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Shadow Kitchen - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Capitulo 7 - Un pasado jamás borrado
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17: Capitulo 7 – Un pasado jamás borrado 17: Capitulo 7 – Un pasado jamás borrado A la mañana siguiente, Salemi escuchó unas risas familiares; parecían muchas.

Cuanto más intentaba despertar, más notaba que eran risas infantiles, niños tal vez jugando cerca de donde él estaba.

Lentamente abrió los ojos, viendo el techo borroso, intentando volver en sí.

Apenas emitió un sonido de dolor y esfuerzo, un niño gritó: —¡CHICOS, CHICOS!

¡EL SEÑOR PAYASO ESTÁ DESPERTANDO!

Muchos corrieron hacia Salemi, que aún no lograba abrir bien los ojos.

Cuando finalmente los abrió, vio a cinco niños asomados sobre su cama mirándolo con emoción.

El primer niño, que parecía ser el líder y el que lo vio moverse primero, tenía el cabello corto y negro, piel bronceada y un rostro alegre.

El segundo era un joven con cabello castaño claro que le tapaba los ojos apenas visibles; tenía pecas y la piel muy blanca, con una personalidad tímida.

El tercer niño estaba totalmente rapado, lleno de venditas como si eso fuera normal; le faltaban al menos dientes, pero era el más entusiasta de los cinco.

Las dos últimas, dos niñas que parecían inseparables, intentaban subirse a la cama sin conseguirlo: una tenía el cabello largo hasta la espalda, de un violeta oscuro, y una mirada fuerte y decidida; la otra tenía el cabello corto y rojizo, y por alguna razón sus ojos eran blancos.

No se separaban en ningún momento.

Salemi, sonriendo y brotándole unas pocas lágrimas de dolor, dijo: —Mis muchachos…

están bien…

¡y vivos!

Qué felicidad…

Miró al que había gritado primero y le preguntó: —Haru, ¿me dices qué pasó?

¿Cómo llegaron aquí?

El emocionado comenzó a narrar: —Claro, señor payaso.

Nosotros estábamos encerrados en una jaula bajo tierra o algo así; no podíamos ver nada, ni siquiera a nosotros mismos.

Pero un hombre intimidante, con una chaqueta larga oscura y un sombrero muy bonito, nos liberó.

Dijo que era amigo tuyo, así que le creímos y nos trajo a todos aquí.

Yo, obviamente, no le creí mucho y le pregunté: “Oiga, señor, ¿por qué el señor payaso no está aquí?” y él me sonrió respondiéndome: “Porque está muy cansado de trabajar.

Hizo bastante y cuidó a una persona que para mí importa.” Fue raro ese señor— Interrumpiendo a Haru, la niña de cabello largo regañó a Salemi: —Señor payaso, ¿qué les dijimos cuando usted se preocupó por nosotros?

¡No queremos que nada malo le pase!

¡Y mírelo aquí tirado como un trapo viejo, lleno de vendas!

Salemi, sorprendido, se revisó y vio que estaba totalmente cubierto de vendas, como si alguien experto en primeros auxilios lo hubiera cuidado a la perfección.

Antes de que pudiera asimilarlo del todo, se abrió la puerta de golpe y todos los niños abrazaron al payaso vendado con fuerza, haciéndole gritar de dolor.

Todos gritaron aterrados al ver la puerta: —¡La muerte!

Samael alzó la ceja, juzgándolos a todos, suspiró y dijo: —Niños, la comida está lista; vayan a la mesa y recuerden lavarse las manos.

Todos, celebrando, corrieron a lavarse las manos en el baño junto al comedor.

Salemi, preocupado, preguntó: —Señor Samael, ¿cómo está la jefa Fedora?

El vampiro cocinero observó cómo los niños se marchaban y cerró la puerta del cuarto con suavidad; quedaron solo los dos: —La señorita Fedora aún no despierta.

Has estado durmiendo más de dos semanas, Salemi.

Tardé una semana en encontrar a tus niños pero, en ese lapso, mi señorita…

no ha despertado.

La mirada de Salemi se volvió la de alguien en shock, incapaz de comprender lo que escuchaba.

Samael, intentando mantener la compostura, se sentó en la cama del payaso y preguntó: —¿Me podrías contar los detalles de lo que sucedió?

¿Cómo terminó la señorita Fedora en este estado?

Por favor, payaso, te lo pido de la forma más sincera que puedo —dijo, y su voz se quebró por la frustración—.

Dime qué pasó; ¿quién obligó a mi humana a acabar así?

Salemi estaba totalmente impactado al ver a uno de los linajes vampíricos más poderosos suplicar por información con esa voz rota.

Hubo unos segundos de silencio; el payaso recuperó la compostura y respondió: —Llegamos al lugar de administración.

Nos recibió una mujer que parecía un espectro, pero, gracias a la jefa y su actuación, pudimos convencerla de que estaba hipnotizada.

Cuando entramos, vimos al cazador de vampiros: un hombre intimidante, con un sombrero parecido al tuyo, aunque su punta era más larga hacia el frente.

