Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 76
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- Capítulo 76 - 76 ikaros tímida
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76: ikaros tímida 76: ikaros tímida Esta vez, Luo, Eto, Grayfia, Ikaros y Hei se quedaron con Yami, mientras las demás se dispersaban en distintas direcciones.
Kaede parecía dudar; por un instante dio la impresión de que quería quedarse también.
Sin embargo, cuando Yami tomó su mano, los recuerdos regresaron de golpe.
Recordó lo ocurrido antes… la sensación de haber estado a punto de ser devorada.
El cervatillo en su corazón se agitó con violencia, y el instinto tomó el control.
Con la mayor velocidad que había alcanzado en toda su vida, Kaede salió corriendo, como si su existencia misma dependiera de ello.
Yami con expresión perpleja – chicas doy tanto miedo?
Eto- jejejeje …
ella solo esta nerviosa, teme por su castidad.
Yami dejó de observar la dirección que había seguido hasta ese momento y centró su atención en lo que venía a continuación.
Una vez más, regresó a la zona de la puerta, donde varios paisajes superpuestos flotaban como reflejos atrapados en el aire, con forma de ruleta.
Entonces, deslizó la mano a un costado del marco y abrió un compartimiento secreto.
El panel se abrió con suavidad, revelando cientos de ruletas, todas similares a la situada sobre la puerta principal.
Cada una estaba grabada con símbolos distintos y rutas diferentes.
Yami habló con voz firme: —Maestro de las Puertas, muestra el camino a la decimotercera base.
Nombre clave: Pabellón del Sueño Eterno.
Tan pronto como las palabras se disiparon, una de las ruletas comenzó a brillar, destacándose entre las demás.
Sus símbolos giraron lentamente, alineándose con la estructura de la puerta.
El Maestro de las Puertas no era una entidad independiente, sino un espíritu de la torre, fabricado por los clones.
Cada torre, fortaleza o lugar de descanso poseía su propio espíritu, responsable de la supervisión total de su territorio.
Estos espíritus estaban organizados bajo prioridades absolutas: En la cúspide se encontraba el Espíritu Empíreo, la máxima autoridad.
Le seguía el Maestro de las Puertas, encargado del control espacial.
Por debajo de él, se encontraban las tres ramas de apoyo: militar, civil e investigación.
Yami sacó una pequeña silla y tomó la ruleta que había brillado.
Subiéndose a la silla, descubrió que sobre la puerta, oculto a simple vista, sobresalía algo parecido a un clavo.
Sujetó la cabeza del clavo y, al tocarlo, en la esquina opuesta de la puerta se iluminó una serie de diminutas runas, tan pequeñas como las cláusulas de los contratos fraudulentos.
Aquellas runas estaban escritas en Conflux, el código creado por aquellos tipos “divertidos”: el lenguaje donde los idiomas y los símbolos colisionan y se ordenan.
Yami comenzó a leer mientras giraba la ruleta, como si manipulara la cerradura de una caja fuerte.
—Cinco a la derecha… dos a la izquierda… eleva dos secciones… y luego al fondo.
Cuando el clavo fue presionado, el soporte de la ruleta se liberó.
Yami retiró la original y la reemplazó por la que llevaba en la mano, cerrando el mecanismo.
Apenas lo hizo, el clavo comenzó a elevarse nuevamente.
Bajo una inspección más minuciosa, las runas empezaron a cambiar, reorganizándose.
—Este es el sistema de seguridad que diseñaron los clones —explicó—.
El número de giros nunca será el mismo, y las runas que se iluminan cambian constantemente.
Eto frunció el ceño.
—¿Es necesario que sea tan complicado?
Yami respondió sin dudar: —Esto es un preparativo para el futuro.
Actualmente, los únicos que habitan estas bases somos nosotros: clones, marionetas, metabots, androides… Pero en el futuro, necesitaremos más gente.
—Y cuando llegue ese momento, ustedes serán quienes posean estos códigos, los que permiten conectar y reconfigurar las puertas como un sistema de respaldo.
