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Sentidos : El despertar - Capítulo 55

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  4. Capítulo 55 - Capítulo 55: Curtido entre sogas y sal: Golpe tras golpe
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Capítulo 55: Curtido entre sogas y sal: Golpe tras golpe

La vara de madera hizo contacto seco contra la espalda y la pierna trasera de Theo. El impacto lo desestabilizó, quebrando la fuerza del golpe desde su raíz. El muchacho dio un paso torpe, apretó los dientes y contuvo el aliento mientras el ardor se expandía bajo la piel, profundo y persistente.

—Decepcionante.

Tras el arpón, a un costado del muchacho, Molk analizaba cada detalle: la ubicación de los pies, la tensión de las piernas, el ritmo irregular de la respiración, la intención detrás del golpe. Nada se le escapaba. Su cabeza giró lentamente de un lado a otro, con una irritación evidente marcada en el ceño.

—Si no van a golpear como si fueran a matar, mejor retírense y vuelvan mañana. No me hagan perder el tiempo.

El recordatorio era para todos, pero el motivo tenía nombre propio.

Luego fijó la mirada en Theo y bajó la voz, lo suficiente para que solo ellos dos pudieran escucharlo, sin perder dureza.

—Escucha, cadete. Tus pies no están ahí solo para sostenerte; desde ellos nace tu fuerza, el impulso y la estabilidad de todo tu cuerpo.

Sus ojos barrieron el abdomen de Theo mientras la vara se posaba, con firmeza controlada, en la boca de su estómago, marcando el punto con una precisión casi quirúrgica.

—Tu respiración debe ser profunda, alimentando cada músculo, cada fibra… pero también controlada. No respires por respirar. Sé consciente de cada aliento que tomas y de cada uno que expulsas.

Al subir la mirada hacia los brazos, Kutran notó algo que no podía dejar pasar. Una irregularidad sutil, casi invisible para cualquiera que no tuviera su experiencia. El movimiento no era torpe, pero tampoco limpio.

—¿Naciste con alguna deformidad?

La pregunta salió directa. Ignorando el dolor punzante que aún recorría su espalda, Theo parpadeó con desconcierto. Dudó un instante, asegurándose de que no se trataba de un insulto, sino de una interrogante genuina por parte de su superior directo.

—Tengo algunas lesiones sin recuperar, señor. Por eso no puedo usar toda mi fuerza.

El rostro del capataz se desfiguró de inmediato, consumido por una cólera abrupta. Hinchó el pecho y, sin ningún tapujo, volvió a gritar, haciendo que varias cabezas se giraran en el patio de entrenamiento.

—Respira mal y te mueres. Así de simple. Inhala para sostener el cuerpo. Exhala para golpear. Si pierdes el control del aire, pierdes el combate.

Las venas de su cuello se marcaron con claridad, evidenciando un temperamento efímero y volátil. Tras soltar un breve relincho por la nariz, Kutran se dirigió nuevamente a Theo, esta vez sin titubeos ni concesiones.

—Retírate. Cura tus heridas, descansa y vuelve cuando estés en condiciones. Sea en unos días o cuando corresponda, pero no quiero volver a ver un esfuerzo mediocre como el de hoy.

Una sensación de pena inundó a Theo, como si lo hubieran expuesto ante todos como a un niño intentando entrenar entre hombres curtidos. Sin embargo, no era solo el golpe a su orgullo lo que le pesaba, sino el hecho de que, más allá de la crueldad de las palabras, eran ciertas.

No estaba dando el máximo.Y en una batalla real, no luchar poniendo la vida en juego era sinónimo de muerte.

Su voz estuvo a punto de quebrarse, pero logró mantenerla firme.

—Sí, señor capataz.

Era difícil de asimilar. Había pasado por lo que creía innumerables experiencias, sentía que el cambio en él era notorio, pero al final del día no parecía distar demasiado del muchacho que, no hacía tanto, cortaba leña en el sur de Ledia.

Enderezó la postura cuanto pudo, se giró con rigidez y comenzó a marchar en dirección a los barracones. Cada paso era una mezcla de obediencia y frustración contenida. Mientras avanzaba, su mente turbulenta reorganizaba ideas, reproches y silencios. No había esperado ser apartado tan pronto del entrenamiento, sobre todo considerando que el propio Molk lo había recomendado, aunque fuera de manera indirecta.

