Sentidos : El despertar - Capítulo 56
- Inicio
- Todas las novelas
- Sentidos : El despertar
- Capítulo 56 - Capítulo 56: Curtido entre sogas y sal: Negación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 56: Curtido entre sogas y sal: Negación
El sonido del capataz arrancó a Theo del sueño como un golpe seco. A diferencia del capitán, cuya autoridad se sentía lejana, aquí la voz dominante se imponía en plena madrugada con una amenaza concreta y tangible. No era una orden: era una advertencia. El castigo existía y nadie dudaba de ello.
—A lavarse, señores; no quiero gente sucia en mi comedor —la mirada inquisidora recorrió a cada cuerpo mientras avanzaba por el pasillo de piedra, la vara de madera marcando el ritmo de sus pasos—. Quiero que estén presentables en mi mesa.
Theo reaccionó tarde, arrastrando el cuerpo pesado hacia los fregaderos. En fila, uno tras otro, los cadetes se lanzaban agua al rostro y al torso, arrancándose la suciedad a baldazos. Cuando el agua fría lo golpeó, el aliento se le cortó; apretó la mandíbula para no temblar. El frío mordía, pero no era lo peor que había sentido. Había soportado cosas peores. Eso se repetía, casi como una excusa.
No estaba acostumbrado a ver tantos cuerpos desnudos al mismo tiempo. Altos, bajos, delgados, robustos. Todos distintos, todos iguales bajo la misma obligación. Se quedó mirando más de la cuenta y lo sintió de inmediato: las miradas se cerraron sobre él como un cerco.
Los murmullos no tardaron.
Había unos pocos cuyos cuerpos delataban años de disciplina: cicatrices viejas, músculos tensos incluso en reposo, piernas firmes y espaldas anchas, moldeadas a base de carga y repetición. No sintió envidia. Sintió respeto. Aquello no se obtenía por azar. Él mismo había endurecido su cuerpo a fuerza de trabajo, así que reconocía el precio pagado en cada fibra marcada.
—¿Quién es ese don nadie? —soltó una voz grave—. ¿Ahora cualquiera puede ser cadete?
Las risas retumbaron contra la piedra.
—Parece que le gusta mirar —añadió otro—. Mostrémosle algo bueno.
Un empujón lo sacó de su lugar. Luego otro. No fueron los golpes lo que más le molestó, sino las risas, los gestos obscenos, la certeza de que aquello no sería una excepción, sino una rutina. Algo más que debía soportar.
Desnudo y tenso, se obligó a bajar la mirada y a concentrarse en limpiarse. El agua corría, los cuerpos se movían alrededor, las miradas seguían ahí. Ignoró los comentarios, aunque cada palabra quedaba registrada, acumulándose como una deuda.
Cuando terminaron, colgó sus ropas lavadas y se cambió con rapidez, buscando un respiro que no llegó. Tres mudas. Eligió una nueva del baúl y volvió a aplicar el aceite. Esperó a que secara. Otra vez esa sensación. No sabía si era sugestión, pero algo estaba ocurriendo bajo la piel. El recuerdo del día anterior regresó con una aspereza incómoda.
Miró sus manos: duras, agrietadas, marcadas. Las cerró con fuerza. Si el cuerpo cambiaba, la mente también debía hacerlo. No podía ser de otra forma.
Su mente.
¿Realmente soy distinto?
La pregunta apareció sin permiso. Cuerpo o mente. No lograba separarlos. Algo se removió en su interior, inquieto. No se había detenido a pensar en sí mismo desde ese lugar, no desde lo que era, sino desde lo que sentía. Un codazo cercano, una orden al fondo del pasillo, y la realidad volvió a apretarlo.
El pensamiento de su madre intentó abrirse paso. Lo cortó de raíz. No ahora. No aquí. Ya no era el mismo, se repitió, aunque una voz baja insistiera en lo contrario.
En el comedor, la fila avanzaba con lentitud. Recibió su tazón de gachas de avena y un trozo de pan duro con algo dentro. El olor a leche fermentada le confirmó que era queso añejo. Simple, tosco, pero cargado de energía. Lo que exigían después no dejaba margen para caprichos.
