Shadow Kitchen - Capítulo 22
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22: Capitulo 3 – Los sueños solitarios 22: Capitulo 3 – Los sueños solitarios Finalmente, con la ayuda de Samael controlando a D’Monica, entraron al departamento.
Fedora, sospechando fuertemente de la chica que acababa de invadir grotescamente su espacio personal, le susurró al oído: —Samael… ¿quién mierda es ella?
¿Por qué la trajiste en primer lugar?
¿Y por qué confías en ella como para traerla tú mismo a mi departamento?
¿Me estás engañando o algo?
El vampiro, a punto de responder las primeras preguntas, quedó confundido con las últimas.
Riendo suavemente, susurró: —Hahaha… señorita Fedora, ¿por qué entre todas las preguntas importantes que puede hacer, lo primero que se le ocurre es que le fui infiel con otra humana?
Fedora lo miró de reojo, observando a la chica que giraba por el lugar, mirando todo como si fuera un parque de diversiones, mientras Salemi intentaba controlarla antes de que rompiera algo.
—No sé… es muy bonita, y es bien darks, como tu estilo… aparte ella pare— Sin que alcanzara a terminar la frase, Samael se inclinó suavemente y le dio un beso ligero en los labios, deteniendo su inseguridad al instante.
Luego susurró con calma: —Yo también te encuentro muy intimidante, señorita mía.
No tendría por qué buscar a otra humana, ¿verdad?
Salemi y D’Monica presenciaron la escena.
El payaso quedó boquiabierto al ver al Segador de las Sombras siendo romántico, mientras D’Monica se cubría la boca, conteniendo las ganas de narrar, con los ojos llorosos de emoción como si estuviera viendo un anime romántico.
Fedora, completamente sonrojada, intentó quejarse, pero solo balbuceó sílabas sin sentido.
Samael, acariciándole el cabello con ternura, dijo con voz tranquila: —No se preocupe.
Sé lo que está pensando, pero tengo confianza en que ella es una mujer digna de fiarse.
Por eso la traje, para conversar más tranquilamente.
Sin otra opción, Fedora suspiró y asintió.
Samael se adelantó y dijo: —Muy bien.
En breve prepararé la cena, así que, por favor, siéntense y esperen con calma.
D’Monica, emocionadísima, se sentó de inmediato en el asiento del medio, sin tener idea de qué pasaría después.
Salemi y Fedora tomaron asiento a los lados, creando un silencio incómodo que duró varios segundos, hasta que Fedora decidió romperlo: —Y bien, D’Monica… ¿eres de Chile también?
D’Monica asintió rápidamente, pero se cubrió la boca, incapaz de hablar sin narrar, lo que hizo que Fedora preguntara, curiosa: —¿No puedes hablar porque narras todo lo que dices?
No hay problema, puedes intentarlo.
No me molesta.
Fedora le sonrió amablemente, intentando empatizar.
D’Monica respiró profundo y, con toda la solemnidad del mundo, respondió narrando: —La gran cazadora está fuertemente emocionada por tener finalmente la confianza de su mayor ídola, pero una gran duda entra en ella: “¿Qué decir realmente?” Podría decir algo inapropiado y manchar su reputación para siempre.
Pero, luego de tanta duda, D’Monica decide hablar directamente.
“Bueno, ya… es que me da mucha wea hablar con alguien tan pulenta pa’ mí.
Literal, hermana, tú me diste esperanza de que podría dejar de hablar como weona, pero es humillante hablar narrando todo lo que pienso y digo.
¡Y ni siquiera me gusta Pablo Neruda, po weon!” —exclamó la poderosa cazadora, muy frustrada.
Fedora, pensativa, respondió: —Ok, tengo una idea para ayudarte con eso.
Asiente o niega para hacerlo breve, ¿sí?
Si tienes que narrar todo lo que dices, ¿por qué no narras de forma resumida?
Guarda las narraciones largas para tus victorias o derrotas, como la gran cazadora que eres.
Cuando hables normalmente, usa frases cortas, solo si estás triste o feliz.
Inténtalo.
D’Monica asintió, se concentró y habló con esfuerzo: —Pensativamente… comprende lo que trata de comunicar… y dice finalmente: “¿Sería algo… como esto?” —exclamó confundida, esforzándose.
Salemi y Fedora se asombraron, aplaudiendo al mismo tiempo.
El primero en felicitarla fue el payaso: —¡Hey!
¡Lo lograste!
¡Hablaste resumidamente!
¡Muy bien hecho!
Fedora continuó entusiasmada: —¿Ves que sí podías?
¡Te salió la raja!
D’Monica, en silencio, sollozó, sonriendo emocionada por su logro.
Finalmente, Fedora preguntó con más calma, ya en confianza: —Bueno, cuéntanos más de ti.
¿Cómo terminaste en ese estado?
¿Te metiste con un vampiro equivocado?
