Shadow Kitchen - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 - Las consecuencias de la desobediencia
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6: Capítulo 5 – Las consecuencias de la desobediencia 6: Capítulo 5 – Las consecuencias de la desobediencia Mientras caía la noche, Samael lavaba la loza que se había usado para la cena, mientras la joven Fedora descansaba plácidamente.
Pero, aunque la paz reinaba en el departamento, el vampiro estaba serio y pensativo, recordando los espíritus que había visto en el supermercado y reflexionaba: —Si esos pequeños seres están vivos, no es porque hubieran querido, sino porque un depredador los acechaba fuera de ese lugar.
Quizás… otro vampiro.
El noble vampiro terminó de lavar la loza y, con tristeza, se acercó en total silencio a la joven Fedora, diciéndole con melancolía: —Si nuestros caminos están destinados, entonces nos volveremos a ver para contemplar el hermoso amanecer, mi joven señorita.
Finalmente, comenzó a prepararse para salir.
Invocando sus sombras en forma de una gloriosa túnica totalmente oscura, se puso un par de extraños guantes de cuero, uno opaco y gastado por alguna razón, y el otro totalmente nuevo y brillante, junto con un sombrero de cuero.
Con total seriedad y hostilidad, pensó para sí: —No permitiré que por mi inmadurez haya vidas como la de la joven Fedora que sean lastimadas o cazadas.
Mientras avanzaba hacia la puerta, la mente del noble vampiro recordó la sonrisa de la joven humana en el atardecer y, con total determinación, dijo en voz baja: —Volveré pronto.
En las calles oscuras de San Francisco no existía alma ni sonido alguno más que la oscura soledad.
Los únicos pasos que se escuchaban eran los de unos zapatos que parecían bastante caros y de gran calidad.
Mientras esos pasos se acercaban, también se oían otros, de zapatos normales y gastados, pero firmes y sólidos.
Los pasos de calidad se sentían a la izquierda, caminando con total tranquilidad, mientras que los normales daban pasos cada vez más fuertes y hostiles.
Entre las sombras y la suave luz de la calle nocturna se pudieron ver dos hombres reencontrándose.
A la izquierda, un extraño con un traje llamativo, iluminado por extrañas energías azuladas que parecían vivas.
Su cabello corto y rojizo, su mirada irónica y burlesca.
A la derecha estaba Samael, serio, mirando fijamente al hombre frente a él, quien le dijo burlonamente: —Samael, mi hermano de sangre y rival de linaje, qué desgracia verte en estos lugares tan hermosos que han perdido la belleza ante tu apariencia.
Samael respondió, serio ante la actitud del hombre: —Es una desgracia que hayas regresado, Henry.
Dime qué quieres antes de que te expulse de mi territorio nuevamente.
Henry, exagerando su ofensa, se tomó el pecho dramáticamente y dijo a su camarada vampiro: —¡Oh, mi hermano!
¡Oh, mi gran amigo!
¿Cómo puedes decir tales cosas horribles a alguien que nació junto a ti?
Eres muy cruel y de sangre… fría.
Samael comenzó a perder la calma y, con tono enfadado intentando no explotar, respondió: —Asesinaste a nuestra maestra, consumiste a mi amada frente a mis ojos y traicionaste nuestros pactos.
¿Y aún crees que somos hermanos?
No me digas blasfemias, estúpido vampiro inferior.
En cuanto Samael pronunció la palabra “inferior”, Henry reveló su verdadera hostilidad, gritándole con ira desgarradora: —¡¡¿¿INFERIOR??!!
¡¡¿¿TE ATREVES A LLAMARME INFERIOR A MÍ??!!
¡¡MIRA, PEDAZO DE PORQUERÍA IMBÉCIL!!
¡¡YO LO DI TODO PARA SER UN GRAN VAMPIRO!
TÚ, QUE LO TENÍAS TODO, ¡¡¡TOMASTE LOS MEJORES DONES DE LINAJE Y NI SIQUIERA LOS USAS COMO UN VERDADERO VAMPIRO!!!
¡¡TÚ JAMÁS SERÁS UN VERDADERO VAMPIRO POR QUERER SER UN FRACA-!!
Antes de que Henry pudiera terminar la última palabra, Samael avanzó en una ventisca de sombras, tomando a su hermano por la cara y tapándole la boca, emanando sombras rojizas en un tono carmesí, con un aura de genocida, y le susurró suavemente: —Si vuelves a faltarme el respeto diciendo esa palabra, lo que perderás no será una palabra no pronunciada, hermano… Samael vio que, a pesar de su amenaza, Henry seguía burlándose con la mirada, pero entonces este se desvaneció y retrocedió, emanando un extraño aura del que se escuchaban gritos de miles de espíritus atrapados en sus ropas: —Hermano mayor… ya no soy ese jovencito que conocías en el siglo XV.
