Sexo con el Rey de la Mafia - Capítulo 9
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9: CAPÍTULO 9 ¿Lo leíste?
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POV de Serena
Nero me hizo sentarme cerca de él mientras hablábamos.
Dudé un rato antes de responder a su pregunta, decidiendo qué hacer en ese momento.
Luego reuní todo el valor que necesitaba.
—Lo leí —dije mientras apartaba la mirada.
—¿Hay algo que no te haya gustado?
Los límites estrictos son negociables, tal y como se establece en el contrato.
Sabía que eran negociables, pero el contrato entero era demencial.
No quería que me trataran como a un perro que complace a su maestro.
Quería que todo fuera normal por una vez.
¿Por qué tenía que ser tan obediente con él cuando las reglas no se le aplicaban?
—No quiero firmarlo —declaré.
Estaba muy nerviosa, sin saber qué pasaría después.
Lo único que sabía era que no había forma de que me hiciera nada en el trabajo por negarme a firmarlo.
Llamaría a mi tío y él me ayudaría después de que Nero se fuera de mi lugar de trabajo.
No estaba tan indefensa como Nero creía.
—De acuerdo —dijo Nero, para mi sorpresa.
No pensé que sería tan fácil, pero supongo que Nero no era tan irracional como creía.
Lo había juzgado mal.
Ni siquiera me exigió que le dijera por qué estaba en su casa disfrazada.
—Dominic, llévala a la policía.
Mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.
¿Por qué iba a hacer que me detuvieran por negarme a firmar un contrato?
Eso era absurdo.
—No puedes hacer que me arresten por esto.
—Es obvio que estabas en mi casa para robar algo.
Sé que tus padres murieron y que apenas tienes dinero, así que necesitas mis cosas para empeñarlas y sacar algo de dinero.
Te disfrazaste para entrar en mi casa y te encontré en mi despacho intentando forzar la entrada para llevarte algo.
—Era evidente que estabas allí para robar, y como entraste con pretextos falsos, eso es allanamiento de morada.
Te arrestarán por eso.
Sus palabras me hirieron profundamente.
¿Cómo se atrevía a mencionar a mis padres?
—Jódete, DeLuca.
Pareció divertirle que me atreviera a decirle eso.
—Dominic, añade una cláusula en contra de las palabrotas en el contrato.
Esta tiene una boca muy sucia.
—¡Vete a la mierda!
—grité.
—¿Es ese el único insulto que conoces?
Vamos, eres una editora júnior aquí.
Puedes ser más creativa que eso.
Se estaba burlando de mí porque disfrutaba sacándome de mis casillas.
No podía creer que no hubiera visto antes ese lado infantil suyo.
Fue estúpido por mi parte pensar que un multimillonario como él me dejaría ir libre después de descubrir que fui a su casa disfrazada.
—¿Qué va a ser, Serena?
¿Vas a firmar el contrato o vas a ir a la cárcel?
Y acabo de añadir una nueva cláusula en la empresa que dice que nadie con antecedentes penales puede ser empleado de esta compañía.
No habían pasado ni doce horas desde que lo vi, y ya me estaba obligando a firmar un documento cuyas palabras parecían ilegales de leer en voz alta.
No tuve más remedio que aceptar lo que él quería.
Era una mala persona, y no me cabía duda de que tuvo algo que ver con la muerte de mis padres.
¿Por qué me haría esto si no?
—¿Dijiste que podía negociar los límites estrictos?
—pregunté.
Sonrió con aire de suficiencia porque sabía que había conseguido lo que quería.
Era atractivo, pero un imbécil.
Lástima que ese físico y ese cuerpo se desperdiciaran en una mala persona.
—Puedes.
—No quiero juegos con sangre, marcas con hierro, marcas corporales permanentes, juegos de asfixia, bondage en suspensión, absolutamente nada de fisting, sexo anal, consentimiento dudoso, que vigiles mis movimientos fuera del dormitorio ni arrodillarme para dirigirme a ti.
Aún divertido, paseó su mirada por mi cuello como si fuera una parte atractiva de mi cuerpo.
Cuando volvió a posar sus ojos en mí, eran de acero.
Casi me disculpé por decir que no quería ninguna de esas cosas.
—Puedo quitar todo lo demás, pero no quitaré el sexo anal, los juegos de asfixia, el bondage en suspensión ni lo de arrodillarte para dirigirte a mí.
Si no estás de acuerdo con esto, siéntete libre de ir con Dominic a la policía.
Suspiré y aparté la vista.
Por el lado bueno, me había librado de algunas cosas.
Podía intentarlo con los límites suaves para ver si podía negociar alguno.
—Sobre los límites suaves…
—No son negociables.
No parezcas asustada.
Nunca haría nada que tu cuerpo no pudiera soportar.
Eso no me tranquilizó.
Dominic me entregó un documento que ni siquiera había notado que sostenía.
—Fírmalo.
—Pero ¿y las enmiendas…?
—He quitado todo lo que no me importaba.
Todas las cosas que negociaste no están en este contrato —afirmó Nero, como si se supusiera que debía creerle.
—Como para fiarme de una palabra de lo que dices.
Tomé el documento y busqué los límites estrictos.
Efectivamente, las cosas que no quería habían sido eliminadas.
Cogí un bolígrafo y lo firmé.
No estaba segura de lo que me depararía la vida después de esto, pero no estaba segura de querer mirar hacia el futuro.
—¿Y ahora qué?
—pregunté.
Nero me entregó una tarjeta negra.
—No quiero tu dinero, DeLuca.
—Voy a cuidar de ti durante la vigencia de nuestro acuerdo.
O tomas la tarjeta o haré que grites aquí mismo.
Dominic pasará a recogerte más tarde.
—¿Por qué?
—Te mudas a mi ático.
—No lo haré.
Y no puedes obligarme.
Eso no estaba en el contrato.
Agarró el documento y lo abrió por la décima página.
—Aquí dice claramente que la Parte A decide cuándo y dónde ambas partes llevarán a cabo sus encuentros íntimos.
Las cosas serán más fáciles si haces lo que quiero.
Tengo maneras de forzarte la mano.
Estate lista para cuando venga Dominic.
Si quieres, puedo seguir pagando el alquiler de tu casa si no quieres perderla.
Le arrojé la tarjeta negra de vuelta.
—No quiero tu dinero.
No le hizo ninguna gracia que la tarjeta le diera en la cabeza.
Lanzó una mirada a Dominic, que se fue de inmediato, dejándonos solos.
Agarró mi silla y tiró de ella hasta donde estaba sentado.
—La rebeldía está prohibida, y no toleraré que tengas esa actitud cuando me hables.
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