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Shadow Kitchen - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 4 - La discordia de la calma
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5: Capítulo 4 – La discordia de la calma 5: Capítulo 4 – La discordia de la calma Han pasado los días laborales y el tranquilo día de descanso, apodado “sábado”, ha llegado para Samael y Fedora.

Pero un acontecimiento impactante para el amo y señor de la cocina estaba ocurriendo esa misma mañana.

Samael, con total intriga, observaba el refrigerador con preocupación.

Luego fue hacia la despensa, mirando atentamente mientras ocultaba el contenido con la puerta, y finalmente murmuró en voz baja: —No quedan ingredientes…

Conteniendo su preocupación, fue a ver a la señorita Fedora a su habitación.

Abrió la puerta con sutileza y la encontró durmiendo bajo la cálida luz de la mañana, que iluminaba su piel blanca, su cabello castaño claro y su expresión profundamente relajada.

Samael reflexionó en silencio: —Ahora que tengo más percepción de mis alrededores, puedo apreciar con calma la belleza de la señorita Fedora.

Me pregunto… ¿será esta la belleza natural de su gente, o es ella la única tan hermosa?

Mientras la observaba atentamente, Fedora comenzó a despertar suavemente, abriendo sus ojos de un tono café oscuro, como si fueran el desayuno inglés frente a los carruajes de Inglaterra al amanecer.

Finalmente, al ver a Samael mirándola con intensidad, frunció el ceño y le dijo con enojo: —¿Qué haces mirándome?

¡Cierra la puerta!

¡Una mujer también necesita privacidad!

Samael, impactado por su incomodidad, desapareció en una neblina y cerró la puerta de golpe, diciendo desde el otro lado: —Mil disculpas, mi señorita Fedora.

Me distraje apreciándola y olvidé el tema principal de mi preocupación.

Fedora, alzando la ceja con sospecha, preguntó con incredulidad: —Ajá… ¿Qué preocupaciones tienes?

Samael, conteniendo su pesar, respondió con impotencia: —Los ingredientes que tanto me confiaron se han agotado, señorita Fedora.

De verdad, lo lamento… con toda mi eternidad.

La joven humana, al escuchar los lamentos del “poderoso” vampiro, comenzó a reír con exageración hasta que incluso lloró de la risa.

Samael, al oírla, dijo preocupado: —Joven Fedora, no se preocupe.

Yo mismo me encargaré del asunto, aunque tenga que viajar en busca de nuevos ingredientes.

Aún recuerdo a un cazador que me debía favores desde hace siglos…

Escuchó movimiento dentro de la habitación y esperó.

Finalmente, Fedora abrió la puerta, ahora más animada, vestida con un gorro rojo, una playera amarilla y un buzo azul.

Le dio una suave palmada en el hombro a Samael y dijo: —Vamos entonces, señor cocinero.

Hay que comprar nuevos ingredientes.

Samael, confundido, no entendía a qué se refería… hasta que Fedora se detuvo bruscamente, lo miró con asombro y gritó: —¡¡Un momento!!

¡¡Eres un vampiro!!

¡Si te da el sol… te mueres!

Samael, con total educación, sonrió, se cubrió la boca y soltó unas suaves risas antes de responder amablemente: —Eso es falso, mi joven Fedora.

Nosotros no morimos de día.

Solo es imposible que quienes no deseamos que nos vean nos perciban; siempre nos confunden con brisas o simples sombras.

Fedora, sin poder contener una sonrisa de emoción, lo miró con entusiasmo.

Samael, al notar su expresión, le preguntó: —¿Esto le causa felicidad, señorita?

La humana, al darse cuenta de que no había podido ocultar su emoción, fingió una tos y, seria, dijo mientras adelantaba el paso: —Eh… cof cof… no, no.

Vamos, que me gustaría comer temprano hoy, Samael.

El vampiro, al ver la inocente actitud de Fedora, se rió suavemente con nostalgia y la siguió con las manos detrás de la espalda.

Durante el trayecto al supermercado, Fedora notó que Samael decía la verdad: todos excepto ella era incapaces de notarlo.

Las personas lo evitaban instintivamente, pasaban a su lado sin tropezar con él, lo que la hizo pensar: —Me pregunto cuántos años habrá vivido así… sin poder comunicarse con nadie, por miedo a ser acusado… Debió sentirse muy solo.

Ella lo miraba con total curiosidad.

Samael, notando su mirada insistente, le sonrió y preguntó: —¿Sucede algo, señorita Fedora?

Noto que me observa como si se preguntara cosas.

La joven, al ser descubierta, se sonrojó levemente, aceleró el paso y cambió de tema: —¡Eh, mira!

¡Ya llegamos!

¡Ahí está el supermercado!

El lugar era enorme, de diseño moderno pero modesto, con gran variedad de productos.

