Sexo con el Rey de la Mafia - Capítulo 1
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1: CAPÍTULO 1: El multimillonario elusivo 1: CAPÍTULO 1: El multimillonario elusivo POV de Serena
Me estiré el vestido por segunda vez esa noche.
Nunca antes me había puesto algo tan corto, y el cuero daba más calor de lo que pensaba.
Llevaba un vestido rojo de cuero que me llegaba a unos centímetros por debajo del trasero y enseñaba demasiado escote.
Se me ceñía al cuerpo como una segunda piel e incluso me hacía sentir un poco incómoda.
—No tienes por qué hacer esto, Serena —me dijo Lily.
—Tengo que hacerlo.
—¿Qué vas a hacer cuando llegues allí?
Ni siquiera sabes si encontrarás lo que buscas.
Esto es peligroso.
—Tengo que intentarlo al menos.
No intentó disuadirme de lo que planeaba porque sabía que no la escucharía.
Cuando tomaba una decisión, no había forma de hacerme cambiar de opinión.
No había arriesgado mi vida para venir a Nueva York para nada.
Como la buena amiga que era, Lily me ayudó a ponerme una peluca rubia a juego con mi atuendo.
Mi pelo era castaño, y necesitaba ser rubia para llevar a cabo mi plan.
También llevaba lentillas de pega para sustituir mis ojos verdes por unos azules y una nariz postiza y realista para ocultar un poco más mis facciones.
Después de ponerme la peluca, salí del vestidor y volví a donde todas las chicas estaban en fila.
Estábamos en un club de estriptis esperando a que nos eligieran para ir a casa de un multimillonario y que él escogiera a la mujer que quería para esa noche.
Lily tenía trapos sucios del dueño del club, así que consiguió que me incluyera en la selección.
Al parecer, el multimillonario tenía preferencia por las mujeres rubias.
Un hombre alto y musculoso se paseaba escogiendo a las mujeres que pensaba llevar a la mansión, y yo recé para estar entre ellas.
De lo contrario, todos mis esfuerzos habrían sido en vano.
—Tú —dijo el hombre mientras me señalaba.
Sentí un enorme alivio porque me habían elegido.
Fue como un momento dorado.
A las diez que habíamos sido elegidas nos vendaron los ojos y nos metieron en una furgoneta.
El multimillonario en cuestión era esquivo.
Rara vez se le veía en público y no le gustaba relacionarse con la gente.
Tenía que hacer que le llevaran mujeres a su casa porque no podía salir a elegirlas él mismo.
Si eso no era distópico, no sabía qué lo era.
El viaje debió de durar al menos treinta minutos.
Cuando llegamos, nos sacaron una a una del coche y nos condujeron al interior de una casa.
Una vez dentro, nos quitaron las vendas.
El multimillonario apareció ante nosotras.
Estaba sentado en un sofá con una copa en la mano.
Llevaba gafas y tenía un aspecto de empollón.
Tenía el pelo oscuro y los ojos grises más pálidos que había visto nunca.
Eran… extraños, y lo más llamativo de él, aparte de la mandíbula marcada que resaltaba sus raíces italianas.
Nero DeLuca.
Era el heredero más joven de la dinastía ítalo-americana DeLuca.
Muchos conocían su nombre, pero muy pocos lo habían visto.
No esperaba que fuera un empollón, pero parecía que sí lo era.
No sonrió ni nos miró a ninguna.
En todo caso, parecía que no le importaba lo más mínimo que estuviéramos allí.
Parecía un rey sentado en muebles carísimos en medio de su espacioso salón de techos altos, ambiente dorado e impresionantes lámparas de araña.
—¿Qué es esto, Dominic?
—le preguntó al hombre que nos había traído.
—He traído mujeres para que elijas con cuál quieres pasar la noche.
Hizo un gesto con la mano y alguien se apresuró a sacarnos de allí.
Nos llevaron a una sala de estar más pequeña a esperar.
Era una oportunidad de oro que no podía dejar pasar.
—¿Crees que es gay?
—preguntó una chica.
—Por favor, ¿gay?
He oído que es una bestia en la cama.
Y no solo eso, es rudo y le gusta el sexo realmente tabú.
Ninguna mujer ha salido insatisfecha de su casa.
Está muy lejos de ser gay.
Quiero que me elija para ver qué se siente al acostarse con un hombre así.
—¿Y esas gafas?
—preguntó otra.
—No ve bien, pero que eso no te engañe.
Sabe lo que hace cuando está en la cama.
Ignoré su parloteo y aproveché la oportunidad de estar lejos de miradas curiosas para escabullirme.
Dos guardias nos vigilaban, y sabía que no podría esquivarlos fácilmente.
Me levanté y me tambaleé.
Algunas chicas me miraron con curiosidad, pero la mayoría me ignoró.
Caminé hacia los guardias y me fulminaron con la mirada como para decirme que volviera a mi sitio.
—No me encuentro muy bien —dije y tuve una arcada.
Parecían preocupados porque no querían que vomitara sobre los pulidos suelos de mármol.
Estaban tan brillantes que podía ver mi reflejo en ellos.
—Te llevaré al baño —dijo un guardia.
—Puedo ir sola.
No quiero que te metas en problemas —dije, y volví a tener una arcada para darle más efecto.
—Está al final del pasillo, la primera puerta a la derecha.
Pasé corriendo a su lado y, en cuanto los perdí de vista, tomé un desvío.
Fingí estar confundida ante las cámaras que había por todas partes, pero sabía exactamente adónde iba.
Subí las escaleras y fui al segundo piso.
Cuando me aseguré de que nadie podía verme, intenté abrir la primera puerta de caoba que vi.
Mi tío tenía los planos de la finca de DeLuca y me había dicho dónde estaba su despacho.
La puerta estaba cerrada con llave y, antes de que pudiera pensar en cómo forzar la cerradura, vi que requería una verificación de huella dactilar.
¿Qué iba a hacer?
—¿Estás perdida, birichina?
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