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Sentidos : El despertar - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Sueños y promesas Ocupándose de las decisiones
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6: Sueños y promesas: Ocupándose de las decisiones 6: Sueños y promesas: Ocupándose de las decisiones Evaluando lo bien que olía la fragancia del brebaje, Theo comentó: —Solo me pidió cincuenta krakens de cobre.

Una ganga.

Un arpón nuevo cuesta tres meses de mi sueldo.

No puedo con eso —añadió, con tristeza por no tener un mejor trabajo.

—Bueno, hijo, compra ese arpón y arréglalo.

Eres joven y puedes ser lo que quieras ser.

Solo te pido que te cuides.

Recuerda ser valiente, pero también justo —le dijo su madre con ternura.

Como un eco del pasado, Theo recibió esas palabras.

Su madre siempre lo apoyaba, repitiéndole aquella frase.

Decía que ser valiente no consistía solo en realizar actos osados en momentos difíciles, sino también en atenerse a las decisiones tomadas, ser firme en las propias creencias y no dejarse arrastrar por la voluntad ajena.

Ser justo, explicaba, era una cuestión de equilibrio: sopesar los pros y los contras de cada acción, ayudar a quien lo necesitara, pero también cuidarse a uno mismo.

Dar, sí, pero sin abandonarse.

Ser justo era ejercer la ley que dictaba el corazón.

Mientras reflexionaba sobre esas enseñanzas, Theo se preparó para acostarse.

El olor de su cama lo atraía: el cuero y la vegetación seca lo invitaban al descanso, acompañados por el vaivén suave de las llamas que chisporroteaban en la hoguera.

Lanzó un último trozo de madera al fuego y, después de besar a su madre en la mejilla y fundirse en un abrazo apretado, se entregó al abrigo de su recámara.

La marea subía, y con ella, el líquido ingerido ya corría plenamente por su cuerpo, disolviéndose mejor a medida que pasaban las horas.

Durante la noche, su cerebro —en completo silencio— experimentó una serie de adaptaciones: sus receptores olfativos evolucionaron de forma sobrenatural, abriendo una nueva ventana en su mente y transformando lo que parecía un simple descanso en un proceso magistral de renovación.

Despertó exaltado, como si hubiera tenido una pesadilla.

Sin embargo, todo estaba en calma: la hoguera seguía encendida, con brasas tenues; la comida estaba servida, aunque su madre ya no se encontraba en casa.

Confuso, creyó recordar que se había despedido de él antes de salir temprano al trabajo.

Con energía, estiró los brazos, reflexionó un instante y, de un solo movimiento, se incorporó para colocarse las botas, ya al límite de su vida útil.

Se sentó a desayunar, y mientras lo hacía, aspiró el té de aroma profundo, dejando que el vapor llenara sus fosas nasales.

Sus pupilas se dilataron al percibir una ola de estímulos: el pan fresco, la masa suave, el aroma de la harina, la sal, la manteca e incluso el agua dulce con la que había sido preparado.

Lo mezcló a modo de sándwich junto a restos de pez meruc, un producto común del mar.

Sin embargo, ahora lo distinguía de forma distinta.

Su aroma no destacaba especialmente frente a otros pescados preparados, pero las espinas…

las espinas tenían un olor particular para su olfato: como una dulce flor.

Sorprendido, se dejó cautivar por su nuevo descubrimiento.

Después de todo, lograr discernir entre cosas que parecían iguales es algo asombroso.

Así que, de buen ánimo, se preparó para salir: tomó su abrigo, una parte de las monedas de oro y se dirigió a la puerta.

El sueño fue reparador en cierta medida; no obstante, aún sentía fatiga, posiblemente debido al intenso trabajo de su cerebro al procesar nuevos y fuertes estímulos.

Continuó limitando su agudo olfato a solo un par de metros a su alrededor mientras intentaba volver natural su procesamiento de esta nueva información.

Este ejercicio —para nada fácil— le ayudaba a mantener la claridad mental y no entorpecer sus otras funciones.

Era como acallar las voces de diversos objetos gritando sus nombres en voz alta: simplemente desgastante.

Batallando con su sentido, caminó a paso suave hasta el muelle, donde se ganaba sus krakens, moneda a moneda.

Esta vez, sin embargo, planeaba invertirlos en un arma que, esperaba, cambiaría su fuente de ingresos.

Eran meses fríos.

Añoraba los tiempos cálidos, cuando trabajaba menos y buceaba durante largas horas, recolectando almejas, erizos y otros alimentos del mar —algas, cangrejos, entre tantos otros.

Esa práctica, sostenida por años, le ayudó a perfeccionar sus habilidades bajo el agua.

Finalmente, obtuvo una retribución casi milagrosa y, ahora, con un arma en mano, sentía que su futuro se volvía cada vez más brillante.

Al llegar al bullicioso muelle, se dejó ver su amigo Mirau: un joven robusto, de metro ochenta, abdomen abultado y sonrisa amplia, quien lo saludó de mano apenas lo vio.

—Solo caminé despacio.

Quería digerir un poco el desayuno —respondió Theo con tono informal.

—Acompáñame.

El arpón está en la bodega que te mencioné.

Podré sacarlo rápido si me ayudas a vigilar.

Me pasas el dinero y nos largamos —añadió Mirau, impaciente, mientras señalaba la dirección.

Theo no dudó y partieron raudos.

En pocos minutos, atravesaron toda la zona de descarga.

Incluso desde fuera, el joven podía percibir el aroma del interior: hierro, óxido, madera y cuerdas, principalmente.

Aprovechando el momento previo, Theo comentó: —No me vayas a dar un arma oxidada.

Está bien que pague poco, pero asegúrame algo que dure —dijo con la confianza que se tiene entre amigos.

Con una sonrisa nerviosa y una gota de sudor que lo delataba, Mirau respondió: —Nooo…

No le haría eso a un hermano.

¡Ja, ja, ja!

—la risa ayudó a disipar la tensión.

Con un movimiento rápido, le hizo una seña a Theo para que vigilara su flanco.

Entonces, con sorprendente agilidad para su tamaño, deslizó el pasador, abrió la puerta, tomó el arpón y volvió a cerrarla.

Lo tenía todo planeado.

—Toma, lo cubrí con una manta —dijo Mirau, mientras recibía una pequeña bolsa con monedas—.

Corre a casa.

Si sales a cazar algo al mediodía, con un poco de suerte podrás recuperar tu inversión en unos pocos días.

Sin perder tiempo, Theo se alejó corriendo.

A los cientos de metros, volvió a caminar con calma, fundiéndose entre la multitud del abarrotado mercado portuario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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