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Sentidos : El despertar - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - Capítulo 59: Curtido entre sogas y sal: Fatum dolosum
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Capítulo 59: Curtido entre sogas y sal: Fatum dolosum

El animador se dispuso a describir el artículo, pero la vista de Theo se estrechó de inmediato, provocándole un dolor punzante en la nuca, mientras el vidrio grueso apenas dejaba entrever la mercancía.

El líquido turbio se mecía con el movimiento del carro; al detenerse en el centro de la plataforma, las luces parecieron atenuarse, aunque aquello no fue más que una impresión suya.

Una luz tenue parecía transmitirse por el fluido circundante, mientras los ojos observaban omnipotentes a cada individuo en la sala.

La multitud se removió, incómoda, como si un cosquilleo les recorriera la médula, pero el muchacho estaba completamente ido.

Tenía la boca seca; sus palmas, sudorosas, temblaban con finos espasmos.

Intentaba controlarse, pero era como si un perro hambriento contemplara un trozo de carne tras días sin comer. No era simple necesidad: un sentimiento visceral difícil de reprimir en esta circunstancia.

Una sensación indescriptible lo atravesó mientras su mente le susurraba, implorando poseer aquel brillo a toda costa, quebrando su comportamiento habitual.

Se balanceaba adelante y atrás en la silla, jadeando.

La gente a su alrededor comenzó a notarlo, señalando lo extraño de su actuar; las expresiones de desagrado se acrecentaban poco a poco.

—Theo, ¿qué te sucede?—preguntó Adad al notar su comportamiento, sin saber que con ello solo desataría un estado aún más vulnerable.

Apretó los reposabrazos; la tela crujió bajo la presión de sus manos empapadas en sudor. Su cuello se torció ligeramente antes de girar en dirección a la voz.

—Yo… por favor.

Los organizadores, alertados por el mayordomo cercano, reaccionaron de inmediato, desatando la vergüenza e ira de Safir, quien no podía creer que el mocoso no supiera comportarse.

—Te dije que era mala idea traer a este crío a lugares como este. Nos confundirán con simples personas—dijo mientras un abanico peinaba sus cabellos azulados y una vena se marcaba con fuerza en su sien.

Lince, en cambio, intentaba discernir qué había provocado un cambio tan notorio en el muchacho. Pronto resultó evidente que el gatillante era el objeto que en ese momento estaba siendo adquirido por un conocedor de elementos extravagantes para decoración.

Los ojos de Theo, inyectados en sangre, se fijaron en Adad. Un impulso torpe se apoderó de él; de pronto, el capitán lo tomó del cuello de la camisa en un arrebato que, de haber sido otra persona, habría terminado en un escarmiento de proporciones.

—¿Qué diablos te pasa, Theo?—dijo Adad, sosteniendo con firmeza al muchacho para contenerlo, sin ánimo de escalar la situación a algo mayor. Sin embargo, Theo parecía haber incrementado su fuerza, impulsado por la abstinencia; ahora se volvía ajeno incluso para él.

Los ojos de Safir se abrieron por completo. Temía que su reputación y la de su hermano, ambos nobles reconocidos, fueran ultrajadas por un rapaz incapaz de comportarse.

La vergüenza intentó frenar las acciones del muchacho. Notaba cómo se había convertido en el centro de atención, algo que detestaba, pero su deseo era más fuerte.

Agachó la cabeza, tratando de controlar el jadeo. Gotas de saliva cayeron al suelo en una actitud indecorosa, rompiendo la línea de autocontrol que siempre lo había caracterizado.

Su boca se contrajo, forzando palabras conscientes mientras luchaba por mantenerse lúcido.

—Necesito… ojos… necesito… yo…

Detrás, el contador de la puja resonaba tras varios intercambios entre el comprador y una dama, alcanzando finalmente la cifra de—

—Cincuenta krakens, ¿no hay más ofertas?—preguntó el animador, dilatando el tiempo de forma insoportable a los ojos de Theo, quien veía diluirse su única opción de saciar aquella necesidad.

