Shadow Kitchen - Capítulo 32
- Inicio
- Todas las novelas
- Shadow Kitchen
- Capítulo 32 - 32 Capitulo 13 - Alas quemadas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
32: Capitulo 13 – Alas quemadas 32: Capitulo 13 – Alas quemadas En las memorias más profundas de aquel hombre sumergido en la oscuridad envolvente, recordaba los años en que aún no era un vampiro; un tiempo en que tenía familia y un pequeño hermano.
Su familia no era perfecta: su padre a veces se equivocaba, su madre lo regañaba, discutían… pero nunca se golpearon ni maltrataron.
Siempre terminaban en abrazos, risas o juegos, mientras él y su hermano menor observaban felices, disfrutando de su propia familia.
Pero, con solo un pestañeo, la memoria se acelera hacia los meses posteriores, cuando su padre y su madre hablaban preocupados a escondidas en su habitación.
El padre susurraba: —Tenemos que irnos pronto, no tardarán en buscarme.
La madre lo consolaba, respondiendo: —Tranquilo, estaremos bien.
Encontraremos una solución.
Lo que no sabía, hasta el día del suceso, era que su padre había acusado genuinamente a su capataz de romper la ley… y aquel capataz puso precio a su cabeza por traidor.
Un día nublado y oscuro, la familia preparaba sus maletas para huir.
Pero su hermano pequeño se atrasó, preocupándolo.
El joven fue a buscarlo mientras sus padres esperaban impacientes.
Les aseguró que volvería pronto.
Encontró a su hermano llorando porque había perdido su osito y no quería irse sin él.
Tardó algunos minutos en buscarlo.
Cuando al fin lo halló, unos disparos resonaron.
El joven quedó paralizado, con la mirada perdida en el terror absoluto y silencioso.
Contuvo el llanto para no preocupar a su hermano, que le preguntó con inocencia: —Hermanito… ¿pasó algo?
Él, sonriendo con lágrimas contenidas, negó con esfuerzo: —No sucede nada, Henry.
Espérame aquí y no salgas hasta que vuelva, ¿está bien?
Al salir, vio los cadáveres de sus padres, sumergidos en un charco de sangre, uno sobre el otro, como si hubieran intentado protegerse.
Habían fracasado… y perdido la vida.
El joven se quedó mirándolos en silencio unos largos minutos, en un luto inmóvil, sin saber qué hacer.
Las memorias avanzan: ahora el joven, ya nombrado Vampiro Samael, vivía junto a su hermano Vampiro Henry bajo el cuidado de una mujer despreocupada llamada Margaret, que les cocinaba y decía: —Deben comportarse ahora que son vampiros.
Un vampiro siempre debe pensar antes de actuar.
Eso nos hace superiores a los humanos, que solo obedecen su instinto.
Samael asiente, mientras Henry niega, molesto: —Solo demostramos que somos superiores antes de que actúen, y será su fin.
No es la gran cosa.
Samael mira a su hermano, pero un leve dolor punzante atraviesa su cabeza.
Escucha la voz de Margaret, como un eco borroso: —Samaelito… despiér-ta… abre los o-jos… Pero él lo ignora y sigue viendo los recuerdos.
Ve el momento en que logró poner su espada de sombras en el cuello de su maestra, derrotada en el suelo.
Ella, sonriendo orgullosa, le dice: —Excelente… acabas de superar a tu maestra.
Ya puedes cocinar, Samaelito.
El joven sonríe, con lágrimas de emoción.
Pero un parpadeo más tarde, la memoria se distorsiona: su maestra y figura materna es apuñalada cruelmente por la espalda con un mandoble espectral… por su propio hermano, que ríe de forma burlesca.
Las memorias avanzan más: Samael ve a una hermosa mujer noble en las calles.
Intenta ignorarla, pero sus miradas se cruzan, y siente algo extraño en el pecho por primera vez.
