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Ser ninja?, yo seré inmortal - Capítulo 83

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Capítulo 83: parte 9

El núcleo de los pequeños mundos no se parecía a nada que pudiera describirse con geometría convencional. Era una catedral de luz cristalizada donde los ríos de energía no fluían, sino que recordaban haber fluido. Los patrones centrales —aquellos que mantenían unidos los micro-espacios con sus leyes físicas dispares— brillaban con una cadencia irregular, como un pulso enfermo. El desfase temporal había creado grietas en la matriz sustentadora. No eran heridas mortales, pero sí suficientes para requerir intervención.

Yami se materializó en la zona de interconexión. Aquí, la matriz que alimentaba los pequeños mundos convergía con la matriz madre de la pintura misma. Fuerzas de distintas naturalezas —caos y orden, creación y disolución— se absorbían mutuamente en un ballet de destrucción controlada.

—El cadáver— murmuró, y el sistema respondió.

El ataúd emergió del almacén dimensional, un rectángulo de jade negro que contenía una ausencia de proporciones cósmicas. Dentro, Ausra yacía en forma humana —una conveniencia necesaria, pues su verdadera manifestación de dragón de jade tenía la magnitud aproximada de un mundo pequeño. Aún así, incluso contenida, irradiaba una presión que distorsionaba el espacio circundante. Este cuerpo serviría para dos fines: sanar las heridas del núcleo y reforzar los cimientos para las expansiones futuras.

Yami no perdió tiempo en contemplaciones. Sus manos se movieron en secuencias que activaban la segunda matriz. Esta, oculta en una zona apartada, era una construcción alquímica de complejidad asombrosa: veintitrés llamas celestiales intermedias —las veintidós de Doupo y la veintitrés, fruto de la fusión de semillas de todas las anteriores— danzaban en círculos concéntricos. En el centro, ocho llamas superiores de la categoría Slaughter God pulsaban con hambre cósmica. Entre estas últimas, la tercera —la Llama de las Nueve Serenidades— ardía con un fulgor especial, pues había sido forjada específicamente para quemar y refinar almas. La sexta, la Llama del Verdadero Purgatorio, esperaba su turno con paciencia voraz, siendo la más apta para la forja de armas divinas.

La matriz mantenía estas entidades en equilibrio armado: evitando que la veintitrés devorara a sus hermanas menores, impidiendo simultáneamente que las ocho superiores se aniquilaran entre sí.

—Ausra— llamó Yami, y el espíritu respondió.

No era la dragona dormida en el ataúd, sino la otra Ausra —la que habitaba dentro del Corazón de Qilin. Esta manifestación no recordaba su vida anterior, pero conocía su propósito actual con certeza absoluta.

Estoy lista, respondió la voz sin sonido.

Yami colocó el ataúd en el epicentro. El contacto activó una cascada de reacciones. Las llamas giraron en espirales que trazaban símbolos de disolución universal. El Corazón de Qilin comenzó a latir en sincronía con el núcleo de la pintura —conexión posible gracias a que Yami había refinado personalmente el artefacto, imbuyéndolo con la capacidad de dialogar con la estructura fundamental del premio gacha.

Los ojos de Yami —ocultos tras la máscara— se transformaron. El Ojo de los Sueños despertó en su órbita izquierda, tejiendo realidades potenciales donde el proceso ya se había completado mil veces, explorando cada variante hasta encontrar el camino óptimo. Simultáneamente, el Ojo del Análisis se activó en la derecha, descomponiendo la estructura del cadáver en capas de información pura: densidad espiritual, composición elemental, huellas de leyes cósmicas, residuos de divinidad guerrera.

—Autoridad de Dominio Temporal— ordenó Yami.

La pintura obedeció. El tiempo se torció violentamente. Lo que requeriría años de refinamiento continuo se comprimió en minutos de experiencia subjetiva. Las llamas celestiales, bajo la guía precisa de Ausra-Espíritu y la visión dual de Yami, comenzaron a desmantelar el cadáver.

