Sentidos : El despertar - Capítulo 54
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Capítulo 54: Curtido entre sogas y sal : Trazando líneas en el aire
Por un momento titubeó. No tenía un lugar adonde ir y, en un instante doloroso, recordó que su casa yacía reducida a cimientos, sin un techo que pudiera llamar propio.
Un trago amargo recorrió su garganta, pero no le robó el foco. Su mente acudió al único refugio que siempre había estado ahí: el lugar donde había encontrado disciplina, orden… y algo más que simple abrigo.
Cruzó la ciudad de lado a lado. Poco a poco, el bullicioso mercado cedió espacio a las calles ordenadas y limpias del centro. Guardias patrullaban con paso constante y el aire era distinto, más fresco, libre del olor persistente a pescado fileteado.
Su objetivo era claro, al menos en términos generales, pero necesitaba asentar sus ideas. Para ello requería un sitio conocido, uno que le devolviera cierta estabilidad.
No muy lejos se alzaban los muros de piedra: la muralla que marcaba el límite de la ciudad. A sus pies, los barracones se presentaban ahora menos hostiles, casi acogedores bajo la luz del día.
Preguntó a varios hombres por Molk. Le dijeron que estaba ocupado, aunque todos coincidían en que ya estaba al tanto de su arribo.
La respuesta no lo dejó conforme. Sin embargo, un patrullero reparó en él y lo reconoció al instante.
—Tú debes ser Theo—dijo una voz grave a su espalda.
Un caballero uniformado le entregó una carta sellada con lacre. Mientras lo hacía, lo inspeccionó de pies a cabeza, no con desdén, sino con ojo crítico: su figura enjuta, sus ropas de buena calidad, aunque gastadas por el uso.
—Gracias—respondió Theo con firmeza, los ojos brillantes.
Al romper el sello, las letras se dispersaron sobre el papel, delatando la rapidez y despreocupación con la que había sido escrita la misiva. Desempolvando las viejas lecciones del anciano Rod, Theo frunció la comisura de los labios y arrugó ligeramente el ceño. Recuerdos recientes golpearon su pecho con fuerza contenida.
Entre la caligrafía irregular y sus conocimientos de lectura, comprendió el mensaje: Molk lo felicitaba y lo instaba a ocupar las instalaciones tal como antes. En unos días se reunirían.
Sin mucho más que agregar, se adelantó a hablar con el cuartel maestre del barracón, mostrando la carta del general Molk. Sin chistar, y presentando sus respetos, le asignaron un camarote y un baúl para sus pertenencias.
El espacio era amplio, similar a una bodega de madera. Pequeños marcos de ventana permitían una iluminación natural suficiente, filtrando la luz del exterior con sobriedad.
Camarotes ordenados en filas, baúles alineados, pasillos de piedra impecables y antorchas apagadas aguardando la noche para encenderse durante las patrullas. Sobre ellos, candelabros colgaban del techo, dispuestos con simetría.
Existían tres instalaciones iguales, lo que dejaba en evidencia el poder militar de las reservas. Estas se dividían jerárquicamente en niveles:
Cadetes.
Sargentos, entre los cuales uno destacaba sobre el resto: el contramaestre.
Comandantes de la guardia marina, donde el más apto era nombrado capitán y asumía responsabilidades directas sobre sus camaradas ante el cuartel maestre.
Un pasillo ancho conectaba los dormitorios con el comedor. Allí había mesas de madera robusta, bancos firmes y barriles de agua fresca siempre disponibles.
Existían normas mínimas de convivencia, las cuales Theo repasó al terminar de hablar con el encargado.
Logró fijarlas con claridad:
Levantada, aseo, desayuno, ejercicios, patrullajes, entrenamiento específico, cena y guardias.
Era obligatorio asear el cuerpo tras cada entrenamiento, eliminar el sudor y lavar los atavíos. Había una zona de baños para las necesidades básicas y, justo al lado, instalaciones para lavar la ropa. Las trabajadoras se encargaban de la ropa de cama y luego pasaban a la preparación de las comidas. Algunos capataces de guardia asumían responsabilidades menores: mantener el orden, organizar guardias y asegurar el cumplimiento de los horarios.
Por encima de todos ellos se encontraba el cuartel maestre del barracón, encargado de gestionar armamento, uniformes y provisiones, además de administrar las defensas de la ciudad en coordinación directa con las órdenes del general Molk.
Tras completar su breve reorientación, Theo revisó sus pertenencias. Se acomodó frente a su nueva cama, dispuso sus prendas con cuidado y acudió a limpiar su cuerpo. Aún tenía tiempo para aprovechar el día.
Lavó sus ropas, guardó todo en el baúl y se dirigió al comedor para comer con rapidez.