Meses después, ambos están acostados en un campo de flores, a las afueras de la ciudad.
Ella le pregunta: —Samael… ¿tú me amas?
Él sonríe y responde mirándola: —Claro que te amo… más que a mi propia existencia.
Ella toma sus frías manos y le dice: —Debes amarte también a ti.
Es difícil, pero debes hacerlo, ¿sí?
Samael sonríe, se abalanza sobre ella y la besa apasionadamente bajo el cielo florido.
Pero la memoria salta, y ahora ve su propio brazo atravesando el pecho ensangrentado de esa mujer.
Ella le sonríe dulcemente, susurrando: —No te preocupes, mi vampirito bonito… nos volveremos a ver… Y muere en sus brazos mientras él grita, llorando desconsolado.
Una voz retumba en su mente: —¡¡Samaelito!!
¡¡Detente!!
¡¡Aún nada acaba!!
¡¡Abre los ojos!!
¡¡No mires mentiras!!
Samael está a punto de ver las últimas memorias de Fedora, pero estas se corrompen, viéndola ensangrentada una y otra vez, hasta que por fin abre los ojos.
Frente a él, en la oscuridad viscosa que lo aprisiona, aparece una mujer de abrigo de piel y pantalones de tela: Madam Margaret.
Ella sonríe, agachándose a su nivel: —Mi niño… lo lograste.
Pudiste abrir los ojos.
Samael, negando con la cabeza, responde débilmente: —Es imposible… mi maestra está muerta… todos… están muer— Ella lo sacude por los hombros, gritando con fuerza: —¡No es cierto!
¡Nadie está muerto aún!
¡Ellos te están esperando!
¡Te necesitan, Samael!
¡Están arriesgándolo todo para salvarte!
El vampiro, llorando, replica con amargura: —¿Para qué quieres que siga?
Sin importar lo que intente, nada cambia.
Los humanos siguen igual, los vampiros igual… Los cazadores jamás nos perdonarán.
Todo es inútil.
No importa lo que haga ni lo que cocine… Nada sirve.
Todo es lo mismo.
Te mataron por mi culpa.
Mataron a mis padres por mi culpa.
Mataron a mi amada… y también a la señorita Fedora… Margaret lo abraza con fuerza, aun cuando la oscuridad comienza a quemarla.
Ignora el dolor, solo deseando acompañar a su hijo: —Mi niño… debes abrir los ojos.
Mira a través de mí… Samael intenta concentrarse, y ve lo que ella le muestra: D’Monica, esforzándose por levantarse frente al sabueso; Salemi, conteniendo con todo su poder la carpa de circo; y finalmente, Fedora, con medio cuerpo vampírico, uñas convertidas en garras, el ojo derecho transformado y un colmillo sobresaliendo, levantándose negándose a caer.
Margaret continúa: —Esa humana me envió expulsándome desde mis guantes para despertarte.
¿Sabes el peligro que corre una humana sin guía en un artefacto vampírico?
Y aun así, lo hizo para traerte de vuelta.
Mira a todos… Una cazadora ayudando a un vampiro.
Un vampiro ayudando a humanos.
Y una humana renunciando poco a poco a su humanidad para salvarte.
¿No es este el cambio que deseabas?
Samael, incrédulo, susurra: —¿Todos… regresaron por mí?
Margaret se aleja, sonriendo con ternura maternal: —Has luchado muchas décadas solo.
Nadie se ha preocupado por ti más que tú mismo.
¿No es hora de que confíes en ellos?
Vamos, te ayudaré una última vez.
Será mi regalo final… para que puedas ser un verdadero adulto vampírico.
Samael, sollozando, pregunta: —Maestra… ¿te decepcioné?
¿Fui demasiado débil?
Ella se acerca y le da un beso en la frente: —Eres el más fuerte de todos mis hijos.
Claro que no eres débil.