No era destrucción, sino descomposición ordenada. La carne de dios guerrero se separó en esencias primarias: qi vital, materia de ley, espíritu de dragón. El ataúd actuaba como catalizador, manteniendo la forma humana mientras la verdadera magnitud del cuerpo se traducía en materiales refinados. La matriz absorbía estos recursos, utilizándolos para sanar las grietas del desfase temporal y reforzar los cimientos estructurales.

Yami permaneció inmóvil. No respiró. Existió como punto de absoluta concentración, eje alrededor del cual giraba la maquinaria cósmica.

Cuando el cadáver quedó refinado, Yami extrajo del almacén ciento siete núcleos de matriz de alma —componentes del sistema de ciento ocho núcleos que Dorian había creado. Cada núcleo era cápsula de cristal oscuro conteniendo fragmentos de dos almas entrelazadas: Dorian había matado a Ausra en su vida pasada, le arrancó el corazón para forjar su sistema, dividió su alma en ciento ocho pedazos. Estos núcleos, distribuidos intencionalmente, habían causado que sus poseedores se casaran para unir fragmentos. Dorian también dividió su propia alma, planeando renacer mientras Ausra permanecía como núcleo cautivo.

—Llama de las Nueve Serenidades— invocó Yami.

La tercera llama de Slaughter God —forjada para quemar y refinar almas— se separó de su órbita. Su fuego de quietud absoluta creó un campo de fuerza alrededor de los núcleos. Yami comenzó el trabajo más delicado: desmantelar cada núcleo, separar los fragmentos entrelazados de Ausra y Dorian.

Era cirugía espiritual. Cada núcleo resistía, diseñados para permanecer unidos hasta el final. Pero Yami poseía la paciencia de múltiples vidas y la precisión de milenios de práctica. Núcleo tras núcleo, separó los fragmentos. Los de Ausra los acumuló en recipiente de luz sólida. Los de Dorian, en otro.

La mitad de mi esencia, solicitó el espíritu, para mí. La otra mitad, para el huevo.

Yami refinó los fragmentos de Ausra hasta convertirlos en esencia de alma pura —líquido multicolor ilusorio brillando con recuerdos de vidas antiguas. La mitad se integró con el espíritu del Corazón de Qilin, fortaleciendo la conexión entre la manifestación actual y los ecos de la dragona original. La otra mitad…

Extendió su autoridad sobre la pintura. El espacio se dobló, y la esencia viajó hasta la Sala de Eclosión, donde un huevo de ausra. La esencia se fusionó con la cáscara, nutriendo lo que dormía dentro.

Luego, volvió su atención a los fragmentos de Dorian.

El alma de un dios guerrero de nivel superior no se desperdiciaba. Yami la refinó para elevarla. Integró esta esencia divina con la propia pintura de ríos y montañas —no como prisionero, sino como donante de espiritualidad. El alma de Dorian se disolvió en los patrones centrales, mejorando el nivel del artefacto, otorgándole sutilezas que solo la conciencia de un ser divino podía proporcionar.

El Corazón de Qilin absorbió simultáneamente su porción de la esencia de Ausra. Artefacto y espíritu se fortalecieron en retroalimentación perfecta.

Yami permaneció inmóvil mientras la última chispa se extinguía. Las llamas regresaron a sus órbitas. La matriz se silenció. El tiempo, comprimido hasta densidad estelar, se expandió a su ritmo normal.

La máscara no se había movido. No había revelado nada.

Yami exhaló —primera respiración en horas subjetivas, minutos objetivos, años de proceso condensados.

El núcleo brillaba con luz renovada. Las grietas, selladas. Los cimientos, reforzados. El sistema de Dorian desmantelado, sus componentes redistribuidos. Ausra había recuperado su integridad —parcialmente en el artefacto, parcialmente en el huevo que algún día eclosionaría.

No hubo sonrisa. No hubo triunfo en su postura, solo satisfacción fría de tarea ejecutada con perfección mecánica.

Había asuntos que atender. Promesas que cumplir.

