ser la hija del duque? puede que no esté tan mal. - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Vacaciones forzadas y coincidencias sospechosas
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38: Vacaciones forzadas y coincidencias sospechosas 38: Vacaciones forzadas y coincidencias sospechosas > “Mi padre lo llamó retiro educativo.
Yo lo llamo exilio elegante.” —Seraphina Edevane — El castigo disfrazado de viaje familiar El duque Elias, harto de los chismes, las cartas de queja y las quejas del rey, tomó una decisión que cambiaría la paz del mundo rural: —Necesitas descanso, Seraphina.
Ella lo miró como si acabara de sugerirle un sacrificio ritual.
—¿Descanso o exilio?
—Ambos.
Pasarás unas semanas en la villa Edevane, lejos de la capital.
Sin príncipes, sin fiestas, sin tutorías caóticas.
Desde el sofá, Amelia aplaudió.
—¡Qué maravilla!
Un poco de aire puro le hará bien a tu espíritu, querida.
Seraphina gruñó.
—Madre, mi espíritu se marchita con el aire puro.
Lucien, que observaba con una copa de vino en la mano, murmuró: —Yo voto por enviar también a Kael.
Por razones de seguridad nacional.
El duque lo pensó dos segundos.
—Buena idea.
Que vaya con ella.
Seraphina se quedó helada.
—¿¡Qué!?
¡¿Con Kael?!
Lucien sonrió con malicia.
—Así por lo menos te aburres acompañada.
— Llegada al paraíso del aburrimiento La villa Edevane era un cuadro pintado de verde, silenciosa y tan pacífica que dolía.
Seraphina bajó del carruaje arrastrando los pies.
—Esto parece el purgatorio de un jardinero.
Kael, bajando tras ella, sonreía como quien planea su propia venganza.
—Vamos, podríamos disfrutarlo.
Tal vez el silencio cure tu alma turbulenta.
—Kael, si mi alma fuera una enfermedad, tú serías el virus.
El sirviente de la villa se inclinó con respeto.
—Bienvenida, mi lady.
Ah, y… su compañero de estancia ya ha llegado.
Seraphina arqueó una ceja.
—¿Qué compañero?
— Coincidencias, versión principesca Una voz muy familiar sonó detrás de ellos.
—Qué gusto verte, Lady Seraphina.
Ella giró lentamente.
Allí estaba Aiden Albrecht, el príncipe heredero, con esa sonrisa de “yo no planeé esto, pero claramente alguien sí”.
Seraphina entrecerró los ojos.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Coincidencia del destino —respondió Aiden con fingida calma—.
Mi padre dijo que debía descansar.
Kael soltó una carcajada sin dignarse a disimular.
—Sí, claro, coincidencia.
Y yo soy un monje.
Seraphina suspiró con resignación.
—Kael, si me desmayo, prométeme que me dejas en el piso.
Aiden se aclaró la garganta.
—Podríamos… intentar llevarnos bien.
—Eso suena a amenaza velada —replicó Seraphina, cruzándose de brazos—.
Kael asintió con aire solemne.
—Si ustedes dos no se matan antes de fin de semana, será un milagro digno de los archivos reales.
— Té, tensión y teatro Los días pasaron y la convivencia se volvió un circo.
Durante el té de la tarde, Seraphina aprovechaba cualquier oportunidad para fastidiar al príncipe.
—Qué relajante tener compañía en este retiro forzado —decía con falsa dulzura—.
Lástima que la compañía venga con aire de noble aburrido.
Kael, disfrutando su pastel, no podía más de la risa.
Aiden respiraba hondo, mordiéndose la lengua.
—Tienes un talento único para hacerme perder la paciencia.
—Gracias, es hereditario —respondió ella con una sonrisa angelical.
— La tregua inesperada Una tarde, mientras paseaban (obligados por carta del duque), Aiden tropezó con una raíz y casi se cae al lago.
Seraphina lo agarró del brazo justo a tiempo, aunque por poco cae con él.
Ambos quedaron congelados, uno frente al otro.
—Ya es tradición que casi te mate sin querer —dijo ella, soltando una risita.
Aiden sonrió de verdad por primera vez en días.
—Al menos contigo nunca me aburro.
Ella miró hacia otro lado, incómoda pero divertida.
—No te acostumbres, alteza.
Kael, observando desde lejos, gritó: —¡Ya los vi!
¡Esto huele a compromiso oficial!
¡El duque va a tener un infarto!
Seraphina le lanzó una piedra.
No le dio.
Pero casi.
— Noche de confesiones tontas Esa noche, los tres se sentaron frente a la chimenea.
Kael leía un libro, Seraphina jugaba con el fuego y Aiden parecía más relajado de lo habitual.
—A veces pienso que la academia era más tranquila que esto —murmuró Seraphina.
—No lo digas muy fuerte, o el duque te devuelve —respondió Kael, bostezando.
Aiden rió suavemente.
—Me alegra no ser el único que teme por su vida en esta villa.
Kael cerró el libro y los miró con fastidio cariñoso.
—Si ustedes dos terminan juntos, exijo que mi nombre aparezca en los anales de la historia como “el pobre tutor que lo soportó todo”.
Seraphina sonrió sin mirarlo.
—Te daremos una estatua en el jardín.
Kael se encogió de hombros.
—Perfecto.
Que diga: “Aquí yace Kael.
Murió de paciencia.”
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