Sus manos se apretaron aún más. No tenía los medios para comprarlos. Debía pensar en una forma de conseguirlos a como diera lugar, pero no contaba con las herramientas ni la lucidez necesarias en su estado actual.

—Yo… por favor…

Adad dudó si pujar. Intentaba calmar a Theo con palabras que este no escuchaba; llegaban como ecos lejanos mientras su visión se estrechaba hasta convertirse en un punto ínfimo.

Vaciló, sin saber si debía intervenir, completamente descolocado por la actitud del muchacho: extrañado, enojado y, por sobre todo, preocupado.

—Cálmate, estás llamando mucho la atención—dijo entrecortado, usando su fuerza para detenerlo—. Te llevaré a tomar aire si sigues así.

El forcejeo aumentó en intensidad. Safir golpeaba con insistencia los pies de Adad bajo la mesa, señalando con delicadeza la escalera. El capitán no parecía encontrar otra solución, hasta que—

—Aquí—dijo una voz firme.

Habló con fuerza, manteniendo la clase y la compostura, mientras su figura se erguía con autoridad.

El dolor que entumecía el cuerpo de Theo comenzó a disiparse. Un respiro ahogado brotó de su garganta seca cuando alzó la vista hacia Lince, quien parecía comprender los instintos primitivos que se agitaban en su compañero.

Sus pulsaciones se aceleraron aún más. Aflojó sin querer las prendas del capitán, dejándolas lastimosamente arrugadas.

Como si suplicara perdón por un acto no cometido, tomó las manos de Lince. Ambos sintieron la incomodidad del contacto: el sudor, la cercanía forzada.

—Gra… gracias, Li… Lince. Yo, yo…

Lejos de lo que esperaba, Lince lo miró con ojos fríos, como antes de lanzar un ataque letal.

—No creas que no recuperaré cada kraken invertido. Esto te saldrá caro.

La sentencia pareció afectar al muchacho, incluso en medio de su estado deplorable. Sin embargo, quien se mostró más satisfecha fue Safir, que asentía con una mueca maliciosa.

Theo intentó ignorar las miradas. Por el rabillo del ojo notó cómo dos soldados se colocaban a ambos lados de Lince.

—Señorita—dijo el guardia a cargo tras intercambiar palabras con el mayordomo—. Ese joven no se ve bien. ¿Necesita que lo retiremos?

Su mano descansó sobre el pomo del arma mientras ambos aguardaban la respuesta.

—No hace falta, caballeros—respondió Lince con un gesto suave, casi teatral—. Es su primera subasta; está un poco nervioso. Los espacios cerrados también lo alteran.

Una sonrisa forzada acompañó sus palabras, mientras al fondo el animador intentaba provocar una nueva oferta.

—Entendemos. Estaremos aquí si necesita algo.

La amenaza se disipó. Al instante, los dedos de Theo sintieron un dolor intenso.

—Concéntrate, Theo—dijo Lince en voz baja.

La presión se atenuó, dejando su mano pálida recuperar un rojo intenso.

Pero parecía no importarle. Sus ojos volvieron a encontrarse con los del frasco, hipnotizando sus sentidos, atrapándolo en un sueño invisible. Sentía cómo sus músculos reaccionaban, obedeciendo a una memoria enterrada.

Recuerdos de dolor punzante se asentaron en sus brazos: agujas, viento.

Antes de que pudiera profundizar en aquella epifanía, Adad tomó una decisión. Simulando que Theo se encontraba “en mejor condición”, lo condujo fuera de la sala para que tomara aire.

El movimiento estuvo a punto de provocar una ebullición en él, pero Lince intervino con rapidez, colocando un calmante definitivo sobre la situación al leer el panorama con claridad.

—Yo consigo los frascos. Tú llévatelo.

Claro y conciso, Adad asintió y bajó a Theo por las escaleras, abrazándolo como si fueran dos amigos saliendo de un bar tras una larga juerga.