Verificó una última vez los sellos. Las veintitrés llamas intermedias dormían en equilibrio. Las ocho superiores no habían devorado nada ni a nadie. La Llama de las Nueve Serenidades y la Llama del Verdadero Purgatorio habían cumplido sus funciones sin excesos.

Todo estaba… correcto.

Yami exhaló —un sonido seco, casi un crujido— y sus hombros cedieron un centímetro. La máscara de Qilin se deshizo en escamas que cayeran sin ruido, revelando un rostro pálido donde las ojeras parecían heridas. El Corazón de Qilin palpitó una vez, dos, y luego envió una onda de retroalimentación que le recorrió los meridianos como agua hirviendo en venas de hielo.

—Terminado —murmuró, y su voz sonó extraña, lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.

Intentó dar un paso. Sus piernas no respondieron. Intentó alzar la mano para apoyarse en el altar. El brazalete Chaos Slayer brilló una vez, débilmente, antes de apagarse.

—Ausra…

La llamada no fue necesaria. Ella ya estaba allí, emergiendo del artefacto como sombra hecha voz.

—Lo sé —dijo ella, y había algo nuevo en su tono, algo que no tenía antes: peso, gravedad, la memoria de una dragona que había sido diosa—. Descansa. Yo sostengo.

Yami quiso reír. Quiso bromear sobre confiar su vida a una voz en un collar. Pero su boca no se movió. Sus ojos —el izquierdo aún brillando con residuos del Ojo de los Sueños, el derecho apagado como carbón consumido— se cerraron sin que él lo ordenara.

Y cayó.

No hubo dramatismo. Solo el sonido seco de tela contra piedra, de cuerpo que se vuelve peso muerto. Su frente rozó el borde del altar al caer, dejando una línea roja que no sangró porque su sangre ya no obedecía a las leyes comunes.

En el exterior, nada cambió. La Cámara de Eclosión permaneció en silencio. Los tres huevos —Ausra, Lan, Perro Demoníaco— continuaron su pulso lento, indiferentes.

Pero en el interior, en el espacio donde la mente de Yami ya no vigilaba, las cosas comenzaron a moverse.

El cuerpo de Yami yacía extendido, boca arriba, con las manos abiertas como si hubieran soltado algo invisible. Su respiración era tan tenue que parecía ausente. Durante largos minutos, pareció un cadáver perfecto.

Entonces, sus dedos se contrajeron. No por orden consciente. Fue un espasmo, un reflejo de supervivencia.

Y comenzó.

Desde los poros de su piel, desde las puntas de sus dedos, desde la raíz de cada cabello —el cuerpo de Yami se abrió como esponja seca arrojada al océano. La energía estelar que aún flotaba en la cámara, residual del refinamiento de Ausra, de las 31 llamas, de la pintura misma —comenzó a fluir hacia él.

No era absorción elegante. Era hambre mecánica, el instino de un cuerpo que había sido empujado más allá de sus límites y ahora reclamaba pago.

La luz astral se condensó en hilos que se enroscaron alrededor de sus muñecas, su cuello, sus tobillos. Se filtraba bajo sus párpados cerrados, inundando el espacio donde el Ojo de los Sueños dormía. Penetraba por su boca entreabierta, descendiendo directo al dantian inferior.

Allí, el punto gris de la Verdadera Fuerza Caótica —del tamaño de un grano de arroz— comenzó a girar. Lento al principio. Luego más rápido. Los dos tornados, dorado e incoloro, se despertaron y comenzaron a danzar alrededor de ese núcleo, arrastrando la energía estelar, triturándola, intentando digerir lo indigerable.

En el mar espiritual, el cambio fue más profundo.

