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Sentidos : El despertar - Capítulo 58

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Capítulo 58: Curtido entre sogas y sal: Aprovechando el día

Ya había completado varias veces el ejercicio y, sintiendo que estaba bien no exigirse más, planeaba pedir permiso para salir durante la tarde.

El capataz intercambiaba información con el mensajero, y se le notaba visiblemente molesto.

Un tanto temeroso de la respuesta, Theo se acercó a Kutran con bajas expectativas.

—Señor, ¿puedo ausentarme durante la tarde para ir al mercado?

—A mí no me interesa que tengas asuntos en el mercado, pero el general Molk quiere hablar contigo. Anda a la torre de guardia.

—Sí, señor.

Una esperanza asomó a la vuelta de la esquina, y su alicaído ánimo tomó un segundo aliento.

Sus pies se apresuraron, sin llegar a correr para no agitar los brazos. Las banderas y los guardias le acompañaron mientras las escaleras lo guiaban hasta la puerta doble de la torre.

Los guardias lo dejaron pasar tras cruzar breves palabras.

Al otro lado de la puerta, una alfombra roja ovalada, con bordes dorados, se extendía entre muebles y sillas de madera costosa. Sin embargo, lejos de ver a Molk, fue Lince quien le esperaba, sentada sobre la mesa.

—Tengo noticias, Theo.

—Qué gusto verte, Lince, pero pensaba que estaría el general Molk.

—Está ocupado. Tiene una asamblea con el alcalde y un problema con unas bestias del noreste que le están quitando tiempo.

—Yo… la verdad me siento un tanto raro. Parece que no encajo en este lugar.

Sabía que Lince no le daría una caricia, pero sus comentarios siempre eran honestos, además de justos.

—Nadie encaja en un día. Además, esto está diseñado para que formes carácter —dijo con su voz fría, directa, sin rodeos.

—Sí, entiendo… pero no puedo entrenar como ellos. Quería saber si puedo ausentarme durante las tardes; pretendo aprender otras cosas.

Lince lo miró con aprobación.

—De hecho, era algo que iba a sugerirte. Para tu recuperación hace falta descanso, pero no podemos desperdiciar el tiempo del todo.

Sacó una bolsa y la extendió. Theo recibió la tela; las monedas sonaron al posarse en sus manos.

—Vaya, son pesadas.

—Están pensadas para que las uses ahora.

Algo inquieto, Theo abrió la bolsa y comenzó a contar, comentando fascinado:

—Son muchos krakens… pero ¿por qué tantos de plata?

—Son cuatro de oro y cien de plata —dijo Lince, lanzándole los krakens dorados, que Theo apenas logró atrapar.

—Esto es mucho dinero.

Theo recordó cómo se había obtenido y lo que había pensado con antelación.

—Yo pensaba donar lo poco que tenía a las familias de los fallecidos.

Su rostro se tensó, angustiado, mientras regresaban a su mente las escenas crueles y sangrientas de las batallas en Zalalnut.

—Hecho. Ya había registrado tu mochila en cualquier caso —respondió ella, con los ojos carentes de interés por las pertenencias de Theo.

—Pudiste haberme avisado.

Era casi absurdo, pero necesitaba dejar claro que sus escasos bienes seguían siendo de su propiedad.

—En fin, existe una subasta. Como sabrás, ocurre en algunas ocasiones y la pregonan en la plaza y el mercado. Se avisó a diario durante la última semana, y hoy es el día.

La curiosidad atrapó a Theo, que no dudó en preguntar.

—¿Vamos a ir? Tengo pensado comprar algunas cosas.

Sus ojos, con un brillo renovado, casi encandilaron a Lince.

—Claro, pero antes una cosa.

La dama de negro se levantó y caminó lentamente hasta quedar frente al muchacho.

—Harás lo que yo diga. No muestres interés por nada, aunque realmente lo quieras. Estos tipos leen tu cuerpo y subirán los precios si insinuas algo. ¿Entendido?

No había mucho más que añadir, así que asintió con un dejo de miedo.

—En marcha.

Dejaron los barracones mientras los guardias y algunos cadetes miraban con agrado a la mujer que acompañaba a un simple y mediocre cadete.

Al llegar a la plaza mayor, Lince le fue comentando a Theo los cambios recientes.

Molk lideraba batallones en el frente noreste, cerca de las montañas, un límite natural que ahora le provocaba un persistente dolor de cabeza. Algunas bestias habían migrado hacia el lado cercano a Ledia, amenazando rutas comerciales, pequeñas aldeas y delicadas relaciones diplomáticas.

Theo entendía bien la importancia de la seguridad para esos poblados.

Por su parte, Adad y Safir se habían reunido con las familias, realizaron los funerales y prestaron apoyo económico. Por un momento se cuestionó si debía asistir, pero la verdad era que no conocía mucho a los tripulantes, y menos deseaba un momento así con desconocidos.

Hoy, sin embargo, Adad y Safir también acudirían a la subasta, por lo que estarían los cuatro nuevamente juntos.

—¿Dónde es la subasta? —preguntó Theo, casi impaciente, mientras repasaba mentalmente sus opciones de compra.

—Cerca del puerto, al lado del mercado. Ya sabes, existen varios almacenes; uno de ellos está destinado a la subasta. Debe ser lo bastante grande para albergar a la gente y mostrar la mercancía.

Al llegar al mercado y aprovechando el bullicio, Lince le hizo una señal de alto.

—Espera un poco.

Luego se fundió entre la gente.

Los gritos de los mercaderes vendiendo cueros, hierbas medicinales y frutas traídas de tierras lejanas, junto con el olor a carne y pescado, lo envolvieron de inmediato.