He cambiado y he mejorado.
Soy mucho más poderoso, a diferencia de ti, que desobedeciste nuestro trabajo de consumir a los tontos humanos que dejan almas libres… Llevo décadas consumiendo almas sin parar.
Lo lamento por ti, pero esta noche será tu última luna carmesí.
Mientras Henry se preparaba para atacar con un poder desconocido, Samael recordó un lugar del pasado, en el siglo XV.
Frente a una tumba, lloraba y decía: —Te prometo que seré el vampiro que querías que fuera, maestra… Con enojo interior, pensó: —Espero que me perdone, gran maestra.
Solo por esta ocasión, quiero ser el vampiro que usted no quería que fuera.
Debo detener a Henry a toda costa.
De repente, Samael liberó miles de sombras sangrientas y llenas de odio a su alrededor.
Se quitó sus extraños lentes y reveló su verdadera mirada a su propio hermano, con tono serio: —Entonces yo también pelearé con todo lo que tengo, vampiro que amenaza la felicidad de mis humanos, porque yo soy…
¡¡SU PROTECTOR!!
Finalmente, se pudo ver lo que ocultaban los lentes de Samael al momento de arrojarlos a la profunda oscuridad: unos ojos sangrientos, manchados de heridas, y otros negros con pupilas blancas como la luna.
La luna misma se tornó rojiza al sentir los poderes paranormales de estos dos seres.
Un silencio profundo cayó, tan intenso que cualquiera con vista sobre el enfrentamiento lucharía por no parpadear.
Pero los humanos necesitan parpadear, o sus ojos se secarían y perderían la vista.
Cuando en ese ambiente un humano logró parpadear, vio no a dos humanos vestidos con nobleza, sino a dos bestias sangrientas luchando por la superioridad.
Samael y Henry corrieron a una velocidad imposible para el ojo humano, y ambos sacaron de sus ropas sus armas.
Henry blandió un enorme mandoble en cuya hoja se veían almas sufriendo, brillando con un tono celeste como el cielo.
Samael portaba un extraño cuchillo, parecido a una espada corta, muy gastada y manchada de sombras muertas, silenciosa, pero con un aura de muerte y desolación.
Con la mano izquierda, hacía la figura de una pistola con los dedos, vistiendo solo sus guantes de cuero por alguna razón.
Finalmente, chocaron sus armas en un duelo de fuerza que desató una tormenta de sombras y almas alrededor del escenario, como una verdadera tempestad, haciendo que basureros, periódicos, basura e incluso el mar se agitara con el huracán.
Henry, sonrojado de emoción, gritó: —¡¡DESEABA TANTO MATARTE, HERMANO!!
¡¡DESEABA TANTAS DÉCADAS PODER ASESINARTE!!!
Samael, a pesar de la declaración de su hermano, solo respondió en voz baja: —Iluso…
Con su mano descubierta, fingiendo una pistola, apuntó al pecho de Henry y agitó la mano como si disparara.
Una bala oscura salió de sus dedos, atravesando el cuerpo y las ropas de Henry, quien, confundido y dolorido, preguntó, perdiendo fuerza en las manos y dejando caer lentamente su mandoble: —Tú… ¿cómo… tienes eso?
Ese poder… era de nuestra maestra…
Samael, mirándolo con sus temibles ojos y menospreciándolo mientras se retorcía del dolor en el suelo, dijo sombríamente: —Cualquier ser vivo puede poseer un gran poder, pero lo que diferencia quién es más fuerte no es la cantidad exagerada, sino cómo se sabe manipular a su placer.
Henry, regenerando su herida, negándose a aceptar la derrota, gritó más enfurecido que nunca, babeando frenético: —¡¡ME NIEGO A PERDER AHORA QUE TE TENGO DONDE YO QUERÍA!!
¡¡YO SÉ TU DEBILIDAD, SAMAEL, VAMPIRO CEGADOR DE SOMBRAS!!
Al escuchar los gritos desesperados de Henry, Samael lo miró asombrado y con miedo.
Henry, riéndose, comenzó a oscurecer todo a su alrededor, creando una profunda oscuridad incapaz de generar sombras propias.
Con tono burlesco, Henry dijo: —Hermano… hermanito… ¿de verdad creíste que vendría ante ti sin un as bajo la manga?
Al parecer, el iluso… ¡¡ERAS TÚ!!
¡¡Ja, ja, ja, ja!!
Samael intentó localizar el origen del sonido, pero fue imposible.
Al intentar convocar sus poderes, una hoja atravesó su pecho desde la espalda, y el noble vampiro escupió sangre, mirando con miedo la herida.
Otras hojas lo atravesaron en cuello, piernas y brazos.
