Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 20 El viaje de la pequeña bestia parte 3
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20: 20 El viaje de la pequeña bestia parte 3 20: 20 El viaje de la pequeña bestia parte 3 Un sol abrasador colgaba sobre un mundo desértico, donde el cielo no conocía noche.
Allí, sobre una torre de cristal derretido, yacía un cadáver gigantesco: Un cuervo de tres patas, con alas como llamas líquidas y ojos como estrellas en colisión.
Su cuerpo aún ardía.
No por vida…
sino por el calor que ni siquiera la muerte pudo extinguir.
La pequeña bestia no pudo acercarse.
A cada paso, su cuerpo humeaba, se rompía, mutaba para resistir el calor.
Incluso su núcleo vibraba, como si el tiempo mismo se acelerara.
Yami habló con voz grave: -Este representa el tiempo que no espera.
El juicio que arde incluso si no lo ves.
El cuervo era el Sol hecho carne: voluntad, juicio, creación despiadada.
No tenía piedad ni duda.
Solo existía para seguir brillando, aunque todo lo demás muriera.
Cuando la pequeña bestia logró tocar una de sus plumas, sintió que todo su ser se volvía presente, que no podía mirar atrás ni adelante.
Y entonces, absorbió una chispa solar.
La pluma se volvió una línea de fuego tatuada en su espalda.
Un símbolo de voluntad absoluta, que arde, pero también guía.
-Te falta el opuesto…
-susurró Yami, como si la presencia del Cuervo llamara algo más.
Después del sol eterno, llegó un mundo de silencio.
Un bosque congelado flotando en el vacío.
Ni viento, ni luz, ni sombra.
Solo calma.
Y en el centro, pastando entre flores cristalizadas, un ciervo blanco de cuernos azules y ojos cerrados, cubierto por un brillo plateado.
Este no estaba muerto.
Este soñaba.
Su aliento congelaba los conceptos.
Su piel reflejaba los pensamientos.
La pequeña bestia no sabía si había llegado…
o si siempre había estado ahí.
Cuando dio un paso, todo se volvió más lento.
Su mente comenzó a perder pensamientos, como hojas que caen sin hacer ruido.
Yami no dijo nada esta vez.
Porque aquí, incluso hablar sería una profanación.
El Ciervo representaba la compasión inmóvil, la profundidad del Yin, el espejo del alma.
No te quemaba como el Cuervo…
Te envolvía en comprensión y olvido.
La pequeña bestia, sin saber por qué, lloró.
No por dolor.
Sino porque en ese silencio absoluto, entendió la necesidad de descansar, de observar sin actuar.
Una escarcha azulada flotó hasta su pecho.
Una chispa del Yin Supremo.
El tatuaje de fuego en su espalda fue suavizado por una marca lunar sobre su pecho.
Yang y Yin.
Juicio y comprensión.
Movimiento y reposo.
Cuando abrió los ojos de nuevo, el Ciervo ya no estaba.
En el exterior…
En lo más profundo de una madriguera, yacía el cuerpo de Yami.
No glorioso, ni divino.
Solo un cuerpo completamente petrificado, una especie de temple inconsciente, en medio del proceso de refinamiento corporal.
Sus patrones brillaban y nuevos símbolos se formaban en su piel.
El alma de Yami fue succionada hacia el reino espiritual, hace varios meses, donde el tiempo fluía sin piedad.
Allí, junto a la bestia de las 72 transformaciones, comenzó un viaje sin cuerpo, un exilio del que no volvería pronto.
Millones de años pasaron en su mente, mientras su cuerpo físico experimentaba solo unos pocos meses.
La pequeña bestia vagaba, cambiando de forma, explorando, mientras Yami observaba desde su conciencia.
No podía mover su cuerpo ni despertar, porque el sueño era el horno, y él, la materia en transformación.
Cuando la bestia encontraba restos de bestias divinas, absorbía por instinto una pizca de su esencia y almacenaba el resto -como una criatura que entendía el valor, aunque no la sabiduría completa.
Yami, en su conciencia, deliraba.
La inmensidad del tiempo lo arrastró casi a la locura.
Pero el dolor cedió al silencio, y en el silencio, practicó.
Cada comprensión de una ley -matanza, viento, metal, vida, defensa, equilibrio- iba forjando un anillo invisible en sus huesos dormidos.
No dorados aún, pero sí más sólidos que el bronce torpe con el que comenzó.
Cada comprensión aparecía como una marca en su cuerpo físico, haciendo vibrar su mar espiritual, donde las proyecciones de las bestias sagradas se disolvían y se fundían en esas marcas.
El Qilin trajo equilibrio.
El Dragón Azul, tempestad y resurgimiento.
El Tigre Blanco, filo y juicio.
El Zhu Khe, ardor e impulso.
El Xuanwu, defensa implacable.
El Jinglong, raíz vital, se integró como una columna invisible que sostenía el alma.
Y cuando finalmente la dualidad solar y lunar fue aceptada -el Cuervo Dorado del Yang y el Ciervo Blanco del Yin- el pequeño mar espiritual donde habitaba la proyección del verdadero yo de Yami colapsó.
De su destrucción emergió un huevo cubierto de runas, conteniendo las leyes, la esencia, y la voluntad de su reconstrucción futura.
No era una ascensión.
Era la semilla de una base verdadera.
El huevo no eclosionaría aún.
Yami no podía volver a su cuerpo.
Por su parte, Shiori y Honoka tuvieron avances significativos.
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