Kutran observó al muchacho alejarse, aún molesto, pero también intrigado. Durante sus muchos años como encargado del entrenamiento corporal, pocas veces había visto un daño tan severo y, al mismo tiempo, tan difícil de detectar. Los brazos de Theo pedían descanso a gritos y, aun así, había logrado ejecutar un tajo decente. Solo su vista entrenada había sido capaz de percibir aquellas lesiones casi imperceptibles.

—Mmm… ¿qué podrá haber sido…?

…

Ya en los camarotes, Theo no encontró muchas alternativas. No conocía demasiadas opciones para recuperarse más allá del descanso, los brebajes de Leo y, quizá, una evaluación del padre Antonio. Aun así, tenía claro que aquello no era un problema espiritual. Con esa certeza, decidió dirigirse al sector de mercaderes, no demasiado lejos de donde se encontraba.

Tras varios minutos de caminata, ingresó a la tienda del boticario. El lugar exhibía un renovado surtido de pociones, elixires y polvos de infusión, ordenados con meticulosa precisión. Vestido con un sobrio traje marrón, acompañado de sus habituales guantes de cuero y el monóculo, el alquimista observó al muchacho durante unos instantes, evaluándolo en silencio.

—¿Mis ojos ven bien? Creo que es el joven Theo.

Su gesto desprendía una fina estela de cordialidad, aunque no quedaba del todo claro si se trataba de afecto genuino o de un hábil intento por cautivar a un posible cliente.

—Señor Leo, es un gusto verlo con tan buena salud —respondió Theo con honestidad.

Del boticario emanaba un ligero aroma a canela que armonizaba sorprendentemente bien con el ambiente saturado de olores fuertes y ácidos.

—¿Y cómo no? De lo contrario, sería mala fama —replicó Leo, esbozando una sonrisa antes de continuar con un ademán elegante—. ¿Se le ofrece algo, joven Theo? Pronto recibiremos un cargamento de pociones de aceleración y ligereza, fruto de su propio esfuerzo.

Alzó ambas cejas, mostrando un comportamiento más informal que el que Theo recordaba. Al notar la reacción del muchacho, Leo prosiguió:

—Puede que usted no lo dimensione, pero lo que lograron en Zalalnut es conocido por todo hombre interesado en la riqueza y las hazañas propias de un gran marino.

Apoyó las manos sobre el elegante mesón, distendiendo el ambiente.

—El capitán mencionó que usted no flaqueó, ni siquiera frente a bestias más fuertes, y que incluso participó en la cacería.

Poco a poco se inclinó hacia adelante, bajando el volumen de sus palabras.

—Ledia valora a todos sus soldados, pero no todos pueden decir que lucharon contra un grifo mayor y vivieron para contarlo.

La sentencia, casi inaudible, dejó a Theo pensativo. No creía que su aporte a la campaña mereciera tales palabras. Después de todo, apenas había logrado causar daño real y, en más de una ocasión, se había sentido más como un estorbo que como un factor decisivo.

Leo no le dio espacio para refutar y retomó su rol de mercader.

—Entonces, joven, ¿desea reservar estas pociones o busca algo más específico?

Volviendo en sí y concentrándose en un solo asunto a la vez, Theo habló:

—Tengo lesiones en los brazos. Siento adormecimiento y una debilidad constante. Ya no puedo golpear con el arpón como antes.

Tras escuchar los síntomas principales, Leo ajustó su lente, haciendo aparecer otro cristal sobre el monóculo. Su ojo se magnificó mientras tomaba uno de los brazos del muchacho, subía la manga y examinaba con detenimiento. Observaba cada tejido, murmurando hipótesis mientras descartaba opciones, hasta que finalmente emitió su veredicto.

—Ruptura muscular, pequeñas laceraciones en vasos casi invisibles, desgaste en nervios y tendones. Mi conclusión es clara: realizaste un esfuerzo severo. Este daño requerirá algo más que unos días en cama.

