Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - 63 63 De regreso
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63: 63 De regreso 63: 63 De regreso Yami abrió los ojos.
Lo primero que captó su atención fue un lienzo blanco como jade de grasa de cordero, terso y luminoso, rematado por un capullo rosado que se abría y cerraba al ritmo de la respiración.
Su mirada permaneció fija por un instante, analítica, casi científica… hasta que una sonrisa invisible se dibujó en su mente.
—Si no puedes con ello —pensó—, simplemente sucumbe a la tentación.
Su pequeño cuerpo se movió con elegancia instintiva.
Una bola de pelaje de dos colas, apenas del tamaño de una cabeza, saltó con precisión quirúrgica.
Una, dos, tres, cuatro veces; cada salto perfectamente calculado, cada aterrizaje más atrevido que el anterior.
El resultado fue inevitable: dos respiraciones contenidas, un leve estremecimiento y un gemido ahogado.
Ikaros y Lumin abrieron los ojos al mismo tiempo, la confusión nublando sus pensamientos.
Sus pupilas se dilataron al contemplar la escena: el pequeño Yami, sobre ellas, con sus dos colas alzadas como estandartes de victoria, observándolas con una serenidad descarada.
Su expresión era vacía, plana, sin emoción alguna.
Pero bajo aquella máscara de “pez muerto” flotaba un mensaje silencioso y desafiante: “¿Y qué van a hacer al respecto?” El aire tembló de incomodidad.
Nadie habló.
Solo las colas de Yami se movían con calma satisfecha, cortando la quietud del amanecer.
Hasta que… —Buenos días, maestro… La tranquila reacción de las jóvenes apagó de inmediato su interés.
Sus orejas cayeron, y su cola quedó inmóvil.
Solo sus ojos —fríos, inexpresivos, casi muertos— permanecieron inmutables.
Un suspiro invisible pareció decir: “Qué aburrido.” Y así, mientras las chicas recuperaban la compostura, Yami cerró los ojos.
Su conciencia descendió una vez más al flujo de recuerdos que lo habían traído hasta ese punto.
Durante los últimos tres años, desde su llegada a los pequeños espacios independientes —también llamados mundos incompletos—, todo había comenzado con una simple inversión: la adquisición de criaturas nativas.
Expuestas al flujo temporal alterado (quince años internos por cada ciclo exterior), al constante torrente de energía espiritual y a leyes en perpetua reconstrucción, aquellas bestias comenzaron a mutar.
Algunas despertaron sabiduría; otras se convirtieron en demonios o bestias espirituales.
A eso se sumaron los clones, los Pokémon, los Digimon y entidades mayores como Lugia, Xerneas o Meow.
Cada grupo fue asignado a una base distinta según su tipo y naturaleza, con el propósito de estudiar sus interacciones.
Entre los especímenes iniciales había tres Ditto, ahora conocidos como los reyes del harén, responsables de asistir en la reproducción entre especies incompatibles.
De allí nacieron los primeros proyectos de cruce y clonación experimental.
Fue durante esas investigaciones que Yami descubrió algo crucial: cada tipo de criatura provenía de un mundo con leyes distintas.
Al traer esas reglas consigo, los pequeños espacios las absorbían y adaptaban, completando su estructura interna.
Los mundos, igual que los seres vivos, ansiaban evolucionar hacia la plenitud.
Basándose en ese principio, Yami creó bestias-títeres influenciadas por las reglas de los mundos bestiales.
Cuando llevó a las chicas a entrenar en estos entornos, las terminales de teletransporte modelo Tivat les permitieron acceder a una gran variedad de ecosistemas simulados.
Con el paso del tiempo, las criaturas crecieron, se fortalecieron… y se volvieron agresivas.
Los entrenamientos se transformaron en auténticos combates a vida o muerte.
Al principio fue difícil, pero todas se adaptaron.
Cada discípula cultivaba técnicas distintas según su herencia espiritual, aunque todas compartían una misma base: la técnica mental de Visualización de las Cinco Bestias.
Algunas proyectaban dragones ígneos; otras, tigres sombríos o tortugas formadas de niebla espiritual.
Estas visualizaciones moldeaban el flujo del qi y la estabilidad del alma.
Además, cada una eligió su camino profesional: combate, alquimia, forja espiritual o manipulación de leyes.
Solo Kaede se adentró en varios oficios a la vez, ganándose el apodo de Emperador del hígado tipo hámster por su absurda resistencia y su capacidad de pasar semanas sin dormir.
Sin embargo, ninguna logró completar el refinamiento interno de los huesos.