No era una gran comida para alguien que había devorado carne asada de grifo, pero era suficiente: un trozo contundente de pescado, verduras asadas, una hogaza de pan y un caldo del mismo pescado, condimentado con especias y un toque justo de sal.
Simple. Saciante. Completo.
Theo evitó rememorar las comidas junto al fuego en su antiguo hogar. Sin embargo, el olor a pescado fresco y hierbas aromáticas le revoloteó por la nariz, oprimiéndole levemente el pecho. Ya tendría tiempo para reflexionar. Por ahora, debía terminar de comer y dirigirse al entrenamiento específico.
No comprendía del todo el entramado burocrático que había detrás de su arribo. Molk había gestionado su ingreso por mérito a la formación de cadetes. Formalmente, ahora era parte del ejército de Ledia, en su rango más bajo. Aun así, era un paso importante, uno que más adelante sabría valorar.
Luego de reposar unos minutos y saborear el último trago de caldo concentrado, se dirigió al campo de entrenamiento. Era una zona amplia de tierra, con sectores destinados a armas y dianas para practicar precisión. El olor a tierra suelta y seca, la piedra calentada por el sol y el vapor que emanaba de los barriles de agua para sofocar la sed de los soldados le recordaron sus días más duros.
Un grupo de jóvenes y algunos hombres algo mayores se formaban de manera tosca. Al frente, un hombre alto y fornido, vestido solo con ropas ligeras de entrenamiento, impartía duras instrucciones.
—Las bestias serán implacables. Les devorarán las entrañas sin dudar. Por eso, cada segundo importa.
Sus quijadas se abrían con amplitud. Gotas de saliva escapaban con violencia mientras sus ojos ardían y las palabras cargaban una crudeza real, sin exageración, al menos así lo percibía Theo.
Su cabeza estaba completamente rapada, apenas con manchas de cabello a los costados. La barba, corta pero espesa como viruta de metal, era de un negro intenso. Arrugas profundas surcaban su frente. Su rostro reflejaba incontables jornadas bajo el sol y, por sobre todo, entrenamiento. Su cuerpo esculpido era prueba suficiente.
Theo se unió al grupo con cautela, aún con sus ropas limpias y su fiel arpón, obsequio del general Molk. El hombre se acercó caminando con seguridad, mientras sables y sudor se agitaban a su alrededor.
—No me digas que tú eres Theo—dijo, con una decepción que no tardó en calar hondo.
—Señor, soy Theo. Me envía el general Molk—respondió.
No sabía qué más agregar. Conocía sus propios principios y su objetivo, pero ignoraba si aquello le importaba al hombre frente a él.
—El general Molk me dijo que eras un muchacho de corazón noble y mucha tenacidad. Pero todo lo que veo es un enclenque que no sabe siquiera usar un arma.
Theo quedó aturdido. No era la primera vez que lo minimizaban, pero había esperado que el juicio de su superior bastara. Podía dudar de él, pero ¿dudar del general?
—Señor—dijo, manteniendo una compostura militar que apenas comenzaba a formar—. Puedo intentar convencerle, pero no creo que sea algo que quiera oír.
Su postura se tensó y el arpón osciló levemente.
—Jo, jo, jo—rió el corpulento hombre, tomándolo como una invitación a duelo.
—Soy Kutran, capataz de guardia de los cadetes. Estoy a cargo de ti y de tu formación como herramienta militar excepcional para el beneficio de la gran Ledia.
Infló el pecho con orgullo, consciente del peso que recaía sobre sus hombros al moldear a las futuras generaciones.
—Únete al entrenamiento. Si puedes siquiera seguir el ritmo, quizá entienda qué vio el general en ti.
Sus ojos dejaron de prestarle atención. No tenía tiempo para caprichos. Infló los pulmones y se dirigió a todos.
—Bien. Ya calentaron lo suficiente.
Tomando una vara de madera, ejecutó un movimiento limpio: un tajo vertical perfecto. Su postura maximizaba la fuerza, cada músculo involucrado en una sincronización exacta.
—Quiero mil cortes al aire, sin fallas. Ya saben cómo funciona.
Algunos relajaron los hombros, aflojaron cuello y brazos antes de adoptar la postura ofensiva. Theo intentó imitar el movimiento, pero su intuición y la falta de práctica lo traicionaron. El arpón exigía un manejo distinto al de los sables, espadas y alabardas, aunque estas últimas se le asemejaban un poco más.
—¡INICIEN!—
Un grito al unísono retumbó en el campo de entrenamiento, reverberando contra los muros de piedra.
—¡UNO!—
El coro de cadetes cortó el aire. Tajos descendentes, coordinados, siguiendo un tempo aprendido a fuerza de repetición.
Theo no gritó. Se limitó a ejecutar el golpe al vacío.
El dolor llegó de inmediato: un latigazo seco en la espalda y la pierna, casi al mismo tiempo.
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