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Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 22 Tal vez en el futuro nos volveremos a encontrar
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22: 22 Tal vez en el futuro nos volveremos a encontrar 22: 22 Tal vez en el futuro nos volveremos a encontrar En ese preciso momento, las sensaciones que era capaz de ignorar gracias a su poderoso cuerpo comenzaron a emerger.

Una vez más, tuvo que regresar a su verdadera forma y viajar a uno de los planetas apenas habitables más cercanos al Abismo.

Lo realmente problemático era que, al adoptar una forma humana, todos los errores que era capaz de ignorar se magnificaban-todos los bugs que poseia con su fuerte cuerpo de bestia- se veían obligados a reiniciarse.

Mientras Yami sincronizaba su percepción con la pequeña bestia, ahora en forma humana, el frío, la incomodidad y el veneno -que había exterminado a todos los seres de este plano y casi se había disipado por completo- dejaron a la criatura en un estado moribundo.

Ella deliraba, desorientada, con la boca seca.

Sus extremidades flaqueaban, perdiendo la sensibilidad.

Impulsivamente, Yami liberó los recuerdos relacionados con las técnicas de cultivo y las herencias que poseía.

Pero al hacerlo, comenzó a sentir algo: una llamada.

Estaba siendo expulsado de aquel sueño.

Antes de ser arrastrado, murmuró en voz alta: -Pequeña…

los seres humanos podemos ser débiles y desesperanzados, pero poseemos una gran adaptabilidad.

Es esa capacidad la que permite romper cualquier situación, sin importar cuán desesperada sea…..

– Tal ves en el futuro nos volveremos a encontrar.

En el momento que la voz de Yami se desvaneció la pequeña bestia habrio los ojos, con duda empezando a integrar la nueva información que aparece en su cabeza.

…

Un grito quebró la calma nacida de la desolación posterior a la muerte de los seres nacidos de este mundo.

-¡Conciencia!…

¡Conciencia!

-clamó una voz cargada de desesperación.

Sus ojos, empañados por lágrimas contenidas, se aferraban a la esperanza de que aquello no fuese una despedida definitiva.

Frente a él, la figura de la pequeña, aquella bestia que solía brillar incluso en los momentos más oscuros, comenzaba a desvanecerse.

Sus lágrimas silenciosas, sus manos extendidas hacia un vacío imposible, se borraban lentamente como la niebla matinal que se retira ante el paso del sol.

Ese sueño…

aquel milenario letargo, llegaba a su fin.

Cuando su imagen se desvaneció por completo, Yami abrió los ojos.

Con un suspiro que estremeció el vacío, otra figura despertó.

Una mujer -belleza sublime e imponente-abrió los ojos.

Un resplandor amatista brotó de ellos, tan intenso que incluso las estrellas parecieron apagar su luz por pudor.

Su mirada no era de este mundo: era la forma adulta, perfeccionada, de aquella pequeña bestia.

-El anillo se ha cerrado…

-susurró, con voz suave y cruelmente serena-.

Pequeño discípulo malvado, ¿fue esto tu seguro?…

¿O sin las cartas que jugaste en mi contra?

Hizo una pausa.

Cerró los ojos por un instante.

-El arco se ha tensado.

La flecha ya ha volado.

No puede ser detenida.

¿Será este mi fracaso…

o el tuyo?

Un silencio antiguo envolvió la escena, hasta que, con tono casi melancólico, habló de nuevo: -Viejo amigo…

¿ el momento en que nos volveremos a encontrar?

¿Seremos aliados esta vez…

o enemigos?

Su voz descendió a un susurro gélido.

-¿Harás lo mismo que mi discípulo barato?…

¿También tú me apuñalarás?

Con esa última frase, cerró los ojos.

Y regresó al sueño profundo.

La imagen se congeló.

La cámara del destino se alejó, revelando el trono.

Allí, la mujer yacía sentada en un trono de jade y oro, oculto entre las raíces de un árbol gigantesco que parecía esculpido por los dioses mismos.

Sus hojas doradas brillaban con un fulgor eterno, mientras las venas del coloso pulsaban con luces de nueve colores.

