Shadow Kitchen - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capitulo 4 - La artista El cocinero y El payaso
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14: Capitulo 4 – La artista, El cocinero y El payaso 14: Capitulo 4 – La artista, El cocinero y El payaso En el momento exacto en que Salemi se presenta, Samael suspira y, rascándose los ojos con los dedos por debajo de sus lentes, intenta no enojarse demasiado.
—Entonces… ¿un vampiro de rango menor está a las puertas de mi casa porque… es un invitado de la señorita Fedora?
El payaso y la humana se miran mutuamente.
Con una expresión cómicamente adorable, casi susurrando e implorando piedad, responden al mismo tiempo: —Shi.
Samael siente cómo la ira lo carcome por dentro, pero respira profundamente y, aceptando su derrota, replica: —Está bien.
Solo tenga en cuenta, señorita Fedora, que los vampiros PUEDEN tener planes bastante crueles para los humanos.
Pero si usted confía en esta… COSA vestida de payaso… aceptaré su buen juicio, señorita.
Salemi entra en shock, aspirando el aire con exagerada sorpresa.
—¡¿AHH?!
¿Cómo que yo soy la cosa?
¡Soy un payaso italiano!
¡También tengo clase, señor segador de almas!
Samael sonríe con arrogancia, como si compitiera con él.
—¿Ah, sí?
Yo soy inglés… dime, payaso, ¿qué linaje te parece más noble?
Y, retirándose triunfante sin darle oportunidad de responder, comienza a preparar la mesa para el invitado extra.
Finalmente, todos se sientan.
El payaso, aún sin entender del todo qué sucede, se inclina hacia Fedora y susurra: —Jefa… ¿usted no es quien cocina para el segador de sombras?
Él es uno de los vampiros más imponentes de todos… ¿no se enojará si la ve sentada?
La humana, sonriendo, niega con la cabeza.
—No, no.
Samael es quien cocina en esta casa.
Yo no sé cocinar muy bien.
Las palabras paralizan a Salemi.
La idea de probar un plato preparado por uno de los linajes más aterradores lo llena de terror.
Pero pronto un delicioso aroma proveniente de la cocina lo obliga a tragar saliva; sus colmillos se humedecen.
—Dios… eso huele delicioso… ¿de verdad es el segador de sombras cocinando?
Pensé que era un chiste interno entre ustedes.
Entonces Samael aparece, cargando más de cinco platos de pasta y ensalada.
Estos flotan entre sus manos y las sombras que lo rodean, como si fueran brazos adicionales.
—Espero que les guste.
Esta vez hice algo distinto: pasta clásica con albóndigas hechas a mano y jugo de sandía.
Espero que sea de su agrado.
Fedora y Salemi quedan impactados ante un plato tan brillante, de aroma tan dulce, que sus instintos más primitivos reclaman devorarlo de inmediato.
Pero el recuerdo de voces del pasado retumba en la mente del payaso: “¿Escuchaste eso?
Ese payaso irá contra el segador de sombras… pobrecillo.
Escuché que es uno de los vampiros más crueles y manipuladores.
Si me tocara enfrentarme a él, preferiría renunciar.” El recuerdo le siembra sospechas.
Sin embargo, antes de que pueda advertirle a la humana, ella ya disfruta de la pasta con entusiasmo.
Salemi sonríe nervioso, sudando por la mejilla, incapaz de decidir qué hacer, hasta que Samael lo observa fijo y le ordena en voz alta: —Come de una vez, payaso.
Es comida fresca.
Si quisiera matarte, ni siquiera habrías pisado este hogar.
Eres el invitado de honor de la señorita Fedora, así que disfruta.
Con los brazos cruzados, la mirada de Samael le infunde un mínimo de confianza.
Salemi suspira, toma el tenedor y da un bocado.
Apenas prueba la pasta, no puede detenerse.
Come en silencio, mientras Fedora observa con preocupación cómo lágrimas resbalan por el rostro del payaso, cayendo sobre la mesa.
Samael, con calma, aclara: —La cocina se volvió parte principal de mi linaje.
Aprendí a segar a los que se alimentan de mis sombras.
Cuando alguien prueba lo que sirvo, puedo ver sus intenciones.
Si son puras, disfrutarán la comida como si fuera su última y gran cena.
¿No es verdad, Salemi?
El payaso, entre sollozos y bocados, asiente.
—Sí… es verdad.
Solo quiero cuidar a quienes me importan.
No quiero hacer nada malo.
Lo juro por mi alma.
Aun así, Samael lo observa con desconfianza, como si no hubiera contado toda la verdad.
Sin embargo, al no detectar malicia, permanece tranquilo.
Cuando terminan de comer, Salemi se levanta y anuncia: —Estaba delicioso.
Ha sido de las mejores comidas que he probado en décadas.
Pero… no pertenezco aquí.
Gracias por la invitación, señor segador de sombras.
Fedora, impactada, intenta detenerlo.
—¡Espera, Salemi!
¿Por qué te vas así?
¿Qué sucede?
El payaso sonríe con melancolía.
—Cometí un error, jefecita.
Debo enmendarlo.
Tengo asuntos en el bajo mundo que resolver.
Samael lo interrumpe con voz grave: —¿Y qué planeas?
¿Suicidarte?
No seas imbécil, vampiro inferior.
Salemi explota, gritando con desesperación mientras lo encara: —¡¡¿Y QUÉ OTRA OPCIÓN TENGO, SEÑOR SAMAEL?!!
¡¡NO PUEDO DEJAR QUE ESOS NIÑOS MUERAN!!
¡¡NO POR MI CULPA!!
