ser la hija del duque? puede que no esté tan mal. - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 La resurrección emocional de Seraphina y la crisis colectiva de los Edevane
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34: La resurrección emocional de Seraphina (y la crisis colectiva de los Edevane) 34: La resurrección emocional de Seraphina (y la crisis colectiva de los Edevane) > “Nada más peligroso que una noble con exceso de energía después de una depresión.” —Kael, víctima constante del entusiasmo ajeno — Desayuno con confusión incluida El sol brillaba sobre la mansión Edevane, pero el verdadero espectáculo no estaba afuera, sino en el comedor.
Seraphina entró tarareando una melodía ridículamente alegre, con flores en el cabello y una sonrisa tan grande que daba miedo.
—¡Buenos días, familia!
¡Qué hermoso día para no tener pensamientos negativos!
El duque Elias bajó lentamente su taza de té.
—¿Quién eres y qué hiciste con mi hija?
Lucien, su hermano mayor, parpadeó sin decir palabra, observándola como quien analiza una posible posesión demoníaca.
—Padre… ¿está seguro de que no deberíamos llamar a un exorcista?
Elias suspiró.
—Lo pensé.
Pero el último huyó llorando después de hablar con ella quince minutos.
Mientras tanto, Amelia —la madre ausente que había regresado hace poco— sonreía con orgullo, palmeando las manos como si estuviera viendo un milagro.
—¡Por fin!
¡Ya no parece un espíritu melancólico atrapado en cuerpo ajeno!
Seraphina le guiñó un ojo.
—Renací, madre.
He decidido abrazar la felicidad, el caos y los postres antes del almuerzo.
Amelia aplaudió.
—¡Eso, mi niña!
¡Así se habla!
Elias cerró los ojos, murmurando algo como una plegaria.
—Dioses antiguos, denme paciencia.
— Desayuno a la Edevane: caos servido con té y sarcasmo Seraphina se sentó y empezó a servir mermelada como si fuera arte contemporáneo.
Lucien la observaba, confundido.
—Ayer estabas llorando y gritando que la vida no tenía sentido, y ahora pareces una versión humana de la primavera.
—Eso se llama evolución emocional, querido hermano.
—respondió con una sonrisa angelical—.
Además, el drama ya me aburrió.
Elias la miró con seriedad.
—¿Y qué pasó con todo tu discurso sobre dejar la academia, romper el compromiso, quemar la nobleza y vivir criando caballos salvajes?
—Ah, eso era la Seraphina versión triste.
Esta es la versión iluminada.
Lucien rodó los ojos.
—Iluminada, dice.
Estás brillando tanto que me das miedo.
Amelia bebió su té, divertida.
—Déjala ser, Lucien.
Al menos ahora sonríe.
Antes parecía un cuadro gótico.
Seraphina asintió con dramatismo.
—Exacto.
He superado mi arco oscuro.
Ahora soy un rayo de luz con juicios dudosos.
— El duque intenta intervenir (y fracasa) Elias apoyó los codos sobre la mesa.
—Seraphina, sabes que me alegra verte contenta, pero…
¿qué causó este repentino cambio?
Ella levantó su taza como si brindara por la vida misma.
—Una epifanía, padre.
Me di cuenta de que la tristeza no combina con mi rostro.
Lucien se atragantó con el café.
—¿Eso fue una frase o un diagnóstico?
—Ambas.
—contestó ella, con total naturalidad—.
Decidí ser feliz, aunque el mundo arda.
Amelia aplaudió de nuevo.
—¡Esa es mi hija!
¡Una Edevane jamás se rinde, solo cambia de estética emocional!
Elias se cubrió el rostro con una mano.
—No sé si sentirme orgulloso o preocupado.
Lucien, seco: —Ambas, probablemente.
— El momento “espiritual” (según Seraphina) Seraphina se levantó de golpe, levantando el tenedor como si fuera una varita mágica.
—He decidido repartir felicidad y energía positiva a todos los que me rodean.
Lucien frunció el ceño.
—Por favor no cantes.
—Demasiado tarde.
Y empezó.
A cantar.
A todo pulmón.
Una canción improvisada sobre el destino, los rumores y los gatos nobles que beben té en tazas diminutas.
Amelia lloraba de risa.
Lucien se tapaba los oídos.
El duque observaba el techo, resignado.
—¿Qué hice para merecer esto?
La doncella entró tímidamente.
—Mi lord… ¿desea que llame al médico?
—No —suspiró Elias—.
No hay cura para esto.
— El regreso de la complicidad familiar Después del desayuno, Seraphina salió al jardín a bailar con las flores.
Amelia la siguió, orgullosa como una madre viendo a su hija ganar un premio.
—Elias, Lucien, mírenla.
Es feliz.
—Sí, madre —respondió Lucien—.
Feliz y posiblemente en otra dimensión mental.
El duque soltó una leve risa.
—Al menos ya no llora.
Prefiero esto mil veces antes que verla apagada.
Amelia sonrió con ternura.
—Eso te pasa por tener una hija con tu carácter.
Elias alzó una ceja.
—¿Mi carácter?
—Sí.
Terca, intensa, impredecible.
Igualita a ti cuando eras joven.
Lucien rió por lo bajo.
—Eso explica tanto.
— El epílogo: el caos continúa Esa tarde, los tres la vieron corriendo por el jardín con una corona de flores, gritando algo sobre fundar un “Club del Caos Controlado” con sus amigos de la academia.
Amelia aplaudía desde el balcón.
Lucien negaba con la cabeza, sonriendo.
Y Elias, con un suspiro largo y paciente, murmuró: —Bueno… al menos ya no parece emo.
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