Shadow Kitchen - Capítulo 29
- Inicio
- Todas las novelas
- Shadow Kitchen
- Capítulo 29 - 29 Capitulo 10 - El grito de los muertos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: Capitulo 10 – El grito de los muertos 29: Capitulo 10 – El grito de los muertos Samael ha estado escuchando durante días los gritos de agonía del joven vampiro, siendo golpeado por el cazador que los capturó.
Hora tras hora podía verlo y escucharlo pedir ayuda sin parar, llorar por su madre, gritarle a cualquier dios, desear que todo fuera un sueño, mientras cada vez era golpeado, dejado descansar unas horas y luego vuelto a torturar, como si fuera un cerdo en un matadero cruel y sangriento.
El cazador no había tocado en ningún momento a Samael, como si lo mantuviera en perfecto estado solo para que contemplara toda esa escena sanguinaria frente a sus ojos, por alguna razón que el propio vampiro desconocía.
Esa incertidumbre le daba una incomodidad grotesca al no saber qué estaba planeando ese hombre.
Mientras veía cómo al joven le arrancaban las uñas —regenerándose de inmediato—, cómo le sacaban los dientes con un doblador de alambres, o incluso cómo le extraían un ojo con una cuchara, haciéndolo rugir horriblemente de dolor frente al segador, Samael comenzaba a dudar qué era lo que realmente sentía el hombre.
Entonces el cazador le pregunta a Samael: —Quiero creer que ahora estás sintiendo algo extraño al ver a este vampiro, ¿verdad?
Samael, en silencio, lo mira sin responder, como si supiera que quiere manipularlo.
Eso provoca una sonrisa en el cazador, que se responde a sí mismo: —Déjame confirmarlo, Samael… Este vampiro… es una descendencia vampírica.
El segador de las sombras queda totalmente en shock, incapaz de procesar lo que acaba de escuchar.
Él sabe perfectamente que jamás ha tenido descendencia vampírica, porque nunca ha querido forzar a un humano a pasar por el infierno que él mismo ha vivido.
En estos cientos de años jamás ha querido siquiera intentarlo.
Pero ahora se siente estrujado en su propia decisión, obligado a aceptar que, a la fuerza, tiene un pupilo al que debería proteger: un hijo de su linaje.
Contra su voluntad, habla, impactado, hacia el cazador: —¿Por qué…?
¿Por qué llegas a hacer esto?
¿Por qué fuerzas a un humano inocente a ser vampiro?
¿Por qué tengo que ser yo el que arrastre a este humano inocente?
Al escucharlo, el cazador no puede contener la risa, sujetándose el rostro como si hubiera oído el mejor chiste en años.
Acerca la silla hasta quedar frente a Samael y pregunta, serio: —¿Sigues preguntándotelo?
¿Acaso ya no recuerdas mi nombre real?
Samael, haciendo un esfuerzo por recordar, responde aterrorizado: —Cristofer… Pero si habías muerto… Eras un anciano cuando esa bomba explotó.
El cazador aplaude apasionadamente, felicitando al vampiro, y sentado elegantemente frente a él, responde a sus dudas: —Así es.
Te he perseguido desde la Primera Guerra Mundial, y hasta el final de la Segunda en Japón, desde que cayó esa bomba frente a mí.
El vampiro, aterrorizado, intenta forzar las ataduras, como si su instinto más primitivo le gritara que huyera por su vida.
Empieza a gritar: —¡No puede ser!
¡No debe ser posible!
¡Un humano no puede ser capaz de usar eso!
¿Por qué el vampiro del tiempo te eligió a ti?
¡No tiene sentido en absoluto!
Cristofer, algo fatigado por la reacción de Samael, responde con calma: —Recapitulemos todas nuestras aventuras juntos, amiguito chupa-sombras… Primero fue cuando me llamaron para defender mi país en la Primera Guerra Mundial, en Rusia.
Mis compañeros y yo estábamos defendiendo nuestra base como podíamos, con varas afiladas, piedras, algunos disparos que nos sobraban… Todo era un verdadero infierno, hasta que escuché que enviaban tropas inglesas hacia nosotros.
Estábamos felices, porque creíamos que tendríamos aliados.
Pero ahí fue donde nos conocimos.
Tú apareciste con tu estúpido traje oscuro y tu sombrero, y nadie podía verte excepto yo.
Me llamaron loco, pero tú me mirabas de forma agria y fría, como si despreciaras mi existencia.
Samael intenta negociar: —Era demasiado inexperto, Cristofer.
Debes entender que la mentalidad humana y vampírica funcionan diferente.
Al escuchar las súplicas del segador, Cristofer se levanta de golpe de la silla y le asesta un puñetazo brutal en el rostro, arrojándolo al suelo junto con la silla, aún atado.
Le grita en la cara: —¿¡Y ACASO ESO LO ENTENDIÓ ALGUNO DE MIS COMPAÑEROS CUANDO LES ARRANCASTE SUS SOMBRAS EN SUS MALDITAS CARAS!!?
¿ACASO ESO LOS TRAERÁ DE VUELTA?