Todos caemos a veces… pero una buena compañía nunca hace mal, ¿verdad?
Se prepara, estirando su cuerpo como si calentara para un combate.
—No nos volveremos a ver, Samaelito.
Esta será la última vez que hablemos.
Asegúrate de cuidar tu eternidad y disfrutarla.
Yo ya he vivido demasiado, así que no llores por mí.
Demuestra desde hoy cuánto puedes cambiar el mundo con tu cocina, gran Cocinero de Sombras.
Samael asiente.
Ella atraviesa ferozmente las sombras, saliendo del cráneo del sabueso y regresando hacia Fedora.
En su mente le dice: —Ok, niña.
Solo tienes una oportunidad.
Samael está despierto, pero debes darle el golpe más fuerte que tengas para despertarlo por completo.
Tu objetivo: ¡hacer pedazos ese cráneo!
¿Tienes un “SUPER ATAQUE ESPECIAL” para eso?
Fedora, riendo con esfuerzo mientras controla su instinto vampírico, asiente: —Sí… tengo uno perfecto.
Margaret, satisfecha, comienza a desvanecerse por todo el linaje que usó para salvar a ambos: —Entonces te encargo todo desde ahora en adelante.
Mi linaje, desde ahora, te pertenece, Fedora… utilízalo bien y disfruta de la imaginación… futura “Reina de Nada”.
Fedora, entendiendo su objetivo, grita a D’Monica: —¡¡Maestra!!
¡Necesito que me consigas todo el tiempo que puedas, pero debes distraer al sabueso por al menos 15 minutos!!
La cazadora, impresionada al ver que su pupila, a medio convertir en vampiro, seguía siendo ella misma, asiente con el pulgar, elongando sus hombros y brazos, preparándose para la última ronda y posiblemente su última oportunidad.
Saca su ballesta de cazadora, la sujeta en su hombro y corre, enfrentando de lleno su propia muerte contra el sabueso.
Mientras esto sucedía, Fedora comienza a concentrarse con ambos guantes en posición de lo que parecía cargar un puñetazo.
Su postura era similar a la de un boxeador cargando su gancho más poderoso, mientras susurraba: —Fuego… imagina fuego… potencia… mucha potencia… fuerza… destructiva… D’Monica salta sobre el hocico del sabueso, esquivándolo acrobáticamente mientras este intentaba masticarla.
Comienza a correr a través de su espalda, recorriendo toda su columna vertebral expuesta, mientras incontables estacas de sombras brotan para asesinarla, forzando al sabueso a desesperarse ante la insistencia de la cazadora en saltar y girar para bajarla de su lomo.
Pero D’Monica grita mientras salta, narrando al mismo tiempo que carga su ballesta con un virote de plata: —¡¡LA LEGENDARIA CAZADORA LEYÓ EL INSTINTO DEL SABUESO Y EXCLAMA!!
¡¡CÓMETE ESTA, SABUESO DE MIERDA!!
Apuntando en el aire mientras caía desde gran altura, ve un ojo abrirse en el torso descubierto del monstruo y dispara directamente en él, haciéndolo rugir de dolor.
Sin perder tiempo, aterriza sobre el virote, clavándolo más profundo, y en un movimiento artístico de breakdance esquiva cuatro estacas de sombra a la vez al aterrizar sobre el sabueso, continuando su carrera sobre él.
En apenas diez minutos de maniobras, arroja su ballesta al suelo para librarse del peso muerto y corre directamente hacia el cráneo del monstruo que se retorcía violentamente, hasta llegar a su nuca, donde saca sus cuchillos de plata y clava las dagas en sus ojos, desesperándolo por largos minutos.
D’Monica se esfuerza al máximo, montando al enorme sabueso como su jinete, hasta que ve una enorme luz frente a ella.