—No sé qué te pasa, pero espero que tengas una muy buena explicación—murmuró mientras rodeaba su cuello con un brazo, en un gesto que mezclaba contención y reproche.

Un sentimiento profundo de culpa le apretaba el pecho.

¿Estará bien luego de conseguir lo que desea? ¿O es solo el comienzo de algo peor?

El animador anunciaba el fin apenas unos minutos después del incidente, como si el tiempo hubiese decidido avanzar sin detenerse a considerar lo ocurrido, algo que Safir prefería olvidar de inmediato.—Y tú insistes en llevarlo a la próxima expedición; yo me lo pensaría dos veces— dijo, recogiendo el vestido de manera estudiada mientras descendía las escaleras, cuidando cada pliegue como si el orden externo pudiera compensar el desajuste interno.—No lo sé… es demasiado raro. No parecía ser la misma persona— respondió él, extendiendo el brazo para ofrecer apoyo a su hermana mientras ambos pisaban el último escalón y la alfombra amortiguaba el sonido de sus pasos.—Sea como sea, espero que Lince vuelva pronto. No soporto esperar en estos ambientes, prefiero una cena o un baile— añadió, moviendo el abanico con insistencia para disipar el rubor que aún le encendía el rostro.

Adad acompañó a Theo hacia el exterior, dándole un regaño suave, casi paternal, más cargado de desconcierto que de enojo. No lograba comprender qué había provocado aquella conducta infantil e impropia del muchacho, y esa falta de respuesta lo inquietaba más que el escándalo en sí.

No pasó mucho tiempo antes de que Lince apareciera. Sin medir palabra, entregó el sobre a Adad: una prueba inequívoca de su compra. El gesto fue seco, definitivo. Sin embargo, el verdadero peso no estaba en el objeto adquirido, sino en lo que ahora debía enfrentar directamente frente a su benefactora.

Los dedos de Theo se curvaron en una garra involuntaria, como si intentaran atrapar algo que ya no estaba allí. Una presión invisible le oprimía el pecho, y el deseo de poseer aquello que había perdido le gritaba con urgencia desde detrás de los ojos, un clamor visceral que no lograba acallar.La cachetada llegó sin advertencia. El impacto conocido sobre la mejilla lo arrancó de golpe de ese pensamiento errático.—Explícame, sin rodeos, qué sucede con esos frascos— dijo Lince, con una voz cortante, afilada. Su mano quedó suspendida en el aire, lista para repetir la acción si hacía falta.

La confusión le nubló la mente. Las ideas chocaban unas con otras como fragmentos arrastrados por una tormenta que no comprendía del todo, nacida de algo inefable.El segundo golpe no tardó. Un zumbido sordo se instaló en su oído izquierdo, persistente.—No lo voy a repetir. Si no me explicas, no hay nada más que hablar. Te mandaré de vuelta a Kutran— sentenció.

El miedo descendió y se posó con peso sobre sus hombros. No era solo temor al castigo, sino a la imposibilidad de explicar algo que ni él mismo entendía. Sus labios se separaron apenas; la lengua seca buscó aire mientras sus ojos, enrojecidos, recuperaban parte de su brillo habitual, ahora agudizado por el dolor.—No… yo… dame un segundo— murmuró, chasqueando la lengua en un intento inútil por humedecer la boca.Pensó con desesperación en palabras que hicieran justicia a lo que había sentido.—Es… una corazonada— dijo al fin, inseguro. —Una posesión incontrolable— asintió, aferrándose a la idea como a un salvavidas precario. —Mi cuerpo y mi mente me pedían poseer ese objeto. No fue una decisión—

Antes de que la mano de Lince volviera a alzarse por tercera vez, Theo logró sostener la mirada y completar la frase. Las palabras que emergieron no eran las que ella esperaba oír del muchacho.—Es un comienzo— respondió ella, bajando la mano con lentitud—, pero tendrás que explicarlo con más detalle. No solo a mí, sino también a Adad y a Safir. El mal rato fue principalmente para ellos. Y no olvides algo— añadió, inclinándose apenas hacia él—: si vuelve a pasar, no volverás a salir con nosotros.

