Shadow Kitchen - Capítulo 13
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13: Capitulo 3 – El arte del reír 13: Capitulo 3 – El arte del reír A la mañana siguiente, Fedora se estaba preparando para salir, tal como había acordado con su nuevo compañero, pero sin mencionar nada del tema a Samael.
El vampiro la observaba de reojo, en completo silencio, aunque con una clara sospecha en sus ojos.
Mientras ella se arreglaba, Samael preguntó con un tono preocupado, aunque siempre gentil: —Disculpe, señorita Fedora… ¿irá a trabajar?
Aún no empaca sus materiales.
Fedora negó con la cabeza, apresurándose mientras se abrochaba las botas: —Eh… no, no.
Solo iré a salir con un amigo.
Samael, todavía desconfiado, quiso decir algo más, pero se contuvo.
Al final, suspiró y sonrió suavemente: —Comprendo, señorita.
Tenga cuidado y no regrese demasiado tarde.
Le tendré preparada la cena cuando vuelva.
La joven sonrió levemente, asintió y salió rumbo al punto de encuentro, mientras detrás de ella la sonrisa de Samael se desvanecía poco a poco, consumida por la preocupación.
En el callejón donde vivía el payaso Salemi, este apareció vestido igual que la primera vez, salvo por un detalle: ahora llevaba un sombrero de copa negro.
Estaba de pie junto a su diminuta casa rodante, esperando con impaciencia.
Al verlo, Fedora sonrió con cierta incomodidad, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Finalmente, forzó una sonrisa y lo saludó: —¡Hola, Salemi!
¡Aquí estoy!
El payaso saltó de alegría, como si no pudiera creer que de verdad había ido a verlo.
La emoción lo invadió de tal manera que, al intentar abrazarla, se detuvo en el aire con un sonido cómico, como de caricatura, parte natural de su linaje.
Con las manos extendidas a pocos centímetros de ella, preguntó entusiasmado: —¿Puedo saludarla con un abrazo?
Fedora dudó un segundo, pero luego respondió despreocupada: —Meh… ¿por qué no?
Adelante con ese abrazo.
El payaso la abrazó tan fuerte que llegó a levantarla del suelo, como si fuera una muñeca de trapo, antes de volver a dejarla de pie.
—¡Estoy tan emocionado!
¡Nunca había salido de paseo con una amiga!
¿Y a dónde vamos?
No te preocupes, que nadie me verá ya que— La humana lo interrumpió sonriendo: —Ya sé, los vampiros no pueden ser vistos a simple vista bajo la luz del sol si no desean ser vistos.
Salemi asintió, pero esas palabras detonaron un pensamiento en la mente de Fedora: Si esa es la regla… ¿cómo es que yo pude ver a Salemi?
¿Será por la influencia de Samael?
O acaso… Sacudió la cabeza.
No, no puedo ser tan paranoica.
Mirando al payaso, que la observaba emocionado como un niño a punto de entrar a un parque de diversiones, dijo animada: —Bueno, haremos diferentes paradas.
¡Primero vamos a la juguetería!
El payaso sonrió tan intensamente que su cuerpo se estiró grotescamente, como un globo inflado por su propia alegría, antes de volver a la normalidad.
—¡Sí, sí!
¡La sigo, señorita Fedora!
Ya en la juguetería, Salemi recorría los pasillos fascinado y comenzó a explicar con entusiasmo: —¡Señorita!
¿Sabía que los juguetes de madera fueron creados para que los niños pudieran imitar a los adultos sin lastimarse?
Por eso existen soldaditos, aviones, camiones, autos… Querían darles una forma divertida de imaginar cómo sería ayudar a las personas y por primera vez los niños reían felices jugando ¿a qué no es genial?.
Fedora, sorprendida, preguntó con curiosidad: —Ohhh… ¿y tú eres un vampiro, no?
Entonces, ¿cómo te alimentas realmente?
¿Cuando alguien se ríe es como comida para ti?
Salemi, avergonzado, se rascó la nuca.
—Hehe… no es tan así.
Existen diferentes métodos de alimentación para los vampiros.
Las menos “deliciosas” son aquellas que no provocamos nosotros.
