Sentidos : El despertar - Capítulo 57
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Capítulo 57: Curtido entre sogas y sal: El peso de lo ausente
El animador anunciaba el fin apenas unos minutos después del incidente, como si el tiempo hubiese decidido avanzar sin detenerse a considerar lo ocurrido, algo que Safir prefería olvidar de inmediato.—Y tú insistes en llevarlo a la próxima expedición; yo me lo pensaría dos veces— dijo, recogiendo el vestido de manera estudiada mientras descendía las escaleras, cuidando cada pliegue como si el orden externo pudiera compensar el desajuste interno.—No lo sé… es demasiado raro. No parecía ser la misma persona— respondió él, extendiendo el brazo para ofrecer apoyo a su hermana mientras ambos pisaban el último escalón y la alfombra amortiguaba el sonido de sus pasos.—Sea como sea, espero que Lince vuelva pronto. No soporto esperar en estos ambientes, prefiero una cena o un baile— añadió, moviendo el abanico con insistencia para disipar el rubor que aún le encendía el rostro.
Adad acompañó a Theo hacia el exterior, dándole un regaño suave, casi paternal, más cargado de desconcierto que de enojo. No lograba comprender qué había provocado aquella conducta infantil e impropia del muchacho, y esa falta de respuesta lo inquietaba más que el escándalo en sí.
No pasó mucho tiempo antes de que Lince apareciera. Sin medir palabra, entregó el sobre a Adad: una prueba inequívoca de su compra. El gesto fue seco, definitivo. Sin embargo, el verdadero peso no estaba en el objeto adquirido, sino en lo que ahora debía enfrentar directamente frente a su benefactora.
Los dedos de Theo se curvaron en una garra involuntaria, como si intentaran atrapar algo que ya no estaba allí. Una presión invisible le oprimía el pecho, y el deseo de poseer aquello que había perdido le gritaba con urgencia desde detrás de los ojos, un clamor visceral que no lograba acallar. La cachetada llegó sin advertencia. El impacto conocido sobre la mejilla lo arrancó de golpe de ese pensamiento errático.—Explícame, sin rodeos, qué sucede con esos frascos— dijo Lince, con una voz cortante, afilada. Su mano quedó suspendida en el aire, lista para repetir la acción si hacía falta.
La confusión le nubló la mente. Las ideas chocaban unas con otras como fragmentos arrastrados por una tormenta que no comprendía del todo, nacida de algo inefable. El segundo golpe no tardó. Un zumbido sordo se instaló en su oído izquierdo, persistente.—No lo voy a repetir. Si no me explicas, no hay nada más que hablar. Te mandaré de vuelta a Kutran— sentenció.
El miedo descendió y se posó con peso sobre sus hombros. No era solo temor al castigo, sino a la imposibilidad de explicar algo que ni él mismo entendía. Sus labios se separaron apenas; la lengua seca buscó aire mientras sus ojos, enrojecidos, recuperaban parte de su brillo habitual, ahora agudizado por el dolor.—No… yo… dame un segundo— murmuró, chasqueando la lengua en un intento inútil por humedecer la boca.
Pensó con desesperación en palabras que hicieran justicia a lo que había sentido.—Es… una corazonada— dijo al fin, inseguro. —Una posesión incontrolable— asintió, aferrándose a la idea como a un salvavidas precario. —Mi cuerpo y mi mente me pedían poseer ese objeto. No fue una decisión—
Antes de que la mano de Lince volviera a alzarse por tercera vez, Theo logró sostener la mirada y completar la frase. Las palabras que emergieron no eran las que ella esperaba oír del muchacho.—Es un comienzo— respondió ella, bajando la mano con lentitud—, pero tendrás que explicarlo con más detalle. No solo a mí, sino también a Adad y a Safir. El mal rato fue principalmente para ellos. Y no olvides algo— añadió, inclinándose apenas hacia él—: si vuelve a pasar, no volverás a salir con nosotros.