La desesperación lo invadió y recordó las palabras de la joven Fedora: —“Ejem, supongo que no me harás daño entonces”, “Eh, cof, cof, no, no… ya vamos, que me gustaría comer temprano hoy, Samael”, “Realmente eres el único con quien he podido compartir hace años y me gustaría que me consideres como tu amiga”.
Con voz ensangrentada, el malherido vampiro dijo: —Señorita… Fedo… Finalmente, una espada atravesó su frente y Samael comenzó a llorar sangre, arrodillándose sin vida alguna.
Henry, en una risa enloquecida, gritó: —¡¡SÍ!!
¡¡LO LOGRÉ!!
¡¡MATÉ AL CEGADOR DE LAS SOMBRAS!!
¡¡AL VAMPIRO MÁS PODEROSO!!
¡¡LO HICE!!
¡¡Ja, ja, ja, ja, ja!!
El despiadado vampiro, satisfecho por su asesinato, quitó la profunda oscuridad, mostrando el desolado cadáver de Samael arrodillado bajo la hermosa luz de la luna que había recuperado su brillo.
Henry comenzó a retirarse, pero al alejarse, pudo escuchar animales: gatos, loros, palomas, perros e incluso ratones.
El sonido provenía de las ropas de Samael.
Con terror, Henry miró el cadáver y se preguntó: —¿Qué…?
¿Qué está pasando?
¿Por qué esas criaturas están allí?
Las extrañas sombras de animales comenzaron a fusionarse con el cadáver de Samael, haciendo que sus heridas se regeneraran grotesca y rápidamente.
Un aura oscura emanaba del vampiro, y Henry sintió una amenaza ante sus ojos, una amenaza que superaba su comprensión de la realidad.
Perdió fuerzas en las piernas y cayó de espaldas, mirando el suceso, mientras Samael comenzaba a levantarse nuevamente.
Ahora vestía ropas más largas, sangrientas y oscuras.
La sangre que emanaba ya no era roja, sino tan negra como petróleo, manchando todo a su paso.
Sus ropas ya no eran las de un viajero, sino lo más parecido a la vestimenta de un rey de la oscuridad, lleno de picos y huesos manchados de sombra.
Cada paso que daba hacia Henry hacía que la realidad se distorsionara.
Una voz omnisciente resonó, sin salir de los labios de Samael, escuchada solo por Henry: —Criatura egoísta… ¿crees que conoces el poder?
Samael dio un paso más, y la voz continuó: —El poder es algo que no puedes nombrar… es algo que se manipula… Otro paso más, y la voz prosiguió: —El verdadero poder es el que se cosecha de aquello que no quieres… el poder te elige a ti… Henry comenzó a llorar de desesperación y arrojó dagas hechas de almas, pero apenas entraban en el espacio personal de Samael, se desintegraban en sombras ardientes, volviéndose nada.
Finalmente, frente a frente, Samael abrió la boca y sujetó el cuello de Henry, levantándolo: —El poder… confía en ti… y tú debes confiar en tu poder… MUERE.
Incineró a Henry en una horrible agonía de fuego oscuro y sombras, haciendo que sus gritos desesperados resonaran por toda la calle.
Cuando terminó, Henry comenzó a regenerarse, pero Samael dijo nuevamente: —Ya veo… MUERE OTRA VEZ.
Los gritos desgarradores se repitieron hasta que Henry, agotado, dejó de regenerarse.
Samael lo dejó tirado en la calle y, dándole la espalda, dijo: —No quiero volver a verte, hermano.
La próxima vez que nos crucemos, no te consideres de mi sangre ni de mi clase… yo pertenezco a mi propia categoría desde ahora en adelante.
Mientras Samael se alejaba, la oscuridad comenzó a desvanecerse de sus ropas, volviendo a su vestimenta normal.
Con mucha debilidad, comenzó a vomitar sangre, y sonriendo dijo: —Ya veo… ese fue mi límite… gracias, pequeñas criaturas… siempre les deberé mi vida… El malherido vampiro comenzó a arrastrarse hacia su departamento con sus últimas fuerzas, pensando: —Debo llegar… mañana habrá sopa con un plato fuerte de pato con arroz… la señorita Fedora… se enojará si no llego… a tiempo… Finalmente, ya amaneciendo, Samael con su último aliento abrió la puerta y cayó desplomado en la entrada.
La joven humana corrió hacia él al escuchar el ruido y, al ver a Samael desmayado y ensangrentado, gritó llorando: —¡¡SAMAEL, DESPIERTA!!
¿¿¡QUÉ TE SUCEDIÓ!?!
Mientras, con desesperación, Fedora intentaba atenderlo, el amanecer tocó el cuerpo del vampiro, quien sonreía satisfecho por haber logrado llegar a casa… esta vez.
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