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Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 70

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70: fin de la reclucion 70: fin de la reclucion Espíritu Marcial Misterioso (Devorador) – Manifestación El flujo finalmente cedió.

No porque hubiera desaparecido, sino porque encontró un lugar donde caer.

En el espacio mental de Yami, debajo del pequeño continente, algo crujió.

Una grieta se abrió sin sonido, como si la estructura misma de su conciencia hubiera aceptado una nueva carga.

No era amplia ni caótica, pero sí profunda.

Por ella comenzaron a verterse las emociones acumuladas: miedo sin dueño, resentimiento comprimido, intención asesina sin forma.

No se disiparon.

Descendieron.

Bajo el continente superior, la oscuridad se replegó… y otro continente comenzó a formarse.

Era similar al primero, pero incompleto.

Crudo.

Todavía sin cielo ni horizonte definido.

Solo tierra desnuda y, en su superficie, siete pequeños montículos emergiendo lentamente, como semillas enterradas que aún no sabían en qué convertirse.

Nada más nació.

Por ahora.

En el exterior, los setenta y dos meridianos de Yami se alborotaron.

El Qi asesino y las emociones negativas que habían sido selladas por el pequeño Qilin —incapaces de ser asimiladas— comenzaron a liberarse poco a poco, como una presa abierta con extremo cuidado.

No estallaron.

Fluyeron.

Pero aun así, era demasiado.

Su cuerpo, fortalecido pero aún inmaduro, respondió con violencia.

El nuevo Qi y sangre despertado por su avance comenzó a recorrer los meridianos, chocando con los residuos liberados.

Yami actuó de inmediato.

Desde el almacén del sistema extrajo uno de los premios obtenidos en el gacha.

Un anillo.

El Anillo de la Vena de Sangre.

Se lo colocó en el dedo anular derecho.

En el instante en que el metal tocó su piel, el flujo sanguíneo respondió, sincronizándose con el latido de su corazón.

El anillo no dominaba su Espíritu Marcial Misterioso, pero lo complementaba, actuando como conducto y estabilizador.

Entonces, ocurrió algo inusual.

Ambos lados comenzaron a trabajar juntos.

El Espíritu Marcial Misterioso devoraba y refinaba toda energía negativa ligada a la emoción: resentimiento, miedo, deseo distorsionado.

Mientras tanto, las cinco bestias se encargaban del Qi asesino, triturándolo, templándolo, privándolo de su filo caótico antes de reintegrarlo.

Era un proceso peligroso.

Pero eficiente.

Yami no se permitió relajarse.

Condensó su Qi y sangre al máximo, forzándolos a mantenerse compactos, estables.

No podía permitirse una base defectuosa.

Para avanzar del punto de acupuntura del corazón al del ojo, debía atravesar cinco pequeños bloqueos.

Uno por uno.

El primero cedió.

El segundo.

El tercero.

Cuando atravesó el punto de los ojos, una habilidad se despertó, fugaz, aguda… pero no tuvo tiempo de indagar.

El flujo no se detenía.

El tiempo pasó.

Y entonces, Yami sintió la alarma.

Aquella simple brizna de intención asesina, ya refinada, seguía siendo demasiado pesada para su nivel actual.

Si continuaba así, su cuerpo no resistiría.

Fue entonces cuando recordó.

También podía producir sangre inmortal.

Tomó una decisión fría.

Mientras condensaba el Qi y la sangre, permitió deliberadamente que algunos órganos y meridianos se dañaran… incluso que explotaran en pequeños puntos controlados.

El dolor fue inmediato.

Violento.

Pero no retrocedió.

Ese daño estimuló su factor de regeneración, forzándolo a adaptarse, a reconstruirse más fuerte.

En ese proceso, la sangre inmortal comenzó a nacer, gota a gota, resistente, persistente.

No era un método seguro.

Pero Yami nunca había elegido el camino seguro.

El dolor no fue un efecto secundario.

Fue una herramienta.

Cada desgarro controlado, cada meridiano forzado al límite, generaba una oleada de dolor tan real y tan crudo que anclaba su mente al presente.

Las emociones negativas, el Qi asesino y la euforia peligrosa que nacía del refinamiento no podían arrastrarlo por completo mientras ese dolor existiera.

Le recordaba quién era.

Dónde estaba.

Y qué estaba haciendo.

De forma irónica, aquella automutilación deliberada mantuvo su cordura.

Allí donde el Espíritu Marcial Misterioso podía empujarlo hacia la locura, el dolor actuó como una cuña firme, separando el impulso del pensamiento.

No lo debilitó; lo volvió consciente.

Yami apretó los dientes y soportó.

Soportó el dolor mientras concentraba cada hilo de Qi y sangre.

Soportó la destrucción parcial mientras forzaba a su cuerpo a reconstruirse.

Soportó la presión mental mientras su regeneración daba a luz a la sangre inmortal.

No se permitió distraerse.

No se permitió perder el foco.

Si iba a pagar un precio, se aseguraría de obtener algo a cambio.

Y así, entre dolor y concentración, entre ruptura y regeneración, Yami continuó mejorando.