Las nueve bestias —que yacían como montañas de piedra viva, inmóviles desde que Yami decidió no despertarlas— sintieron el flujo. Primero fue Zhuque: sus llamas bermellón parpadearon, no encendidas, sino… revisadas. Luego Qinglong, cuyo largo cuerpo se tensó una vez antes de relajarse. Xuanwu, que exhaló presión de aguas profundas. Bai Hu, que afiló garras invisibles. Feng Po, que susurró. Lei Niao, que estalló en truenos dormidos. Wu Hei Long, que abrió ojos que miraron al vacío. Bai Zhao, que brilló desde el Trono Solar. Y finalmente el Qilin, que no se movió en absoluto, pero cuya presencia se hizo más densa, más presente , como una montaña que decide recordar que es montaña.

No despertaron. Pero se recuperaron. La energía que Yami absorbía inconscientemente —filtrada por Ausra, estabilizada por la estructura del artefacto— llegaba a ellas como nutriente lento, reparando grietas invisibles, reconstruyendo lo que el largo sueño había desgastado.

Las estrellas ilusorias del sistema solar interno —esas constelaciones que Yami había visualizado basándose en su mundo anterior, que existían como promesas sin cumplir— comenzaron a cambiar.

Antes eran luz sin masa, patrón sin sustancia. Ahora, la energía estelar que Yami absorbía se filtraba hacia ellas a través de los meridianos espirituales, y ellas la atrapaban. No la convertían en realidad completa —eso requeriría la traba mental rota, el Corazón Vacío, la decisión consciente de Yami— pero ganaron algo que antes no tenían: potencial densificado.

Eran como semillas que reciben agua pero no calor suficiente. Crecerían, casi, casi brotarían… pero permanecían contenidas, esperando la estación correcta.

Ausra observaba todo desde el Corazón de Qilin.

Su manifestación actual —la voz, la sombra, la presencia que sostenía la autoridad del artefacto— no podía detener el proceso. Solo podía canalizarlo. Guía sin fuerza, consejo sin comando.

—Idiota —murmuró, y la palabra tenía matices que no entendía del todo, ecos de una dragona que había amado y odiado y perdido—. ¿Por qué siempre eres tan imprudente?

Pero incluso mientras hablaba, su atención se dividía. Una parte vigilaba el cuerpo de Yami, asegurándose de que la absorción estelar no reventara meridianos. Otra parte observaba las nueve bestias, listas para contenerlas si despertaban demasiado. Una tercera sostenía el equilibrio de las 31 llamas, que aún giraban en sus órbitas, hambrientas pero contenidas.

Y una cuarta parte —esa que era nueva, que había nacido de la fusión con los fragmentos de alma recuperados— miraba hacia el futuro.

Hacia el huevo en la Cámara de Eclosión que ahora contenía su otra mitad.

Hacia la promesa de lo que vendría.

Pasaron horas. O minutos. En la cámara donde el tiempo era distorsionado por la pintura misma, la distinción carecía de sentido.

El cuerpo de Yami dejó de absorber tanta energía. No porque estuviera satisfecho, sino porque alcanzó un límite físico. Su piel —que había brillado con luz astral filtrada— volvió a la palidez mortal. Su respiración se hizo más profunda, más real .

Pero no despertó.

Yacía allí, en el suelo de piedra antigua, con una mano extendida hacia el altar donde había trabajado, con la otra cerrada en puño sobre su pecho, como si aferrara algo invisible. El brazalete Chaos Slayer, en su muñeca, pulsaba con luz tenue, sincronizado con el latido irregular de su corazón.

En su mar espiritual, las nueve bestias yacían nuevamente inmóviles —pero ahora eran montañas reparadas, fortalezas reconstruidas. Las estrellas ilusorias brillaban con luz que casi, casi , tenía peso. Y la traba mental —esa atadura a Su y Hua, esa promesa pendiente, ese encuentro que no había sucedido— permanecía intacta como cadena de diamante.

Cuando Yami despertara —si despertaba— encontraría un cuerpo saturado de poder que no había pedido, un mar espiritual fortalecido más allá de lo que su reino debería permitir, y la misma barrera de siempre.

La misma elección de siempre.

La misma espera.

En algún lugar de la oscuridad, el pequeño feto en el huevo transparente —suspendido sobre el lago azul, custodiado por la estatua de dragón despierta— giró una vez en su sueño.

