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Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 17

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17: 17 otra ves en un sueño 17: 17 otra ves en un sueño Capítulo 17 – Otra vez en un sueño El calor del mundo real se desvaneció sin aviso.

No fue el sueño lo que lo arrastró, sino algo más profundo: una llamada nacida del linaje.

Yami se dejó caer, no con el cuerpo, sino con la conciencia.

Sintió cómo su alma se tensaba, se retorcía y atravesaba una rendija en la tela de la realidad.

—Todo era oscuro como la primera vez que morí… un vacío sin fin estaba frente a mis ojos—.

Antes de poder adaptarse, una vez más el mundo volvió a aclararse.

Abrió los ojos.

Una chispa de reconocimiento cruzó su mirada.

—Otra vez poseo al hombre guapo— se dijo a sí mismo con una mezcla de asombro y resignación.

Pero algo era distinto esta vez.

El ceño del inmortal se frunció apenas, imperceptible para cualquiera menos para él.

Una voz profunda, que sonaba más como un pensamiento que como palabras, se hizo presente: —Todavía no es hora de que vengas… Ya veo.

Así que es eso.

Antes de que Yami pudiera pronunciar una palabra, sintió el rechazo.

Una fuerza intangible pero absoluta lo arrojó fuera, como si su presencia fuera apenas una mota de polvo sobre una escultura sagrada.

Y entonces, otra vez, cayó.

El espacio oscuro lo recibió sin forma ni sonido.

Sin embargo, algo había cambiado.

Un hilo dorado flotaba en la oscuridad: delgado, casi imperceptible, pero vibrante.

Lo reconoció.

Era la Matriz del Vacío Latente, una técnica que había activado antes sin comprender del todo.

Las palabras del compendio resonaron en su mente, ahora nítidas: Compendio Secreto del Vacío Latente: El Camino de la Oscuridad Silente Fragmento del Gran Sabio Xiang Tian, Protector de los Caminos Olvidados: “Aquel que se adentra en los caminos del Vacío Latente se enfrenta a la disolución misma de la existencia.

El que domina estas matrices no solo oculta su ser ante los ojos mortales, sino que escapa de los hilos mismos del destino.

Los secretos del Vacío no son para los débiles, pues a medida que ascienden, aquellos que los buscan se enfrentan no solo a los enemigos, sino al mismo orden del cielo.” Para iniciar esta técnica es necesario entrar en un estado de olvido.

Nada sucedía.

Su cuerpo era irrelevante.

La técnica exigía la conciencia.

Cerró los ojos internos y comenzó a recitar lentamente la fórmula.

Cada palabra no se decía con la boca, sino con la mente, el alma misma.

El vacío respondía no con luz ni sonido, sino con profundidad.

Y entonces, su conciencia volvió a ser arrastrada… más allá.

Abrió los ojos por primera vez, no como un humano… Sino como voluntad encarnada.

La oscuridad del vientre del caos se retiraba a su alrededor como agua fluyendo por un abismo.

Lo primero que sintió fue calor.

Manos cálidas, suaves, lo sostenían.

Frente a él, la figura de un hombre.

Al pie de ese hombre, el cadáver de una mujer cuyo poder aún impregnaba el aire, como si su alma se negara a morir.

No era cualquier mujer.

Era la Diosa de la Vida, uno de los cuatro dioses originales del orden.

Y su cadáver… su carne divina… fue el molde.

El hombre lo observó.

Era fuerte, pero sus ojos estaban marcados por la impotencia.

—Pequeño…

lamento traerte a este maldito mundo— su voz era pesada, con una tristeza contenida que ningún dios debería sentir—.

Ya no hay futuro para mí.

Solo una apuesta.

De su palma brotó una gota de sangre, espesa, palpitante, viva.

Era su esencia final, su alma, su poder, su fe.

—Tú no eres mi heredero —dijo, mientras la sangre caía y era absorbida por la figura recién formada—.

Tú eres la llama.

Tú serás el fuego que guíe al heredero.

Y así, la Bestia nació.

No por voluntad propia, sino como un legado.