Fedora, confundida, pregunta con urgencia: —Salemi, ¿qué pasa?
¿Necesitas ayuda?
¡Dinos cómo podemos ayudarte!
El payaso guarda silencio, incapaz de pronunciar la verdad.
Pero Samael se acerca y, con un fuerte bofetón, lo obliga a hablar.
—No te di un plato de comida en el hogar de la señorita Fedora para que ahora te comportes como un cobarde.
¡Di qué sucede de una vez, italiano de cuarta!
Entre lágrimas, Salemi confiesa: —Me pidieron secuestrar a la jefa Fedora para llevarte a una trampa, señor segador… Al principio pensé que sería fácil, pero ella… me recordó a mis niños.
Huérfanos a quienes protejo desde hace años.
Me topé con cazadores de vampiros y ellos me están utilizando para rastrearte, señor segador… Fedora se cubre el rostro, horrorizada.
Samael reflexiona en silencio y luego pregunta con calma peligrosa: —Entonces solo tendría que ir al bajo mundo y enfrentarme a esos cazadores.
¿Eso es todo?
De inmediato, Fedora lo abraza con fuerza y grita: —¡NO!
¡Samael, recuerda lo que te pasó!
¡En tu estado actual no puedes ir solo!
¡Te matarán!
¡Esta vez no podrás volver!
Salemi, perplejo, pregunta: —¿El segador de sombras… está debilitado?
¿Qué sucedió?
Avergonzado, Samael responde: —Tuve una batalla mortal contra mi hermano de sangre.
Me asesinó, y pagué el precio… Mis sombras, que había cosechado por siglos, me resucitaron.
Pero ahora mi linaje está incompleto.
El payaso se rasca la cabeza, desesperado.
—No… no, no.
¡Esto no puede ser!
Sin el segador de sombras, todos los vampiros pelearán por ocupar su lugar.
¡Mierda!
¡No quiero entregar a la jefa Fedora, ni mucho menos llevarlo a usted!
¡Pero si no hago algo… mis niños morirán!
Fedora, entonces, tiene una idea.
—¡Un momento!
¿Y si Salemi y yo vamos al bajo mundo?
Rastreamos al cazador.
Salemi tiene bastante linaje, y yo tengo el guante.
Cuando llegue el momento, llamamos a Samael para que nos rastree.
Ambos vampiros gritan al mismo tiempo: —¡ME NIEGO!
Fedora, enojada, lo encara: —Samael, ¿qué te dije cuando llegaste medio muerto a mi departamento?
¡Que no volvería a dejarte solo en tus cosas de vampiros!
Ahora estamos juntos.
Yo también soy inteligente, puedo ayudarte.
He vivido sola desde niña y sobreviví bien sin ti.
¡Así que ahora, contigo, exijo que cooperes con Salemi y vayamos a recuperar a esos niños!
Porque si no… La humana lo fulmina con la mirada.
Samael siente cómo el sudor frío recorre su frente hasta que escucha el ultimátum: —…no volveré a comer un solo plato de tu mano.
El poderoso vampiro queda congelado.
Salemi murmura al margen, sintiendo el golpe como propio: —Auch… eso sí dolió.
Samael suspira, derrotado.
—Está bien, señorita Fedora.
Pero será bajo mis condiciones: primero, llevará ropas creadas con mis sombras en todo momento.
Segundo, no se separará nunca de Salemi.
Tercero, ambos tendrán amuletos de sombras para alertarme y convocarme.
Y cuarto… no haga ninguna estupidez, por favor, señorita Fedora.
La humana asiente, victoriosa, y arrastra al payaso hacia un rincón.
—Denos un momento, Samael.
Necesito hablar con él… entre vampiros.
Ya en la cocina, Samael se inclina y le susurra al oído a Salemi: —Si le hacen algo a la señorita Fedora… cualquier herida, cualquier golpe… será tu responsabilidad.
Y lo pagarás con tu vida.
Tienes la misión más importante de todas: protegerás con tu alma a mi humana.
¿Entendido, payaso?
Salemi sonríe y, por primera vez sin miedo, extiende la mano hacia él.
—Te lo agradezco, patrón.
No olvidaré lo que haces por mí.
Pero Samael rechaza su gesto con soberbia, caminando a su lado.
—Si quieres que el segador de sombras te dé la mano, tendrás que ganártelo.
Mañana trabaja al máximo.
Salemi, conmovido, se arrodilla tras él y grita con orgullo: —¡A la orden, patrón!
Cuando todo está listo para el día siguiente, Salemi se prepara para irse.
Samael lo detiene: —No.
No te irás.
Existe la posibilidad de que quieran asesinarte esta noche.
Dormirás en el sofá de la señorita Fedora y esperarás a mañana.
Fedora golpea su palma con el puño, cayendo en cuenta: —¡Es cierto!
Si notan tu comportamiento extraño, podrían silenciarte y mandar a alguien más.
Salemi solloza, incrédulo: —¿Entonces… dormiré en una casa real?
Samael arquea una ceja.
—¿Dónde has estado durmiendo, payaso?
El vampiro sonríe con melancolía.
—En una casa rodante que se desarma sola… pero al menos es mía.
Aunque las ratas no me dejan en paz.
Samael suspira y, mientras se retira a lavar los platos, levanta una mano en gesto de resignación.
—Quédate aquí esta noche.
Pero procura no ensuciar demasiado.
Este hogar es limpio, y está prohibido acercarse a la habitación de la señorita Fedora.
El payaso y la humana saltan de alegría, chocando las manos en el aire de forma cómica.
Afuera, la noche avanza lenta e incierta.
¿Qué sucederá en esta misión tan arriesgada?
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