Samael lo miraba todo con atención, pero cuando quiso tomar uno de los productos, Fedora lo detuvo con una calculadora en mano: —No, Samael.

Esos son muy caros.

Lo único que cambia es que son fáciles de cocinar.

Los baratos son prácticamente lo mismo, solo que requieren más preparación.

Samael, sorprendido por su conocimiento, preguntó: —¿Entonces se paga más solo por no tener maestría en la gastronomía?

¿Por qué los humanos llegan a niveles tan bajos de orgullo con su técnica?

Fedora se rio con ironía, mostrando un gesto de confusión: —Supongo que porque pueden gastar… y son flojos, simplemente.

A mí me enseñaron a cocinar, y lo uso para todo.

Aparte…

La joven fue hacía unos paquetes en oferta que tenían 10 unidades por el mismo precio y dijo, sonriendo emocionada: —¡Esto está el triple de barato!

¡Y trae diez!

Hay que llevarlos, Samael.

Él, sonriendo, asintió y comenzó a cargar los paquetes.

Pero Fedora, al ver que se estaba llenando de productos, hizo un gesto para que esperara y corrió hacia otro sector del supermercado.

Samael esperó unos minutos mientras observaba a los humanos… y también a los espíritus que habitaban el lugar.

Se preguntó en silencio: —Últimamente hay bastante actividad espiritual… ¿Sucederá algo pronto?

Mientras algunos pequeños espíritus se le acercaban, Fedora regresó con un enorme carro de supermercado, diciendo feliz: —¡Aquí está nuestro compañero de compras!

Samael se despidió discretamente de los espíritus y respondió: —Excelente, mi señorita.

Entonces, prosigamos con las compras.

Pasaron toda la tarde en el supermercado, incluso descansaron en un local de comida rápida.

Finalmente, salieron con bolsas llenas.

Fedora, inexplicablemente feliz, caminaba con una sonrisa brillante.

Samael, intrigado, le preguntó: —Discúlpeme, señorita Fedora, pero noto que hoy está más animada que de costumbre.

¿Ocurre algo?

Fedora, calmando su emoción, respondió con una pequeña aura de melancolía: —Jeje, perdón… es que extrañaba compartir en el supermercado con alguien.

En este país, la gente de mi tierra no es bien vista… y poder compartir algo así con alguien era algo que deseaba desde hace años, cuando me mudé aquí.

Samael, al notar la naturaleza de sus palabras, la detuvo en medio del camino, ahora solos bajo el atardecer.

Fedora lo miró con extrañeza cuando él se arrodilló dulcemente y le dijo: —No tiene por qué lidiar con esa soledad estando yo a su lado, señorita mía.

Estaré con usted, y todo lo que necesite, con gusto lo haré por usted.

Fedora soltó sus bolsas con cuidado y se agachó a su nivel, flexionando las rodillas.

Lo miró con amabilidad y respondió: —Si yo fuera esa niña que vino hace unos años, estaría muy feliz de tener un mayordomo.

Pero ya soy adulta, Samael, y no quiero un sirviente que trabaje por mí.

Gano mi propio sueldo con mi propio esfuerzo… pero… La joven se levantó frente al noble vampiro y dijo con decisión: —En lugar de ser mi sirviente… me gustaría que fuéramos amigos.

Realmente eres el único con quien he podido compartir cosas en años, y me gustaría que tú también me consideres tu amiga.

Samael, al escuchar esas palabras, recordó la voz de una mujer mayor: —Jovencito, un día encontrarás a alguien que no querrá que seas su sirviente o ayudante.

Serás mucho más que eso para esa persona… pero para lograrlo, deberás vivirlo en esta vida eterna.

Con suaves lágrimas en los ojos, Samael le sonrió a la joven, inclinándose con nobleza y apoyando su brazo en su torso en una leve reverencia.

Respondió con satisfacción: —Entonces, para mí será un placer ser el compañero y amigo de la señorita Fedora.

Fedora recogió sus bolsas y, apresurando el paso, dijo: —Bueno, Samael, andando.

¿Sabes?

Hoy me antoja una tortilla de huevo… y tal vez unas carnitas, jaja.

Samael rió levemente y preguntó mientras tomaba de nuevo sus bolsas: —¿Qué significa “carnitas”, señorita Fedora?

Mientras se alejaban bajo el atardecer, Fedora respondió riendo: —¡Jajaja!

Es como le decimos a las carnes… es algo complicado de explicar, pero vamos, que hace hambre, Samael.

Y mientras la pareja desaparecía bajo la luz dorada del crepúsculo en las calles de San Francisco, en un oscuro callejón comenzó a manifestarse una extraña neblina.

La oscuridad tocaba lentamente las calles iluminadas, anunciando que la noche —y algo más— estaba por llegar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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