Carretillas, cajas y barriles se desplazaban sin cesar. Caras efusivas, golpes de mano y alguna que otra transacción satisfactoria pasaron ante sus ojos. Otras tantas terminaban en quejas, manos alzadas, tarifas infladas y negativas rotundas a cerrar un trato.

—Siempre es así el mercado, ¿no, Theo?

La voz de Adad le llegó desde un costado, acompañada de un fuerte apretón en el hombro.

Su rostro se arrugó al instante.

—Oh, lo siento. Ahora que recuerdo, ambos sufrimos la última vez.

Su espalda estaba ligeramente encorvada, apenas perceptible, pero su sonrisa seguía siendo igual de cálida.

—De haber sabido que vendríamos con este “cadete”, me lo pensaba otra vez.

Sus manos enfatizaron la palabra cadete, burlándose del rango que el muchacho no merecía.

—Igual me da gusto verte, Safir.

—Bueno, estamos todos. El sonido ambiente nos ayudará para lo que viene.

Theo no entendió la indicación, así que se dejó llevar. Adad, Safir y Lince se acercaron a él, creando un espacio pequeño pero útil para lo que se avecinaba.

Lince fue la primera en hablar.

—Adad, Safir y yo sabemos qué tenemos que comprar, pero tú, Theo, no… o al menos no lo has hecho saber.

El sonido de una caja cayendo le robó la atención. A unos pasos, la madera se resquebrajó, soltando aromas añejos de barniz y tiempo.

—Concéntrate —le dijo Safir, aprovechando la distracción para retarlo.

—Yo… sí, este…

Theo repasó su plan y ordenó sus ideas. Eran demasiadas para una mente poco acostumbrada a estructurarse.

—Papel. Necesito papel.

Las palabras generaron confusión. Safir no tardó en atacar.

—¿Para qué quieres papel tú? Apuesto a que no sabes ni escribir.

—No, no sé muy bien, y por eso quiero papel, una pluma y tinta. Para empezar.

La idea era convincente. Aquellos artículos podían obtenerse con un escriba o en la iglesia, pero quizá en una cantidad o calidad poco común hoy podrían ofertarse.

—Además —continuó, afirmándose en su propósito—, quiero un libro de navegación. Ya saben, para ser un marinero de verdad.

Sus palabras tenían sentido. Había demostrado aptitudes para la batalla y la observación, pero necesitaba más si quería convertirse en un tripulante integral.

—Jajaja, me parece genial. Son buenos objetos a considerar. Si algo más llama tu atención, puedes decírmelo —cerró Adad, dando por concluida la lista de Theo.

—Por si no quedaba claro, todos pertenecemos al mismo sitio. Somos miembros de la cofradía, y sí, Sháva ya te aceptó como uno de los nuestros —agregó Lince, como si fuera un mero detalle.

Theo comprendió, más o menos, la enorme implicancia de aquello.

—¿Qué debo hacer ahora? —preguntó, sintiendo que al menos debía intentarlo, ya que no se enteraba de mucho.

—Solo sigue haciendo lo que has hecho hasta ahora. Con eso basta —respondió Safir, sin ayudar demasiado.

—Vamos.

Liderados por el capitán, y tras una serie de gritos cerca del oído, una caminata por una calle atiborrada de gente y una revisión de sus pertenencias por parte de los miembros de seguridad de la subasta, lograron ingresar a la galería.

La sala era gigantesca, con hileras de sillas dispuestas en un anfiteatro. El desnivel era el justo para que quienes se sentaban atrás pudieran apreciar el escenario.

Este contaba con una amplia plataforma, una columna a cada costado y largas cortinas que ocultaban las gestiones previas para mostrar los bienes de la puja.

Desde la entrada, hacia un costado, una escalera de madera de diseño marítimo conducía al segundo piso. Anguilas talladas hacían de pasamanos mientras ascendían. Aquel sector exclusivo tenía asientos acolchados, más amplios y en menor cantidad: apenas un par de decenas.

Ya había gente sentada, aguardando, mientras un mayordomo entregaba las tablas de puja.

De manera inconsciente, Theo comenzó a sentirse nervioso. El ambiente era nuevo: el olor a tela limpia, los trajes elegantes, los perfumes cítricos y las miradas de desprecio dirigidas hacia él.

Pensaba si encontraría lo que buscaba, si entre tantos rostros y objetos existiría algo que nunca había visto, algo que no estuviera destinado a manos como las suyas. Y si, por casualidad, lo encontraba, dudó por primera vez de si su instinto bastaría esta vez, o si lo llevaría directo a un error costoso.

La gente fue llenando los asientos. Su sector, el palco, quedó completo. Los candelabros iluminaban toda la galería cuando el animador se ubicó a un costado del escenario, elevado un par de pasos sobre su púlpito.

Vestido con un traje azul profundo, un sombrero de copa y varios papeles en la mano, el hombre comenzó a hablar con una voz enérgica, sorprendentemente fuerte y clara, incluso a esa distancia.

—Buenas tardes, damas y caballeros. Esperamos que se encuentren bien.

Continuó con las palabras de inicio y explicó las reglas de la subasta.

Con un leve codazo, Adad llamó la atención de Theo, que aún miraba alrededor, asombrado de estar allí.

—Si aparece lo que te interesa, levanta la tabla. No te pongas nervioso. Solo levántala si de verdad te interesa. Y si el precio sube demasiado, debes saber cuándo rendirte.

Algo aturdido, Theo asintió.

Lince observaba el intercambio sin parpadear desde el costado del muchacho, mientras Safir, junto a Adad, le hacía callar con un gesto de la mano. Theo sospechó que era más por el hecho de hablar con él que por respeto al animador.

—Bien —anunció la voz desde el púlpito—, comencemos con el primer artículo de esta subasta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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