La advertencia quedó suspendida entre ambos, más pesada que cualquier golpe.Theo tragó saliva. No había terminado de digerir un sentimiento cuando otro se superpuso sin pedir permiso. El remordimiento por el caos provocado se instaló en su pecho con una presión constante.—Sí… yo— balbuceó, con los ojos desplazándose de un lado a otro—. Dame un momento.

Se apoyó contra un poste de alumbrado público. A su alrededor, las conversaciones propias del mercado y del cierre de la subasta lo golpeaban sin filtro: risas altas, voces superpuestas, comentarios al pasar. Algunas miradas se detenían en él apenas un segundo, alternando entre asco e indiferencia.Intentó hallar su centro. Enderezó la espalda, relajó los hombros, contrajo y soltó el abdomen, respirando con cuidado. Pero cada intento se veía frustrado por el alboroto que lo rodeaba.

Adad y Safir salieron poco después. Ambos dirigieron la vista de inmediato hacia Lince y hacia el muchacho, aún apoyado de manera torpe, evidenciando que no había recuperado su entereza.—Ash… terminemos esto luego y vayamos a casa— resopló Safir, claramente irritada.Adad, en cambio, lo observaba con una preocupación más silenciosa. Theo no solía comportarse así.—Vamos— dijo, rompiendo el silencio—. Tengo que devolverle el apretón de cuello— añadió, usando el dolor persistente como impulso para mover a su hermana.

Al reunirse con Lince, esta les explicó lo poco que Theo había logrado articular, apenas aclarando la situación.El muchacho parpadeaba con frecuencia. Estelas doradas cruzaban su campo visual, hilos casi invisibles que le provocaban una fatiga punzante en la cabeza, una molestia que deseaba no arrastrar consigo.Lince, Adad y Safir lo observaron en silencio, intentando rescatar alguna pista, algún recuerdo que encajara con lo presenciado ese día.La dama de negro lo examinó con mayor detenimiento. Una hipótesis comenzaba a tomar forma en su mente, pero aún no lograba extraer una conclusión clara.

Una palma firme sobre el hombro lo devolvió al presente.—Vamos— ordenó el capitán—. Tenemos que hablar de lo que pasó. Comamos algo.

Caminaron primero hacia el sector centro y luego al norte, donde la calidad de las construcciones mejoraba de manera progresiva, al igual que la sofisticación de los platos ofrecidos.Lejos de la subasta, Theo respiraba de otro modo, algo más aliviado. Aun así, una sensación de vacío persistente le robaba la calma: la certeza incómoda de que algo le faltaba, de que había dejado una parte de sí atrás.—Aquí— indicó Safir, eligiendo el lugar con decisión, consciente de que aquello era lo mínimo tras el episodio bochornoso.—Como tú digas— respondió él con una sonrisa nerviosa. Sabía que Casa Valmor era caro incluso para un noble.

El restaurante se alzaba dentro de una casona antigua, restaurada con el cuidado propio de quienes comprenden el peso de la historia. Theo cruzó el umbral y, apenas pisó el interior, sintió el cambio inmediato: el bullicio de la calle quedó atrás, sustituido por una calma solemne que parecía contener cada movimiento.Las vigas de madera tallada ascendían sobre su cabeza como raíces transformadas en columnas. Los relieves imitaban enredaderas antiguas, hojas alargadas y curvas entrelazadas en un patrón casi orgánico. Bajo la luz tenue de los candelabros, aquellas formas proyectaban sombras irregulares que serpenteaban por techos y paredes, como si el lugar respirara con lentitud.Las velas, dispuestas en soportes de bronce oscuro, derramaban un brillo suave que se reflejaba en los amplios ventanales de vidrio. Desde lejos, el cristal parecía agua inmóvil; de cerca, atrapaba fragmentos de luz, contornos de comensales y las líneas precisas de las mesas de madera pulida.