Como si sintiera que el mundo cambiaba alrededor de él.

Como si supiera que pronto, muy pronto, sería hora de nacer.

Yami abrió los ojos.

Primero, desorientado. El techo de cristal etéreo de la Cámara Central giraba lento sobre él. Parpadeó tres veces. Giró la cabeza. Vació.

Entonces recordó.

—¡JAJAJAJA! —se levantó de golpe, puño al aire— ¡SOBREVIVÍ, PERRAS!

Silencio.

—¿A quién llamas perra?

Yami se congeló. Se rascó la nuca.

—Tos, tos… solo estoy celebrando, mujer. Tanto disfrutas lanzarme del altar.

—De hecho… sí.

Yami entrecerró los ojos hacia la marca. La sintió distinta. Más definida. Más presente.

—Eres más emocional que antes.

Hubo una pausa breve.

—Estaba fragmentada —respondió Ausra con calma—. Algunos de mis fragmentos conservaban voluntad residual. Me ayudaste a refinarlos.

Yami ladeó la cabeza.

—Refinarlos… es una forma amable de decirlo.

—Eliminé un peligro oculto, el viejo yo podría resurgir y dejarse llevar por aquellos recuerdos —dijo Ausra—.

Yami se puso de pie y extendió la conciencia hacia la matriz externa de llamas. Veintitrés intermedias. Ocho Slaughter God. Todas girando en equilibrio forzado alrededor de un centro vacío que no era vacío… sino punto de convergencia.

—Vamos a cambiar esto.

Invocó el Modo Clown Crown — Forma Inicial. La manifestación del artefacto no apareció como antes, como un guantelete superpuesto. La estructura negra emergió desde su carne misma, escamas formándose bajo la piel antes de exteriorizarse. No era armadura. Era reconfiguración funcional.

—Ausra. Potencia de cálculo máxima. Solo asistencia.

—Autorización confirmada. Tú mantienes control primario. Ejecutaré predicción y ajuste geométrico.

Los tres sellos resonaron. Brazo derecho. Corazón. Mar espiritual. No eran piezas separadas. Eran manifestaciones distintas del mismo artefacto divino sellado.

Yami proyectó intención.

—División y fusión. Extraer semilla de origen. Comprimir el resto en núcleo coherente.

Ausra no tocó las llamas. Calculó. Millones de trayectorias posibles. Equilibrios dinámicos. Puntos de colapso.

Yami ejecutó.

La división ocurrió primero. Cada una de las treinta y una llamas fue separada con precisión quirúrgica: semilla de origen —potencial regenerativo puro— y cuerpo activo —poder ardiente acumulado.

Luego la fusión. No hubo choque caótico. No hubo explosión. Los cuerpos activos fueron guiados hacia el centro por geometría perfecta, como ríos obligados a formar un único océano. La compresión no fue por fuerza. Fue por inevitabilidad matemática.

En el centro nació algo nuevo. No ardía. Latía.

[La Llama Origen Primordial]

—Núcleo coherente estabilizado —informó Ausra—. No activo. Estado latente.

Yami no intentó tocarla. Todavía no.

—Ahora las semillas.

Las treinta y una chispas puras flotaron hacia él. Atravesaron la barrera física y descendieron hacia el microcosmos bajo administración de Ausra. No entraron “en ella”. Entraron en el pequeño mundo que ella sostenía.

Diez zonas internas aguardaban. No espacios físicos, sino dominios estructurales preparados.

—Distribución iniciada bajo tu prioridad —confirmó Ausra—. Germinación diferida hasta disponibilidad energética adecuada.

Yami asintió. Miró su mano izquierda, luego el brazalete de Chaos Slayer.

Entonces, después de ver el mecha que permanece latente, decidió buscar una oportunidad para que este se desarrolle.

—Solicitud de invocación. Objeto: [Plasma Spark].

El sistema respondió. Advertencias surgieron: Fuente Estelar Artificial. Riesgo de mutación. Sobrecarga dimensional.