¿Qué sucedió?
Al instante, la mirada alegre de D’Monica se apagó.
Miró la mesa con expresión melancólica y narró: —Humillantemente, cuenta su propia historia.
“Algo así fue… Mis padres me abandonaron, probablemente porque era una carga.
Quedé sola en casa, con todos los gastos pagados, porque soy hija de billonarios.
Pero ¿de qué sirve el dinero si estás sola?
Empecé a buscar algo interesante por internet, alguna señal de qué hacer, hasta que un usuario en un foro me preguntó si ‘estaba sola’.
Le dije que sí, porque nadie sería tan idiota como para meterse con una hija de billonarios.
De un momento a otro, toda la luz se apagó, perdí la conciencia… y terminé así.
Tal vez fue culpa de mi ingenuidad, pero juré que me vengaría y regresaría a la normalidad.
Entrené física, mental y espiritualmente para cazar al maldito conchesumadre que me engañó.
Desde entonces, he jurado combatir a cualquier vampiro que se cruce conmigo.
No soy inmortal… pero solo deseo recuperar mi sueño.” —exclamó nostálgica.
Salemi, intrigado, preguntó: —¿Cuál era tu sueño?
D’Monica lo miró detenidamente y, en lugar de responder, se inclinó y susurró algo al oído de Fedora, como si fuera un secreto entre chicas.
Fedora abrió los ojos, sorprendida, y luego la abrazó con fuerza.
—Te lo prometo, te ayudaremos a recuperar ese sueño.
Puedes confiar en mí, y en todos aquí.
Lo haremos.
Salemi, aún confundido, no entendía lo que pasaba.
En ese momento, Samael regresó con la cena, diciendo: —Hoy preparé algo especial para nuestra invitada.
Según cierta persona, esta comida es tradicional chilena.
Espero que les guste: cazuela de carne de vaca, ensalada de cebolla con tomate y, de postre, duraznos en almíbar con crema de leche.
Es simple, pero no subestimen la potencia de estos platos.
Buen apetito.
Fedora, emocionada, preguntó: —¿Tú comerás también, Samael?
Salemi se tensó, mirando al vampiro, pero él negó con calma.
—No se preocupe por mí.
Comeré más tarde, señorita Fedora.
Ella, algo triste, asintió con una sonrisa.
Comenzaron a comer.
D’Monica, al principio dudosa, tomó un poco del caldo de la cazuela y lo probó lentamente.
En ese momento recordó sus propias palabras: —“Cuando sea grande, tendré una mejor familia que la mía y los cuidaré a todos” —recordó entre lágrimas, comiendo en silencio mientras lloraba desconsoladamente.
Cuando llegó la noche, Fedora preguntó preocupada: —Samaelito… ¿dónde podemos dejar dormir a D’Monica?
Aquí ya casi no tenemos espacio.
Mientras el vampiro pensaba, Salemi levantó la mano, proponiendo: —¿Y si se queda en mi casa?
Tenemos varias habitaciones libres con mis muchachos.
Samael dudó.
—Pero puede que a D’Monica no le agrade estar con— Antes de que terminara, Fedora le tapó la boca con una sonrisa exagerada.
—¡Sí!
¡Es una excelente idea!
¡Le encantará, estoy segura!
Samael quedó confundido, pero ella le guiñó un ojo, como si fuera un secreto entre ambos.
D’Monica, sin entender del todo, asintió y salió junto a Salemi rumbo a su casa.
Ya tarde, Salemi llegó a su modesta vivienda de dos pisos, en un barrio de clase media.
Su hogar tenía un pequeño jardín con letreros que llevaban el nombre de cada uno de sus niños.
Riéndose suavemente, comentó: —Sé que se ve raro eso, pero mis chicos están aprendiendo a cultivar por sí mismos.
Les ayudé un poco.
Pronto saldrán las primeras hojas, o eso esperamos.
Abrió la puerta con su llave.
Dentro, solo un niño estaba despierto: Haru, que cargaba unas sábanas rumbo al segundo piso.
Al verlos entrar, preguntó con inocencia: —¿Quién es ella, señor payaso?
Salemi sonrió y le dio unas palmadas en el hombro a D’Monica.
—Es una amiga que se quedará con nosotros un tiempo.
¿Podrías mostrarle un cuarto vacío?
Creo que hay varios libres para invitados.
El niño asintió.
—Venga conmigo, señorita.
Por acá está su habitación.
D’Monica, aún confundida por todo, siguió al chico hasta una habitación con cama, armario y una hermosa vista de la ciudad.
El niño, antes de irse, dijo con educación: —Cualquier cosa, búsqueme a mí o al señor payaso.
¡Descanse, señorita!
La cazadora quedó sola, observando la habitación y reflexionando en silencio.
—Pensativamente… la cazadora se pregunta en qué demonios se acaba de meter… y qué será de su nueva vida a partir de ahora.
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