Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 cap 18 El viaje de una pequeña bestia
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18: cap 18 El viaje de una pequeña bestia 18: cap 18 El viaje de una pequeña bestia El tiempo no transcurría: se extendía.
Como una cuerda interminable, cada segundo pesaba sobre Yami como una eternidad.
A diferencia de la pequeña bestia, que exploraba con júbilo infantil, él había olvidado cómo se sentía avanzar.
Al principio murmuraba a sí mismo, luego reía solo.
Sus pensamientos, privados de estímulos externos, empezaron a distorsionarse.
Cada estrella ignorante de su existencia era una burla.
Cada planeta vacío, una decepción.
Con el pasar del tiempo, los recuerdos que tenía de Luna y Zero Two (Sū y Hua) no se desvanecían, sino que se hacían más fuertes.
-¿Por qué me haces esperar…?
-susurraba al vacío-.
¿No soy suficiente?
¿Qué soy…?
En su aislamiento mental, Yami deliraba, soñaba con batallas que no existían, con diálogos que nunca ocurrieron, la vida que soñó tener con Hua y Sū.
Pero entonces, algo cambió.
La pequeña bestia encontró un mundo seco, roto por abismos, y una energía familiar emergió.
Yami, aún dentro de su mar de pensamientos, sintió una punzada de lucidez.
Su conciencia se aclaró.
Como si el universo, al fin, respondiera.
Allí, en la cima de una montaña partida, yacía el cadáver del Dios Tigre Blanco.
El cuerpo de la bestia era tan majestuoso como inerte.
Cubierto de pelaje metálico blanco, tallado por runas que aún vibraban con el eco de antiguas batallas.
Una garra aún se extendía hacia el cielo, como si deseara aferrarse a la ley que había defendido.
-¿Por qué el lindo gatito tiene alas?
-murmuró Yami con expresión de sorpresa.
La pequeña bestia se acercó sin miedo.
Su instinto se activó.
Yami, ahora completamente enfocado, observó sin intervenir.
-No tomar todo -se dijo al fin la pequeña bestia, con una voz calmada, dominada tras milenios de silencio-.
Absorbe solo lo que necesites…
no seas codicioso.
La criatura extendió su mano.
Una hebra de esencia se liberó del pecho del Tigre.
No era poder bruto.
Era concepto: juicio, viento, metal, matanza y una pequeña hebra de sangre dorada.
La esencia penetró su cuerpo.
Las runas del linaje dormido se iluminaron brevemente, acomodándose como piezas en un rompecabezas incompleto.
El cuerpo de la criatura cambió ligeramente.
Garras más finas.
Pupilas rasgadas.
El aura se volvió más solemne.
Yami permaneció en silencio por un largo rato.
-Deberías guardar el cuerpo y crear una herencia -dijo finalmente.
La pequeña bestia cerró los ojos y selló el resto del cadáver.
Lo envolvió en un vacío interno que apenas comprendía, pero que crecería.
Un día lo abriría.
Un día…
enseñaría.
El primer fragmento de la futura zona de herencia había sido sembrado.
Yami, por su parte, no volvió a hablar durante años.
Pero no deliró más.
La espera ya no lo corroía; se consoló así mismo con la meditación.
Poco a poco, aprendió a disfrutar de la soledad.
Desde que encontraron los restos del Dios Tigre Blanco, algo en la pequeña bestia cambió.
Yami también había cambiado.
Ya no era solo un espectador.
Ahora era una sombra que susurraba y participaba en el viaje.
-No solo se trata de fuerza -dijo una vez mientras la criatura intentaba replicar la forma del Tigre Blanco-.
También se trata de propósito.
Cada ley está viva, y si no entiendes, jamás te obedecerá.
La bestia no respondió con palabras.
Pero sus acciones mostraban comprensión.
Con cada nuevo mundo visitado, Yami lo guiaba con las artes del Adivino Sombrío.
Sus pensamientos fluían como cálculos, sus palabras como acertijos: -Sigue esa bruma púrpura.
No es natural.
Algo yace dormido allí.
-Esa luna rota no gira al azar.
Bajo ella, hay memoria…
memoria de guerra.
La bestia empezó a fiarse de la voz.
No la entendía, pero le resultaba natural.
Como un segundo corazón que pensaba diferente.
Durante un siglo, encontraron mundos fragmentados, rastros de civilizaciones desaparecidas e incluso planos ocultos detrás de pliegues del espacio-tiempo.
Yami observaba y enseñaba.
La pequeña bestia absorbía lo justo y sellaba lo restante, como si su instinto reconociera que cada cadáver era un maestro y no un botín.
En un planeta de mares eternamente quietos, hallaron el cuerpo de un Jinglong, atrapado en una espiral de nubes doradas.
Sus escamas aún brillaban con la esencia de vida y madera.
-Vida…
vida es más que respirar -murmuró Yami-.
Vida es elección.
El Jinglong eligió perecer con su bosque antes que huir.
La pequeña bestia absorbió una chispa de esa esencia.
Sus ojos se tornaron de un verde profundo.
Su cuerpo se volvió más flexible, su qi más cálido.
Yami, por primera vez, le otorgó una técnica.
-Esto no es mío.
Solo lo traduje.
El Compendio del Vacío Latente…
o lo que puedo comprender de él.
Llámalo herencia si eso te hace sentir especial -dijo con tono burlón.
La pequeña bestia creyó.
Creyó que era una herencia, un regalo.
No sospechó que Yami simplemente usaba su guía para moldear la semilla que aún no había despertado en ella.
Además, su verdadera herencia de linaje pronto despertaría.
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