Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 21
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El viaje de la pequeña bestia un vistazo al final de la era primordial.
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El viaje de la pequeña bestia un vistazo al final de la era primordial.
El viaje de la pequeña bestia – Un vistazo al final de la Era Primordial El viaje los había llevado hasta el borde del tiempo, a los restos fríos del fin de la Era Primordial.
En ese lugar, la vida había sido erradicada por completo.
No quedaban civilizaciones, ni dioses, ni demonios: solo polvo, vacío y cadáveres olvidados.
Era un plano sin cielo, sin tierra, sin dirección.
La oscuridad y la luz se habían fundido en una sola niebla densa, que no diferenciaba entre creación y destrucción.
Allí flotaban los restos de los primeros seres que existieron; solo se podía hallar vida en algunos planos menores.
Cuanto más cerca de la batalla, menos probabilidad había de encontrar rastros de existencia.
La pequeña bestia de las 72 transformaciones, por primera vez, se detuvo.
Su forma era silenciosa, inmóvil.
No había formas de vida que imitar.
Solo fragmentos: huesos de bestias cósmicas nacidas antes de los elementos, sombras de criaturas que se alimentaban de conceptos, cáscaras de entidades que alguna vez rigieron el destino mismo.
Yami observaba en silencio.
Aunque su alma vagaba libre junto a la bestia, su cuerpo petrificado en la madriguera solo había vivido meses.
Sin embargo, su mente ya había cruzado miles de millones de años.
Por un momento, incluso él vaciló.
El peso del fin absoluto lo envolvía.
—Aquí terminó todo.
Las bestias que regían la llama, la sangre, el metal, el tiempo y los vacíos primordiales… todas fueron reducidas a escombros.
El equilibrio mismo fue abolido —murmuró.
La pequeña bestia, por instinto, absorbió solo una chispa de esencia de cada uno.
No por codicia, sino por necesidad.
Las conservó con cuidado, guardando los restos con solemnidad.
No lo sabía aún, pero estaba formando un santuario, una futura zona de herencia, que daría origen a nuevos dioses… si no por respeto, por memoria.
Cada chispa absorbida generaba una nueva marca en el cuerpo de Yami, aún petrificado.
El pequeño continente que contenía la conciencia de la bestia temblaba, y las formas sagradas proyectadas en él se integraban en las marcas, dejando solo imágenes mentales cuando su poder se disolvía.
Yami, en su estado incorpóreo, casi perdió la cordura al comienzo de este viaje eterno.
El tiempo no pasaba: se disolvía.
Sin acción, sin guía, la inmensidad vacía lo carcomía.
Pero con cada instante de práctica, con cada meditación silenciosa y cada comprensión refinada del vacío, su alma se anclaba.
El delirio cedía.
Su carácter se templaba.
Cuando finalmente las esencias solares y lunares fueron integradas, el pequeño continente interior se comprimió.
Las estructuras sagradas colapsaron en un punto, hasta formar un huevo primigenio, cubierto por runas antiguas y pulsantes.
Pero aún no era el momento.
El cuerpo de Yami, en la madriguera rudimentaria, seguía petrificado.
Sus huesos de bronce se habían transformado lentamente en oro divino, para luego pasar al jade.
No por fuerza directa, sino por el refinamiento silencioso que atravesaba desde el plano espiritual.
El despertar no sería una ascensión repentina, sino el resultado inevitable de una forja paciente.
Y la pequeña bestia… aún no debía despertar.
Aún debía seguir viajando, encontrando más restos de aquellas bestias de eras remotas: los portadores del rayo abismal, los guardianes del equilibrio ancestral, los que habitaban el límite entre realidades y los que alguna vez devoraron estrellas para dar nacimiento a la materia.
El viaje continuaba, y cada encuentro la acercaba a su verdadera forma.
El mundo había muerto, pero algo, desde la muerte, volvía a nacer.
Después de la disolución de la luz y la sombra en los últimos alientos de la Era Primordial, la pequeña bestia avanzó sola.
Sin nombres, sin señales.
Solo el instinto la impulsaba, como una brújula sellada en su sangre.
Yami ya no deliraba.
Ya no se perdía en ilusiones.
Había aceptado el ritmo del tiempo, ese fluir insondable que le robó la impaciencia, le arrancó el ego y le devolvió claridad.
La bestia llegó a una región donde el espacio se curvaba en sí mismo.
Allí encontró un cadáver suspendido en quietud: una criatura nacida de la transición entre mundos, cuya piel aún destilaba niebla eterna.
Absorbió una chispa de su esencia, sin comprenderla del todo.
Solo sabía que debía hacerlo.
Los restos, siempre, los guardaba.
En la distancia, el cuerpo de Yami tembló levemente.
Una nueva marca se encendió.
En su mundo interior, el continente vibró.
Las imágenes sagradas —símbolos de su alma— se grabaron en el huevo rúnico.
La bestia siguió.
Cada encuentro era diferente: un titán de carne cristal y relámpago, una criatura dormida en una estrella muerta hecha de tiempo fragmentado, otra sin forma ni límites, solo intención y hambre.
Ella no preguntaba.
Solo sentía.
Yami tampoco respondía.
Solo observaba.
El continente interno se expandía.
Las marcas aumentaban.
El huevo rúnico brillaba, y en su centro comenzaban a emerger símbolos antiguos, como si el universo mismo escribiera su voluntad en él.
Aún no era tiempo de despertar.