El espacio se dobló. La Plasma Spark apareció: esfera azul-blanca del tamaño de un puño. Pulso lento. Como el corazón de un gigante dormido.

Yami no la tocó. En cambio, reconfiguró el artefacto.

Los dos fragmentos del artefacto —el sello del corazón y el sello de la mano izquierda— se desanclaron de su carne, manteniendo la vinculación espiritual intacta. No era separación. Era externalización funcional. Las runas negras y escamas se entrelazaron en el aire, formando una estructura flotante: dos pilares que sostenían una plataforma central.

Un altar.

En su centro, una fluctuación espacial. No un vacío. Un bolsillo dimensional estabilizado.

—Espacio de contención generado —confirmó Ausra—. Capacidad limitada. No diseñado para consumo. Solo interfaz.

Yami empujó la Plasma Spark hacia el núcleo del altar. La esfera atravesó la fluctuación y desapareció de la realidad exterior.

Dentro, su pulso estelar chocó contra las paredes dimensionales. No fue absorbida. Fue interceptada. El altar tradujo su pulso en patrones estructurales, redirigiendo la presión energética hacia las capas del microcosmos.

—Conversión en curso —dijo Ausra—. No consumo. Solo estabilización.

Una vez dentro, el altar absorbió locamente la energía de ella, redirigiendo la energía a la capacidad de cálculo de Ausra.

—Recalculando —dijo Ausra, y la voz salió de los tres sellos con tono concentrado—. Modificando estructuras internas. Usando excedente energético para expandir estabilidad del microcosmos. Integrando semillas de llama en zonas preparadas.

Horas dentro, segundos fuera.

—Conexión establecida —anunció Ausra—. La Plasma Spark permanece en altar de contención. Su energía se procesa y transmite al microcosmos de forma estabilizada.

—La intención de la Spark es demasiado activa para contención indefinida —continuó Ausra—. Eventualmente requerirá liberación estructurada.

—Cuando eso pase —respondió Yami— la conectas a la Pintura. Que alimente el sistema mayor.

—Confirmado. La Spark actuará como puente entre microcosmos y macroestructura cuando el límite de contención sea alcanzado.

Yami observó el altar flotante donde la Spark ardía contenida. Entendió la elección implícita: Ausra podría haber usado toda esa energía para expandirse, para volverse más poderosa. En cambio, elegía invertirla en eficiencia, en poder ayudarlo mejor mientras cultivaba su mundo en paralelo.

Era optimización de recursos.

Yami no dijo nada. No había necesidad.

Se alejó de la zona de la matriz, dejando el altar flotante donde estaba, vinculado invisiblemente a través del sello en su mar espiritual. La conexión ya se sentía diferente: tensa, mecánica, como engranajes que giran sin aceite. Ausra estaba ocupada.

Él también tenía asuntos que atender.

Se dirigió a otra zona donde esperaba otra “encarnación” — aunque el propio Yami no terminaba de entender qué significaba eso exactamente. El perro demonio en la habitación de eclosión era este tipo de existencia: no un clon propiamente dicho, sino algo… más complejo.

Este experimento había sido obra de sus clones usando uno de los Diez Cristales Mata Dragones. Yami se había mantenido al margen, pero cuando vio el resultado no pudo evitar quejarse.

—Esos despreciables… —murmuró con irritación— convirtieron al Dragón Negro del Apocalipsis en una hermana dragón real.

El proceso había sido brutal en su eficiencia: tomaron el alma de Acnalogía dentro del cristal Matadragones y la refinaron hasta borrar todo —memoria, identidad, deseos— dejando solo el impulso primordial. Pero ese impulso aún respondía al remanente del alma de Yami, el vínculo amo-esclavo grabado en su núcleo.

Sus clones no se conformaron con eso. Usando tecnología de alma artificial, configuraron una personalidad desde cero: una hermana dragón real, con afecto genuino, lealtad instintiva, y una devoción natural hacia su “maestro”.

