Shadow Kitchen - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capitulo 12 - Agonia Dolor y Gritos
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31: Capitulo 12 – Agonia , Dolor y Gritos 31: Capitulo 12 – Agonia , Dolor y Gritos Los tres protagonistas de lo que parecía ser un rescate ante una entidad totalmente nueva y desconocida se paralizaron al ver a la criatura hambrienta que gruñía sin moverse frente a ellos.
Observaba a sus próximas presas como si jugara con su comida, extremadamente confiada, aceptando que nadie podría detenerla.
La primera en hablar es Fedora, que susurra: —Escúchenme atentamente… Samael odiaría asesinar gente inocente, así que esa será nuestra gran prioridad.
La segunda prioridad es noquear a esa cosa gigante… ¿tienen alguna idea?
D’Monica, esforzándose por no sucumbir al pánico, responde narrando en susurros: —La cazadora responde rápidamente: “Usualmente los animales tienen corazas en el lugar que más necesitan proteger… así que parece ser que su punto débil no es la cabeza; ese cráneo se ve demasiado resistente…”, exclamó la cazadora.
Salemi, sonriendo de puro pánico, tiritando, dice: —Yo… estaré cubriéndolas desde atrás… No vamos a morir, ¿verdad, chicas?
Fedora recuerda el día en que Samael le dio la espalda y siente de nuevo el dolor en el estómago del golpe directo que le propinó.
Se acaricia el vientre, seria, y da un paso al frente, decidida: —No moriremos, payaso.
Yo y D’Monica estamos aquí, ¿verdad, maestra?
La cazadora, asombrada por la fortaleza mental y espiritual que Fedora ha cosechado en tan poco tiempo, sonríe y acepta, avanzando junto a su pupila y amiga.
Cuando ambas fijan la mirada en el sabueso, este gruñe como desafiándolas a dar el primer golpe.
D’Monica ataca primero: salta por debajo de la mandíbula del monstruo y patea el mentón con violencia.
La cabeza del canino apenas se mueve, como si solo hubiera sentido un rasguño.
En el contraataque, una velocidad antinatural —sombras que desafían la lógica, como una ilusión de retardo— le permite atrapar la pierna de D’Monica y zarandearla con la boca, arrojándola como basura contra una casa vieja.
Los gritos de dolor resuenan en el impacto.
Fedora entiende, al ver a su maestra tratada como nada en el primer intercambio, y sin pensarlo corre de frente al sabueso.
En un destello de su entrenamiento, oye las palabras de D’Monica: —“Tu cuerpo está en constante mejora si lo sometes a suficiente sufrimiento.
El cuerpo humano fue hecho para mejorar por cada caída, por cada borde de muerte.
Ahora podrías pelear e incluso sobrepasarme si tienes la suficiente imaginación… y poca cordura.” El guante brilla en tono anaranjado.
Fedora carga su puño con fuego; salta y, golpeando el aire con todas sus fuerzas, emite un pilar ígneo que la impulsa hacia el cráneo del sabueso.
Impacta el mentón en una explosión mientras grita, totalmente determinada: —¡Hado Shoryuken!
El sabueso gira por completo y cae a unos metros.
Fedora aterriza frente a él con fuego aún en la mano, orgullosa del golpe… pero no hay tiempo para celebrar: sombras brotan bajo el monstruo, y este “se sumerge” en ellas para embestir como un tiburón sombrío.
Fedora retrocede a toda velocidad.
La embestida avanza como un nado subterráneo de sombras pobladas de alaridos, queriendo romper a su presa física y espiritualmente.
Fedora salta hacia atrás una y otra vez y grita: —¡Salemi!
¡Saca a todos de aquí lo más rápido que puedas!
¡Esto está fuera de nuestro control!
¡Haz algo, pero ahora ya!
Pensando en pleno pánico, a Salemi se le cruza una idea.
Junta las manos con esfuerzo, crea una pelota de goma y, compactándola al máximo, la lanza al cielo: la pelota estalla y libera una enorme carpa de circo que cubre gran parte del perímetro.
Mientras se cierra, grita: —¡Jefecita!
¡D’Monica!
¡Yo me encargo de los civiles!
¡Por favor, no mueran!
Fedora esboza una sonrisa.
Mira hacia la casa destruida en la que cayó su maestra, justo cuando una estaca enorme de madera atraviesa la sombra que la perseguía.
De los escombros emerge D’Monica, ilesa, con un frasco en la mano.
Fedora, en la crisis, recuerda sus palabras: —“Estos frascos sanan cualquier herida mortal o maldición, pero son extremadamente caros.