Después de todo, son un seguro en caso de que el espíritu de la puerta falle o se desconecte.
Yami hizo un leve gesto con la mano.
—Además, los clones dejaron una o varias rutas de acceso alternativas… por si el modo automático no está disponible.
Antes de que pudieran decir algo más, Yami accionó la ruleta.
Un din metálico resonó suavemente y, esta vez, la imagen de una nube de tormenta apareció grabada en la superficie.
La puerta se abrió.
Al otro lado se extendía una montaña rocosa, envuelta en una visibilidad reducida.
Cientos de rayos surcaban el cielo, iluminando el camino cada segundo con destellos violentos.
Tras apenas un vistazo, Yami cerró la puerta.
Sin perder tiempo, repitió el proceso.
No fue hasta que la ruleta señaló un pequeño pabellón que yami conocía.
En el centro de un lago inmóvil, de aguas oscuras y tranquilas, se alzaba un pabellón de arquitectura oriental, delicado y elegante.
Su base de piedra emergía suavemente del agua, reflejándose en la superficie del lago como una sombra difusa.
Los aleros curvados de su techo parecían flotar, dibujados con líneas finas que se fundían con la bruma.
Alrededor, árboles envueltos en niebla se alzaban en las orillas lejanas, sus siluetas apenas definidas, como pinceladas suspendidas entre la realidad y el sueño.
Un estrecho puente se extendía desde el pabellón hacia la distancia, perdiéndose entre la neblina, como una invitación silenciosa a cruzar.
El lago reflejaba el cielo pálido, interrumpido solo por un sol rojo, suspendido alto y solitario.
Su reflejo temblaba sobre el agua, tiñendo el paisaje de una calidez suave, casi irreal.
No había viento ni sonido.
Solo el murmullo invisible del agua y la sensación de estar frente a un lugar hermoso y eterno, donde el tiempo parecía haberse detenido para permitir la contemplación y el descanso del alma.
Hasta que el paisaje cambió.
Un par de Indeedee, Pokémon de tipo hada encargados de custodiar aquella zona, emergieron con pasos ligeros.
Tras ellos, seis Feebas —ahora transformados en Milotic— surcaron el lago con movimientos elegantes, haciendo ondular la superficie cristalina.
Junto al pabellón aparecieron también dos pequeños qilin, sus cuerpos irradiando una luz suave y serena.
Con su presencia, el ambiente antes solitario comenzó a llenarse de color y vida.
Sin temor alguno, todos se acercaron para saludar a Yami, rompiendo la quietud sin perturbar la paz del lugar.
Suspiró.
—Parece que es hora de mimar a las mascotas.
Dicho esto, Yami y las chicas comenzaron a acariciar a los Pokémon y a los qilin.
Lo más curioso fue Grayfia: sus ojos brillaban con un entusiasmo inusual cada vez que observaba al par de hermanos Indeedee.
Después de todo, era bien sabido que Grayfia tenía una debilidad —casi un fetiche— por las sirvientas.
Tras los mimos y las caricias, siguieron el sendero que conducía al pequeño pabellón.
Este había sido creado utilizando el mar espiritual de Yami como molde.
Desde el exterior, el pabellón parecía modesto, casi diminuto; sin embargo, en su interior, múltiples hechizos de expansión sin dejar rastro lo transformaban en un espacio amplio, sereno y perfectamente armonioso.
El estanque familiar, el mural del dragón pintado en la pared y la disposición general evocaban recuerdos profundamente arraigados en Yami, casi idénticos a los que guardaba en su memoria… hasta que uno se dirigía a una puerta lateral.
Tras los mimos y las caricias, siguieron el sendero que conducía al pequeño pabellón.
Este había sido creado utilizando el mar espiritual de Yami como molde.
Desde el exterior parecía modesto, casi diminuto; sin embargo, en su interior, múltiples hechizos de expansión sin dejar rastro lo transformaban en un espacio amplio, sereno y perfectamente armonioso.
El estanque familiar, el mural del dragón pintado en la pared y la disposición general evocaban recuerdos profundamente arraigados en Yami, casi idénticos a los que conservaba en su memoria… hasta que uno se dirigía a una puerta lateral.