Ni para el alma, ni para el cuerpo.
Aún faltaban linajes por recolectar.
Aún quedaban fragmentos olvidados de las primeras bestias que caminaron entre la nada y el todo.
El tiempo no era más que una brisa inmóvil en ese rincón del vacío.
Allá, donde la luz de las estrellas ya no podía nacer, la pequeña bestia de las 72 Transformaciones continuaba su andar silencioso, guiada no por la voz de Yami —quien ya se había fundido con el entorno— sino por un instinto más antiguo que la existencia.
Atrás habían quedado los cadáveres sagrados de los dioses-bestia; sus esencias parcialmente absorbidas, sus formas grabadas en las marcas rúnicas sobre el cuerpo petrificado de Yami.
Ahora, a medida que el universo se adentraba en los últimos suspiros de la Era Primordial, la pequeña bestia entró en una región desprovista de ley natural, un espacio roto donde incluso los planos parecían haberse fundido unos con otros.
Allí sintió un llamado.
No de palabras, sino de algo más profundo: la presión intangible de un linaje enterrado, una sed que no comprendía.
Fue allí donde se encontró con Po Ming (破冥), no en cuerpo, sino en huella.
Era un abismo suspendido dentro de otro abismo, donde incluso el tiempo se negaba a continuar.
La pequeña bestia se detuvo; su forma cambió, su piel adoptó el tono grisáceo del luto ancestral.
Del centro de esa grieta emergió un solo objeto: un espejo ennegrecido que no reflejaba imagen alguna, sino la ausencia de ser.
Bastó con absorber una ínfima porción del aura flotante para que una marca se encendiera sobre el pecho del cuerpo petrificado de Yami.
En su mundo interior, el continente tembló.
Las imágenes sagradas —símbolos de su alma— parpadearon, y una de ellas, la del corazón, se fundió con la marca recién formada.
Más adelante, cruzando mares de llamas negras y vientos que devoraban incluso los pensamientos, halló la segunda huella: Tun Yi (吞一).
No era un lugar ni un objeto, sino un campo de vacío que deshacía los sentidos, las memorias y las leyes de la forma misma.
En el centro flotaba una perla oscura.
La bestia comprendió que debía tragarla.
Y lo hizo.
Al instante, una nueva marca apareció en la espalda de Yami, justo al pie de la columna vertebral.
El continente interno crujió como si el esqueleto de un plano entero se reformara.
Después, llegó a Yuan Mo (渊魔): un pozo sin fondo en una luna resquebrajada.
Allí no existía nada… salvo un eco: su nombre.
La criatura se inclinó.
Una gota de sombra tocó su frente como una caricia.
No absorbió más.
No lo necesitaba.
La tercera marca emergió sobre la frente de Yami, como una luna negra encendida en el cielo de su alma.
La matriz vibró.
El continente se contrajo.
Todo el entorno espiritual palpitó con una fuerza sin forma.
Con las tres marcas resonando, algo en la criatura despertó.
Un eco antiguo, un linaje sellado en su sangre, empezó a abrirse lentamente, como una flor nacida en una noche sin luna.
Yami abrió los ojos de su meditación abruptamente, al percibir la transformación.
Con nostalgia y resignación murmuró: —A este paso… olvidaré que alguna vez fui humano.
Esa frase caló profundo en la criatura.
“¿Humanidad?” —repitió en su conciencia.
Revisó sus linajes, explorando los registros ocultos.
Y ahí lo encontró: una raza considerada débil, pero con más caminos potenciales que ninguna otra.
—Como se esperaba de mí… si aprovecho al máximo este linaje, puedo expandir mis posibilidades.
Entonces, empezó a cambiar.
Primero, adoptó la figura de un joven rubio, de ojos amatista y facciones exquisitas.
Ocho pares de majestuosas alas doradas irradiaban solemnidad desde su espalda.
Pero no era suficiente.
Cambió de nuevo: un joven apuesto, aún rubio, con rasgos similares a Yami, aunque apenas a medias.
—Aún no… —susurró, observándose—.
Demasiado impuro.
Una tercera vez mutó: un joven de cabellos negros y ojos amatista.
Silencioso.
Armónico.
Pero entonces escuchó una voz familiar, irritante: —¿¡Qué demonios es eso!?
Era su verdadero hermano pequeño, con mueca de disgusto.
—Se ve raro —murmuró la criatura, bajando la mirada.
Intentó transformarse de nuevo… pero nada funcionaba.
Yami, adivinando sus pensamientos, soltó una leve risa: —¿Te acuerdas de las reglas del yin y el yang?
La pequeña bestia parpadeó.
—¿Conciencia…?
¿Qué tiene que ver el yin-yang con esa cosa que me cuelga entre las piernas?
Yami suspiró.
—Se llama “%$ne”.
Es el miembro masculino, una característica… de género.
La criatura enmudeció.
Al instante, revisó su sangre.
Su percepción estaba excesivamente inclinada hacia el yang.
Todo su cuerpo y forma estaban sesgados.
Entonces, una nueva transformación ocurrió.
Apareció una niña de entre doce y trece años, ojos amatista, cabellos negros como la noche.
Su piel era impecable, como una muñeca de jade esculpida sin error.
Yami la miró en silencio.
—Parece que lo que realmente limita la forma… es la percepción y pensamiento propio.
Ambos ignoraron el hecho de que estaba desnuda hasta que… achuu!
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