Todo estaba dispuesto con una exactitud casi ritual. Nada sobresalía. Nada rompía la sobriedad.La música de cuerdas emergía desde un pequeño estrado al fondo del salón. No era alegre ni melancólica; era contenida, equilibrada, como si hubiese sido compuesta para acompañar el silencio en lugar de desplazarlo.

Entre cada acorde, Theo distinguía el roce medido de las copas, el murmullo bajo de conversaciones discretas y el paso suave de los mayordomos, atentos sin resultar invasivos.El aire olía a madera encerada, cera derretida y vino especiado. Por un instante, tuvo la sensación de que el mundo exterior —con su ruido, tensiones y heridas— quedaba suspendido al otro lado del vidrio.No había ostentación ni exceso, solo una elegancia contenida y una disciplina estética que imponía respeto. El lugar no necesitaba demostrar su importancia; existía con una dignidad silenciosa.

Guiados por el atento anfitrión, fueron acomodados en una mesa para cuatro. La luz encendía el brillo sobre sus cuerpos y la atmósfera propiciaba la relajación necesaria, invitando al muchacho a ordenar sus ideas.Antes de que Theo intentara iniciar una explicación torpe, Safir indicó al mayordomo:—Lomo de venado en reducción de vino especiado para mi hermano, y pescado blanco ahumado en mantequilla de hierbas silvestres para la dama.

Los nombres le resultaron extravagantes. Para él, aquellos platos seguían siendo simples en esencia, elevados por manos expertas, ingredientes selectos y años de oficio.—Sopa clara de hueso y trufa negra— añadió ella, alzando una ceja—. Pichón asado con miel oscura y nuez tostada para mí.

Safir se movía con naturalidad en ese entorno. Adad pidió también una botella de vino añejado, mientras Lince apoyaba las manos sobre sus piernas, quieta, casi meditativa.Theo tomó un trozo de tela plegada para secar el sudor de su frente. El gesto provocó una ligera indignación en Safir, ya agotada de tolerar faltas a la etiqueta.—El tocador está allí, Theo. Lávate la cara y bebe un poco de agua— dijo, con una sonrisa tensa que no admitía réplica.

Agachó la cabeza, estiró apenas las comisuras de los labios y se levantó. Al entrar al baño, un aroma a lavanda lo envolvió. Floreros de tonos violetas y púrpura claro ocupaban las esquinas, y un estanque con florituras contenía agua de rosas, fresca, casi reconfortante.Tomó el agua con ambas manos y la llevó al rostro.

Al mirarse en el espejo, notó cómo el enrojecimiento de sus ojos comenzaba a ceder.Su pulso y respiración se regularon poco a poco, ayudados por la quietud del espacio íntimo. Apenas percibía la música de cuerdas más allá del tocador; el olor a cera de las velas junto al espejo proyectaba un brillo tenue que evocaba momentos de calma olvidados.

Tras unos minutos, apoyado en el estanque, pensó en las emociones que lo habían dominado, en lo incómodo de la situación y en la verguenza impuesta a sus compañeros.Observó sus manos, aún ligeramente temblorosas.—Yo no soy así— se dijo en voz baja, mirándose al espejo—. No puede volver a pasar.

Inspiró hondo y dejó escapar el aire con lentitud.Sus ojos chocaron con su reflejo, del que brotó un hilo dorado apenas visible. Esta vez, sin embargo, su compostura no vaciló.Secó su rostro con la fina tela de lino dispuesta en un colgador, retirando no solo el agua, sino también parte del desorden emocional.Tal vez su mente se resistía a ofrecer una respuesta lógica, pero su instinto ya comenzaba a señalarle una dirección. No podía ignorarla otra vez.

Al tomar el picaporte para salir, una decisión silenciosa se asentó en su interior: la próxima vez no esperaría a perder el control para entender qué le estaba ocurriendo.Un leve viento le recorrió la nuca, arrastrando consigo el último vestigio de descontrol, mientras dejaba atrás el tocador.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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