La advertencia quedó suspendida entre ambos, más pesada que cualquier golpe. Theo tragó saliva. No había terminado de digerir un sentimiento cuando otro se superpuso sin pedir permiso. El remordimiento por el caos provocado se instaló en su pecho con una presión constante.—Sí… yo— balbuceó, con los ojos desplazándose de un lado a otro—. Dame un momento.
Se apoyó contra un poste de alumbrado público. A su alrededor, las conversaciones propias del mercado y del cierre de la subasta lo golpeaban sin filtro: risas altas, voces superpuestas, comentarios al pasar. Algunas miradas se detenían en él apenas un segundo, alternando entre asco e indiferencia. Intentó hallar su centro. Enderezó la espalda, relajó los hombros, contrajo y soltó el abdomen, respirando con cuidado. Pero cada intento se veía frustrado por el alboroto que lo rodeaba.
Adad y Safir salieron poco después. Ambos dirigieron la vista de inmediato hacia Lince y hacia el muchacho, aún apoyado de manera torpe, evidenciando que no había recuperado su entereza.—Ash… terminemos esto luego y vayamos a casa— resopló Safir, claramente irritada. Adad, en cambio, lo observaba con una preocupación más silenciosa. Theo no solía comportarse así.—Vamos— dijo, rompiendo el silencio—. Tengo que devolverle el apretón de cuello— añadió, usando el dolor persistente como impulso para mover a su hermana.
Al reunirse con Lince, esta les explicó lo poco que Theo había logrado articular, apenas aclarando la situación. El muchacho parpadeaba con frecuencia. Estelas doradas cruzaban su campo visual, hilos casi invisibles que le provocaban una fatiga punzante en la cabeza, una molestia que deseaba no arrastrar consigo.
Lince, Adad y Safir lo observaron en silencio, intentando rescatar alguna pista, algún recuerdo que encajara con lo presenciado ese día. La dama de negro lo examinó con mayor detenimiento. Una hipótesis comenzaba a tomar forma en su mente, pero aún no lograba extraer una conclusión clara.
Una palma firme sobre el hombro lo devolvió al presente.—Vamos— ordenó el capitán—. Tenemos que hablar de lo que pasó. Comamos algo.
Caminaron primero hacia el sector centro y luego al norte, donde la calidad de las construcciones mejoraba de manera progresiva, al igual que la sofisticación de los platos ofrecidos.
Lejos de la subasta, Theo respiraba de otro modo, algo más aliviado. Aun así, una sensación de vacío persistente le robaba la calma: la certeza incómoda de que algo le faltaba, de que había dejado una parte de sí atrás.—Aquí— indicó Safir, eligiendo el lugar con decisión, consciente de que aquello era lo mínimo tras el episodio bochornoso.—Como tú digas— respondió él con una sonrisa nerviosa. Sabía que Casa Valmor era caro incluso para un noble.
El restaurante se alzaba dentro de una casona antigua, restaurada con el cuidado propio de quienes comprenden el peso de la historia.
Theo cruzó el umbral y, apenas pisó el interior, sintió el cambio inmediato: el bullicio de la calle quedó atrás, sustituido por una calma solemne que parecía contener cada movimiento. Las vigas de madera tallada ascendían sobre su cabeza como raíces transformadas en columnas. Los relieves imitaban enredaderas antiguas, hojas alargadas y curvas entrelazadas en un patrón casi orgánico.
Bajo la luz tenue de los candelabros, aquellas formas proyectaban sombras irregulares que serpenteaban por techos y paredes, como si el lugar respirara con lentitud. Las velas, dispuestas en soportes de bronce oscuro, derramaban un brillo suave que se reflejaba en los amplios ventanales de vidrio. Desde lejos, el cristal parecía agua inmóvil; de cerca, atrapaba fragmentos de luz, contornos de comensales y las líneas precisas de las mesas de madera pulida.
Todo estaba dispuesto con una exactitud casi ritual. Nada sobresalía. Nada rompía la sobriedad.