Su verdadero cuerpo tenía doce alas de blancura radiante, piel cubierta por la oscuridad primordial, y runas dorado-violetas que serpenteaban sobre su carne como un idioma olvidado.

No era divino, ni demoníaco.

Era algo más.

Una existencia con muchas formas.

Cada una nacida para desafiar un principio… y conducir a un final.

Un ser que podía ocultarse en el reflejo del viento, cambiar como las estaciones, mentir como los dioses, destruir como las calamidades, y proteger como los mitos olvidados.

Pero en lugar de despertar en gloria… Eligió la sombra.

Explorar, aprender, perderse, no porque quisiera, sino porque era necesario.

Ocultó su esencia entre la multitud, tomó el rostro de un humano, y caminó entre los mortales como un espectro sin nombre.

Rió, no con burla, sino con la saña y extrañeza de quien sabe que el mundo no lo comprende, y simplemente esperó.

Esperó al digno.

Aquel que pudiera cargar el legado que ni siquiera él podía tocar sin consumirse.

¿Pero cómo hallarlo…?

¿Cómo reconocer lo que aún no ha despertado?

Mientras la pequeña bestia —una forma más del ser de las 72 Transformaciones— fantaseaba con futuros imposibles, Yami fue notado.

El Hombre —el que todo lo había dado, el que todo lo había perdido— clavó sus ojos sobre él.

No hizo nada.

No lo detuvo, no lo destruyó.

Pero sus ojos brillaron; al principio pareció calcular algo, pero finalmente se transformó en una tenue compasión… o quizá lástima.

—Pequeño… —susurró—.

Eres más rebelde de lo que pensaba.

Encontrar una respuesta tan radical… lo lamento por ti.

Yami, en su conciencia, y la pequeña bestia, mostraron una confusión sincronizada.

No entendían.

¿Lo descubrieron?

¿Había sido descubierto?

Pero el Hombre no respondió.

Solo suspiró.

Y su figura comenzó a desvanecerse, como un eco que se disuelve entre planos.

Antes de desaparecer por completo, un rayo de energía emergió de su frente.

Voló como una flecha de luz silenciosa hacia la pequeña bestia, atravesando su frente, sumergiéndose en lo más profundo de su conciencia, fusionándose con su esencia sin que él lo comprendiera.

O al menos, eso creyó.

No fue el único.

Desde el suelo, donde yacía el cadáver de la Diosa de la Vida, otro resplandor surgió.

Un susurro de poder inmenso, incomprensible, se movió con un gesto final del anciano.

Una última orden antes de desaparecer de la existencia.

Y justo antes de que su forma se desvaneciera para siempre, el Hombre dejó salir un poema al viento: “Bajo los cielos sin nombre” Las flores brotan en primavera, pero ¿quién recuerda el árbol en mil otoños?

El río fluye sin pausa ni destino, y arrastra tronos, templos y tumbas por igual.

Los dioses alzaron sus nombres en los cielos, pero el viento no conoce reverencia.

Sus estatuas se agrietan, sus cantos son polvo en la garganta del tiempo.

Una estrella nace en silencio, otra muere sin testigos.

¿Quién anota sus nombres en el libro del cielo?

Incluso el más alto jade divino no es más que un grano en la palma del Vacío.

La vida es humo entre montañas antiguas, la muerte, una ola que no deja espuma.

Y el universo… ríe, sin ojos, sin forma, sin fin.

—Pero… más importante… pequeño, no te agobies.

Pueden pasar miles de millones de años hasta la llegada de la semilla de calamidad que nuestra generación del caos sembró.

En los interminables años de espera, vive bien, come bien, observa el paisaje, las tristezas y alegrías que te alcanzarán, siéntelas… apre… —¿Por qué no continúa?

—se dijo Yami a sí mismo, ignorando inconscientemente el hecho del desvanecimiento del Hombre.

—Porque a estos viejos inmortales les gusta pretender frente a los más jóvenes —dijo Yami en voz alta.

Esta vez fue notado por la pequeña bestia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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