Tras ella se encontraba una sala de descanso apartada del resto del pabellón: un espacio concebido para la contemplación silenciosa, la calma interior y las reuniones serias, donde incluso el fluir del tiempo parecía suavizarse.
Al cruzar el umbral, el espacio se desplegaba de forma imposible.
Lo que desde fuera parecía una habitación discreta se transformaba en una vasta sala de proporciones armoniosas, fruto del encantamiento de expansión sin rastro, tan perfectamente integrado que no existía sensación alguna de distorsión o artificio.
Altas ventanas se alzaban a intervalos regulares a lo largo de las paredes.
A través de ellas podía contemplarse el paisaje circundante: el lago sereno que rodeaba el pabellón, la suave neblina flotando sobre el agua y, a lo lejos, la silueta difusa de montañas y bosques espirituales.
La luz natural entraba tamizada, creando un ambiente cálido y tranquilo que invitaba a la reflexión.
En el centro de la sala se encontraba una mesa amplia y sólida, de diseño sobrio pero elegante, pensada tanto para discusiones estratégicas como para la planificación pausada.
Su superficie estaba recorrida por delicados patrones grabados, capaces de proyectar mapas, esquemas o formaciones cuando era necesario, aunque en reposo permanecía sencilla y silenciosa.
A los costados, el espacio se abría en distintas áreas de descanso y recreación.
Sofás profundos, sillones individuales y divanes estaban dispuestos de forma orgánica, invitando al reposo sin romper la sensación de orden.
Entre ellos había estanterías con libros, juegos de mesa discretamente encantados, instrumentos musicales y rincones acolchados donde uno podía simplemente recostarse y dejar pasar el tiempo.
Todo en la sala había sido concebido para la comodidad absoluta: la temperatura se ajustaba de forma natural, el aire estaba impregnado de un aroma suave y calmante, y el sonido del exterior apenas llegaba como un murmullo lejano.
Era un lugar donde la mente podía despejarse y el cuerpo relajarse, pero donde también podían tomarse decisiones importantes sin distracciones innecesarias.
En aquel espacio, el tiempo no se detenía… pero parecía avanzar con una gentileza distinta.
—¡Clap!
Tras el aplauso seco, Yami comenzó a hablar.
—Mis pequeñas sirvientas, hablemos de cosas serias.
Primero que nada… una pequeña amonestación —dijo, carraspeando—.
Tos, tos, tos.
Ikaros, ¿conoces tu error?
—¿M-Máster…?
¿De qué habla?
—respondió Ikaros, con una voz dudosa y visiblemente nerviosa.
La expresión de Yami cambió al instante.
El aura cálida que lo rodeaba se disipó, reemplazada por una presión pesada y sofocante.
Sus ojos se tornaron fríos, y la autoridad que emanaba de él era imposible de ignorar.
Ikaros bajó la cabeza instintivamente.
Con el cuerpo rígido y en una postura completamente sumisa, preguntó en voz baja: —N-no sé de qué habla, Maestro… El cambio, de un maestro afable a una figura dominante y severa, fue tan abrupto que desconcertó por completo a Ikaros.
Las demás chicas quedaron perplejas.
Yami no era alguien que reprendiera a otros sin una razón verdaderamente grave.
Fue entonces cuando, por primera vez desde que la obtuvo, la Cadena del Cielo fue invocada.
La cadena descendió y atrapó a Ikaros.
Ella no se resistió.
Aunque ahora poseía carne y hueso, aún conservaba la mentalidad de cuando era un angeloid.
Su estado actual era humano, pero su esencia seguía marcada por aquello que fue.
Esos sujetos habían utilizado tecnología de Type-Moon, la misma que emplean los dioses máquina y otras tecnologías negras .
Sin embargo, el cuerpo de angeloid de Ikaros siempre se había mantenido en un estado de superposición cuántica.
¿Cómo lo lograron…?
Ni idea.
Eso era cosa de los clones.