La música de cuerdas emergía desde un pequeño estrado al fondo del salón. No era alegre ni melancólica; era contenida, equilibrada, como si hubiese sido compuesta para acompañar el silencio en lugar de desplazarlo.
Entre cada acorde, Theo distinguía el roce medido de las copas, el murmullo bajo de conversaciones discretas y el paso suave de los mayordomos, atentos sin resultar invasivos. El aire olía a madera encerada, cera derretida y vino especiado. Por un instante, tuvo la sensación de que el mundo exterior —con su ruido, tensiones y heridas— quedaba suspendido al otro lado del vidrio.
No había ostentación ni exceso, solo una elegancia contenida y una disciplina estética que imponía respeto. El lugar no necesitaba demostrar su importancia; existía con una dignidad silenciosa.
Guiados por el atento anfitrión, fueron acomodados en una mesa para cuatro. La luz encendía el brillo sobre sus cuerpos y la atmósfera propiciaba la relajación necesaria, invitando al muchacho a ordenar sus ideas.
Antes de que Theo intentara iniciar una explicación torpe, Safir indicó al mayordomo:—Lomo de venado en reducción de vino especiado para mi hermano, y pescado blanco ahumado en mantequilla de hierbas silvestres para la dama.
Los nombres le resultaron extravagantes. Para él, aquellos platos seguían siendo simples en esencia, elevados por manos expertas, ingredientes selectos y años de oficio.—Sopa clara de hueso y trufa negra— añadió ella, alzando una ceja—. Pichón asado con miel oscura y nuez tostada para mí.
Safir se movía con naturalidad en ese entorno. Adad pidió también una botella de vino añejado, mientras Lince apoyaba las manos sobre sus piernas, quieta, casi meditativa.
Theo tomó un trozo de tela plegada para secar el sudor de su frente. El gesto provocó una ligera indignación en Safir, ya agotada de tolerar faltas a la etiqueta.—El tocador está allí, Theo. Lávate la cara y bebe un poco de agua— dijo, con una sonrisa tensa que no admitía réplica.
Agachó la cabeza, estiró apenas las comisuras de los labios y se levantó. Al entrar al baño, un aroma a lavanda lo envolvió.
Floreros de tonos violetas y púrpura claro ocupaban las esquinas, y un estanque con florituras contenía agua de rosas, fresca, casi reconfortante.
Tomó el agua con ambas manos y la llevó al rostro. Al mirarse en el espejo, notó cómo el enrojecimiento de sus ojos comenzaba a ceder. Su pulso y respiración se regularon poco a poco, ayudados por la quietud del espacio íntimo.
Apenas percibía la música de cuerdas más allá del tocador; el olor a cera de las velas junto al espejo proyectaba un brillo tenue que evocaba momentos de calma olvidados.
Tras unos minutos, apoyado en el estanque, pensó en las emociones que lo habían dominado, en lo incómodo de la situación y en la verguenza impuesta a sus compañeros. Observó sus manos, aún ligeramente temblorosas.—Yo no soy así— se dijo en voz baja, mirándose al espejo—. No puede volver a pasar.
Inspiró hondo y dejó escapar el aire con lentitud. Sus ojos chocaron con su reflejo, del que brotó un hilo dorado apenas visible. Esta vez, sin embargo, su compostura no vaciló. Secó su rostro con la fina tela de lino dispuesta en un colgador, retirando no solo el agua, sino también parte del desorden emocional.
Tal vez su mente se resistía a ofrecer una respuesta lógica, pero su instinto ya comenzaba a señalarle una dirección. No podía ignorarla otra vez.
Al tomar el picaporte para salir, una decisión silenciosa se asentó en su interior: la próxima vez no esperaría a perder el control para entender qué le estaba ocurriendo. Un leve viento le recorrió la nuca, arrastrando consigo el último vestigio de descontrol, mientras dejaba atrás el tocador.
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