Se sentó algo apartado, dejando que la avena espesara. El pan ofreció resistencia al primer mordisco. Frente a él se acomodó un joven de su edad, un poco más alto.
—No te había visto antes.
La voz, seca y directa, lo sacó de su aislamiento. Theo alzó la vista. El muchacho tenía el torso ancho, piel tostada por el sol, pelo castaño y ojos marrones atentos. Tragó con dificultad y se golpeó el pecho para ayudar al bocado a bajar.
—Soy nuevo. Llegué ayer… aunque ya estuve aquí antes.
—Gura —se presentó—. Llevo unos meses como cadete, después de pasarme la vida en el mercado. Parece que, al final, la suerte se acuerda de uno.
Le tendió la mano. Theo la estrechó; el gesto se sintió natural, casi demasiado.
—Theo.
Gura comió rápido, sin ceremonia. El pan con queso no fue más amable con él que con Theo.
—Voy por agua; te traigo una jarra —dijo, levantándose sin esperar respuesta.
Había en su forma de moverse una seguridad poco común para alguien con tan poco tiempo allí, como si el lugar le perteneciera desde antes.
Cuando regresó, Theo habló antes de pensarlo demasiado.
—¿Qué te motiva a ser cadete?
Gura se detuvo con la jarra a medio camino, bebió un sorbo y se limpió la boca con la manga.
—Seré capitán —dijo—. No uno cualquiera. El mejor que se haya visto bajo este sol.
La afirmación era absurda. Imposible. Pero no había vacilación en su voz. Ninguna.
—¿Y a ti? —preguntó Gura, mirándolo fijo—. ¿Qué te trajo hasta aquí?
Theo dudó. El ruido del comedor se desdibujó por un instante.
—Quiero ser capaz de proteger lo que quiero.
No era una respuesta elegante, pero era honesta.
Gura asintió, pensativo.
—¿Y qué es eso?
La pregunta abrió un torrente de recuerdos. Rostros, risas, ausencias. La nostalgia se mezcló con una tristeza densa.
—A las personas que quiero… y a las que ya no están, pero me hicieron quien soy.
—Buena razón —dijo Gura, poniéndose de pie—. Nos veremos. Necesito un compañero de entrenamiento.
Se alejó agitando la mano, dejándole una sensación extraña: familiaridad sin confianza, cercanía sin historia.
Theo terminó su avena despacio. El sol ya calentaba la tierra y el polvo empezaba a levantarse. El aire aún era fresco, pero eso no duraría.
En el campo de entrenamiento, los demás cargaban peso, corrían, trepaban redes gruesas. Theo se movía con cautela, estirando los brazos, flexionando, sin una dirección clara. El cuerpo no respondía como antes.
Desde lejos, Kutran lo observaba.
—Tú, cadete.
El tono bastó para tensarlo.
—Sí, capataz.
—Veo intención, pero no claridad —Kutran extendió los brazos, los músculos tensos—. Mira bien. Solo lo diré una vez.
Le mostró la postura, el movimiento controlado, la tensión medida.
—Tensa. Suelta. Vuelve a tensar. Luego añade peso. Tu arpón sirve. Lento. Consciente. Hasta que el músculo responda.
Theo imitó el gesto. El dolor apareció al doblar el brazo, una molestia punzante que cedió con el calor.
—Tienes una semana —dijo Kutran—. Si no sigues el ritmo, estás fuera.
—Pero yo…
—Las reglas son iguales para todos.
La vara se alzó apenas, lo justo para dejar clara la amenaza.
—Si fuera por mí, ya no estarías aquí. No tolero pérdidas de tiempo, allá afuera existen un par de puñados de jovenes que desean tu puesto.
Theo apretó los dientes. No solo por Kutran, sino porque sabía que no tenía margen. Estaba herido y el reloj ya corría.
Retomó el ejercicio, cargando el arpón. El filo pasó cerca de su cabeza, cambió de brazo, lento, preciso. Cada movimiento era una decisión. Control. Mesura. No fallar.
El sol se alzó sobre el campo mientras el sudor llenaba el aire. Theo respiró hondo, consciente de algo incómodo y claro: no solo debía resistir. Esta vez, debía demostrar que merecía quedarse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com