ser la hija del duque? puede que no esté tan mal. - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Los poseídos del ala este y la santa paciencia de Marianne
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7: Los poseídos del ala este (y la santa paciencia de Marianne) 7: Los poseídos del ala este (y la santa paciencia de Marianne) > “Día seis: el castigo terminó… pero aparentemente el caos es eterno.” Desde el amanecer, el duque notó algo extraño.
Risas.
Risas que venían del ala este del castillo.
—Lucien —dijo con voz fría mientras tomaba su café matutino—, dime que eso no son ellos otra vez.
—Si le dijera eso, estaría mintiendo, padre.
—…Tráeme agua bendita.
— Ala este, sala de estudio Seraphina y Kael estaban sentados uno frente al otro, rodeados de libros, bocadillos y una extraña torre de papel doblado en forma de castillo.
—¡Listo!
—anunció Kael—.
El castillo de miniatura está terminado.
—¡Qué belleza académica!
—dijo Seraphina, maravillada—.
¿Sirve para estudiar geometría?
—No, pero es divertido destruirlo con pelotas de tinta.
—¡Acepto el reto!
Marianne entró justo cuando las bolas de tinta empezaban a volar.
—…Milady.
—¡Marianne, no entres sin armadura!
—advirtió Kael.
—¿Puedo preguntar por qué están haciendo guerra con material escolar?
—Ejercicio de coordinación motora fina —respondió Seraphina muy seria.
—Y catarsis emocional —añadió Kael.
—Catarsis mi paciencia —murmuró Marianne, esquivando una bola de tinta.
— Más tarde, en el despacho del duque.
—No puedo más, Lucien.
Esos dos han infectado el castillo con su energía.
—El duque se masajeaba las sienes.
—He intentado separarlos, padre.
La última vez que lo hice, ella fingió desmayarse y él la defendió con un discurso sobre la libertad educativa.
—¿Qué?
—Casi convence al personal.
—¡Por los cielos!
Esto ya no es una hija y su tutor… ¡es una secta del desorden!
— De vuelta con los “poseídos”.
Kael y Seraphina estaban sentados en el suelo, riendo mientras Marianne limpiaba los restos del “ejercicio académico”.
—Sabes, Kael —dijo Seraphina—, eres la primera persona en este mundo con la que puedo hablar sin tener que fingir.
—Lo sé.
Es preocupante, pero también halagador.
—Deberíamos escribir un libro.
—¿Título?
—Cómo volver loco a un duque en siete días.
—Best-seller inmediato.
Marianne suspiró.
—Si publican eso, por favor no usen mi nombre.
—Tranquila, Marianne —dijo Seraphina—, serás el personaje sensato del relato.
—No me consuela.
En ese momento, Lucien irrumpió en la sala, exasperado.
—¡Se acabó!
¡El duque me ha ordenado separarlos!
Kael y Seraphina se miraron con expresión de terror.
—¿Separarnos?
—dijo ella.
—Eso suena inconstitucional —añadió él.
—No existe una constitución —respondió Lucien.
—Entonces la inventamos —dijo Kael—.
¡Artículo uno: libertad de amistad!
—¡Artículo dos: derecho a reír sin supervisión!
—gritó Seraphina.
Marianne, que ya tenía experiencia con el caos, se apartó lentamente hacia la puerta.
—Lucien, te deseo suerte.
—¡No me dejes solo con ellos!
—protestó él.
—Yo tengo instinto de supervivencia, señor.
Lucien suspiró.
—Seraphina, esto no es un juego.
El duque está realmente preocupado.
—¡No debería!
¡Estoy feliz!
—Ese es exactamente el problema —replicó él.
—¿Por qué ser feliz está mal?
—preguntó Kael—.
¿Acaso la nobleza teme al sonido de la risa?
—Sí, cuando viene de ustedes dos.
Justo entonces, el duque apareció en la puerta, rodeado de dos sacerdotes nerviosos con frascos de agua bendita.
—¿Listos para la purificación?
—preguntó con voz grave.
—¡No otra vez!
—gritó Seraphina, escondiéndose detrás de Kael.
—¡Padre, esto es una injusticia religiosa!
—añadió Kael.
—Silencio —ordenó el duque.
Los sacerdotes comenzaron a murmurar oraciones mientras Lucien sujetaba un pañuelo para contener la risa.
—Padre, ellos solo… —intentó decir Marianne, pero el duque levantó una mano.
—Si callan durante cinco minutos seguidos, cancelo el exorcismo.
Seraphina y Kael se miraron.
—Podemos hacerlo —susurró ella.
—Cinco minutos.
Fácil —dijo él.
Treinta segundos después: —Kael, tengo comezón en la nariz.
—Ignórala.
—No puedo.
—¡Ignórala, Seraphina!
—¡Me estás gritando!
—¡Tú empezaste!
—¡Eso no cuenta como callar!
—¡Sí cuenta!
—¡NO!
El duque suspiró, derrotado.
—Padre Santo, dame fuerza.
—Y tapones para los oídos —añadió Lucien.
Marianne cruzó los brazos con resignación.
—Si sobrevivo a esto, me haré monja.
—Apúntame —dijo uno de los sacerdotes.
“Y así terminó otro día en el Ducado Edevane… con menos cordura, pero mucho más entretenimiento.” Fin del Capítulo 7.
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