Primero el punto de acupuntura de la nariz, luego los de las orejas y finalmente la boca.

No lo hizo para avanzar.

Todo lo contrario.

Yami suprimió activamente el impulso natural de ascenso.

Cada vez que el Qi y la sangre mostraban signos de querer condensarse hacia un nuevo umbral, los desviaba a la fuerza, rompiendo el flujo principal y redirigiéndolo hacia rutas secundarias.

Romper huesos habría sido más eficiente.

Pero no podía permitírselo.

Los huesos de jade no eran una broma.

Así que se desquitó con su propia carne.

Los tendones se tensaron hasta desgarrarse, solo para reconstruirse segundos después.

Músculos profundos colapsaron en puntos específicos, liberando presión acumulada.

Pequeños canales de carne fueron destruidos deliberadamente, obligando al Qi y a la sangre a abandonar sus rutas habituales y buscar nuevos caminos.

No era un refinamiento elegante.

Cada destrucción controlada abría paso a meridianos menores, desbloqueaba puntos de acupuntura secundarios y ensanchaba rutas que, en condiciones normales, permanecerían inactivas hasta reinos muy posteriores.

Privados de un camino directo hacia el avance, el Qi y la sangre se veían forzados a circular con mayor amplitud, volviéndose más obedientes, más precisos, más versátiles.

Eso era lo que Yami buscaba.

No poder bruto.

Control absoluto.

Su carne se convirtió en un campo de pruebas.

Cada tendón roto y regenerado quedaba ligeramente más resistente, más flexible, mejor adaptado a la sobrecarga.

La sangre inmortal, aún en su fase naciente, aprendía en silencio, memorizando cada patrón de daño y reparación como si se tratara de una lección grabada en lo más profundo del linaje.

El dolor era constante.

Pero ya no lo percibía como castigo.

Era información.

Mientras desviaba el flujo de Qi y sangre, Yami ajustaba su circulación pensando en el futuro.

Cuantos más canales existieran para que fluyera el agua, mayor sería la capacidad que podría sostener su cuerpo cuando llegara el momento.

No avanzaría todavía.

No cruzaría la puerta.

Antes de saltar como un pez fuera del agua, fortalecería cada músculo, cada canal, cada gota de sangre que tendría que soportar la transformación.

Y así, entre rupturas deliberadas y regeneraciones precisas, logró finalmente suprimir el avance el tiempo suficiente para abrir el punto de acupuntura de la boca.

Era todo lo que pudo conseguir.

Durante el proceso, el Qi y la sangre se comprimieron casi treinta veces, alcanzando un nivel de densidad peligroso incluso para su estado actual.

Al concluir, su cuerpo se encontraba en un estado casi perfecto: saturado de sangre, con solo los órganos vitales y los puntos de acupuntura más importantes cuidadosamente protegidos para evitar la muerte inmediata.

Una vez más, la sangre inmortal fue estimulada.

Los huesos, en cierto sentido, ya habían alcanzado el límite de su mejora actual, por lo que el cambio en ellos fue mínimo.

La carne y la sangre, en cambio, siguieron un ciclo mucho más brutal: destrucción, renacimiento… Yami soportó el dolor del verdadero renacimiento de la carne y la sangre.

Al final, conservó alrededor de cien gotas de sangre inmortal.

Se incorporó con lentitud y luego se estiró con cuidado.

Sus huesos crujieron suavemente, un sonido contenido que delataba la tensión residual entre carne, sangre y estructura ósea.

Para no repetir la situación anterior, tuvo que controlar cada movimiento con extrema precisión, limitando incluso los reflejos más básicos.

Cada gesto era medido.

Cada respiración, calculada.

Su cuerpo ya no respondía por inercia, sino por intención.

El Qi y la sangre, densos y comprimidos, reaccionaban de forma exagerada ante cualquier estímulo mínimo, como una bestia recién domada que aún no comprendía del todo sus propias fuerzas.

Le tomó varias horas adaptarse, y finalmente salir.

Lo que más le gustó fue el estirón.

Alrededor de diez centímetros.

Por suerte, nadie lo estaba mirando.

Su ropa actual era básicamente limo, así que no hubo incidentes vergonzosos… aunque eso solo le recordó que debería incrementar la cría de limós.

Tener ropa viva y autorreparable era cómodo, pero claramente necesitaba más unidades de respaldo.

También tendría que preparar regalos para Su y Hua.

Y disculparse.

Definitivamente disculparse.

Yami suspiró, frotándose la nuca mientras ordenaba mentalmente su lista de tareas.

Quizá debería preguntarle a Hei cuál era el mejor ángulo para hacer un dogeza apropiado.

En este caso, decidió seguir lo que él consideraba el verdadero espíritu japonés: disculparse cada vez que alguien te descubre… o cuando haces una pendejada monumental.

El famoso arte de intimidar al débil, temer al fuerte y, cuando inevitablemente metes la pata, arrodillarte con la frente en el suelo y pedir perdón con absoluta sinceridad.

No era hipocresía.

Era supervivencia Yami asintió para sí mismo, convencido de que, dadas las circunstancias, esa filosofía seguía siendo sorprendentemente efectiva.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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