Samael sintió un escalofrío recorrerle la espalda al reconocer la descripción.

Salemi continuó: —Cuando nos pidió entregar a la jefa Fedora puso una lámpara cromática que extinguía el linaje de nuestros amuletos, señor Samael.

Así que, como era el plan original, la jefa y yo nos resistimos para derrotar a los subordinados del jefe.

Fedora, con la sombrilla que hice con mi linaje, peleó como nunca vi a una humana luchar por su vida, mientras yo mantenía a raya al líder de los cazadores.

No sé qué pasó después de unos minutos: cuando estaba acorralado, de alguna forma invisible algo me mutiló ambas manos.

Miré atrás gritando, esperando que la jefa estuviera a salvo.

Le di la orden de disparar con todo lo que tuviera; me sorprendió ver que los cazadores que fueron por ella —al menos cinco hombres— estaban noqueados a los pies de la humana.

Ella gritó, cargando su brazo como si fuera un cañón ultrapotente, y lanzó un disparo extremadamente poderoso que desintegraba todo lo que tocaba.

Pensé que la forma más fácil de ayudar era abrazar al jefe de los cazadores y dañarlo mientras recibía el disparo.

Bueno…

eso drenó mucho de mi linaje, pero pensé que había funcionado.

Cuando me volteé para celebrar, vi a la jefa Fedora vomitar sangre grotescamente, como si se la hubieran destrozado por dentro.

Fue horrible.

Sin poder continuar, Salemi se llevó la mano derecha al rostro.

Samael, esforzándose en silencio, dijo de forma baja y brutal: —Continúa.

Salemi respiró profundo para recomponerse y siguió relatando, como si el vampiro le dictara las palabras: —Corrí con todas mis fuerzas a socorrer a la jefa Fedora, pero no tuve oportunidad: apenas estuve a su lado, el jefe de los cazadores salió ileso, como si la explosión no lo hubiera alcanzado, y decía cosas como “Un humano puede dejar de ser humano cuando—” Samael interrumpió y murmuró: —“—cazamos criaturas como ustedes…”— Salemi, sorprendido, preguntó de golpe, mirando a Samael: —¿Cómo lo sabía, señor?

Samael apretó el puño, intentando no explotar, y ordenó: —Sigue contándome.

El payaso, resistiendo las lágrimas, continuó: —Se burló de mi linaje; comenzó a patearme y a dispararme en la espalda mientras la jefa Fedora agonizaba susurrándome: “Perdón, por favor para, entrégame, no quiero que puedas, para por favor”, y yo la abrazaba consolándola, cubriendo todos los golpes con mi cuerpo.

Con mi propia sangre logré tapar la lámpara que bloqueaba los amuletos, y en un último intento por sobrevivir sujeté la lámpara alineada con el collar de sombras y le pedí a la jefa Fedora un último disparo.

Ella, con su último aliento, apuntó directamente y atravesó tanto el collar como la lámpara, y el resto… ya lo sabe, señor.

El cocinero, inclinado y sentado, se sujetó el rostro y dijo en silencio: —Por mi culpa casi mueren.

Casi soy el culpable otra vez de matar a alguien que amo…

otra vez, yo…

Y para colmo, ese cazador que me seguía casi los mata a todos solo por alcanzarme a mí, otra vez yo…

Salemi se levantó rápidamente, sosteniendo un dolor indescriptible, y abrazó el hombro de Samael como si consolara a un hermano: —No es cierto, señor Samael.

La jefa Fedora también quiso ayudar.

Muchas veces me consoló diciendo que recuperaría a los niños.

Ella sabía en qué se metía, pero nunca se acobardó.

Mirando a los ojos de Samael, obligándolo a devolver la mirada, añadió: —No se preocupe.

Estoy seguro de que su humana no es débil y se recuperará.

Tenemos que confiar en ella también.

Samael suspiró, se levantó y, dándole la espalda a Salemi, le dijo con voz cansada, imitando a Fedora cuando lo cuidaba: —Ni se te ocurra levantarte, payaso.

Estarás en reposo varios días.

Yo me encargaré de cuidar a los niños mientras te recuperas.

Puedes ver la televisión de este cuarto si quieres, pero no tienes permitido levantarte.

El baño está aquí al lado.

Salemi sonrió incluso cuando Samael le dio la espalda y respondió: —Gracias, señor.

Eres muy amable.

Samael cerró la puerta detrás de él.

Minutos después, en el cuarto de Fedora, Samael abrió la puerta con cuidado.

Se acercó a la humana inconsciente, la miró con una sonrisa melancólica y se inclinó junto a su cama, sujetándole la mano: —Mi señorita Fedora…

regresa pronto, por favor.

La estaré esperando, pero por favor…

regresa.

No la regañaré, se lo prometo… pero se lo suplico…

Samael comenzó a derramar lágrimas en soledad frente a su humana, frustrado; sus lágrimas humedecieron suavemente las sábanas: —Por favor…

mi Fedora…

vuelve con este estúpido vampiro…

La habitación se inundó con el llanto melancólico del poderoso vampiro, frente a la mujer que para él simbolizaba su hogar en total soledad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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