloja, es posible llegar a buen puerto en la negociación.
El muchacho asintió. Tenía claro que esa experiencia, al igual que muchas otras, podría servirle en el futuro. Pero por ahora, lo único que importaba era zanjar su nueva hoja de ruta.
—Capitán, ¿puedo tomarme un tiempo para ocuparme de algunos asuntos? —preguntó. La ansiedad se colaba en sus palabras, acelerándolas.
—Claro —rió Adad—. Lince se comunicará contigo. Tenemos, al menos, un par de meses antes de la siguiente expedición.
Ya había calculado los tiempos: necesitaba que sus hombres se recuperaran, pagar sus sueldos y compensar a las familias de los caídos. Cargaba con esa responsabilidad y quería hacer las cosas con el debido cuidado.
Comprendiendo sus palabras, Theo se despidió de cada uno de los hombres que lo acompañaron. Incluso se acercó a Safir y la envolvió en un abrazo cariñoso que sorprendió a la mujer, siempre tan reacia al contacto.
Sus emociones se aquietaron. Aquel último gesto le provocó un dolor agudo en los brazos, recordándole que aún quedaba un largo camino para recuperarse, pero también sirvió como recordatorio de lo que debía hacer a partir de ahora.
Una sonrisa apareció en su rostro, después de mucho tiempo: una que marcaba un nuevo rumbo, nuevas metas, otras hazañas por alcanzar.
La figura de Theo se perdió entre la multitud del mercado, mientras su nariz captaba los aromas del lugar, como si actualizara una bitácora invisible, avivando su apetito por el conocimiento y por lo que aún estaba por venir.
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