El cuerpo se formó usando el Cristal Mata Dragones como núcleo —preservando el linaje— y como reflejo del alma, adoptó la apariencia correspondiente a esa personalidad: una joven dragón real.

Pero aquí estaba la paradoja que Yami no había anticipado.

Cuando ella despertó, Yami no le ocultó nada; después de todo, ella sabía cómo había sido creada. Esperaba resentimiento, rabia, algo comprensible.

En cambio, obtuvo algo más incómodo.

Ella lo sabía todo. Que sus emociones eran en parte construcción, que su lealtad tenía raíces artificiales, que Yami podía —en cualquier momento— acceder a sus recuerdos o tomar control de su cuerpo. Y aun así… la configuración ganaba. Se sentía atraída hacia él, preocupada por su bienestar, genuinamente feliz cuando él visitaba.

Pero no era sumisión ciega.

Podía resistir. No las restricciones —esas eran absolutas: no podía desobedecer, no podía traicionar— pero sí podía mostrar irritación cuando Yami se comportaba de cierta forma, podía discutir, podía exigir explicaciones. Su carácter emergía y dominaba conforme el tiempo pasaba iba mejorando, su carácter se iba moldeando con el tiempo y la experiencia.

Yami, para su propia sorpresa, no abusaba de esto. No le daba misiones imposibles ni tareas que odiara. Su naturaleza simplemente no lo permitía. En la práctica, sus “órdenes” se limitaban a una solicitud rutinaria: que compartiera los recuerdos relacionados con la magia Mata Dragones, útil para sus propios estudios.

Era… incómodo. Para ambos. Ella sabía cuando él miraba, sentía la presencia ajena husmeando en su mente. Yami lo sabía, y generalmente no lo hacía —¿para qué? Sus pensamientos cotidianos no le interesaban, y ella ya compartía voluntariamente lo relevante.

Pero la posibilidad existía. Siempre existiría.

Tos, tos. —Yami se aclaró la garganta desde la entrada de la cámara de convergencia— Vengo a revisar el progreso de tu misión.

Acnolea no levantó la vista de la matriz proyectada en el aire —nueve nodos de luz pura conectados por líneas de fuerza, girando en silencio mecánico. Ella ajustaba una fase de sincronización, los dedos trazando cálculos en el vacío.

—Simplemente mira mis recuerdos —dijo, y en su voz había ese dejo de fastidio que Yami ya había aprendido a reconocer: no era para él, era para la situación. Para la farsa de “revisión oficial” entre dos personas que sabían exactamente cuál era su relación.

—No haré tal cosa si no es importante. Lo sabes.

Ella soltó un bufido —gesto aprendido de los clones,— y finalmente lo miró.

—Hipócrita.

—Los hipócritas son esos tipos a los que les gusta jugar a ser dios.

—¿Y tú? —se giró completamente, abandonando la matriz momentáneamente— Les sigues el juego.

Yami sonrió, y fue una expresión extrañamente honesta. No burla. Simple constatación.

—Pos, obvio.

—Gracias a su estupidez existes —su tono cambió, perdió la burla— Solo tienes que vivir como te parezca. Realizar las pequeñas tareas, claro… —dudó, eligiendo— …si lo deseas. Después de todo, nadie puede controlar tu pensamiento.

Silencio. La matriz pulsaba detrás de ella, indiferente, los nueve cristales vacíos girando en órbita perfecta.

Acnolea lo estudió largamente. Luego, con una voz más suave, casi vulnerable:

—…¿Y si algún día dejo de desear seguir deseando?

Yami no tuvo respuesta para eso.

Ella volvió a la matriz, los dedos reanudando su trabajo mecánico. Pero su voz llegó, baja, dirigida más a los cristales que a él:

—Veinte minutos. La convergencia será estable.

Yami se quedó un momento más, viéndola de espaldas, erguida, configurando la matriz de dragones que ella despreciaba sin saber por qué.

-empezaremos dentro de poco, la próxima ves que hablemos sera dentro de unos años.

Luego se fue.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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