Fue entonces cuando, con ayuda de Astrub, Yami recordó un detalle olvidado: aunque su estado actual se hallaba equilibrado entre yin y yang, carecía de esencia verdadera.
En su búsqueda de una base conceptual para corregir esa carencia, halló entre los textos antiguos el Libro del Neidan.
No era una técnica de poder ni un método de cultivo, sino un tratado sobre la relación entre el cuerpo y las leyes naturales: las estaciones, el flujo del tiempo y el movimiento de las estrellas.
Su lectura encendió una idea: usar esos principios como fundamento para perfeccionar su refinamiento óseo.
El libro sostenía que las veinticuatro vértebras del cuerpo humano no eran simples huesos, sino nodos espirituales que reflejaban los ciclos del cosmos.
Cada una representaba un punto donde el qi del cielo y la tierra convergían; al armonizar su flujo, el cuerpo podía resonar con el mundo exterior.
Yami casi no lo necesitaba, después de todo.
Poseía el linaje de la Bestia de las Setenta y Dos Transformaciones, una sangre divina demasiado poderosa para un cuerpo humano.
Era una herencia imposible: un fragmento de una existencia que había trascendido el Dao.
Por eso cultivaba con cautela.
Sabía que su alma mortal no podría contener ese poder sin ser devorada.
Durante un tiempo todo pareció estable… hasta que comenzó a cultivar.
Cada don celestial exige un precio.
En su primer sueño, presenció una escena aterradora: un inmortal solitario, rodeado por miles de sus iguales, los aniquilaba uno por uno, tiñendo el cielo de rojo.
El qi asesino era tan vasto que una mínima fracción se filtró a través del sueño, integrándose en su cuerpo.
Esa chispa bastó para despertar su linaje dormido.
El poder se agitó dentro de él como un océano rugiente, y para no ser consumido, Yami selló la mayor parte de su sangre con su propia técnica mental.
Solo dejó activa una porción diminuta —aquella que podía resistir—, y con amarga ironía llamó a aquel inmortal “el chico guapo.” Más tarde soñó con una pequeña criatura: el antepasado mismo de su linaje.
La siguió durante eones en un sueño sin fin, observando cómo recolectaba y asimilaba los linajes de bestias divinas, dioses caídos y demonios primordiales durante la Gran Guerra del Origen.
Aquella bestia había sido creada por el Dios Maligno, usando el cadáver de la Diosa de la Vida y la esencia de miles de razas.
Su propósito: preservar la evolución y hallar un sucesor digno.
Durante ese viaje onírico, Yami fue expuesto a incontables leyes —del fuego, del alma, de la creación y la destrucción—.
Cada una se grabó en su mar de conciencia como una Semilla de la Ley.
Desde entonces, su linaje comenzó a despertar de forma irreversible.
Y cada vez que lo hacía, su cuerpo humano sufría.
La divinidad que contenía era tan densa que amenazaba con romper su existencia.
Por eso su cuerpo exudaba leyes: su sangre no solo portaba el poder de las bestias primordiales, sino que encarnaba las leyes que las formaban.
Era un cuerpo que respiraba principio; un recipiente imperfecto para la voluntad de una raza extinta.
Tiempo después soñó nuevamente con el inmortal.
Esta vez no vio masacres, sino su infancia.
Comprendió entonces la verdad: aquel hombre se llamaba Lang Xing, y la pequeña bestia era su maestro.
Los sueños no eran simples visiones, sino fragmentos del karma que los unía a través de eras.
Cuando su alma finalmente se estabilizó, su mar de conciencia evolucionó hacia un Mundo Espiritual.
Las Semillas de la Ley lo nutrían como raíces divinas, y su estructura se volvía tan compleja que rozaba lo real.
Sin embargo, su cuerpo humano no podía soportar esa densidad de existencia.
Solo el cuerpo original de la Bestia —hecho de ley y voluntad pura— podría hacerlo.
Entre las memorias heredadas, Yami halló incontables técnicas y tesoros.
Con ayuda de los artefactos obtenidos del Gacha, concibió una idea temeraria: usar las habilidades raciales de la Bestia para dividir y fusionar linajes.
Separó su cuerpo humano de sus otras formas, creando múltiples aspectos de sí mismo, cada uno con una afinidad distinta.
Después comenzó la fusión: unió los 108 Pilares Demoníacos con la herencia del Emperador Heenzi, el Loto Virtuoso, el Loto Demoníaco, los Cristales Sephiroth, la Lanza Longinus, el Santo Grial del Inframundo, los Tesoros Trinissete, las Piedras Elementales, el Cosmo del Dino Rey, la Piedra Dresden, y muchos otros fragmentos de poder.