Yo, por suerte, tengo miles; incluso en mis dientes tengo suministros injertados.” La cazadora sale disparada, sujeta la sombra clavada y pronuncia en lengua extraña: —Ghat Thu Jha Khi Pol Yut… La criatura aúlla de dolor, como si las palabras le quemaran.
Fedora intenta sujetar la cabeza del sabueso con sus manos para ayudar a su maestra a completar el conjuro, pero la bestia les supera en fuerza.
Sus sombras burbujean y, en un instante, lanza una andanada de púas umbrías como un erizo erguido.
Ambas se apartan por un pelo.
El sabueso, al segundo, se lanza directo contra D’Monica y la corta con sus garras.
Fedora aprovecha la distracción para intentar otro golpe al cráneo, pero el monstruo ya “aprendió” su patrón: muerde el brazo de Fedora y la azota contra el suelo como un trapo viejo.
Su mirada se desorbita por el impacto; la remacha contra el piso con la pata, dejándola moribunda.
Las dos yacen inmóviles.
El sabueso no avanza: su instinto le exige no bajar la guardia.
Ve cómo ambas se incorporan lentamente.
D’Monica ríe con sarcasmo y grita: —¡Oye, Fedo!
Hahaha… Te dije que sería “divertido” estar al borde de la muerte una y otra vez, ¿no?
No te asesinó, ¿verdad?
¡Hahaha!
Fedora se pone en pie con calma, se sacude el polvo y responde: —Tu entrenamiento era peor que esto, lunática… ¿Lista para el “Round 2”?
Ya calenté.
El cuerpo de D’Monica empieza a pudrirse, pero ella muerde sus propios dientes-cápsula y se regenera a gran velocidad.
Un líquido verde fluye de su boca; se limpia el exceso con el dorso de la mano y mira fijamente a Fedora.
La artista le devuelve la mirada, como si coordinaran un plan en silencio, asienten y cargan contra el sabueso.
Este alza las patas delanteras y golpea el suelo: surgen enormes estacas de sombras.
Ellas las esquivan con acrobacias sincronizadas y se dividen.
D’Monica se coloca debajo del monstruo y, de un solo golpe, le levanta el estómago unos metros.
Fedora, sujetando el cuello, lo dobla y lo estrella de espaldas contra el piso en un suplex colosal.
El sabueso, furioso, convoca sombras desde ambos extremos de la calle, creando un tsunami que lo engulle todo.
La carpa de Salemi apenas aguanta el empuje.
Fuera de la lona, el payaso refuerza la estructura a costa de su linaje: su boca sangra, su rostro se tizna de rojo; se arrodilla por el cansancio mientras reconstruye, una y otra vez, lo que las sombras desgarran adentro.
A su alrededor, los vecinos terminan de evacuar.
Salemi siente cómo el linaje vuelve a drenarse y, en su lengua natal, reza: —Ti prego, Padre Celeste… proteggi le tue figlie… Ti prego… Dentro, las dos mujeres “nadan” en la marea oscura que devora su cordura.
Pelean sumergidas, pateando y golpeando al coloso con todo lo que les queda.
Sus límites humanos ceden: pierden el conocimiento casi al mismo tiempo.
Las sombras regresan al can infernal; D’Monica queda inconsciente en el suelo; Fedora, postrada sobre escombros, apenas consciente.
A simple vista, el sabueso ha ganado.
Fedora mira el escenario desolado.
Otra vez, sus fuerzas no alcanzan a ese vampiro que la arrastró hasta aquí.
Vuelve la cabeza: su maestra aún respira, intentando levantarse.
Con la mano, tantea apoyo y toca algo.
Alza la vista con esfuerzo: es el segundo guante, el que originalmente pertenecía a Samael.
Sonríe y susurra, exhausta: —¿Incluso aquí… intentas ayudarme, vampiro bonito…?
Con dolor, se coloca ambos guantes.
Siente su humanidad tambalear: deseos salvajes, inéditos, la atraviesan.
La fatiga la parte en dos.
Junta las manos, apuntando al cráneo como si fueran un arma única, y susurra: —Margaret… tu hijo te necesita… Déjame a mí sola con esto… Él… te necesita.
Dispara una última bala de poder y, por fin, se desploma.
El proyectil vuela y golpea el cráneo, forcejeando contra el blindaje hasta que logra penetrarlo.
Dentro de la cabeza, solo hay oscuridad absoluta: ninguna luz, ni siquiera sonido.
Solo los sollozos de un hombre que murmura: —Siempre es lo mismo… siempre es igual…
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