El estado actual de Ikaros era similar al de una niña que había pasado de la obediencia fría y la racionalidad absoluta de una máquina —que suprime su propio ser— a una joven que apenas comenzaba a comprender qué eran las emociones… aunque seguía manteniendo una obediencia instintiva hacia el Maestro que había reconocido.
Luo, Hei, Eto y Grayfia comprendieron de inmediato que Yami estaba jugando, así que se sentaron a observar la escena como si se tratara de un espectáculo cuidadosamente orquestado.
Nerviosa, Ikaros estableció un vínculo mental con su cuerpo de angeloid, aquel que aún se mantenía en superposición cuántica, intentando encontrar en su base de datos la respuesta al interrogatorio de su Maestro.
Al percibir su estado, Yami suspiró.
Tomó asiento y, manipulando la Cadena del Cielo que aprisionaba a Ikaros, la atrajo suavemente hasta sentarla sobre su regazo.
Con un tono reconfortante, muy distinto al de antes, habló: —Ikaros… hasta el día de hoy solo has cometido un error.
¿Sabes cuál es?
—N-no lo sé… no lo encuentro en mi base de datos —respondió ella.
Un leve rubor apareció en su rostro.
Su escasa expresividad habría bastado para ocultarlo, de no ser porque todos los presentes poseían una percepción extraordinaria.
Yami suspiró una vez más.
—Tu error es nunca expresar tus pensamientos.
Guardas tus dudas, tus quejas, tus emociones.
Desde el principio nunca fuiste una máquina sin sentimientos… solo te enseñaron a reprimirlos.
Mientras hablaba, acarició suavemente la cabeza de la niña.
—Eres alguien importante para mí.
No una herramienta, no un arma… sino alguien a quien quiero ver crecer, entenderse y decidir por sí misma.
Al terminar sus palabras, Yami apoyó la cabeza contra su pecho.
Ikaros se estremeció.
Las palabras de su Maestro habían tocado algo profundo dentro de ella.
Dudosa, nerviosa, habló con voz baja: —Maestro… cada vez que usted está cerca, mi corazón se acelera… Llevó una mano a su pecho, observando su propia reacción con expresión contemplativa.
—Pero… cuando es íntimo con otras chicas, aquí duele —continuó—.
Varias veces me conecté con mi cuerpo original, pero los diagnósticos no arrojaron resultados… Alzó la mirada, insegura.
—Maestro… ¿hay algo mal en mi cuerpo?
Yami la rodeó con un brazo y comenzó a acariciarle el cabello con suavidad, en un gesto protector.
—No —respondió con calma—.
No hay nada roto en ti, mi pequeña sirvienta.
Su voz ya no tenía dureza, solo una seguridad tranquila.
—Eso que sientes son pruebas de que tus emociones están creciendo.
No es dolor… es apego, celos, anhelo.
Cosas que una máquina no puede sentir.
Una leve sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
—En otras palabras —añadió con un deje de narcisismo—, te gusto.
Ikaros abrió ligeramente los ojos.
—¿E-eso… es real…?
Yami levantó su rostro con dos dedos y apoyó suavemente su frente contra la de ella.
—Lo es.
Pero no tienes que entenderlo todo ahora.
Las emociones no se analizan… se aprenden con el tiempo.
Depositó un beso suave y breve en su frente.
—Y yo estaré aquí para guiarte, hasta que seas capaz de decidir por ti misma qué es lo que sientes.
Ikaros cerró los ojos, aferrándose a su ropa con timidez, mientras su corazón latía con fuerza, ya no por dolor… sino por algo nuevo que aún no sabía nombrar.
En ese momento, las demás chicas que observaban la escena sintieron el corazón llenarse de una amarga sensación… era como si, de repente, les hubieran servido un enorme plato de comida para perros, directo al orgullo.
Grayfia desvió la mirada con una sonrisa rígida.
Luo chasqueó la lengua en silencio.
Hei suspiró, claramente resignada.
Todas coincidían en una cosa: aquella escena era demasiado… empalagosa, incluso para ellas.
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