Cada integración expandía su Mundo Espiritual hasta volverlo casi tangible.
Entonces lo dividió en incontables pequeños mares espirituales, todos conectados a una conciencia central: la suya.
Su cuerpo principal se convirtió en una terminal viviente, mientras su forma humana actuaba como núcleo de control.
los pequeños mundos no se crearon solo al dividir el espacio del artefacto, sino también a las leyes desbordante del cuerpo de Yami.
Al estar vinculados al flujo de leyes que emanaba de su cuerpo, su evolución era exponencial.
Cada respiración de Yami moldeaba su estructura, haciéndolos ecos del caos primordial.
Durante un tiempo, todo funcionó.
Hasta que intentó refinar un artefacto divino.
Su ambición superó su capacidad, y los desequilibrios reprimidos emergieron.
El poder de la Bestia se desbordó; su cuerpo se fracturó, su alma colapsó, y el linaje sellado comenzó a liberarse.
En medio del colapso, un viejo amigo de Lang Xing descendió desde el vacío.
Solo venía a entregar un recado, pero terminó salvándole la vida.
Selló los objetivos dentro del sistema de Yami, completó el refinamiento en su lugar y, para estabilizarlo, dividió su esencia en varios individuos, lanzando cada fragmento a distintos mundos para corregir los errores acumulados.
La conciencia principal retuvo su parte humana.
La mayor parte del linaje fue purificada y trasladada a otro plano, esperando el día de la reunificación.
A través de esa red de almas, Yami aún podía sentir, soñar y absorber las leyes que sus otras conciencias encontraban.
Mientras existiera una chispa de su linaje en algún plano, su cuerpo principal seguiría irradiando leyes.
Basándose en los principios del Libro del Neidan, Yami no buscaba avanzar hacia el jade perfecto, sino comprender el principio del equilibrio.
El texto decía: “El cuerpo del cultivador es un pequeño cosmos; el qi, su cielo; la sangre, su tierra; y los huesos, los pilares que los unen.” Inspirado por esa enseñanza, empleó su qi y su sangre para modificar su refinamiento óseo.
No buscaba fortalecerlo, sino ordenarlo según los ritmos del cielo y la tierra.
Cada hueso representaba un mes lunar; cada articulación, un cambio de estación.
Las veinticuatro vértebras de su columna eran los veinticuatro ciclos solares, el camino del sol a través del firmamento.
Y su sistema meridiano, el reflejo de los doce ciclos lunares, las mareas invisibles del yin que ascendían y descendían con cada mes.
Guiado por Astrub, Yami grabó en su cuerpo los movimientos naturales descritos en el Neidan: el nacimiento del yang en la primavera, su plenitud en el verano, el retorno del yin en el otoño y su reposo en el invierno.
Su respiración marcaba el ritmo del amanecer y el ocaso; su pulso, el fluir de las fases lunares.
En cada inhalación, su qi ascendía por las vértebras como el sol que sube al cenit; en cada exhalación, descendía con la luna que vuelve al abismo.
El fuego de su médula seguía la órbita solar; su sangre, la danza de las mareas lunares.
Así, su cuerpo se volvió un espejo del cosmos, donde el día y la noche coexistían en armonía.
El proceso no solo estabilizó su base, sino que reveló la razón por la cual su cuerpo exudaba leyes.
No era que Yami las controlara: eran ellas las que lo reconocían como una manifestación del orden universal.
Y fue entonces cuando comprendió el verdadero sentido del Neidan: “Cuando el cuerpo se vuelve cielo y la sangre se vuelve luna, el qi se convierte en ley; y en el silencio entre ambos, nace el poder de la creación.” Yami abrió los ojos una vez más.
El amanecer bañaba la habitación.
Sus colas se movieron lentamente, como si siguieran el ritmo del sol naciente.
En su respiración, el día y la noche se fundieron en un solo instante.
Pero bueno regresando al tema principal la razon por la que yami toma la forma de una pequeña criatura es por que yami no crecia al mismo nivel que las chicas esto provoco que se burlaran de el incluso las hermanas tushan, para poder dirigirme la palabra tenia que mirar hacia arriba cosa que lo irritó, asi que se le ocurrió tomar la forma de esta pequeña bestiade esta forma podria pisar la cabeza de esas mocosas.
Pero las cosas no salieron como esperaba pues termino convirtiéndose en un peluche que estas manipulaban si vergüenza.
Yami abrió los ojos una vez más.
El amanecer bañaba la habitación.
Sus colas se movieron lentamente, como si siguieran el ritmo del sol naciente.