El análisis era acertado. Si se hubiera tratado de algo menor, el reposo habría sido suficiente, pero en este escenario lo mejor era actuar con precisión.

—Veamos… déjame buscar —dijo el boticario mientras escudriñaba entre sus cajones—. ¿Dónde la dejé? Mmm… aquí.

Sostuvo un frasco de vidrio, similar a un pequeño jarrón de bolsillo.

—Concentrado de aceite de anguila ciega y extracto de raíz de sombra ámbar. Aplica unas gotas en cada brazo y esparce con masajes suaves, dos veces al día. No excedas la dosis; el uso excesivo puede provocar rigidez muscular e incluso cicatrices en la piel.

El frasco, de finas características, exudaba un alto valor tanto por su presentación como por su contenido. Theo titubeó, pensando en el donativo que había considerado hacer con sus ahorros para apoyar a las familias de luto.

—No te preocupes. Adad se hará cargo del gasto —añadió Leo—. Además, de mi parte, te entrego esto.

Le tendió una bolsa de tela con un amarre de cuero trabajado.

—Es polvo de hueso de jabalí terroso, macerado con mis fórmulas secretas —rió brevemente, sonando más entusiasta que profesional—. Mézclalo con sopa o agua tibia, una cucharada por noche. Mejorará la circulación y aliviará tus problemas.

Theo recibió los objetos con incredulidad. Comprendía que su valor podía equivaler a decenas de krakens de plata, quizá incluso a uno dorado.

—Descuida —añadió Leo—. Será descontado de tu parte de la campaña. He oído que obtuvieron un muy buen precio por el botín.

La sonrisa del boticario terminó por tranquilizar al joven, quien guardó las pertenencias en su mochila de cuero.

Sin encontrar palabras suficientes, solo atinó a decir:

—Gracias, señor Leo. De verdad… no sé cómo agradecerle.

Inclinó el cuerpo en señal de respeto.

Para no hacer más incómodo el momento, Theo hizo un breve gesto con las manos y se retiró del puesto del boticario. No estaba acostumbrado a ser elogiado ni atendido con tanta deferencia, por lo que no sabía muy bien cómo sentirse o cómo responder en esos casos.

De lo que sí estaba seguro era de que no iba a esperar más para sanar sus heridas. Al caer el ocaso, se apresuró a pedir un poco de agua caliente en el comedor. Se acercaban las guardias nocturnas y siempre había, durante esas horas, un espacio breve para calentar el cuerpo con una infusión reconfortante.

Una vez preparado el brebaje con una cucharada de polvo de hueso, dejó que se disolviera por completo y reposara unos minutos. Luego se dirigió a su camarote. Allí descubrió su torso y aplicó las gotas de aceite, una a una, mientras masajeaba suavemente cada brazo, con movimientos lentos y concentrados.

Sintió un leve escozor, pero aquello solo le recordó con crudeza cuánto le faltaba aún para estar en plena forma y que, incluso así, no había sido suficiente para lograr nada de lo que se había juramentado.

La sustancia se distribuyó hasta casi desaparecer, pero la sensación de insuficiencia persistió, marcándolo con dureza.

Después de esparcir el ungüento y dejar los brazos brillantes, esperó a que se absorbiera un poco más. Ya casi seco, pasados otros minutos, bebió en pequeños sorbos hasta terminar el líquido amargo y terroso.

Sentado, próximo a dormir, enfocó su mente e imaginó cómo el aceite penetraba en su piel, alcanzando los músculos y las venas dañadas. De la misma forma, el polvo disuelto, pese al mal sabor, se asentó bien en su estómago, calentando su cuerpo y dejándolo listo para el descanso.

Estaba cansado, pero su ímpetu no. La rabia consigo mismo era más grande que cualquier bestia a la que hubiese enfrentado.

Sin embargo, aún era joven.

A su alrededor, sus camaradas conversaban en voz baja. Historias de patrullajes, hazañas exageradas y momentos heroicos se fueron apagando lentamente. Los párpados le pesaban. Finalmente, Theo se entregó a un merecido descanso reparador, olvidando, por unas pocas horas, todo el mal sabor de boca que no podía atribuir, lamentablemente, al polvo de hueso de jabalí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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