ser la hija del duque? puede que no esté tan mal. - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Confesiones de un duque agotado o cómo perdí a mi hija ante la locura hereditaria
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27: Confesiones de un duque agotado (o cómo perdí a mi hija ante la locura hereditaria) 27: Confesiones de un duque agotado (o cómo perdí a mi hija ante la locura hereditaria) > “A veces pienso que el destino se está riendo de mí.
Y la risa suena sospechosamente como la de mi hija.” — Duque Edevane.
— Después de la cena del caos El duque se sirvió una copa de vino en la biblioteca.
Afuera se escuchaban risas, gritos y… ¿un coro?
Suspiró.
—No puede ser… Marianne, desde la puerta, informó con voz monótona: —Mi señor, su esposa y su hija están improvisando una ópera con utensilios de cocina.
—…¿Otra vez?
—Es la primera de la noche, señor.
—Eso no me tranquiliza.
Se sentó pesadamente, mirando el fuego.
Después de un rato, escuchó pasos.
Amelia entró, aún riendo, con un delantal lleno de harina.
—Querido, tu hija es maravillosa.
—Mi hija es peligrosa.
—Oh, exageras.
—No.
Tiene una tetera que distorsiona el tiempo.
Amelia arqueó una ceja.
—¿Y tú la dejaste jugar con runas temporales?
—Yo intenté detenerla, pero… heredó tu nivel de persuasión.
— El duque se sincera Amelia se sentó frente a él, con una sonrisa suave.
—Vamos, cuéntame.
¿Cómo es Seraphina ahora?
El duque suspiró largo.
—Antes era tan tranquila.
Tan reservada… —Sí, como yo antes del matrimonio.
—Exactamente.
—Ajá.
Y luego… —Luego un día despertó diferente.
—¿Diferente cómo?
—…Empezó a reírse.
Amelia: —¿Eso es todo?
Duque: —No.
Empezó a reírse mientras el comedor estaba en llamas.
Amelia dejó la copa en la mesa, conteniendo la risa.
—¿Qué?
—Fue el día que trató de cocinar sola.
—Oh… entonces también heredó esa parte de mí.
— El recuerdo del “día del cambio” El duque se reclinó, recordando con pesar fingido.
—Nunca olvidaré su primer desayuno después de ese cambio.
Llegó tarde, cantando, y me saludó con un “¡Buenos días, viejo mío!” Amelia se atragantó.
—¿Le dijo así al duque de Edevane?
—Con total naturalidad.
Y luego me pidió prestado un burro.
—¿Para qué?
—Para ir al pueblo a “ver si los humanos normales desayunan mejor”.
Amelia no pudo contener la carcajada.
—¡Oh, Edevane, cómo me alegra no haberme perdido eso!
—No digas eso, Amelia.
Esa fue solo la fase uno.
—¿Hay más?
—Mucho más.
— “La alianza del caos” El duque se frotó las sienes.
—Luego conoció a su tutor, Kael.
Y ahí empezó el verdadero infierno.
Amelia se inclinó hacia él, curiosa.
—¿El joven con expresión de “no dormí en tres días”?
—Ese mismo.
Se llevan tan bien que los sirvientes los llaman “el dúo del apocalipsis”.
Amelia sonrió con orgullo maternal.
—Ay, qué lindo, tiene un cómplice.
—No es lindo.
Organizaron un musical improvisado en el establo.
—¿Con vacas de fondo?
—Sí.
—Dioses… soy su madre, y aun así quiero verlo.
El duque suspiró de nuevo.
—A veces pienso que me odia.
Amelia frunció el ceño.
—¿Por qué dirías eso?
—Porque cada vez que le digo que debe comportarse como una dama, me mira, sonríe y dice: “Eso suena aburrido.” Amelia se quedó pensativa, luego sonrió.
—No te odia.
Simplemente… está viva.
—Viva como un huracán.
—Exacto.
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