En su respiración, el día y la noche se fundieron en un solo instante.
Sin embargo… había un asunto que lo perseguía incluso en sus momentos de iluminación.
Por alguna razón cruel del destino, Yami no crecía al mismo ritmo que sus sirvientas.
Mientras ellas desarrollaban figuras elegantes y orgullosas, él seguía con el mismo cuerpo juvenil, casi infantil.
Al principio no le molestaba… hasta que comenzaron las risas.
Incluso las hermanas Tushan se atrevieron a burlarse.
Cuando debían dirigirse a él, tenían que inclinarse ligeramente, mirándolo desde arriba con sonrisas contenidas.
Aquello lo irritó más de lo que admitiría.
No era una cuestión de orgullo —al menos eso se decía—, sino de autoridad.
Así que, en un arrebato de brillantez —o estupidez—, se le ocurrió una idea: si no podía superarlas en altura… entonces las dominaría desde arriba.
Literalmente.
Tomó la forma de una pequeña bestia de dos colas, suave y esponjosa, con la intención de saltar sobre sus cabezas y recuperar su dignidad.
En su mente, aquella era una jugada táctica.
En la práctica… fue un desastre absoluto.
Apenas adoptó esa forma, las chicas soltaron un grito de emoción.
Antes de que pudiera gruñir con dignidad, ya lo habían atrapado entre los brazos.
Acariciaban su pelaje, lo apretaban contra sus mejillas y lo paseaban como si fuera una mascota exótica.
Su plan de venganza terminó en tragedia: el temido Yami, señor del equilibrio y portador del Ojo Ancestral, fue degradado al rango de peluche oficial del grupo.
Desde entonces, solo lo abrazaban sin vergüenza alguna, fingiendo obediencia mientras se turnaban para usarlo de almohada.
Pero aquella forma diminuta no era su estado habitual.
Yami solo la adoptaba durante los descansos o en las noches, cuando el cuerpo y el alma necesitaban reposar.
Al principio, lo hizo para evitar distracciones.
Durante el día, su presencia imponía respeto; pero al caer la noche, la diferencia de altura con sus sirvientas —en especial las hermanas Tushan— se había convertido en motivo de burla constante.
Todas parecían disfrutar el hecho de que su maestro tuviera que alzar la mirada para reprenderlas.
Por orgullo, y quizás por simple capricho, Yami decidió crear una forma alternativa: una pequeña bestia de dos colas, elegante y ágil, capaz de saltar y pararse sobre sus cabezas si lo deseaba.
Era su silenciosa venganza.
O al menos, así lo imaginó.
La realidad fue menos gloriosa.
En cuanto sus sirvientas lo vieron, lo declararon adorable y lo secuestraron sin piedad.
Desde entonces, fingían respeto mientras, en secreto, sorteaban entre ellas quién se escabulliría esa noche en la cama de Yami.
Decían que lo hacían “para cuidar al maestro”, pero todos sabían que era una excusa para usarlo como almohada viviente.
Por eso, últimamente, Yami prefería dormir en esa forma: no por comodidad, sino por miedo a que aquellas delincuentes con uniforme de sirvientas intentaran aprovecharse de él en su forma humana.
Aun así, en noches tranquilas como aquella, terminaba resignado a su destino.
En medio de sus brazos y caricias descaradas, cerraba los ojos y se dejaba arrullar, sabiendo que al amanecer, el temible maestro volvería a ser una simple bola de peluche entre risas y suspiros.
Sin embargo, Yami no olvidaba.
Aquel pequeño peluche escondía un corazón oscuro y un sentido de la justicia… muy personal.
Durante los entrenamientos y los combates simulados, aprovechaba cada oportunidad para vengarse.
Ajustaba las condiciones del entorno, aumentaba la dificultad de las pruebas, o manipulaba las criaturas del campo para darles “lecciones” discretas.
Sus sirvientas jamás sospecharon que esos repentinos cambios en la dificultad no eran casualidad, sino la forma en que su adorable maestro equilibraba el karma con una sonrisa interior.
Esto provocó un ciclo interminable de idas y venidas, una guerra no declarada de pequeñas venganzas.
Ellas lo molestaban durante las noches, y él se desquitaba durante el día con ejercicios imposibles, talismanes alterados y bestias de entrenamiento con temperamento sospechosamente violento.
Era un equilibrio frágil, pero funcional; un juego silencioso donde nadie cedía y todos fingían inocencia.
Al final del día, Yami seguía siendo Yami: pequeño, tranquilo, y con un corazón tan mezquino como refinado.
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