Una visión que habría robado el aliento a todos los seres inferiores a los dioses superiores…

Si no fuera por la lanza rota que atravesaba su corazón.

Gota a gota, su sangre -de un rojo dorado, casi líquido divino- descendía al trono, luego a las raíces, como si alimentara al coloso con su dolor.

Siete cadenas negras, marcadas con patrones arcanos, ataban su cuerpo: una por cada extremidad, una que rodeaba su cuello, otra en su cintura, y una última que conectaba directamente con la lanza que sellaba su destino.

Y el árbol…

Aquel coloso tenía un defecto, una herida abierta junto a sus raíces.

De ella emanaba una energía negro escarlata, pútrida y viva, que se extendía lentamente, corrompiendo el tronco.

Así dormía la reina del trono de jade.

Así lloraba el árbol cuyas ramas se extendía hasta el infinito.

Yami no despertó.

su conciencia no regresó al cuerpo.

En cambio, fue arrastrada hacia un eco distante…, más allá de las eras vividas.

Era Inmemorial.

Un tiempo anterior a los grandes clanes, anterior incluso a la guerra entre el orden y el caos.

El mundo aún era joven, poblado por espíritus libres, criaturas mitológicas, y aquellos que acababan de adquirir forma humana.

Yami abrió los ojos en el cuerpo de un niño: seis años, delgado como una rama, piel curtida por el sol, mirada dura pero viva.

Su cuerpo era ajeno, pero su conciencia flotaba unida a él como una sombra espectadora.

No podía influir, solo observar.

El niño vivía entre la miseria, comiendo raíces y cazando con trampas rudimentarias.

En ese mundo, lo sagrado y lo monstruoso eran parte del mismo aliento.

Aún así, su corazón era fuerte, o mejor dicho intrepido.

Ese día, mientras buscaba frutos cerca de un arroyo seco, lo sintió.

Una presencia, una pulsación en su pecho, como si algo lo llamara desde lo alto.

Sin saber por qué, caminó hacia un viejo sendero, hasta un acantilado cubierto de niebla.

Y allí la vio.

Una joven, sentada sobre una roca, con el cabello suelto cayendo como seda oscura.

Descalza, con una túnica sencilla pero extrañamente limpia.

Sus ojos cerrados.

Su respiración tranquila y pausada, una belleza en la flor de la vida de entre 18 y 20 años.

El corazón del niño palpitó fuerte, y la conciencia de Yami, enredada en él, se tensó.

Él la reconoció al instante: la pequeña bestia.

Pero ya no era la criatura bestial de sus recuerdos.

Esta era su forma humana: pura, sin mezcla, perfectamente definida.

Ya se había integrado con su nueva identidad.

Yami no pudo evitarlo.

Desde su interior, exclamó: -¡Bestia de las 72 Transformaciones!

Y sin entender, el niño repitió en voz baja: -¿Bestia…

de las 72 transformaciones?

Ella abrió los ojos.

Un brillo antiguo y confuso cruzó su mirada.

Sus sentidos se agudizaron al instante, fijándose en el niño.

Lo examinó.

Y aunque no dijo palabra, lo supo: había algo…

familiar.

Durante los días siguientes, lo observó.

Lo siguió en silencio.

Lo vio pelear con un jabalí con una lanza hecha de hueso.

Lo escuchó tararear una melodía que no conocía.

Y en su pecho, algo se removía.

No sabía por qué, pero aquel niño encendía en ella recuerdos dormidos.

Una extraña nostalgia, como si lo hubiese conocido.

Finalmente, tras varios días, ella habló.

-Pequeño humano si quieres una vida que valga la pena…

sígueme.- Al principio lo dudo pero una vez mas Yami hablo -síguela ella dice la verdad Él obedeció, sin cuestionar.

Así fue como la pequeña bestia tomó a su primer discípulo.

Sin saberlo, sellaron un pacto que reverberaría a través de las eras.

Y aunque ni ella ni él lo sabían, una relación que eventualmente traerá un final trajico de cada era.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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