Al identificar su origen sonríe y murmura en tono chileno, mientras su boca comienza a ensangrentarse: —Aprieta los dientes… vampiro culiao… Suelta las dagas y el sabueso la arroja a varios metros de distancia, chocando contra una casa, dejándola totalmente incapacitada, sin darse cuenta de que frente a él estaba Fedora cargando un poder colosal, listo para ser liberado.
La humana mitad vampiro concentraba en sus guantes un enorme poder destructivo, cuya aura se manifestaba como un gigantesco halcón de fuego completamente violento.
Las ropas de Fedora se calcinaban junto con ella misma, pero su determinación no flaqueaba mientras acumulaba hasta el último segundo su más grande ataque.
El sabueso corre descontrolado hacia ella, y ella espera el momento exacto y la distancia perfecta en absoluto silencio, acumulando poder destructivo hasta que, a pocos centímetros, dobla su cuerpo como un látigo, cargando la mayor potencia posible y grita con todas sus fuerzas: —¡¡FALCON PUNCH!!
Se produce el fenómeno de una “fuerza inamovible contra una fuerza imparable”, sacudiendo todo con un temblor brutal.
El cráneo comienza a resquebrajarse, mientras el brazo vampírico de Fedora empieza a fracturarse, dejando heridas cada vez más expuestas, pero ella grita con furia absoluta: —¡¡MALDITA SEA, SAMAEL!!
¡¡DESPIERTA DE UNA VEZ!!
¡¡TODOS ESTAMOS AQUÍ POR TI!!
¡¡REGRESA!!
¡¡QUEREMOS A NUESTRO COCINERO!!
Usando sus últimos recursos, impulsa sus pies para recuperar la potencia final, haciendo mil pedazos al sabueso y lanzándolo por los aires, creando un huracán de fuego que consume todo a su paso, arrastrando las sombras con él.
En el suelo queda una sombra pequeña, del tamaño de un hombre, arrodillada frente a Fedora, mientras ella, a punto de desmayarse, mira detenidamente quién es.
Lentamente se revela a Samael, abriendo los ojos frente a ella.
Antes de que diga algo, Fedora carga su puño humano con su última fuerza y lo golpea en el rostro, sonriendo con delirio y tambaleándose: —¿Ves..?
Yo… te golpeé… soy más fuerte que tú… ah… mierda… Se desmaya sobre Samael.
Él la sostiene, viendo su cuerpo mitad transformado, y piensa: —Mi humana… tuviste que cruzar la línea por mí… todos ustedes… gracias.
Al salir de la carpa ve a Salemi aún luchando por mantenerla en pie.
Al ver a Samael, semidesnudo con solo unos pantalones rotos, sin calzado, el payaso sonríe, pero se preocupa por las chicas: —Jefe… ¿está bien la jefecita?
Se ve muy mal… ¿¡Y D’Monica!?
¿Dónde está!?
Samael señala hacia atrás, aún consciente pero incapaz de moverse del todo: —La cazadora… agonizando… de cansancio… susurra: “acá estoy… payaso bonito…” Salemi corre a sacar a D’Monica entre los escombros, sorprendido de verla consciente, y le dice mientras la toma en brazos: —Oye, en serio algún día debes decirme cómo no te matas haciendo todo esto… me tenías preocupado al no verte salir.
D’Monica, algo sonrojada, susurra con debilidad: —La cazadora… algo tímida… responde: “no te preocupes… estoy viva… soy muy fuerte”.
El payaso la observa con una sonrisa incrédula: —Ajá… pero sigues siendo humana.
Vamos a casa, que los muchachos seguro te van a regañar más que yo.
Ella gruñe con fastidio, pero esboza una leve sonrisa al estar en los brazos del payaso.
Todos observan a ambos vampiros salir cargando a las humanas, en silencio, mientras algunos niños comienzan a aplaudir por razones desconocidas, contagiando poco a poco a más seres, humanos y no humanos, que se unen al aplauso mientras los cuatro se alejan, exhaustos, rumbo a casa.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com