Usualmente podemos nutrirnos de cosas relacionadas a nuestro linaje, incluso si no las causamos directamente.
Por ejemplo, yo puedo cenar viendo un maratón de chistes con gente riéndose… pero no es lo mismo que hacerlos reír yo mismo.
Para ustedes los humanos sería como comparar un simple tazón de cereal con una gran cena navideña de cuatro platos y postre.
Las palabras del payaso hicieron que Fedora recordara a Samael, recolectando cadáveres entre las sombras.
Y con ellas, sus palabras resonaron en su mente: “Solo deseo ser cocinero…” Las lágrimas brotaron suavemente de sus ojos.
—¿¡Señorita, está bien!?
—gritó Salemi, entrando en pánico—.
¡Eh, eh!
¡Yo no le haría daño, lo juro!
¡No soy una amenaza, se lo prometo por mi dedito!
¡Eh… ya sé!
¡¿Quiere un helado?!
¡A los humanos les gusta el helado!
Mientras el payaso se agitaba, Fedora recuperó la compostura y negó con la cabeza, secándose las lágrimas: —No, no… no es eso.
Es que recordé algo muy importante para mí.
Y ahora, con lo que me dices, entiendo mejor este nuevo mundo.
Solo… me pregunto por qué él no me lo dijo antes que tú.
Con la mirada melancólica perdida en el suelo, fue interrumpida cuando Salemi le tomó el rostro y la miró directo a los ojos: —¡¡Jefa!!
No es momento de ponerse triste.
Si esa persona es importante para usted, significa que debe confiar en él, así como él confía en usted.
Si no, no hay confianza.
¡Así que fuera esos pensamientos tontos!
Si no le dijo ese detalle, tendrá que preguntarle directamente el porqué.
¡Algunos hombres somos complicados y sobreprotectores!
¡Así que nada de pensar lo peor!
¿¡Entendido, jefa!?
Fedora reaccionó y, sonriendo, asintió: —Gracias, Salemi.
Apenas te conozco y ya haces bastante por mí.
¡Ya sé!
¿Qué opinas si vienes a cenar a mi casa esta noche?
¡Seguro la pasaremos muy bien!
El payaso quedó paralizado, con una sonrisa petrificada.
Y en su mente resonó un eco aterrador, como si lo gritara una ardilla demoníaca: La humana del segador de las sombras… La humana del segador de las sombras… La humana del segador de las sombras… —¿Payaso?
¿Aló?
¿Payaso a tierra?
—dijo Fedora, chasqueando los dedos frente a él.
Salemi volvió en sí y sonrió nervioso: —Creo que tal vez no sea la mejor idea.
No me gustaría incomodar… —No digas tonterías —replicó ella, sujetándole la mano—.
Tú nunca incomodarías.
Vamos por un helado y luego a cenar.
Arrastrado por la humana, el payaso sonrió nerviosamente mientras alzaba la vista al cielo, con lágrimas contenidas: —Diosito… creo que hoy me voy contigo.
¿En qué me metí…?
La noche cayó.
Pese a todos sus intentos, Salemi no logró evadir la terquedad de Fedora, y acabó frente a la puerta de su departamento.
Ok, Salemi Salama Sali… Estás en una misión.
Las deudas de esos niños dependen de ti.
Solo es una misión, no deberían descubrirte.
No puede ser tan aterrador ese segador de las— Antes de terminar el pensamiento, la puerta se abrió.
Samael, con un delantal de cocina de cuadros y el cabello atado, los recibió con una sonrisa tranquila: —Señorita Fedora, bienvenida.
La cena está lis… Se detuvo en seco al ver al payaso.
Sus ojos se volvieron depredadores, asesinos, como si un intruso hubiera invadido su territorio.
Salemi tragó saliva, forzando una sonrisa temblorosa mientras estaba al borde de las lágrimas: —Hola, Segador de las Sombras todopoderoso… Un gustito… Soy el vampiro payaso… ¿hago chistes?
¿Hehe?
El aire se volvió espeso.
Un ambiente incómodo donde un vampiro intruso estaba a punto de descubrir los dominios de un superior de su raza… y tal vez, de su cocina.
¿Habrá sido buena idea la invitación de la humana?
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