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Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 19 el viaje de la pequeña bestía parte 2
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19: 19 el viaje de la pequeña bestía parte 2.

19: 19 el viaje de la pequeña bestía parte 2.

Habían pasado siglos desde que la pequeña bestia abandonó el mundo del Jinglong.

Viajaba ahora por un fragmento de universo helado, donde los soles se apagaban y los mares dormían bajo lunas silenciosas.

En ese paraje de ruinas acuáticas, suspendido en la frontera entre planos, flotaban los restos de una tortuga colosal… su espalda era un continente fracturado, y su cola una serpiente que aún parecía retorcerse en sueños.

—Xuanwu… la raíz del norte, la muralla del abismo —susurró Yami en su mente, rompiendo el largo silencio que había mantenido durante años.

La pequeña bestia lo escuchó, como si fuera un eco propio.

Bajo la forma de un ser anfibio, descendió hacia los restos del dios tortuga.

No hubo tribulación, solo una calma profunda que cubría todo.

El cuerpo del Xuanwu yacía intacto en su mayor parte.

El agua que lo rodeaba no estaba muerta, sino detenida.

Al tocar el caparazón, la pequeña bestia sintió una presión envolvente, como si las memorias de esa criatura no lo rechazaran, pero tampoco lo aceptaran sin prueba.

Yami guardó silencio.

Él también sentía el peso del lugar: la comprensión del Xuanwu no era furia ni voluntad, sino resistencia silenciosa.

Los fragmentos de leyes que flotaban alrededor del cadáver tenían un ritmo lento.

Cada burbuja que emanaba contenía una imagen: escudos que se alzaban sin romperse, ciudades bajo tormentas que jamás se rendían, corazones que seguían latiendo aunque el cuerpo hubiera sido destruido.

—Protección no es encerrarse.

Es persistir incluso cuando el universo olvida que existes —murmuró la pequeña bestia, compartiendo su comprensión mientras su percepción del tiempo se comprimía.

A su mente alterada, esos años fueron como parpadeos y eras a la vez.

La pequeña bestia absorbió apenas un pequeño remanente de esencia azul oscura que emanaba del núcleo del Xuanwu.

No tomó más.

Por instinto, guardó el resto en una esfera de cristal líquido, la cual ancló a su conciencia como futura herencia.

Y así, nació el Segundo Pilar: una comprensión embrionaria del Camino del Agua y la Defensa Absoluta.

No se trataba solo de resistir los ataques enemigos, sino de sostener mundos enteros sobre sus hombros.

En los meses siguientes, mientras la bestia descansaba en una caverna hecha de caparazón, Yami tejió para ella otra parte del Compendio del Vacío Latente, fragmentos que hablaban de disolverse en lo profundo sin ser detectado.

Se lo ofreció como una “herencia de su linaje” y la criatura, aún joven, lo aceptó sin sospechas.

Poco a poco, en ese viaje sin nombres, Yami dejaba atrás su antigua impaciencia.

El tiempo se le volvía menos opresivo.

En cada silencio, hallaba propósito.

En cada bestia caída, una enseñanza.

Había pasado tanto tiempo que incluso los relojes del alma se habían rendido.

La pequeña bestia de 72 transformaciones cruzó silenciosa un firmamento destruido, guiada por un susurro que a veces parecía propio, a veces ajeno: la voz de Yami.

Entre los restos de un plano colapsado, flotaba el cadáver inconmensurable de una bestia que alguna vez despertó con la primavera misma.

Sus escamas, de un azul esmeralda corroído por siglos de olvido, aún resonaban con truenos que no tenían origen.

Era el Qinglong, el Dragón Azul del Este, señor de los cielos y tormentas, protector del crecimiento y despertar.

Una tormenta aún rugía a su alrededor, como si su muerte hubiese dejado un eco atrapado entre las nubes.

Truenos sin causa golpeaban las estrellas, y la lluvia caía inversa, ascendiendo hacia la nada.

La pequeña bestia se detuvo.

Por instinto, no devoró.

Por respeto, no huyó.

Extendió una garra temblorosa y apenas tocó el aliento restante de esa inmensa criatura.

Un fragmento de su esencia —una gota de tormenta condensada en relámpago puro— entró en ella.

Yami, dentro de ella, también observó.

Durante un instante, sus pensamientos se desbordaron con imágenes de huracanes que desgarraban dimensiones, lluvias que nutrían y mataban, cielos divididos entre ira y renacimiento.

Sintió miedo.

Luego deseo.

Y después, la más peligrosa de las emociones: paciencia.

Por un tiempo que ya no podía medir, deliró.

Su conciencia se sumía en relámpagos de recuerdos falsos, en dudas, en preguntas.

Hablaba en voz alta a veces, y la pequeña bestia creía que era su propio pensamiento divino.

—Quizá no es tormenta lo que falta, sino la semilla que la provoque —murmuró Yami una vez, y la pequeña bestia grabó esa frase en su alma.

Ambos se quedaron bajo esa tormenta durante años.

La pequeña bestia, por reverencia.

Yami, por necesidad.

Aprendió a modelar su urgencia, a comprender que el tiempo no era su enemigo, sino su piedra de afilar.

Cuando por fin partieron, la pequeña bestia absorbió una parte de su esencia.

Con la sabiduría de los instintos, almacenó parte del cadáver, donde más adelante fundaría una zona de herencia para el futuro.

Desde entonces, cada vez que llovía en otros planos, algo dentro de ella respondía.

