Shadow Kitchen - Capítulo 20
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20: Capitulo 1 – Un sabor amargo 20: Capitulo 1 – Un sabor amargo Ha pasado un año desde el rescate de los niños, y todos han retomado sus vidas como han podido.
Los niños de Salemi fueron beneficiados por Madam Lili gracias a un favor que Fedora le pidió, ofreciéndole a cambio su portafolio de arte, el cual la vampira aceptó gustosamente.
Gracias a eso, los niños finalmente pudieron asistir a una escuela y vivir en una casa común bajo la protección de Madam Lili.
Samael, por su parte, ha estado practicando su linaje en solitario durante las noches, aunque sin demasiados resultados.
Mientras tanto, en este año transcurrido, Fedora, decidida a no volver a caer como sucedió en el submundo, se ha impuesto una rutina de ejercicios completamente violenta para fortalecer su resistencia y su cuerpo, con el objetivo de soportar el guante con mayor eficiencia.
En la actualidad, Samael está en el departamento de Fedora cocinando el almuerzo, mientras Salemi, apoyado al lado de la cocina, inclinado cómodamente, conversa con el segador de las sombras: —Oye, Samael, ya llevamos un año conociéndonos, pero… ¿no crees que es momento de hacer algo diferente?
Me refiero a, tal vez, algún viaje, o no sé… ¿vacaciones?
Algo emocionante.
Samael, sin dejar de cocinar con sus sombras, respondió: —Tal vez en otro momento, payaso.
Por ahora solo debemos disfrutar de esta paz.
Salemi golpeó la mesa con el puño, enfrentándolo directamente: —¡Al diablo con la paz!
¿Eres tan estúpido como para no notar que algo no va bien?
Samael lo miró con hostilidad, mostrando sus pupilas vampíricas directamente hacia los ojos del payaso, notando que este ni siquiera se inmutaba.
Luego respiró hondo, se tranquilizó y siguió cocinando mientras respondía: —Hace meses que lo he notado, Salemi.
No soy estúpido, pero no podemos hacer nada al respecto.
El payaso, furioso, volvió a encararlo: —¿Y entonces qué?
¿Vamos a esperar a que secuestren a mis niños o a tu humana para hacer algo?
¡Tenemos que ser los primeros en mover las piezas del tablero, segador de las sombras, porque si no—!
El vampiro lo interrumpió con un tono sumamente serio: —Todos podrían morir por nuestra culpa.
Lo entiendo muy bien, vampiro de la felicidad.
Salemi notó algo raro en sus palabras y preguntó preocupado: —Señor Samael… no me diga que usted sigue igual de débil que hace un año.
¿No ha podido recuperar nada?
Samael negó con la cabeza sin decir palabra, dejando al payaso impactado.
—¿La jefa Fedora lo sabe?
Ella es la que más se ha esforzado para ayudarlo —dijo Salemi.
Samael, melancólico, continuó cocinando mientras narraba en voz baja: —La señorita Fedora ha sido comprensiva conmigo.
Me ha enseñado a amar de forma genuina, aunque sea torpe para su tipo de amor.
Ella siempre ha sido paciente conmigo, como yo lo soy con ella respecto a las cosas delicadas para los vampiros.
Salemi sonrió y respondió: —La jefa debe saber lo duro que es para ti depender de los demás.
Debes ser paciente, señor Samael.
Al escuchar esas palabras, el vampiro de las sombras guardó un profundo silencio, como si algo pasara por su mente.
Salemi se preocupó y se acercó con tono amable, intentando ser su amigo: —Por favor, no esté pensando en hacer algo imprudente, señor Samael.
Usted no es ese tipo de vampiro… siempre hay una forma.
Samael, mirando la hora, le pidió amablemente: —Payaso, ¿puedes ir a buscar a la señorita Fedora para almorzar?
Falta poco, y seguro está en el parque haciendo ejercicio otra vez hasta el límite.
Salemi asintió rápidamente y salió corriendo hacia el parque, que quedaba a dos cuadras del departamento.
En el parque, una joven hacía dominadas con un top deportivo y unos pantalones cortos cubiertos por una falda.
Su cuerpo mostraba unos abdominales tonificados; en su mano derecha, desnuda y llena de heridas de entrenamiento, y en la izquierda, el viejo guante de cuero.
Su cabello corto, oscuro y desordenado brillaba bajo la luz del mediodía, mientras el sudor le caía sin control por el esfuerzo.
Susurraba con cada repetición: —Mil doscientas noventa y siete… mil doscientas noventa y ocho… mil doscientas noventa y nueve… De pronto, Salemi llegó levantando polvo, con las piernas moviéndose en círculos como si fuera una caricatura de los 90, gritando: —¡¡¡Jefa!!!
¡El almuerzo está listo!
Fedora terminó la última dominada y, soltándose de la barra, respondió jadeando: —¡Mil trescientas!
Dios… ¿Samael ya hizo el almuerzo?
Así se mostraba Fedora: mucho más atlética, con un cuerpo completamente entrenado, habiendo renunciado a su antiguo cabello esponjado por un corte más corto y salvaje.
Salemi, al verla, silbó sorprendido: —Vaya, jefa… qué bien come ese vampiro… La mirada asesina de Fedora se clavó directamente en los ojos del payaso, que pensó para sí: —Hasta tienen la misma mirada asesina… Comenzaron a caminar juntos hacia el departamento mientras Fedora comentaba: —Hoy hice cien más en mi rutina.
Apenas usé el guante para recuperarme de la fatiga.
Creo que cada vez estoy más conectada con él.
Salemi, asombrado, comentó: —Entonces ya podrías usar el guante con mucha más naturalidad, ¿no?
Ahora tu cuerpo es muchísimo más fuerte que antes.
Fedora, sonriendo como una niña orgullosa, asintió: —Así es, ya podría usarlo al menos cuarenta veces.
Salemi se horrorizó al instante, negando con las manos: —¡No haga ese tipo de bromas, jefa!
Fue horrible aquella vez… todavía lo recuerdo en mis pesadillas.
Fedora, riendo, le dio una fuerte palmada en la espalda, provocando que el payaso gritara de dolor cómicamente.
Finalmente, en casa, todos disfrutaban del almuerzo.
Sin embargo, cuando Samael intentó probar su propio plato a solas, notó algo extraño.
Con el rostro en shock y preocupación en la voz, murmuró: —¿Sabe… amargo?
Mientras veía a todos disfrutar, algo dentro de él comenzó a inquietarse.
Una leve ansiedad lo recorrió mientras se tocaba la frente y susurraba para sí: —¿Mi propio linaje… me está rechazando?
¿Por qué?
¿Qué hice mal para que no me consideres digno?
Un nuevo y grave problema comenzaba a gestarse para Samael, en la total soledad de la cocina, mientras todos reían y disfrutaban de la comida.
Porque, para él, ahora era imposible disfrutar de su propio poder.
¿Y si el linaje del segador de las sombras ya no lo reconocía como tal?
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