¿ACASO ESO LOS AYUDARÁ A REGRESAR CON SUS FAMILIAS?
¿SABES LO DOLOROSO QUE ES DECIRLE A LA HIJA DE UN AMIGO QUE SU PADRE NO VOLVERÁ?
Samael, dándose cuenta de las atrocidades que cometió sin tomarles importancia en el pasado, comienza a llorar, culpable: —No fue mi intención… De verdad no tenía idea de lo que había hecho… El cazador lo golpea una y otra vez, sin parar, mientras le grita, llorando de ira y años de frustración acumulada: —YO LO RECUERDO MUY BIEN, SAMAEL.
RECUERDO CÓMO, EN PLENA GUERRA, ELLOS NOS DEFENDÍAN.
ELLOS ESTABAN BATALLANDO POR SUS VIDAS, Y TÚ LES ARRANCASTE SUS SOMBRAS EN MEDIO DEL CAMPO, PORQUE TE PARECIÓ GRACIOSO.
POR CULPA DE TU MALDITO PODER, SE ARRODILLARON SIN PODER SOSTENER SU ARMA, SIN PODER ESCONDERSE, Y EN UN INSTANTE UNA BALA LES ATRAVESÓ LA CABEZA.
SU CEREBRO SALIÓ POR EL MISMO AGUJERO POR EL QUE ENTRÓ LA MALDITA BALA.
¿POR QUÉ, MALDITA SEA?
¿POR QUÉ NO PUDISTE ESPERAR?
¿EN QUÉ MIERDA ESTABAS PENSANDO, ESTÚPIDO VAMPIRO?
Samael, golpeado y sin poder regenerarse bien, responde debilitado: —Los… vampiros con linaje… Cuando nuestra mente es 100% compatible con ese linaje… nos volvemos marionetas de nuestro poder.
Yo… no recuerdo qué pensaba durante esos cientos de años, hasta hace unas décadas, que recuperé el control… De verdad… perdóname… Furioso, Cristofer grita mientras saca su ballesta y apunta al joven vampiro casi inconsciente a su lado, colocando el virote directo en su cabeza: —Quieres que te perdone, ¿verdad?
Está bien, podría considerarlo… ¡pero parte de tus pecados los pagará tu descendencia!
Samael, intentando salvar al muchacho, grita con dificultad: —¡Cristofer, espera!
¡Él no tiene la culpa!
Pero el disparo suena sin piedad, lanzando el cuerpo del joven al suelo, sin vida.
Mientras yace allí, comienza a desintegrarse lentamente en cenizas.
El cazador, serio, comenta: —Es curioso que ustedes, los vampiros, no se pudran.
Al morir, solo se vuelven cenizas… Entonces, Samael, ¿qué piensas ahora al ver a tu primera descendencia morir?
¿Qué sientes al ver por primera vez tu propia sangre desintegrarse delante de tus ojos?
El vampiro, melancólico, pregunta: —¿Ese chico tenía familia?
¿Iba a la escuela?
¿Se… alimentaba bien?
¿Cuál era su comida favorita?
De seguro le hubiera gustado conocer a la señorita Fedora… Me pregunto si le habría gustado la cocina como a mí… o algún otro arte tabú para los vampiros… El cazador, por un instante serio, como si quisiera respetar la memoria del joven asesinado, se arrodilla en cuclillas frente a Samael y pregunta: —¿Te estás dedicando a la cocina, vampiro?
¿Por qué lo haces?
El vampiro, sonriendo con la mirada muerta, responde: —Porque es lo único que me hace sentir más humano.
La sonrisa que ves cuando prueban algo que hiciste con tus propias manos… es hermosa.
Cristofer guarda la ballesta en su espalda y le advierte: —Sabes que tendrás un peor destino que ese joven, que era tu hijo, ¿verdad?
Samael asiente lentamente.
El cazador lo levanta del suelo con todo y la silla, volviendo a dejarlo de pie mientras dice: —Te estuve buscando por años.
Incluso durante la Segunda Guerra Mundial supe que estabas en Japón, como si supieras que algo iba a ocurrir.
Yo solo quería vengar a las familias que segaste cruelmente.
Tampoco soy “el villano”, vampiro… pero, sin importar lo que supliques, sin importar lo que muestres, o lo que digan de ti… Dando la espalda a Samael, concluye, serio: —Nada te va a librar de sentir el dolor que tú mismo causaste.
Ya viste morir a alguien que apenas conocías de tu familia… He preparado aún más cosas para estas horas, Samael.
Mientras se escuchan crujidos de huesos rompiéndose, gritos desgarradores del cocinero resistiendo cada tortura como si fuera la última, un alma invisible para todos se aleja del lugar, flotando en forma de una pequeña esfera pura y celeste.
Esa alma, perteneciente al joven asesinado, vaga buscando a alguien, como si su legado inmaduro —que no alcanzó a desarrollarse— estuviera tratando de encontrar a una persona conectada a él para pedir ayuda.