Yami no lo dijo en voz alta, pero recordó las novelas de artes marciales que había leído y dijo: —Incluso muerto, el Qinglong aún enseña.

Qué risible es el orgullo de los dioses.

Después de abandonar los cielos del Este, guiada por un nuevo silencio, la pequeña bestia cruzó mundos estériles donde incluso la luz parecía no recordar su propósito.

Durante siglos, no hubo nada.

Solo vacío, y la respiración acompasada de un alma que no crecía ni dormía.

Hasta que, entre los anillos de un plano olvidado por las leyes del ciclo, apareció Zhu Khe.

No había tormenta esta vez.

Solo un jardín muerto suspendido en el espacio, donde cada pétalo caído flotaba sin tocar el suelo.

Allí, como la raíz de esa eternidad, yacía el cuerpo de la bestia que una vez fue señora de la transmutación, el cambio eterno: Zhu Khe, el Guardián de la Vida y la Muerte.

Su cuerpo era indistinguible entre árbol y bestia, entre mineral y llama, y sus ojos abiertos aún reflejaban la transición eterna entre un morir que no cesa y un renacer que nunca empieza.

La pequeña bestia se acercó, más por impulso que por voluntad.

Sintió algo familiar e insoportable: la conciencia de la eternidad.

Y en ese instante, algo se rompió dentro de ella.

No sabía cuánto tiempo llevaba viajando.

Los ciclos eran indistintos, las estrellas parecían iguales, y los planetas ya no provocaban asombro.

El tiempo había dejado de tener forma para ella, pero ante ese cadáver… volvió a tener peso.

Yami también sintió ese golpe.

Por primera vez desde que habitaba en la conciencia de esa criatura, sintió miedo a quedarse para siempre.

—¿Y si no hay heredero?

—preguntó en voz baja.

La pequeña bestia se estremeció.

No sabía que esa voz no era suya.

Pero grabó esa duda en su alma.

Zhu Khe no habló.

Pero su esencia sí.

Una chispa de luz negra se elevó desde el pecho de la bestia muerta.

Era del tamaño de una semilla… pero contenía la alternancia infinita entre existencia y desaparición.

La pequeña bestia la absorbió, y su cuerpo tembló.

Algo cambió dentro de ella.

Una parte suya murió, y otra nació.

Un ciclo que no podía controlar comenzó a formarse.

Yami observó.

Comprendió que la inmortalidad no era permanecer, sino transformarse sin perderse.

Pasaron décadas.

Solo tomó una parte.

El resto lo selló instintivamente en una matriz interior, donde las raíces de ese jardín muerto comenzaron a florecer en un espacio ilusorio.

Una zona de herencia había nacido.

Yami sonrió, casi con tristeza: —Estás aprendiendo, pequeña, aunque ni lo sepas.

Y por primera vez, al despertar de un largo cultivo, la pequeña bestia no quiso seguir explorando de inmediato.

Se sentó frente a su nueva herencia y contempló las flores del no-tiempo.

En un rincón lejano del cosmos, donde incluso las leyes del mundo parecían apagadas, la pequeña bestia llegó a un plano que no estaba muerto… pero tampoco vivo.

Todo allí era equilibrio absoluto: sin calor ni frío, sin luz ni sombra.

El cielo era gris, la tierra suave, el aire ni seco ni húmedo.

Y en el centro, el Qilin dormía para siempre.

No era un cadáver como los otros.

Su cuerpo no mostraba ni descomposición ni gloria.

Simplemente estaba.

Sin imponerse, sin llamar, sin querer ser recordado.

La pequeña bestia se detuvo.

Aquí, no podía avanzar ni retroceder, porque ambos caminos eran lo mismo.

Incluso Yami, con toda su percepción afinada por siglos, tardó en notar que estaban ante algo real.

—Este… no vibra con nada… y, sin embargo, vibra con todo —dijo Yami, por una vez reverente, sin burla ni enseñanza.

La pequeña bestia dio un paso.

Luego otro.

Y conforme se acercaba, su cuerpo comenzó a temblar… no de miedo, sino de desorientación total.

Su forma mutaba ligeramente con cada respiración: alas que desaparecían, ojos que cambiaban de número, escamas que se volvían plumas por un instante.

No podía sostener una forma fija.

El Qilin no se lo impedía.

Simplemente mostraba: —Eres muchas cosas, pero aún no sabes cuál eres.

Yami sonrió: —Este no tiene lecciones… solo preguntas.

Durante siglos, la pequeña bestia se quedó allí, en silencio.

Sin absorber nada, sin entrenar.

Solo existiendo en la proximidad de algo que no era caos ni orden, sino el punto entre ambos.

Hasta que un día, como si hubiese resuelto algo que nunca entendió, la pequeña bestia extendió la mano.

Del pecho del Qilin surgió una perla invisible, una minúscula chispa de equilibrio puro.

No ardía, no pesaba.

Solo era… Al tocarla, la bestia no cambió, pero tampoco volvió a cambiar más por accidente.

Había ganado la capacidad de elegir su forma.

Y sin saber por qué, selló ese cadáver como los demás.

Pero no creó una herencia.

Lo dejó intacto.

—Aún no estamos listos para transmitir esto… —susurró Yami, sabiendo que esta comprensión era demasiado vasta.

Al menos para él lo era, pero lo curioso es que tales conocimientos no parecían afectarlo: su comprensión era algo natural.

Y así, con un último vistazo, la pequeña bestia salió del plano del no-tiempo, ya no como un ser que imita, sino como uno que elige quién es.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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