Sin descanso flota entre callejones, calles, entre personas, sin resultado… hasta que, en un agujero de mala muerte donde ni los perros quieren entrar, encuentra a un vagabundo tirado en el suelo, abrazando una manta muy sucia, gris, con un diseño viejo de flores.
El alma titila frente a ese hombre; él, aun sabiendo de su presencia, gruñe con una voz muy familiar, negándose: —Déjame en paz… El alma golpea suavemente el rostro del hombre, revelando parte de su cabello rojizo carmesí.
El vagabundo se enfurece y grita: —¡Está bien!
¿Qué mierda quieres, estúpida alma?
El alma flota a su alrededor, como si diera pequeños saltos, y le susurra en un idioma que solo ese hombre puede entender.
Poco a poco, los ojos del vagabundo, ocultos bajo la manta manchada, se iluminan en un celeste brillante.
Se incorpora con dificultad y responde al alma: —Gracias por avisarme, jovencito… No te preocupes, tu tío se hará cargo desde ahora.
Puedes usarme como descanso eterno si lo deseas.
Luego me encargaré de tus asuntos pendientes.
El vagabundo comienza a caminar hacia la salida del submundo, lentamente, como si apenas tuviera fuerzas para moverse, mientras el alma entra en su cuerpo y finalmente descansa.
Con dolor y esfuerzo, empieza a subir las escaleras que conectan el submundo con el mundo exterior, como si deseara algo más además de cumplir la petición del alma que ahora reposa en él.
Al llegar a la luz del amanecer, susurra: —Está bien… Recuerdo que mencionó a alguien llamada Fedora… ¿Alguna de ustedes, almas, la conoce?
Las almas invisibles para todos en la calle comienzan a aparecer como luciérnagas, señalándole el camino.
Algunas lo guían.
El hombre avanza con dificultad hasta el parque donde están entrenando Fedora y D’Monica.
La humana está completamente exhausta, rodeada de muchos frascos vacíos, como si hubiera estado tomando algo durante horas.
El vagabundo se detiene frente al parque y, con una voz juvenil pero gastada, pregunta: —¿Quién de ustedes es Fedora?
Al instante, ambas lo apuntan hostilmente, pero el vagabundo no muestra miedo alguno, como si la muerte fuera casi una bendición.
Esa reacción hace dudar a las dos sobre sus intenciones, y Fedora es la primera en responder: —Soy yo.
¿Quién eres y por qué me buscas?
El vagabundo se quita la manta de la cabeza y deja ver a un joven de cabello largo rojizo, rostro descuidado, una pequeña barba mal afeitada.
Responde: —Me llamo Henry, y vengo a petición del hijo asesinado de Samael.
Fedora, impactada, retrocede un paso, totalmente aterrorizada: —¡¿Eres el hermano menor de Samael?!
¿¡Y Samael tenía un hijo!?
¿¡Qué sucedió!?
Henry, muy demacrado, con el rostro apagado y el cuerpo delgado, responde: —Samael está siendo torturado ahora mismo por un cazador que quiere asesinarlo.
Según me contó el humano que fue obligado a beber su sangre, se convirtió en hijo de Samael solo para ser asesinado frente a él.
No le quedan muchas horas de vida si nadie va a rescatarlo.
Fedora mira a D’Monica, como buscando su aprobación.
La cazadora, seria, guarda silencio; con la boca sangrando de nuevo, dice: —Adelante.
Estás lista, hermana.
La humana, totalmente determinada a salvar al vampiro que una vez salvó su vida, mira a Henry a los ojos y dice: —Dime dónde se encuentra.
Iremos por él.
Henry toma la mano de Fedora, otorgándole temporalmente el don de ver las almas, y habla con una de ellas: —Llévalas a donde te indiquen.
Tú conoces el camino de ese amigo tuyo, ¿no?
Luego suelta la mano de Fedora y comienza a marcharse.
Ella, sin entender el actuar de Henry, le pregunta en voz alta: —¡Henry, espera!
¿Por qué no llamas tú a Samael, tu propio hermano?
¿Por qué eres tan frío con él?
El melancólico responde: —Cuando me despojó de mi linaje, me dijo que dejara de considerarme su sangre o me mataría.
Es mi penitencia por todo el daño que le causé, y estoy dispuesto a pagar el precio.
Antes de que desaparezca del todo, Fedora dice, triste: —Por favor… cuando todo esto termine, habla con Samael.
Él estaría feliz de hablar con su hermano.
Henry se detiene un momento.
Se vuelve hacia la humana y sonríe con nostalgia.
Después de décadas de crueldad y venganzas insensatas, responde sinceramente: —Está bien.
Luego hablaré con Samael.
Por favor, salva a ese tonto egocéntrico para que pueda hablar con él después.
Fedora asiente, y finalmente él desaparece frente a ellas.
D’Monica señala la casa de Salemi, a unas cuadras, y Fedora comprende su intención.
Responde de inmediato: —Sí.
Necesitaremos la ayuda del payaso si todo se descontrola.
Vamos, amiga.
Ambas echan a correr a toda velocidad en busca de Salemi, dando inicio al rescate de Samael.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com